Otro de vampiros (Poroto Gómez’s adventures)

   En una ocasión, el agente de la policía Poroto Gómez atravesó una breve etapa de vampirismo. Fue cuando tuvo que trabajar de noche. Un perro lo mordió mientras él trataba de separarlo de la dueña, en plena calle, y desde entonces el Detective echó algunos hábitos extraños que no se le hubieran podido escapar a nadie, como ser desayunarse con una morcilla cruda y acechar celosamente al personal femenino que atendía a imageslas visitas de Andrés.

   Mientras lo único que desaparecían fueron los tampones usados, no hubo ningún problema, pero cuando dejaron de desaparecer las petacas escondidas, el agente Gómez empezó a llamar la atención. Fue peor cuando llegó a trabajar para irse con una bolsa de papel en la cabeza, rehusando ser relevado del turno de la noche por la posible desintegración inmediata ante la luz del sol. Entonces le fue ordenado visitar al psicólogo del personal y el agente dijo que bueno, siempre y cuando le arreglaran un turno al atardecer.


Un día empezaron a sucederse los Crímenes de la Plaza Libertad y la cosa se puso seria de verdad. Una cuestión eran los hilitos y las grasitas de las morcillas escondidos entre los expedientes, y otra los solitarios paseantes de la madrugada destazados y sin nada de sangre. “Yo no fui”, dijo el agente Gómez, y lo siguió diciendo a pesar de que le preguntaron lo mismo de muchas maneras distintas. Muchas. El psicólogo hacía lo que podía. Pero igual suspendieron al agente Gómez y le dieron una licencia psiquiátrica por stress o algo así, y después hicieron e hicieron hasta que lograron meterse en su casa con una orden de allanamiento.

   Encontraron todas las paredes pintadas de negro, incluyendo las ventanas y los espejos (en cada uno había un lindo paisaje nocturno recortado de un almanaque). La heladera del agente Gómez estaba llena hasta el tope de costeletas sangrantes, y las alacenas de frasquitos de extracto de carne. En el centro de la mesa, se lucía una frutera con un racimo de chorizos colorados y dos pollos pequeños. En la mesada aparecía una hermosa bola de lomo crudo, masticada a medias: por las dudas, la policía había llegado a la casa a la hora de la cena; no querían que el agente se asustara y se mandara a mudar, ya que con todos esos cambios a lo mejor también se había vuelto rápido.

images   En cuanto a la cámara de dormir, los policías hallaron que el agente no tenía sótano, pero se las había arreglado para reemplazar su cama por un bello ataúd de cedro con herrajes de bronce, y asimismo había instalado en el dormitorio cuatro candelabros rodeando el ataúd, cada uno con cuatro velas (dinero del truco, sin dudas, decían los policías entre dientes tratando de que no los oyera el Comisario). Y por supuesto, en la casa del agente Gómez también se encontraron muchísimos cuchillos, de todos los tamaños y funciones. Y ni un frasquito de metílico para el calefón, ni un frasquito.

   El agente explicaba y explicaba. Que él había tomado una opción de vida, que no le interesaba la antropofagia y que lo dejaran de joder. Pero no tenía ninguna coartada. Lo recluyeron en un sanatorio mental hasta nuevo aviso mientras las investigaciones continuaban, y continuaban, y continuaban…

   Continuaron hasta que el Destripador de la Plaza Libertad se cansó. Un día nada más dejaron de aparecer cadáveres y todo el mundo respiró con un tremendo alivio, especialmente los policías que con el despelote que se armó eran los únicos que andaban por ahí a cualquier hora. Pasaron los meses y el caso seguía abierto pero las ancianitas ya no andaban asustadas, y poco a poco volvieron a aparecer también los soretes que siempre se habían considerado parte del paisaje de aquella Plaza.

   El agente seguía allá donde estaba pero nadie le avisaba nada por las dudas; andando el tiempo hasta se pasó a la Filosofía Zen y la pintura al óleo y escasamente alguien lo supo, porque para entonces nadie lo recordaba. Ni siquiera se acordaron al ser descubierto el Destripador. La asesina fue una viejita que vivía resentida por tener que levantarse temprano: era la misma cuyo perro había mordido al Detective tan malamente, aquella vez, antes de que empezaran los problemas.

   Un día al agente lo soltaron porque su historia clínica se había perdido y parecía bastante tranquilo, y ahí llegó a enterarse de todo él mismo. Él conocía a la ancianita y la recordaba bien, puesto que además era su vecina del piso de abajo.

   Podría haberlo sospechado desde un principio. La noche en que los vecinos escandalizados lo llamaron, esa vieja estaba en la calle forcejeando con el perro de una manera que era para despertar compasión. Trataba de arrebatarle la costeleta masticada que el perro tenía, y ya lo había mordido algunas veces. El agente Gómez siempre pensó que el perro lo terminó mordiendo a él por accidente.

   En cuanto a la viejita, bueno, al agente Gómez le gustaba escuchar unas cumbias medio fuertes antes de irse a dormir, pero ella pudo haberle dicho que la radio le molestaba; ¿había necesidad de salir a matar gente para despejar los nervios? A ver si  ahora lo acusaban a él de ser el instigador de los Crímenes de la Plaza Libertad; lo único que le faltaba. No sería nada raro.

   ¡Con toda la plata del truco que le debían en la Comisaría!

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