El arte de la calabaza

   Después de tanto zapallo brasilero, me ha venido a la mente esto que tiene ya algunos años, pero que me cae muy oportuno. Es de cuando se me había puesto que tenía que escribir un cuento por cada entrada del diccionario de mitos y de símbolos de Chevalier-Gheerbrant (versión original francesa). Obvio, me cansé pronto.

   Pero llegué a escribir éste.

“La gourde” *                                                                                                               (* “calabaza”)

    Sin hablar para nada de la Cenicienta, te cuento que la calabaza mágica realmente existía. La cultivaban los Bambara, una tribu bien metida en el medio de África (más o menos), y la usaban no para hacer dulce sino que la comían bien a la criolla, es decir acompañando un puchero. Un puchero de Bambara, en algunos casos; esta gente que cultivaba la calabaza era una rama de la tribu originaria estudiada por los antropólogos, y era antropófaga de una manera entusiasta. Pero la culpa era toda de la calabaza.

   Aquella gente vivía para coger. Se pasaban el tiempo inventando nuevas formas y nuevas posiciones, y tenían un lenguaje específico tan vasto que hacían que el arameo pareciera la lengua chimpancé. Carecían de vocablo para designar algo como el matrimonio y si alguien les hubiera explicado la idea se hubieran cagado de la risa (bueno, a lo mejor esto no es tan novedoso). Cuando ya no podían fifar más, que era alrededor de los ciento seis años por los efectos de la calabaza, se alejaban de la tribu avergonzados, con una cacerolita, un poco de agua y una pequeña medida de grano, y se quedaban por ahí pernoctando hasta que venía una hiena o una leona y se los comía. Era ésta la única tribu del mundo en la que las jóvenes se peleaban verdaderamente hasta sacarse los ojos por los viejos más viejos, y sobre todo más pobres: que el hombre fuera muy viejo garantizaba un doctorado en el Arte de la Calabaza, y que fuera muy pobre indicaba que, además, tenía una voluntariosa predisposición.

    De hecho, el segundo deporte más practicado por la tribu eran las peleas de mujeres. Estas peleas surgían espontáneamente cuando uno de estos caballeros se disponía a entregarse al deporte más practicado, y había más de una dama en la cola. El orden de llegada no existía y primero tenía lugar una encendida disputa verbal, que nunca resolvía nada, y luego las adversarias se medían con la mirada, lo cual tampoco nunca resolvía nada, y luego todas se agarraban de los pelos y de todos los lugares que podían agarrar con uñas y dientes. Lo cual tampoco resolvía nada. Cuando se enteraban de lo que estaba pasando, todas las mujeres en diez chozas a la redonda se sumaban instantáneamente a la revuelta, y todo se revolvía muchísimo más, y en algún momento el caballero ligaba algo, aunque no sabía cómo ni de quién, porque estaba en la base de una pirámide de mujeres peleando que aún esperaban su turno. Para peor, nuevas mujeres seguían enterándose y llegando, llegando y llegando. No sé cómo estos tipos vivían hasta los cien años; no, sí sé: era la calabaza mágica.

     Así que se puede suponer que estos Bambara era gente razonablemente feliz, y tal suposición no resultaría errada. Sólo había un problema, y era el que conducía a la antropofagia. Sucedía que, por su forma de vida, estas personas sencillamente no podían concentrarse en nada que excediera el radio de cultivo de las calabazas, y eso incluía los campos de cultivo de otras cosas; la cría de cebúes, de ovejas, de cabras, de búfalos, el comercio de las pequeñas artesanías, e incluso de esposas. En efecto, la tribu era perniciosamente endogámica, y todo el mundo se parecía a todo el mundo, siendo que estaba prohibido hasta el matrimonio entre primos segundos. Resumiendo, los Bambara se cagaban de hambre.

   Demasiado cachondos y débiles hasta para ir a robarle a otros lo que a ellos les daba fiaca conseguir, llegaba el momento en que debían meterse en la boca algo que consiguiera llegar al estómago, y aún seguir viaje, y entonces miraban a su alrededor y no encontraban nada. Poco memoriosos y menos estudiosos para lo que no les interesaba, los Bambaras se encontraron con esta situación muchas pero muchas veces, hasta que finalmente tiraron la mano para lo que era más fácil de conseguir, o sea, ellos mismos. Entonces, en épocas de hambre cuando no podían arreglarse con los pocos recursos que empleaban habitualmente, los Bambaras aprovechaban para reciclar lo que quedaba después de las peleas de mujeres, que siempre alguien terminaba culo al norte, sin saber muy bien qué había pasado. Y entonces los Bambara hacían lo que tantos pueblos de guerreros antes que ellos, con fundamento religioso (caso que no era el de los Bambara).

