50 Shades Freed (o “Algunos no saben cuándo retirarse”)

Saludos, gente amiga del mundo del espectáculo. Aquí estoy yo, pateándome a mí misma con saña porque, siendo perfectamente consciente del día de San Valentín y conociendo que debía ignorarlo por una cuestión de principios, no percibí a tiempo esta maravillosa gema reluciente de perfección que invitaba a ensañarse con el tema, con todo el emperramiento feroz que se merece.

En efecto, después de disfrutar la escritura de DOS, nada menos que DOS posts que tenían por propósito reducir a moléculas esos dos bodrios que fueron 50 Shades of Grey y 50 Shades Darker, ¡CÓMO VAN A ESTRENAR LA TERCERA EL DÍA DE SAN VALENTÍN Y YO VOY Y ME LO PIERDO! Verdaderamente, no sé qué clase de Soltera Sin Hijos estoy hecha; tal vez con la edad uno pierde facultades en serio.

Ahora vamos a lo importante.

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¡Qué día de San Valentín ni qué ocho cuartos, y qué me importan los incipientes rumores acerca de los Oscars! ¡LOS IG NOBEL ESTÁN AQUÍ!

¡Sííííí!!! Después de mucho esperar, veo que los Oscars asoman, y como después de descubrir la majestuosa existencia de los IG Nobel vengo a notar la cercanía con el anuncio de los Oscars,  cada año en el futuro por estas fechas vendré inevitablemente a acechar la aparición de estos fabulosos premios al saber y la ciencia, sin los cuales terminaríamos todos siendo como los chanchos.

Este año, como quiero ser particularmente enjundiosa al respecto, basaré del todo mi humilde homenaje en la fantástica reseña de don Francisco Villatoro en su blog La ciencia de la mula Francis, el cual te recomiendo calurosamente que visites. Sobre todo porque, cuando yo leí sus respetuosas elucubraciones, los detalles más científicos no los entendí para nada y me limité a hacer interesantes reflexiones filosóficas, aunque con los más afilados y certeros matices de la razón, por supuesto. Así que para saber bien eso otro que te digo andá y fijate vos en persona; tampoco te lo voy a dar todo hecho.

Así pues, a continuación enumero los nuevos hallazgos de los valientes científicos en pro de la siempre infatigable mentalidad humana.

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Villa Eugenia II

La mente de Lucas era como una ventana, y si no entraba solo, Gaspar era invitado con frecuencia. Sentía el llamado como un abrupto chorro de alegría de color naranja, así fuera medianoche, y de inmediato se encontraba contemplando la Vía Láctea, la Luna asomando por el horizonte color rosado o un brillo furioso, rojo nacarado, detrás de una cortina que se movía con la brisa de la tarde, y Gaspar en seguida sabía de quién era y qué quería aquella mente. Si hacía mal tiempo en Rosario, Gaspar aguardaba la lluvia sobre el Monumento a la Bandera, porque Lucas estaba enterado de cómo amaba él la luz. Gaspar no dejaba de agradecer esas muestras de gentileza; sabía qué tan alto podía ser el precio a pagar por Lucas. Como todos los que conocieron a Gaspar, Lucas tenía muchos ojos en la espalda.

Cuando despertó esa tarde para ver el gozo, lo sorprendió un haz de rayos amarillos asomando por sobre una cortina amarronada, mugrienta y vieja, y el sonido de goma gastada sobre el pavimento.

Un micro; el hijo de puta estaba arriba de un micro.

Gaspar clavó los colmillos de su mente en aquella visión y sintió de inmediato el aullido de dolor, pero no aflojó la fuerza de su agarre. Percibió desconcierto, soledad; añoranza, curiosidad, algo de tristeza y miedo, Hambre, pero nada peligroso. Lo normal; acaso aderezado con un poco de resaca. Sí, lo normal.

Pero el micro. Por qué. Helena sí; Lucas no.

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Solteros sin hijos: la falacia del dos por uno

   ¡Salve, seres malhablados y comedores de café con leche acompañado de pizza fría, de tomar cerveza caliente en ropa interior después del trabajo y de levantarse a las tres de la tarde los domingos! ¿Cómo han estado? ¿Pensando en mí, y en que acaso he reculado para introducirme subrepticiamente entre las filas de los Anidadores, acobardada por la propaganda adversa? No creo que me conozcan tan mal; todos sabemos que los Solteros Sin Hijos, además de conscientes y pensantes, somos gente valiente.

Hoy quiero traer a colación brevemente un tema que me irrita desde hace tiempo.

Hace unos años fui invitada a la boda de una amiga, y a su hermana se le escapó que la tarjeta por una persona sola costaba lo mismo que la de una pareja. Sé desde hace tiempo que el límite para los impuestos a las ganancias es más bajo para los solteros que para los casados. Ayer me vuelvo a enterar de que no sé cuál entrada costaba lo mismo por persona que por pareja.

Acá me voy a hacer eco de las palabras de Sarah Jessica Parker en uno de los capítulos de Sex and the City, serie que yo veía fanáticamente hace unos años. Por los personajes de Kim Catrall y Cinthia Nixon; las otras dos eran unas bobas.

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Los sensacionales ladrillos de chocolate

   Pensando en alguna cosa agradable que ofrecer al amable y curioso lector, bien podrías traer a la memoria la confección de estos deliciosos ladrillos, denominados de esa forma no porque caen pesados o sean aptos para las labores de la construcción, sino porque les diste esa forma según el pedido de una estudiante de arquitectura que deseaba agraciar a sus condiscípulos.

En efecto, el ingrediente estrella de estas interesantes piezas es, como lo dice el nombre, el chocolate, y como la receta es de tu invención vas a hacer el sacrificio de dársela al enjundioso lector detalle por detalle.

Con ese fin, informale de que lo primero que tendrá que hacer es ir al Super de la Avenida San Martín a conseguir lo de siempre, o sea azúcar blanca, que puede ser de la más barata porque no va a hacer ningún almíbar, harina común, porque descubriste que si ponés polvo de hornear a la harina común se infla más, polvo de hornear, obvio, medio kilo de chocolate en polvo del que se usa para hacer chocolatada, de la mejor calidad que encuentre, doscientos gramos de manteca, también de buena calidad, y va hacer el favor, de vuelta para la casa, de pasar por la verdulería esa grande a comprar media docena de sus hermosos huevos. También va a pasar por la casa de Rodrigo a pedir prestada la asadera enlozada grande, porque la susodicha estudiante de arquitectura quería una buena cantidad de los mentados ladrillos, y más grande que esa asadera no hay. Que sea enlozada no constituye ningún problema de importancia apreciable; como la usaste cien millones de veces para hacer pizza, no la has refregado jamás con la esponjita de alambre, y además es fina, nada se le pega, aún cuando sea algo tan delicado como una torta de chocolate destinada a permanecer tan húmeda y flotar tan ligera como una nube.

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