La increíble tiendita del horror (o “Ese asunto del Golem”)

   Esto que escribí hace muchos años me recuerda a una disparatada noticia que acabo de leer, y que han puesto en Twitter como si nadie se la viera venir. Mirá que este cuento es viejo… ¿Por qué no lo leés y me decís qué tan descaminada estoy?

   Ésta es la noticia… 

Ahora…

images   En esta fábrica que te voy a contar, hacían diversos tipos de juguete para cuando la gente se sentía sola. Bueno, sí había muchísimas muñecas pero no todos los juguetes eran sexuales. Por ejemplo, tenían enormes osos mecánicos sin dientes que corrían a viejos cazadores a campo traviesa, y maniquíes a los que se les pegó una extraña clase de pelo sintético que crecía sin parar, los cuales resultaban muy demandados por peluqueros y depiladores. También se armaban unos aparatos con un sistema de sonido ultrasofisticado que les permitía hacer como que dialogaban, para políticos y profesores, y unos que sólo servían para meterse en los dormitorios a cualquier hora y preguntar “¿qué estás haciendo?”. Otros nunca dormían y se pasaban la vida en batón y ruleros, especializándose en irrumpir en la cocina a las tres de la mañana cuando oían ruidos, con un palo de amasar. Habitualmente, a esos artilugios los encargaba gente retirada o gente a la que no le dejaban hacer horas extra, y a la que no le importaba pagarlos a precio de oro. Los fabricantes hacían muchísima guita.

Comenzaron su negocio en una instalación abandonada que hicieron funcionar otra vez, luego de ser despedidos de una fábrica de autos; eran expertos en cibernética y adaptaron a sus propias necesidades un equipo que les dieron como indemnización. El grueso del negocio había salido por accidente. En un principio, ellos nada más querían vender unos robots de limpieza y, bueno sí, algunos que hicieran otra cosita porque los iban a desalojar y necesitaban el dinero. Cuando la noticia cundió entre la selecta clientela fue que empezaron a caer los pedidos de enormes osos sin dientes que corrieran a los cazadores a campo traviesa.    Después, los expertos se dedicaron a publicitar este tipo de trabajos ya que les iba tan bien, y hacían los robots de limpieza y los otros sólo como atenciones a los clientes regulares.  En general y a largo plazo resultaron ser como Gepetto, pero no hacían nada de madera y cobraban muchísimo más caro. En cuanto a necesitar compañía, como los robots tenían que asentarse siempre había alguien dando vueltas por los talleres a toda hora y los expertos no se sentían agobiados, y siempre tenían energía para trabajar muchísimo.

imagesLos plagios o denuncias no les preocupaban porque se aseguraron enseguida de sacar todas las patentes, y el “síndrome de Frankenstein” no les afectaba porque Frankenstein estaba hecho con retazos de humano y ellos no hacían nada humano; los robots ni estaban forrados de piel. Sus humanoides de fibra de carbono y de vidrio y de titanio apenas contenían cada uno una minúscula porción de idiosincrasia, con habilidades lingüísticas que estaban reducidas en todos los casos a “Buenos días, señor/ita, ¿quiere ahora su té?”, o bien “Andá a trabajar antes de que le cuente a tu padre”, o quizás “Perro bastardo, limpiá bien ese baño o te fajo”, pero no pasaban de ahí; si recibían alguna respuesta sólo se quedaban tildados un segundo y después empezaban otra vez. Sus circuitos eran tan limitados que los que podían cocinar no sabían prender el horno y los que estaban programados para morder no cerraban las mandíbulas a menos de noventa grados, jamás, y sólo lo hacían una vez, y esas mandíbulas estaban ajustadas con banditas de goma tan débiles que se las debía cambiar cada dos semanas.

   Los expertos eran tan cuidadosos que no ponían en los programas nada pero nada en absoluto que les permitiera excederse al punto de dañar en lo más mínimo a ningún ser viviente o no viviente, incluídos ellos mismos; estaban tan limitados que no había necesidad de preocuparse por las leyes de la robótica de Asimov. Y durante unos años, mientras hacer esos robots estaba severamente reglamentado y era tan difícil y resultaba tan pero tan caro, todo fue bien. Pero los expertos iban derechito a descubrir que algo se les había escapado.

Las personas se olvidaban sin cesar de lo que habían pedido originalmente. Si bien al principio tenían por ejemplo una doncella que pelaba las cebollas y decía “no puedo tan rápido, señora, que no soy joven como usted”, después les parecía que la doncella podía ir más rápido y decir lo mismo de todas formas. Después les parecía que la doncella también podría hacer la manicuría y la pedicuría, y de ahí iban al punto arroz y el bordado a mano y el acné, y las cicatrices de la lucha con la patota, y el tatuaje de la vez que casi se habían casado con el marinero bengalí. Sucedía al final que entre una modificación y la otra estos clientes acababan por pagar tanta plata que muchas veces quebraban, y si no iban a la quiebra terminaban poseyendo unas cosas tan raras, que una mañana los robots sólo dejaban de funcionar porque los programas se habían confundido, imagesse contradecían o quién sabe qué, o el usuario entraba en una espiral de requerimientos tan acelerada, que simplemente no podía aguantar a llegar a la empresa y agarraba el robot a palazos. A veces esto también pasaba después de que el cliente se fundía, claro.

