Solteros Sin Hijos: la Liga Extraordinaria

Estos días, por cuestiones que no vienen al caso y con las cuales no los voy a aburrir (sé que los Solteros Sin Hijos somos gente ocupada) me he puesto de ánimo muy meditativo. Como resultado, he decidido  atraer la atención de nuestras aguerridas huestes a una preocupación común también entre los Anidadores: la Tercera Edad.

He venido conociendo muchos de entre nosotros que ya han alcanzado ese dorado estadio, y no puedo menos que ventilar algunas elucubraciones al respecto, ya que algún día confío en ser uno de ellos. Y hay muchos planes que hacer, ahora que todavía me responden las articulaciones. Prepárense a leer los resultados.

Los Anidadores creen que tienen la vaquita atada. Pasan los mejores años de su vida cambiando pañales y llenando mamaderas, y sacrificando todo cuanto aman hacer esperando, confiando y haciendo planes para que, un lejano día, cuando ya no puedan bastarse a sí mismos, les llegue el turno de poner a los antiguos beneficiarios de ese desperdiciado tiempo a hacer exactamente lo mismo: pero a favor de traseros más grandes y arrugados, y pañales infinitamente más hediondos. Sobre todo contando con que, para cuando les toca a ellos usar esos pañales, ya han tenido que hacer lo mismo por sus propios padres. Y si son son mujeres, la dosis en general aumenta hasta el delirio, pero en ese caso además hay que sumar sus propios pañales desde más o menos los treinta años, hasta los cincuenta (y encima con sangre y dolor; con razón las viejas suelen ser tan malhumoradas).

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World Wide V: el reinado del brócoli – Capítulo IX

Billy, Sally, Rose la Juguetona, Cyril el apestoso y el Ciego Joe se arrastraban a los tumbos entre los surcos de las altas plantas de maíz, casi listo para ser cosechado. Tenían frío y un terror aún más helado les congelaba las espaldas y las plantas de los pies, pero mucho no importaba porque llevaban una generosa provisión de ajenjo que les había obsequiado Letty directamente de su provisión personal, escondida de la bodega de Rose la Juguetona desde hacía veinticinco años por lo menos.

-Llévatelo, Billy -le dijo, aprovechando que Rose la Juguetona estaba retocando su nuevo atuendo de rodajas de mortadela con queso, y no la oía- Lévatelo y que los acompañe en su viaje. De seguro para algo les servirá. Si no vuelven, no habrá ajenjo en el mundo que mantenga el establecimiento a flote y tampoco al pueblo -declaró Letty, aunque sus miradas a las botellas verdes eran más de nostalgia que de preocupación.

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Feliz tercer año del blog

   El encantador día de la fecha caigo en la cuenta de algo extraordinario: hoy hace exactamente tres años que inicié este blog.

Dicen que mantener un blog es arduo: no me consta.

A mí me encantaría tener el día entero para escribir al atento lector y contarle sin cesar toda clase de cosas.

Como hice el primer día, cuando la misión a Plutón de la New Horizons casi culminaba.

Como cuando vi esas asombrosas imágenes que me revelaban por fin aquella extraña imagen pixelada de mi infancia.

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Los superjuguetes duran todo el verano/ Inteligencia artificial I (me entusiasmé y es largo)

¿Quién no recuerda la fenomenal película del 2001 Inteligencia artificial? ¿Quién dejó de estremecerse por completo al mirar por los ojos del inocente David, tan, tan inocente que ignoraba que era un robot; diseñado tan cruelmente que nunca superaría el abandono de su madre humana… aún después de saber que era un robot?

Pues ahora acabo de leer el relato que le dio origen, junto con los demás del libro que lo incluye. Yo no conocía mucho de Brian Aldiss, así que fue todo un viaje de descubrimiento.

Lo primero a destacar, paradójicamente, es el prólogo, que me encantó leer. Por una parte porque al menos este libro es tan alegórico, que me ha tranquilizado ver que su autor no escapa para nada a los tormentos mundanos que nos son usuales. Por otra parte, porque me divirtió ver (como en una especie de revancha resentida) cómo esos tormentos mundanos para las grandes inteligencias suelen ser… otras grandes inteligencias. En este caso, los sufrimientos de los que habla Aldiss refieren a Stanley Kubrik, la primera persona que trató de llevar el cuento del título al cine. El citado cuento, así como los dos relatos que Aldiss escribió como continuaciones treinta años después en beneficio de la película, me han gustado mucho, aunque no al grado de fascinación en el que me sumió la película, y en orden decreciente. Es que ante el despliegue técnico y emocional de la película (aún hasta “arquitectónico” y “sinfónico” en cuanto al desarrollo de la trama y los recursos empleados) los cuentos pueden parecer algo desnudos, aunque esa desnudez, en las obras literarias, adquieran la contundencia plena necesaria para retratar las mezquinas vidas humanas que se reflejan en ellas. Tal vez resulten (sobre todo el tercero) demasiado esquemáticos, quizás sin una adecuada acentuación del clima, sin los matices afectivos retratados en la película, e incluso puede que (hablando sobre todo del tercero) no te susciten demasiado interés por ver qué ocurre. Creo que he dejado suficientemente claro que esto no puede suceder DE NINGUNA MANERA al ver la película.

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De cómo plantar adecuadamente un rosal

Lo primero, naturalmente, debe de ser la rosa. Siempre es preferible, aunque no necesario, que se trate de un ejemplar particularmente hermoso. Lo tradicional es el rojo aterciopelado de los sueños; cualquier sueño. Una rosa grande y hermosa de muchos pétalos, de un tallo largo, muy largo, y hojas relucientes de charol verde oscuro. Es lo ideal; yo no conozco de variedades. Para empezar, puede ser una rosa rosada o roja bien bonita.

La segunda cosa ideal, es que la rosa sea un símbolo. Casi naturalmente. Uno regala un clavel por muchos motivos; un crisantemo es casi siempre una flor de cementerio, pobrecita. Las flores silvestres son una cosa joven e impulsiva; se recogen llenas de pensamientos, se entregan llenas de sentimientos. No duran mucho, pero son intensas, y casi siempre recordadas entre las páginas de un libro o el programa de una función de teatro o de cine.

Las rosas son caras y generalmente entregadas con el propósito de que ese valor les sea reconocido, con fines publicitarios en beneficio de la persona que las entrega: alguien que ama demasiado, o muy poco. Pero rara vez se las aprecia en su verdadera naturaleza: seres pasivos pero aguerridos, tan capaces de ser amantes como guerreros; seres bellos, pero con espinas tan capaces de lastimar como capaz de suscitar admiración es su belleza. Es importante que estés seguro o segura de tu rosa. Y de la persona que te la dio, o a quien se la diste. Y de vos mismo.

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