Marlboro man II: ¿Qué sale cuando uno sencillamente no puede dejar de cruzarse?

Adaptado para el blog: en una época, esto me parecía ciencia ficción.

   Esto le pasaba a una pobre especie extraterrestre, que habitaba un pequeño planeta situado justo en el centro de un lejano cúmulo globular, el cual estaba profusamente decorado con un sinnúmero de planetas, cuyas especies dominantes todas construían naves. La especie en cuestión no tenía nada de malo; no era belicosa ni transmitía enfermedades, no era perezosa y el planeta tenía una cantidad de recursos que estos seres se esforzaban por explotar. Como capital del cúmulo cuya población integraban, este planeta venía a constituir una central comercial y de comunicaciones, y sus variados aportes convertían a la especie en un mérito para la galaxia. Su problema es que no podían conformar nada parecido a una raza o una identidad, porque, en el proceso evolutivo que llevaba a la gente del fondo de los océanos al rico humus que cubría los continentes, algo había pasado con su sistema reproductivo, y esta especie era capaz de reproducirse virtualmente con todo lo que generara células sexuales. Sentían, entonces, una poderosa familiaridad que tanto atraía a los individuos hacia las especies con un cerebro de más de dos neuronas, como hacia los líquenes y las lombrices. Era extraño.


Menos mal que, como dije, no eran una especie belicosa, porque no había manera de decir a la distancia si un determinado ente pertenecía a la tal especie o no. Tener un peludo par de antenas azules, o carecer de ese ojo adicional coronando el cabito violeta de la frente, no era un criterio válido: una boa viscosa de color malva podía ser legítima propietaria de ese planeta tanto como un robusto caracol de doscientos kilos, y ambos podían contar con un contundente mapa genético para probar el parentesco entre ellos. Con tales dificultades para la discriminación, los integrantes de esta especie (si así se la podía llamar) no le daban lo que se dice mucha bola al asunto, y para ellos todo era un palo y a la bolsa. La única manera de determinar si un ente pertenecía o no a su curioso árbol genealógico eran los olores que producían las hormonas, pero este patrón resultaba muy poco decisivo si con cada nuevo encuentro amoroso las variaciones aumentaban. Finalmente, a quién carajo le importaba el olor que alguien pudiera tener. A fuerza de distracción, los habitantes de este planeta acabaron sin saber con qué otros planetas del Universo estaban emparentados.

Entonces, ¿cuál era, en realidad, el problema, con una especie tan dotada para la socialización? Evidentemente, el canibalismo; con tantas ramas como organismos vivientes diferenciables existieran en el cosmos, si quería sobrevivir, aquella especie no podía dar un paso sin comerse un pariente, sea en guiso o en ensalada. Era complicado. No para ellos, que ya se habían resignado, sino para numerosas especies que tenían el culo muy sucio. Para tales seres, que estaban acostumbrados a pensar que el pan era pan y el vino vino, resultaba incómodo tener que preguntarse, cada vez que visitaban un planeta perteneciente al cúmulo, si una nave suya había estado alguna vez allí, y si alguien entre aquellas insidiosas gentes había llegado a coincidir con dicha nave, y si eso que les habían servido podía ser una tía o un bisnieto, o algo que debería figurar en su Declaración de Derechos, aunque jamás llegaran a ser demandados. Esto era lo que hacía que las especies del cúmulo en general dejaran de ser admitidas en asociaciones internacionales, y se rechazaran cortésmente sus embajadores en cualquier organización que quedara fuera del cúmulo globular. Ellos entendían.

La especie podría haber colonizado todo el universo si realmente se hubiera esmerado, pero para ellos la gente era como las gotas de lluvia, y además, a fin de cuentas, ya poseían el cúmulo entero; algo que no tomaban muy en serio. Impartían un lenguaje común a través de una gran cantidad de dialectos densamente elaborados, pero que todos entendían, y las civilizaciones del cúmulo eran diferentes en el mismo sentido que los organismos, así que en realidad ni se sabía con precisión en dónde había comenzado todo aquello, ni le importaba a nadie. Se podía entrar desde uno de los planetas exteriores y salir por el extremo opuesto, sin que se repitiera una sola puesta de sol, una palabra, una cara, un tipo de sistema biológico o un estilo de música, y sabiendo, no obstante, que en realidad se trataba de lo mismo. Así, en cierta forma, era como no haber atravesado jamás ninguna distancia.

   Esta especie (o especies, bah) pudo haber extendido esta situación sin el menor esfuerzo, de no considerar que sería sobre llovido mojado: construían buenas y eficientes naves espaciales de todos los tipos e iban exactamente adonde deseaban ir, y aterrizaban en donde querían aterrizar, sin perjuicio alguno para sus raros organismos o su desmesurada fertilidad. A veces los dejaban quedarse en el planeta que visitaban, a veces no. Ellos no se mosqueaban por nada, y el único motivo que tenían para avanzar era la curiosidad.

Así que creo que yo venía mal encaminada y estaba hablando al pedo de la pobre especie, y oia Houston tenemos un problema, disculpen, no dije nada. No sé todavía cómo un robusto y velludo paquidermo terminaba relacionado con un marsupial verde de la altura de mi pulgar, pero una vez más creo que ese es mi problema; a lo mejor sería que el pez más grande se coge al pequeño o con paciencia y con saliva. He dicho que no lo sé y que estaba mal encaminada; todas las especies de ese cúmulo tienen una importante labor poética al respecto, pero ya se sabe lo que es la poesía, y yo no soy poeta.

 

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4 pensamientos en “Marlboro man II: ¿Qué sale cuando uno sencillamente no puede dejar de cruzarse?

  1. Dr. Zaius

    La mente y su capacidad imaginativa anticipan a la realidad, y los delirios más delirantes son ecos del futuro que los autores de ficción captan en sus cerebros-antenas.

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