The killing of a sacred deer

   Hoy, amantes del cine, después de unas laaargas vacaciones, me reintegro a la fílmica obsesión a través de este aporte del siempre ilustre Dr. Zaïus, quien aguzado como siempre se ha servido proveerme de toda una serie de encantadoras producciones.

Paso a reparar la horrorosa negligencia sin demora, con la presente película por delante.

A imaginarse, para empezar, una familia tipo norteamericana, de clase alta, cardiólogo él, oftalmólogo ella, dos niños, una adolescente y un niño, casa de dos plantas inmaculadamente decorada con persianas americanas y tonos pastel. Como un hospital.

La asepsia se extiende a todos los aspectos de la vida de esta familia. Mi shock inicial fue a causa de esto precisamente. Mi familia es normal. Es decir, del tipo que a la hora del almuerzo alguien pregunta: “¿te gustaron las albóndigas?” y alguien dice: “no”, y después de una pelea a los gritos nadie se habla con nadie por seis meses.

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Sólo pasaba a saludar

Han pasado muchos años y la mesa del bar no es la misma de siempre, pero yo sí. La mesa está más opaca, más rayada y cojea de una pata. Yo tengo menos pelo, menos color, más graduación en los anteojos, más gestos en la cara, algo de pena. La taza de café está amarillenta, el brillo es ambarino y no nacarado. La misma espuma de nube plástica y resistente por sobre el brebaje amargo, el mismo círculo de ocre quemado sobre el borde. Sí, creo que la taza también es la misma.

Sólo pasaba a saludar. De vuelta en el principio; un título viejo, palabras nuevas, un mundo entero, una era, recorridos y salvados en cinco minutos de patitas de araña negra retorciéndose sobre el papel.

De todas formas, la taza todavía está hirviendo y no puedo beberme el café.

 

(La foto es mía. Éste es un caso de la vida real.)

World Wide V: el reinado del brócoli – Capítulo IX

Billy, Sally, Rose la Juguetona, Cyril el apestoso y el Ciego Joe se arrastraban a los tumbos entre los surcos de las altas plantas de maíz, casi listo para ser cosechado. Tenían frío y un terror aún más helado les congelaba las espaldas y las plantas de los pies, pero mucho no importaba porque llevaban una generosa provisión de ajenjo que les había obsequiado Letty directamente de su provisión personal, escondida de la bodega de Rose la Juguetona desde hacía veinticinco años por lo menos.

-Llévatelo, Billy -le dijo, aprovechando que Rose la Juguetona estaba retocando su nuevo atuendo de rodajas de mortadela con queso, y no la oía- Lévatelo y que los acompañe en su viaje. De seguro para algo les servirá. Si no vuelven, no habrá ajenjo en el mundo que mantenga el establecimiento a flote y tampoco al pueblo -declaró Letty, aunque sus miradas a las botellas verdes eran más de nostalgia que de preocupación.

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Feliz tercer año del blog

   El encantador día de la fecha caigo en la cuenta de algo extraordinario: hoy hace exactamente tres años que inicié este blog.

Dicen que mantener un blog es arduo: no me consta.

A mí me encantaría tener el día entero para escribir al atento lector y contarle sin cesar toda clase de cosas.

Como hice el primer día, cuando la misión a Plutón de la New Horizons casi culminaba.

Como cuando vi esas asombrosas imágenes que me revelaban por fin aquella extraña imagen pixelada de mi infancia.

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Los superjuguetes duran todo el verano/ Inteligencia artificial I (me entusiasmé y es largo)

¿Quién no recuerda la fenomenal película del 2001 Inteligencia artificial? ¿Quién dejó de estremecerse por completo al mirar por los ojos del inocente David, tan, tan inocente que ignoraba que era un robot; diseñado tan cruelmente que nunca superaría el abandono de su madre humana… aún después de saber que era un robot?

Pues ahora acabo de leer el relato que le dio origen, junto con los demás del libro que lo incluye. Yo no conocía mucho de Brian Aldiss, así que fue todo un viaje de descubrimiento.

Lo primero a destacar, paradójicamente, es el prólogo, que me encantó leer. Por una parte porque al menos este libro es tan alegórico, que me ha tranquilizado ver que su autor no escapa para nada a los tormentos mundanos que nos son usuales. Por otra parte, porque me divirtió ver (como en una especie de revancha resentida) cómo esos tormentos mundanos para las grandes inteligencias suelen ser… otras grandes inteligencias. En este caso, los sufrimientos de los que habla Aldiss refieren a Stanley Kubrik, la primera persona que trató de llevar el cuento del título al cine. El citado cuento, así como los dos relatos que Aldiss escribió como continuaciones treinta años después en beneficio de la película, me han gustado mucho, aunque no al grado de fascinación en el que me sumió la película, y en orden decreciente. Es que ante el despliegue técnico y emocional de la película (aún hasta “arquitectónico” y “sinfónico” en cuanto al desarrollo de la trama y los recursos empleados) los cuentos pueden parecer algo desnudos, aunque esa desnudez, en las obras literarias, adquieran la contundencia plena necesaria para retratar las mezquinas vidas humanas que se reflejan en ellas. Tal vez resulten (sobre todo el tercero) demasiado esquemáticos, quizás sin una adecuada acentuación del clima, sin los matices afectivos retratados en la película, e incluso puede que (hablando sobre todo del tercero) no te susciten demasiado interés por ver qué ocurre. Creo que he dejado suficientemente claro que esto no puede suceder DE NINGUNA MANERA al ver la película.

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