Cosas que traen cola: la momia de Ramsés II

Aún impresionada por aquel magnífico y bizarro video, de Taylor Swift versus Nine Inch Nails, vía Youtube, aquí te acerco una antigua elucubración personal de similares características. Próximamente, incluida en un e-book que ya te voy a contar.

images Nadie versus Edgar Allan Poe

La momia de Ramsés II                                                                  (por el Doctor Alistair García)

   El symposium de la noche anterior había desestabilizado momentáneamente mis sentidos, y como entonces, a los fenómenos meteorológicos que podían apreciarse en el exterior se correspondía un turbulento meteorismo interior (que a veces se exteriorizaba), decidimos con mi cónyuge que nos quedaríamos en casa a comer una cenita ligera en lugar de salir por ahí a sufrir los efectos del clima y los otros. Así que, después de ingerir un par de sandwichitos de salame, a los que somos muy afectos, y un par de botellas de cerveza, a la que también somos muy afectos, y un par de arrollados de chocolate y dulce de leche para sacar el gusto amargo de la boca, y unos maníes salados para quitar lo dulce y otro par de botellas de cerveza para apagar la sed, nos fuimos a dormir sin más trámite. Pero no hay felicidad humana que dure.

   Unas pocas horas después, nos despertaron unos recios aldabonazos de muy mal gusto y una terrible intensidad. Cuando conseguimos percibir que ningún parentesco tenían con los que alteraban la atmósfera de la cámara de dormir, atendimos la puerta y nos encontramos con el criado de mi colega, Sir Llewellyn Evan Mastrogiusseppe, que manifestaba un requerimiento furioso de mi presencia proveniente del hogar de su desesperado amo. Mi esposa, que notó que dejaba ya de llover y podía abrir al menos una de las ventanas de la recámara, insistió en que por favor cumpliera con mi obligación profesional. Así que fui.
images Me encontré con que aquel loco desquiciado, sabio indigente y por las trazas probablemente neurótico, senil e idiota, se había robado la momia de Ramsés II, de gira por el mundo con permiso del museo del Cairo o algo así, si cabía imaginar a alguien más idiota o más necesitado de efectivo que Sir Llewellyn. Cómo había hecho no sé; debió gastarse los últimos cinco pesos que tenía para alquilar a la prostituta que alejó a los guardias de la puerta, desconectó la alarma, envolvió la momia en papel de diario y la llevó hasta el furgón, evitando que alguien diera la voz de alarma durante un par de horas, más o menos; pensándolo bien, deben haber sido un poco más de cinco pesos. Lo apostrofé con dureza, pero ya que estábamos, pensé que antes de volver a dejar la momia abandonada en el callejón atrás del museo, podíamos echarle un corto vistazo.

   Medio grisácea por la tinta de “La Capital” y “Clarín”, aquella momia representaba los miles de años que indudablemente poseía y aún estaba notablemente envilecida, a pesar de lo que dijeran los expertos. Los Doctores Méndez y Alvarado, que habían sido participados en el chisme al igual que yo, dijeron que ni estaban seguros de que fuera de verdad la momia de Ramsés II, ya que era tan vieja que las tiras o vendas que envolvían el cuerpo no eran de lino sino unos pedacidos cortitos de algo que parecía gasa de algodón, y hubo quien creyó ver hasta unos trocitos de cinta adhesiva. Nos preocupaba entonces cómo hacer para aprovecharnos de la componenda que habíamos descubierto.

   Una vez retiradas las vendas, al cuerpo lo encontramos en un estado de conservación bastante bueno aunque tenía un terrible olor a humedad, a tierra y a algo aromático que, de no ser porque por una cuestión de técnica no era factible cuestionar la ausencia de intestinos en el cadáver, sin duda vendría de allí. Con seguridad, podía ser atribuido a la cantidad de tiempo que los químicos habían pasado en aquel cuerpo tratando de conservarlo, y, después de todo, lo habían conseguido admirablemente. Pero la verdad, que para tratarse de Ramsés II, a todos nosotros nos parecía que los momificadores habían sido bastante negligentes.

   El color de la piel era rojizo y ésta era escamosa y opaca. Los dientes, los cabellos y las uñas eran muy largos y negros. Los ojos permanecían cerrados, y lacrados por lagañas que, asombroso, ¿no? eran más viejas que América y que Europa y que casi todo menos mi tía Matilde. El color de la piel hizo que supusiéramos que el embalsamamiento se había llevado a cabo con asfalto, pero raspando un poco y oliendo mejor, el aroma se asemejaba de lejos a algo vagamente familiar. Comprobamos que se trataba de algún compuesto combustible.

   Las incisiones por las cuales se habían extraído las entrañas no eran perceptibles; las naturales sí eran enormes y entonces pensamos que acaso los embalsamadores decidieron improvisar. El cuerpo hubiera debido ser afeitado, lavado y salado, pero apenas había evidencia de ello; decididamente aquel era un trabajo bastante chapucero. Habiéndose determinado de común acuerdo hacer un examen completo, preimagesparaba yo mis instrumentos de disección cuando me detuvieron. Querían probar la pila de Volta. Hombre, la imbecilidad de este Llewellyn alcanzaba nuevas fronteras; aquello era tan viejo que yo ni sabía para qué servía. Y era una momia, caramba. Los músculos parecían tiras apretadas de papel crêpe; hasta hacían el mismo ruido cuando yo manipulaba los diferentes miembros para probar mis argumentos. Pero me parece que algunos de los últimos pesos de Sir Llewellyn habían ido a parar a la góndola de vinos del supermercado.

