Té, leche y zapallo brasilero

Volviendo a casa del trabajo, te das cuenta de que los restos del guiso de lentejas de ayer no serán suficientes para sustentarte el resto del día de hoy. En consecuencia, y dado el remanente de guiso en la heladera, llegás a la conclusión de que para tu personal conveniencia lo mejor es pasar por el super, a ver con qué podés apañártelas para morigerar tu hambriento paso por la vida.

Una vez dentro del super y como ya es costumbre, te dirigís a las góndolas en donde reposan las facturas con crema pastelera y dulce de leche, en ostentosa indiferencia, y las puteás en silencio porque no te las podés comer, deseando que fueran humanas para poder cagarlas a trompadas por lo menos. Siguiendo de largo, y como ya también es costumbre, pasás por la góndola de la carnicería a ver si la carne picada se ve linda (algo que es como ganar la lotería). Por último, y siendo la costumbre más arraigada de todas, enfilás para la góndola de verdulería, en donde por primera vez en varios días ves a Gonzalo. Saludás a Gonzalo y pasás de largo frente a las verduras para sopa, por dos cosas:

  1. Estás podrido de tomar sopa.
  2. Tenés en la heladera una bolsita que compraste ayer.

Así que, recordando que además en la heladera te queda medio pollo (¡amargo recuerdo a deshoras!, te decidís a llevarte un pedacito de repollo brasilero. Por tres razones:

  1. Lo que te quedan son patas muslo, que sólo podés digerir a mediodía, como es el caso.
  2. Te encanta el zapallo brasilero.
  3. El otro día te quedaste con la sangre en el ojo porque lo único que tenían era uno entero, que tranquilamente podría haber servido para hacer la carroza de Cenicienta.

Y te llevás un pedacito de zapallo, después de constatar que es el más grande del montón (realmente te encanta el zapallo brasilero).

   Y como el día está tan feo y te dejó así como medio deprimido, deambulás un rato por el Super, sin destino conocido, a la deriva como la bolsita de Belleza americana, fantaseando con latitas de merluza al natural y frascos de berenjenas en escabeche. Das una vueltita y te llevás cinco bananas por hacer algo.

   Y te escurrís hacia la caja, detrás de un señor ciego quien tiene derecho a que le cobren primero. Y te sentís mejor cuando consolás a la cajera, quien es tan amable y siempre sonríe cuando te ve y no te ofrece meter tus cosas en una bolsa de plástico, porque sin darse cuenta cuando se fue el señor le dijo “nos vemos”. La pobre cajera, también sonríe cuando le decís que no, que siendo siempre ella tan simpática, el señor mal pudo haber confundido su saludo con una pulla acerca de la desgraciada situación de salud en cuestión.

   ¿Y el té y la leche? Ah, no, eso nada más te lo llevaste porque ya no tenías.

 

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