   En esas épocas las calabazas mágicas eran cuidadosamente racionadas; por eso se recurría a la antropofagia. Pero el racionamiento era un arma de doble filo. Entre el hambre, la calentura y la ansiedad que dan las dos cosas, unida a la que venía del temor de quedarse sin calabazas, en lugar de analizar un poquito los Bambara entraban en pánico y no sólo su voracidad de calabazas y arte anexo aumentaba, sino que además tenían más hambre, y estaban mucho más irritables. Las guerras de mujeres se armaban entonces por cualquier cosa. Se veían estallidos multitudinarios por mocosos de dieciocho años que vivían en hermosas cabañas y no valían un tarro de mierda, y en casos extremos se veían guerras que empezaban las mujeres por otras mujeres, y no mujeres de tipo andrógino. Qué suerte que los Bambara vivían cerca de la selva y al pie de una cadena montañosa baja; el relieve solía acaparar las nubes y provocar la lluvia con sus frías cimas, y la humedad casi no era un problema, y siempre había bastantes frutos y animalitos pequeños que cazar y raíces gruesas y jugosas que recolectar. Si no, entre los guisos de calabaza y los de Bambara, si las rachas de hambre hubieran venido seguidas aquella tribu se habría extinguido rápidamente, sin dejar el menor rastro. No sólo ellos, sino también las calabazas.

   Las calabazas necesitaban mucha de esta humedad que recibían los Bambara. Ocupaban una ondulada y herbosa colina, que rodeaba la amplia sabana ocupada por el pueblo, y las plantas eran enormes y necesitaban de mucho tiempo para crecer; las calabazas necesitaban todavía más tiempo para madurar. De hecho les tomaba años, y era una suerte que con su desmesurada voracidad los Bambaras fueran tan pocos, y tantas las calabazas. Calabazas que sí hubieran servido para vaciarlas y hacer una carroza, como en la historia de Cenicienta, ya que alcanzaban el tamaño de un rinoceronte y eran bajas, pero alargadas. La cáscara era muy dura y brillaba mucho, y tenía nudos como la madera de los árboles pero de un color rojo muy oscuro, medio nacarado, que se veía muy bonito. La pulpa duraba bastante tiempo en buen estado aún separada de aquella cáscara, y esto era muy bueno para los Bambara, que aprovechaban ambas cosas: un Bambara podía decidir apropiarse de una gran cáscara y establecerse ahí todo el tiempo que quisiera, si tenía problemas con su choza, aunque esto no era muy usual; de esta manera quedaba espacio para un solo Bambara, lo cual vimos que no era la idea. De cualquier forma, se podía cortar aquella cáscara en placas para hacer de techo de una cabaña muy resistente, o fabricar tambores, o platos, o muchas otras cosas. Sin embargo, los Bambara no eran como los mayas u otros pueblos.

   Los Bambara no eran el “Pueblo de la Calabaza”. A los Bambara les importaba un pito cómo habían aparecido las calabazas sobre la Tierra, o cómo crecían, o qué tenían que ver con el Sol o con la Luna, no las plantaban, no las cuidaban, no las regaban, y no tenían ni idea de cuál era la estación en la que florecían o la estación en la que fructificaban, y era una suerte que aquellas plantas fueran tan resistentes a las sequías y poseyeran largas espinas que mantenían alejados a los animales, porque si hubieran dependido de los Bambara, les hubiera ido como a los Bambara. Esta gente no hacía ningún paralelo con la forma de las calabazas y el útero de las mujeres, o los senos de las mujeres o los testículos de los hombres o vaya uno a saber qué, y no se sentían profundamente agradecidos por el hecho de que tal maravilla de la Naturaleza hubiera ido a crecer justamente en su territorio. No les rezaban, ni tenían ninguna ceremonia supersticiosa que les asegurara el suministro permanente y seguro de más calabazas. Todo lo que les importaba a los Bambara sobre las calabazas, era que sus semillas también eran ricas pero producían muchos gases, no obstante lo cual se las comían igual. Si era muy observador, caso que no se sabe si alguna vez se dio, un Bambara podía notar que cuando hacía mucho tiempo que no llovía se cortaban menos calabazas, pero nacían muchos Bambaras, y también se comían muchos vecinos al asador. Pero no se puede saber qué hubiera opinado ese Bambara observador al respecto: si las calabazas eran una amenaza pública y debían ser quemadas, si las calabazas eran la razón de la existencia de los Bambara (o al menos de su felicidad), si los vecinos al asador eran ricos con puré de calabaza y mejor los hacían antes de que se terminaran.

   No sé cómo los Bambara, es decir estos Bambara, llegaron a descubrir estas calabazas y sus poderes mágicos. La tribu originaria les tenía a las calabazas un gran respeto; para esos Bambara, el cordón umbilical de los bebés era la “cuerda de la calabaza” que los conectaba al universo. La calabaza era la gestación y la matriz femenina; eran gente seria esos Bambara. Tenían todas explicaciones que les faltaban a sus hermanos cachondos del otro lado de las montañas, y se hubieran molestado ante su intolerable desidia. Claro que no sé si estamos hablando de las mismas calabazas.

Sé que de acceder a su existencia, mucha gente que conozco no se hubiera mantenido tan ecuánime.

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