Manjar de lentejas

   Pudiera darse la eventualidad de que el día de la fecha sea uno muy ajetreado, y uno no se encuentre de ánimo cocinativo lo que se dice. Podría recurrir entonces a esas deliciosas legumbres de poco atractivo color, pero que no dejan de tener su encanto, a pesar de traer a veces unas piedritas de lo más molestas que se meten entre los dientes, causando malestar y un lenguaje de lo más inapropiado, no destinado especialmente a las lentejas en particular.

Vas y comprás una cebolla grande, una zanahoria, una planta de apio, una cabeza de ajo, un pedacito de zapallo brasilero, una caja de sorrentinos cuatro quesos (si son baratos, hacete a la idea de que son de ricota, si son de pollo o de carne de vaca usá tu imaginación). Una caja de fósforos, una sopapa, una lamparita bajo consumo y un envase de puloil. Últimamente no lo fabrican así que no sé.


Mientras volvés para tu casa, te acordás de que no pagaste la boleta del agua y que si no la pagás ahora te van a recargar cuantro pesos con cincuenta. No es por los cuatro pesos de interés, pero con el tiempo que pasás en casa, dudás que con todo eso que te cobran no les alcance para cubrir el litro y medio de agua que usás cada tres días, en un monoambiente que tiene el tamaño aproximado de una caja de botas. La bronca que te da. Así que te volvés, te llegás hasta el rapipago y te ponés en la cola, atrás de las cuarenta y dos viejas que están esperando para pagar los dieciséis pesos de la boleta del gas, y que si las mirás dos veces te van a empezar a ilustrar sobre diversas patologías de la edad madura en una preview que maldita la falta que te hace, mientras pasan derecho, disimuladamente, para el primer lugar, ochenta y cinco embarazadas, mujeres con carritos con bebés y viejos que contribuyen a la idea de que, en secreto, hay gente que contrata a infiltrados de los cotolengos como comisionistas para pagar los impuestos. Finalmente, tu turno llega, la línea amarilla de la actualización tributaria reposa a tus pies y extendés la mano escuchando en tu cabeza el tema de “Carrozas de fuego”.

   Concluido el heroico periplo, volvés a casa, tirás la bolsa de la compra en el suelo, y después de diez minutos en el baño salís y descubrís que han pasado dos horas y medias desde que abandonaste el hogar, y no tenés ningún recuerdo. Con terror, pensando en la abducciones de los ovnis a pesar de la hora, mirás la bolsa con la cebolla, la zanahoria, la planta de apio, la cabeza de ajo, el pedacito de zapallo brasilero, los sorrentinos cuatro quesos, los fósforos, la sopapa, la lamparita y el puloil. Y suspirás de alivio. El imán de “La Roti de Cholo” sigue pegado en la heladera.

   Si el guiso no está a buena temperatura cuando llegue, igual demorás en calentarlo cinco minutos y lo mejor es no agregar queso rallado, para que no oculte el sabor. Si como de costumbre le ponés demasiado queso, no importa, que no compraste la sopapa y los fósforos para nada.

   El puloil, de últimas.

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