La humilde pero poderosa polenta

   Considerando la desapacible temperatura del día de hoy, más apropiada para la estepa desolada que para la primavera comenzada el día de ayer, podrías decidir que para almorzar te conviene una excelente polenta con salsa, acaso con un poquito de pollo.

   Primero vas al Super, pero peinate primero, dado que la buena noche pasada te ha dejado con los ojos hinchados, y la cabellera como uno de esos arbolitos secos que ruedan en las películas de vaqueros. Una vez en el Super, te vas directo a la verdulería, que la cabra siempre tira para el monte. En la verdulería, saludás educadamente a Gonzalo (con la cabeza más bien baja, porque te olvidaste de lavarte los dientes) y hacés que te pese las dos cebollitas pequeñas que conseguiste rescatar del cajón, porque las cebollas del Super siempre son feas y cuesta un montón encontrar una como la gente, pero no querés ir a lo de Miguelito porque hace mucho que no vas y te da vergüenza. Miguelito tiene ojos dulces y es una buena persona, igual que Gonzalo. Será la gente que trabaja con verduras, que es así.

   Después de que Gonzalo te pese las cebollas, te vas para la góndola donde tienen las lentejas y la polenta y el arroz y esas cosas, y abarajás un paquete de polenta, uno de arroz y uno de lentejas. El de arroz es para el viejito que abre la puerta a la entrada del Super. Se lo vas a dar en una bolsa y le vas a decir “Hola, ¿usted no se ofende si yo le doy esto?”. Después te vas adonde tienen el puré de tomate y los enlatados en general, y agarrás una cajita de esa pulpa de tomate que te dijo el Gran Rulemán que no tiene conservantes y es más saludable. Ningún otro enlatado, porque continuás con la política de comer la menor cantidad posible de cosas envasadas. Ya estás casi lista.

   En casa, vas a pelar las dos cebollitas y les vas a quitar esas hojas apergaminadas amarillentas y arrugadas tan desagradables, y las vas a picar en cuadraditos muy pequeños. Ya sabés cómo es todo el procedimiento de la salsa; ya te lo dije, no me hagas repetir las cosas. Como vas a hacer polenta, ponele una hojita de laurel. Tomillo no, porque siempre sentiste por el tomillo una profunda aunque irracional antipatía. El resto es sencillo y en nada diferente al Verdadero y auténtico manjar de lentejas: vas a agarrar de la heladera la pata muslo que te quedó de ayer y vas a esperar una hora a que se cocine en la salsa. Mientras tanto, hacé la polenta, así cuando la salsa esté lista no tenés que esperar para comer, y además si la polenta está fría te entibia la salsa y no te quemás la boca.

   Para hacer la polenta, llenás casi hasta el borde la olla enlozada verde con la manija de madera, que es más bien una sartén profunda, y le ponés una cucharada sopera de sal gruesa y un par o tres cucharadas de aceite de girasol. No le vas a poner ni leche, ni manteca, ni queso; recordá que ya no es posible conseguir un pollo magro y además le estás poniendo a la salsa una pata muslo, que es lo menos magro de todo. Si querés hacer chanchadas, para la salsa usá pechuga de pollo. Y cuando el agua hierve, vas echando la polenta en forma de lluvia: la observás pensativamente mientras revolvés con la cuchara de madera, cómo empezó ayer la primavera, entre el viento y la lluvia, cómo se te alborotaba el cabello cuando saliste esta mañana. Pensás en las películas de David Fincher, porque de FrikiRatos te pidieron unos comentarios. Pensás en el Club de la Pelea y en Gotham y en Legión y en el problema del bien y del mal. Y después, como te pasa siempre, como echaste demasiada polenta para el agua que hay y se está espesando demasiado, le ponés a la olla más agua.

   Y eso es todo. Te está permitido comerte toda la pata muslo y no sólo la mitad, porque es sabido que la polenta primero llena pero rápidamente te deja con hambre otra vez (no recordás la expresión en italiano que usa tu mamá). No tanta polenta, sin embargo, porque después de todo es hidrato de carbono.

   Y no le vayas a poner queso de rallar, hereje; para qué te doy una receta bajas calorías.

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