Los arrabaleros bifes a la atorranta

En abierto desafío al Gran Rulemán Balde de Vello, quien osó contradecir tu denominación de este singular plato, es de tu opinión que corresponde ventilarla ante el mundo entero para demostrar tanto su deliciosidad, como la ignominia que debería cubrir al susodicho Rulemán. Porque si tu mamá dice que se llaman Bifes a la atorranta, entonces son a la atorranta. Por cierto, ulteriores investigaciones en Internet no arrojan nada más revelador que unos tales Bifes a la criolla, que tienen ingredientes que tu mamá no usa, ni los hace de la misma manera, ni nada que ver. O sea, que acá están los muy arrabaleros bifes a la atorranta. Como si ser atorrante fuera un pecado, encima.

Primero agarrás para la calle con ropa bien de fajina, como que vas a la carnicería que queda cerca del Hospital (propiciando malsanas fantasías al estilo Sweeney Todd). Ya llegando, y como en esa carnicería siempre hay una cantidad de gente verdaderamente molesta, sacás el número para la cola, vigilando bien que ninguna vieja se cuele (hasta ese entonces todas parecen tortugas paralíticas, así que hay que prestar atención).

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Worldwide V: el reinado del brócoli – Capítulo IV

Desde la medianoche, hora en la que no quedó más vodka en lo de Rose La Juguetona, las fronteras de Dead Cowboy City se cerraron para el resto del país. La ley no se comunicó con ninguna autoridad superior; no hubo largos conciliábulos a la luz de las velas, ni peleas de perros ni apuestas a las tabas. Pero vaciado el último chupito, acaso en unidad de intereses, acaso en unidad de decepciones, acaso porque nadie quería ir a casa con la patrona, todos los parroquianos de Rose se miraron a la cara, y sin decir una palabra tomaron algunas decisiones definitivas e impostergables. No sabían qué hacer con aquella amenaza que se cernía sobre su pueblo, pero se conformaron con observar el oscuro talante de Billy y luego se limitaron a seguir sus pasos. Ningún vaquero se convertiría en vegano aunque a Billy le fuera la vida en ello, y entonces, el pueblo tampoco.

A las cuatro de la mañana, Billy, Sally, Rose La Juguetona y el Ciego Joe ocupaban el puesto de mayor peligro, justo a la entrada del pueblo. Según Billy, los vientos no los favorecían esa noche, y la entrada misma del pueblo resplandecía de fragante alfalfa y trigo, a punto para la cosecha. Si las cosas en el resto del país marchaban como los forasteros habían anticipado, Dead Cowboy City tenía sólo dos opciones: disuadir a las hordas hambrientas con métodos poco ortodoxos o aplicar la política de la tierra calcinada. Sabían que ninguno de los extraños seres se avendría a andar por ahi masticando brotes quemados u oliendo reciamente a ceniza embadurnada en sus camisas de seda. Tampoco en el pueblo nadie quería hacer eso, pero allí estaban los más valientes, dispuestos a cualquier cosa. Junto con el Ciego Joe, al que no le habían dicho dónde estaba porque molestaba en el bodegón cantando todo el tiempo.

Sin embargo, aún quedaban como primera opción los métodos poco ortodoxos.

Sally estaba particularmente fastidiada con ese orden de cosas.

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Pequeña chica con retablo

   Sabés que la chica tiene pequeñas manos de nena de doce años, morenas, fibrosas, de uñas cortas. Las manos de la chica tienen pequeños callitos en lugares inesperados y son duros y amarillos; las palmas de la chica no son suaves, las palmas de la chica deben de parecerle a las bacterias como llenas de profundas colinas y cañadones, sus líneas les resultarán hondas y marcadas y la gruesa piel es del color de la arena y a veces más oscura, como si el sol estuviera atardeciendo también, entre los aceitados envejecimientos de la chica. Un desierto de la chica, con una Tikdabra en alguna parte y camellos que cruzan las vacías y calientes inmensidades sin nubes, entre los senderos ondulantes que dejan las serpientes que acechan a los gerbos.

Los camellos pueden atravesar muchos kilómetros sin comida ni agua; las jorobas se les van desinflando mientras gastan toda la grasa que tienen adentro y ellos siguen y siguen hasta que encuentran un oasis o se mueren. La chica carece totalmente de esas habilidades.

Todo lo que puede hacer es extender las palmas hacia arriba y dejar que los camellos se las arreglen como puedan; sigue y sigue, eso sí.

Feliz equinoccio, feliz “día del blog no sé cuántos” para mí. Hay mucha belleza y mucha vida en el desierto. Cada día un granito de arena.

(Imágenes de Pixabay)

El planeta de los simios

Hola, queridos amantes de los amenazadores y fascinantes mundos inexistentes. Después de largo tiempo de no dedicarme a estos temas, aquí estoy. Pensando en qué contar, en estos tiempos en que te tiran a la cabeza mundos tras mundos habitables, datos, especulaciones sobre biología extraterrestre, elegí un libro que hoy se nos antoja sencillo, casi inocente… Si uno no se dedica a pensar en las estremecedoras ideas que descansan en el fondo de esta lectura, como el poso en una taza de café, de interpretación necesariamente agorera.

Sobre El planeta de los simios se han hecho varias películas y todas me gustaron, incluyendo aquella con Charlton Heston, que contaba con simios que arruinaban fantásticamente la verosimilitud de la historia gracias a pelambres sintéticas y caras de goma. Nosotros perdonábamos aquellas faltas merced a una sabiduría atávica, que nos decía que debíamos concentrarnos en las ideas y en las palabras; imaginar; visualizar. Ponernos en el lugar de don Heston. O de don Pierre (ah, los tiempos en los que las metáforas eran cosas vivas que nos acechaban en los lugares oscuros; qué nostalgia siento a veces).

Lo que me capturó aquella primera vez que vi representado este libro fue haber leído la historia, y saber qué debía esperar detrás de aquellos chimpancés de labios que no se movían, pero que para mí se habían tornado en fascinantes. Lo que me capturó de manera irreversible al ver las películas modernas, fue exactamente lo contrario, excepto que de fascinantes, los simios pasaron a ser amedrentadores. Estas películas para mí figuran entre los raros casos en que no se quedan por detrás del libro, al levantarse uno de la butaca del cine. Hoy, esos simios me empiezan a parecer aterradores.

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Los adorables menuditos con arroz amarillo

El sábado por la noche, habida cuenta de que POR FIN el horrible verano parecía estar reculando exhibiendo una adorable y muy fresquita temperatura, te decidiste a degustar este platillo singularmente apetitoso, para nada delicado, campechano, humilde y el mejor, en tu modesta opinión, para curar tanto los primeros fríos como una decepción amorosa grave, o los resultados de la Champion League, por ejemplo. Sobre todo si uno no está para nada al tanto de lo que es la Champion League.

Ahora, sobre este plato tenés entendido que se suscitan encendidas polémicas. Quizás el simpático lector, si es de otro país, se avendrá a comentar para iluminar la cuestión.

En Europa se horrorizan porque aquí en Argentina nos comemos la tripita de las vacas. Pues bien, es un asunto cultural que le dicen, porque a pesar de tu apertura mental, de ninguna manera estás dispuesta a concederle un voto de confianza a ningún, NINGÚN individuo que no se haya chupado los dedos después de comerse un buen plato de chinchulines, de mondongo o de tripa gorda rellena, o unas mollejitas a la sartén, o unos riñoncitos al vino tinto, o unos incomparables chorizos.

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