   Después de mucho trabajo y no pocas horas esculcando en el estragado cuerpo, encontramos un pedacito de gemelo apenas menos rígido que las otras partes del cuerpo, y no conseguimos señales de que reaccionara al ponerlo en contacto con el alambre. Pero luego de un rato de bromear a costa de Sir Llewellyn con saña, caímos en la cuenta de que en realidad la momia parpadeaba con intensidad. Luego del primer estupor, y un acceso de feroz meteorismo que inexplicablemente contagié a todo el mundo con variadas manifestaciones, decidimos volver a estimular a la momia para ver qué hacía, o comprobar si todos nosotros habíamos hecho un viaje de más al supermercado, y no sólo Sir Llewellyn.

   Ahora bien, cuando aplicamos de nuevo la batería nos vimos desalentados en este sentido, pues con un movimiento que nunca hubiéramos esperado de un humano viviente y mucho menos de uno en conserva, la momia levantó la pierna aludida, la dobló y la enderezó luego a gran velocidad, poniéndola de nuevo para adelante, resultando una tremenda coz que dio con el curioso investigador que escribe estas líneas bien contra la pared, de espaldas; algo que trajo como consecuencia que en el futuro su columna vertebral tuviera más bien el aspecto, el tamaño y la forma de una escalera de regulares dimensiones. Puedo dar fe de que no experimentamos entonces ninguna ilusión óptica, pero por las dudas y en beneficio del rigor científico o nada más la estúpida tozudez humana, había que probar otra vez.

   Agarramos el alambre y se lo pusimos a la momia en una de las fosas nasales y el efecto fue bastante sorprendente, porque encontramos que la momia se sentó de golpe en la mesa, estornudó, levantó el puño, y a continuación hizo que el Doctor Méndez se tragara todos juntos los carísimos postizos importados que acababan de entregarle hacía no más de dos días. Luego se nos quedó mirando torcidamente. Supongo que también él requería de una explicación. En cuanto a nosotros, creo que fue la vergüenza de que nos diera una paliza un viejo de treinta y siete siglos lo que hizo que nos quedáramos frente a él, de pie, sufriendo el meteorismo en silencio hasta que la propia momia arrugó la nariz. Por fortuna los científicos nos recuperamos rápido, y al cabo de un momento ya se pudieron cerrar las ventanas; además, estaba lloviendo otra vez. Se adelantaron hacia la enojada momia el Doctor Méndez y el Doctor Alvarado, que habían hecho en la Facultad unos seminarios de copto y de griego y de jeroglíficos y esas cosas, para poder actuar de intérpretes, pero no hizo falta.

   Más avezada que nosotros en estos asuntos, y con más mundo, la momia no experimentó ninguna dificultad al hablar una lengua a la cual, en el momento de su inhumación, le faltaban unos tres mil años para aparecer. Dijo:

– ¿Lo qué?

   Sin duda la desorientaba el entorno. Procedimos a explicarle todo lo que sabíamos de ella y, para ser una persona a la cual habían descerebrado tiempo atrás, lo entendió bastante bien. Preguntamos entonces cuál era su nombre como para ver de qué se acordaba y pedir su autorización para seguir investigando. Entonces la momia dijo “yo soy Poroto”, solicitó una frazada pues se moría de frío, y que dónde estaba y si alguien lo podía acompañar.

   Ahí no supimos qué hacer, porque hasta donde sabían el Doctor Méndez y el Doctor Alvarado, “Poroto” no era una traducción de “Ramsés” ni de ninguno de sus nombres protocolares, nadie quería poner prenda alguna de su propiedad sobre la carroña y, finalmente, no teníamos idea del lugar adonde se suponía que había que acompañarlo, o siquiera de lo que él esperaba de su destino. O de la sorpresiva idea de estar de viaje. O si la idea sería sorpresiva o no. Bueno, bah.

   Abandonamos a la cochina, sucia, vieja, deleznable, cochambrosa, cachacienta y apenas parlante y tambaleante momia por ahí, cuando la desbordante indignación nos atacó camino del museo. Es decir, luego de pasar por el almacén cercano y ver a otras quince momias que saludaron a la nuestra con estentóreos alaridos, contándose entre ellas los cuatro guardias que se convertían en momia gracias a la apuesta que esperaban contarle a “Poroto”, una vez que lo dejáramos suelto. Para que por fin pudiera enterarse del lugar en donde había estado y de lo que había sucedido con él, y aprendiera lo que le podía pasar por borracho.

   A Sir Llewellyn lo saludaron con respeto y le dieron las gracias por el ojo que había tenido con la señorita que había ido a pedirles el favor. La cual Sir Llewellyn sin duda no volvería a ver, por recibir sus finanzas un golpe mortal tras la desmedida ambición de sapiencia. Además, de seguro ella ahora cotizaría sus servicios en gran forma.

   Renunciamos a escribir el artículo para poner en Internet, y alcanzar el mundo entero con la luz de la verdad dificultosamente hallada.

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2 pensamientos en “Cosas que traen cola: la momia de Ramsés II

  1. Dr. Zaius

    “… otras quince momias que saludaron a la nuestra”. Obra maestra del desparpajo y la desfachatez. Si Poe hubiera leído a Nadie, habría llevado mejor su depresión. ¡Gloria a los que se toman este mundo de apariencias con humor! 😀

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