Otro problema es que los ingenieros aprendieron a desarrollar circuitos tan bien delineados, que llegaron a encontrarse diseñando robots capaces de balear a un pelo en perfecto estado de salud (y con eso no quiero decir que lo hicieran), o unos que podían contar las moléculas de alcohol en el aliento de un esposo retrasado, o lo que es peor el índice de dopamina, o el porcentaje de adrenalina o cosa parecida, y entonces los clientes detectaban toda una serie de fenómenos que ni sabían lo que eran ni si les importaba, y les agarraba una paranoia tremenda y empezaron a producirse misteriosos suicidios desencadenados por una baja en el zinc, o tuvieron lugar homicidios pasionales de lo más sangrientos, porque al analizar las luces del auto que se acercaba algún robot había descubierto un aproximamiento al azul según Doppler-Fizeau. Ese tipo de cosas. Naturalmente esto empeoraba lo que dije antes, acerca de los clientes que se iban poniendo más y más ansiosos y perdían la cabeza si el robot les traía el café con leche a cincuenta grados en lugar de cincuenta y uno.

   En aquella época, tenías robots especiales para hombres solteros que registraban feromonas a cincuenta kilómetros, igual que las falenas, y otros que poseían algunas capacidades que hacían que al cliente ni mierda que le importaran las falenas. Al mismo tiempo, estos robots realizaban un afeitado perfecto y predecían la competencia sexual por parte de otros hombres, y algunos clientes mandaban a los robots de vuelta al taller para que arreglaran ese asunto también. Entonces venía, por ejemplo, la parte divertida de los robots que hacían curiosas depilaciones con dibujos anatómicos que nada tenían que ver con la parte de la anatomía de la que se tratara, y otros robots que protagonizaban activamente incidentes grotescos que es mejor no mencionar, antes de dejar de funcionar porque los programas se confundían, o por defensa propia. Y a veces los clientes no podían esperar a llegar al taller, y agarraban al robot a palazos.

Contra todo lo que pudiera esperarse, las dificultades no se solucionaron por medio de ordenanzas o precios que ya no podían abarcarse con la mirada. El coto fue puesto por un presidente que, mientras se encontraba visitando a un diplomático extranjero, fue convidado a departir un momento con una bella hetaira mecánica, la cual no sólo presentaba un parecido físico asombroso con su señora esposa, sino que además conocía ciertas mañas de ella que habían trascendido hasta él por pesquisas confidenciales, de cuando dicha señora todavía pertenecía a la farándula. Investigando el asunto, el Servicio Secreto de aquel país localizó varios harenes por el estilo, compuestos no sólo por esposas ajenas sino por varias otras que habían visto este hemisferio en persona cuando todavía eran hombres, o no necesitaban implantes peneanos, y cosas así.

   Previniendo la avalancha de juicios y robots que hicieran changas a nombre de tal o cual, y que luego pretenderían ser cobradas mediante varias clases de sorprendidos trueques, el presidente hizo varias llamadas, y convocó a algunas reuniones a puertas cerradas. Y luego de un tiempo (que fue generosamente aprovechado), los robots de la ilustre fábrica no podían tener caras ni piernas ni hablaban, y sólo se limitaban a fregotear y lustrar y aspirar. Bueno, sí, los pelos podían ser de goma suave y rosadita y los tubos podían variar en ancho, según el pedido.

imagesPero ni ahí que las cosas volvieron a la normalidad. Los científicos, ahora ejecutivos, se demoraron en la prolífica sociedad unos cincuenta años, más o menos, y ayudaron a impulsar la ingeniería de tejidos que permitía, en sus comienzos, devolver brazos y orejas a pobres personas que los habían perdido en accidentes, y luego dotar secretamente de brazos y orejas extra a pobres personas que no los habían tenido antes ni los necesitaban, pero que ya no podían pasar un día más sin ellos. Hicieron muchísima más guita, y murieron con enormes sonrisas, en caras que no habían envejecido ni cinco minutos desde el momento en que descubrieron que podían ser como Gepetto, pero además podían decidir a quién parecerse todos los años.

Los problemas son para volverse loco, pero no los voy a contar porque ya sería repetir demasiado. Además, con gente en el mundo que cumplió su sueño de parecerse a la diosa Khali y otros, muchas personas podrían sentirse disminuídas. Ya la tasa de homicidios subió hasta las nubes y la de suicidios culposos por ahí anda.

(Las fotos las he googleado; las retiraré de inmediato si los autores lo requieren)

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6 pensamientos en “La increíble tiendita del horror (o “Ese asunto del Golem”)

  1. Dr. Zaius

    ¡Muy ocurrente y chispeante! Este ya lo había leído en una era pre-internet. En papel. En tiempos remotos, con los árboles se hacían unas láminas sobre las que se escribía. Ahora dan risa tales antigüedades.

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