Castillito chiquitito en el espacio profundo

   ¡No dejo de pensar en esa pobre gente de la Estación Espacial! Esta cosita que escribí hace un tiempo se le parece un poquito.

   Esta interesante edificación se encontraba en los vestigios de un antiguo planeta, el cual había tenido la mala suerte de ponerse en el curso de un cometa desviado, que cierto día llegó por donde no lo esperaban y transformó al planeta en dos pedregones tremendos de forma irregular, más un ancho anillo de asteroides de variadas dimensiones.
El castillito del que se habla se hallaba emplazado en el más pequeño de los dos planetoides, y había sido diseñado como un elegante boliche para aeronautas y diplomáticos en viajes de joda, productos de sobornos estrambóticos que casi nadie estaba en condiciones de pagar. Tenía la estructura de un castillo y todo; la gravedad era artificial y su atmósfera también era autoabastecida, ahorrándose mucho en camas de agua y sillas chinas y otras cosas que prefiero no nombrar por decoro. Todo fue bien, hasta que un día unos de los asteroides más grandes se la puso contra el planetoide a gran velocidad, y lo partió justo al medio, o casi.
La escisión del planetoide fue para el castillito un verdadero desastre. No nos olvidemos de que no dependía exactamente de la agricultura ni de la ganadería y menos de la recolección de frutos silvestres. Los sirvientes eran personal altamente especializado y salían carísimos, y quien había puesto al Ciber-Castillo en órbita era una multinacional que buscaba hacer propaganda a sus sistemas de impulsión y sus fórmulas de combustible y los nuevos fuselajes y esas cosas, y no le atraía pero para nada la perspectiva de seguir manteniendo una base publicitaria tan cara, en un planeta que se había quedado sin atmósfera, con la mitad de su población aniquilada, fuera de las rutas de navegación y sin visitantes por haber perdido los recursos minerales que se estaban explotando (y las bases secretas para la manipulación genética). Así que se escribieron un par de informes, se obviaron dieciocho especialistas y cuatrocientos ejecutivos borrachos cuya remanente existencia nadie se ocupó de constatar, y el castillito fue abandonado y olvidado en algún lejano lugar, situado entre la Nube de Magallanes Menor y la Nube de Carbón aledaña. Se ve a simple vista. El lugar, no el castillito, claro.
Los residentes fijos demoraron un tiempo en averiguar qué sucedió con exactitud, a pesar de que el castillo había sido fabricado con un nuevo tipo de cristal, una cosa durísima, iridiscente y que se facetaba con total sencillez aunque era tres veces más duro que el diamante. Por si no hubieran percibido el terrible sismo, la nacarada transparencia del castillo, enseñoreando siempre la cara oscura del planeta, les había permitido registrar la enorme bola de fuego dándole a aquella parte del territorio una luz venida del cielo por primera vez, y también la grisácea y amenazante columna de tierra alzándose desde el horizonte para taparlo todo todo todo, pero la interpretación de los hechos corría completamente a cargo de los académicos que comandaban el castillito. Ellos vieron cómo las luces provistas por el generador parpadearon y todas las uniones de las placas de cristal empezaron a vibrar, y el campo gravitacional oscilante comenzó a arrojar los tragos de los huéspedes en todas direcciones. Entonces las comunicaciones por radio con la capital y con el planeta Tierra se interrumpieron sin previo aviso, y los científicos empezaron a transformar una nave de recreo en una de rescate, para enfilarla directamente a Tierra, mientras esperaban restablecer las comunicaciones, pensando que alguno de los laboratorios clandestinos escondidos en el subsuelo había sido autodestruído, o quien sabe qué, por alguna ignota y decepcionante razón. Cayeron en la cuenta de la verdad cuando reconocieron frente a ellos una vasta luna irregular, con sendos pedazos de mapa que se sintieron en condiciones de reconocer. Para peor, notaron que su período de rotación había aumentado al doble y ahora en el castillito los días sucedían a las noches rápidamente, o como deberían hacerlo. Las placas de cristal no eran fotocromáticas.
Los herederos del castillo no dudaron de que serían abandonados ni por un solo segundo. Drogaron antes de decir nada a todos los huéspedes, pero cayeron en la cuenta de que pasarían demasiado tiempo restableciendo el contacto con Tierra como para utilizarlos como rehenes. Aún si conseguían reorientar las antenas y restaurar el campo gravitacional y la fibra óptica y lo que hiciera falta, para entonces ya habrían recibido un misil aire-tierra que cauterizaría cualquier despojo biogenético peligroso, o estarían retirados de las rutas de navegación por ser una base obsoleta. El resto del planeta, según informaron los exploradores que salieron en una inspección de emergencia, no existía ya más que como ruinas y cascotes, más si se contaban los restos que seguían cayendo sobre sus cabezas. La capital se veía alta en el cielo; todas sus luces estaban apagadas, menos algunas furibundas anaranjadas de forma irregular, que fueron evaluadas casi con total seguridad como incendios, los que no faltaban tampoco en los asentamientos locales que los exploradores visitaron en su propia fracción del planeta. Todos estos asentamientos estaban desiertos y destruídos; los exploradores coligieron, una vez más correctamente, que no era necesario divulgar aquella información ante las milagrosas puertas del castillito. Las probetas, los tubos de ensayo y los corredores llenos de muestras que encontraron en esos asentamientos estaban desperdigados por el suelo, entre un reguero de vítrea purpurina y de otras cosas que era preferible ni imaginar, pero que de seguro eran terriblemente contagiosas. Algunas eran tan rápidas que muchos de los científicos no habían muerto a consecuencia de los golpes o del shock, ni debido a la atmósfera fugitiva y velozmente enrarecida. La porción del planeta que los exploradores tuvieron la oportunidad de visitar era muy pequeña, por supuesto, y terminaron en seguida, pero aquellos hombres de singulares instintos y penetración psicológica aguzada hicieron varios intentos por comunicarse con la parte de planeta que les precedía en la órbita, y entonces no tuvieron ninguna dificultad para confirmar que todas las personas que estaban en ese momento ocupando el castillito habían tenido, al menos hasta ese preciso instante, una suerte increíble. Así que no intentaron volver, conocedores de que también ellos ya lo habrían supuesto.
Los rehenes, es decir los huéspedes, se eliminaron luego de un juicio sumario. El campo gravitacional artificial, que se regulaba para efectos lúdicos o para compensar el bajo campo del planeta cuando hacía falta, forzaba la marcha de los arruinados generadores y resentía la diferencia entre sostener dieciocho cuerpos y cuatrocientos dieciocho; los generadores de oxígeno ni hablar; los purificadores de atmósfera los recicladores de fluídos vitales los desintegradores los hidratadores los contadores de radicales libres de virus y bacterias y de varias otras cosas que no tengo muy claras los freezers donde se guardaba una cantidad de víveres que de ninguna manera podían alcanzar para cuatrocientas dieciocho personas atenazadas por el pánico posiblemente a perpetuidad y menos con tanta carga ininterrumpida sobre los generadores que así no resistirían los anticonceptivos los antidepresivos los suplementos vitamínicos y los tranquilizantes que eran suficientes para mantener en orden a toda aquella pequeña ciudad, pero no podrían. Los cinco exploradores no fueron incluídos en el juicio, y tampoco en la cuenta.
Todo sucedió como los académicos a cargo del castillito lo habían imaginado. Minutos después de la monstruosa colisión, el fragmento de planeta superviviente más grande estalló en pedacitos; era el misil aire-tierra que esperaban. No hubo más estallidos, probablemente porque el fragmento que enseñoreaba el castillito era muy pequeño para ser detectado. Era una suerte, porque los intentos por establecer comunicación por radio se malograban y malograban; para cuando los técnicos de comunicaciones consiguieron adaptar el equipo destinado al espionaje industrial a los circuitos de navegación espaciales, encontraron que no podían ubicar la frecuencia de Tierra. Empezaron a trabajar en un nuevo programa que los conectara aunque sea con otro lejano planeta que pudiera responder, pero en cada ocasión se encontraron con una radiofuente que desbarataba todas las emisiones y volvía locos a los sensores; debía haber una estrella de neutrones cerca. Qué suerte que por lo menos no perdieron tiempo con los rehenes, quiero decir huéspedes; todo esto pasó antes del amanecer del primer día antes del choque, es decir unas nueve horas.
Ahora amanecía y no era muy seguro que las barras, los sillones, las butacas de los reservados, los doseles que cubrían los baños y las camas de las habitaciones del piso superior (transparentes, como todo) proporcionaran refugio adecuado para más de cuatrocientas personas. Al sol le tomó menos de diez minutos reducir a cenizas y a arrugadas láminas brillantes la mayoría de los ornamentos de los salones, hechos de silicona y de gasas de seda. La atmósfera se puso tan caliente que los pulmones de los científicos hirvieron, y todavía se sintieron agradecidos; habían apostado veinte a uno que apenas amaneciera el gigantesco invernadero volaría derechito al Espacio Exterior, en diminutos pedacitos, y ellos más o menos alrededor.
Tendrían un poco más de tiempo. Los generadores volaron treinta y cinco minutos luego de que el sol saliera, reventados por la radiación y el indescriptible calor, pero cuando el sol se ocultó los sobrevivientes aún podían respirar, casi sin dificultad. Quedaban ocho, y se esforzaron por restablecer las comunicaciones a toda velocidad, conscientes de que aunque los hubieran dejado fuera de las rutas de navegación, se demoraría en reorganizar los vuelos y aún habría naves cerca que podrían querer ayudarles. Tenían razón; cuando terminaban sus nueve horas de noche cerrada, una gigantesca nave nodriza transitando la órbita a velocidad de crucero avistó el imposible resplandor del castillo eyectándose al Espacio Exterior, y les envió señales. Con su recuperada radio, los académicos señalaron su presencia en lo que quedaba del planeta, recibiendo a continuación un misil aire-tierra. Igual no podrían ocultar mucho tiempo que ya no disponían de los rehenes. Igual, lo único que estaba funcionando en el castillo eran los dispensadores de preservativos.
Los preservativos se habían derretido hacía tiempo.

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