La real y verdadera historia del sobresaliente pastel de carne

   Puesto que el viernes te has molestado en anticipar el delicado proceso conducente a la confección de este excelente pastel, cabe ahora que reseñes el resultado de tal proceso, en todos sus detalles reales y auténticos.

   Cabe mencionar que, en primer lugar, y sin haber conseguido dejar de tuitear a tiempo, se te ha hecho tarde para hacer las compras, en razón de lo cual te dirijiste al Super luego de la caída del sol, cuando va más gente. Además, como te has olvidado de ir al cajero automático, no tenés efectivo, dado lo cual te llevaste encima tu tarjeta de débito y tus documentos. Pero el auténtico problema es que en lugar de llevarte el changuito, como habías planeado, dadas las prisas olvidaste tal propósito, y en su lugar optaste por llevarte una bolsa de las que te gusta reciclar. Una sola.

   Ya en el Super, y dada la hora, tal como se menciona anteriormente, caés en la cuenta de que hay demasiada gente en la góndola de la fiambrería, para no hablar de la sección de verdulería, y además de que a vos no te gusta hacer cola, se te va a hacer tarde para ir a lo de Alberto, que cierra temprano. Dado lo cual, y como te gustan todas las clases de queso de esta verde tierra de Dios, te llevás de la canastita sobre el mostrador uno de los pedacitos de queso azul que la señora gorda envasa para que la gente se lleve, ya pesados y con el precio. Ahí esquivás a tu vecina que no podés ni ver, haciendo como que no existe, y como ella hace lo mismo no hay ningún problema. Hasta aquí, todo bien.

   Después te ponés a dar unas vueltas en círculos porque no te acordás de lo que tenías que comprar, y luego de unos segundos agarrás para la parte de verdulería. Allí tomás una de las bolsas transparentes que llevaste y envolvés una planta de espinaca, que se ve muy verde y linda, aunque llena de tierra; qué odio lavar la espinaca, la acelga, la rúcula; toda la verdura de hoja. A continuación, vas por los tomates perita, denostándote interiormente porque sólo te llevaste una bolsa transparente. Ahora vas a tener que agarrar una nueva.

   Después te acordás de que se te está por terminar la leche descremada, y buscás a ver si tienen la que te gusta, lo cual no es nada seguro, pero como tienen, abarajás un litro. Luego, caés en la cuenta de que se te terminó la sal gruesa para hacer el puré, por lo que rápidamente enfilás para la góndola en donde tienen todos esos productos tan malos para la presión arterial, y agarrás una caja de un kilo, que vos solés hervir muchas cosas y te va a venir bien. Entonces te das cuenta de que te falta la salsa scarparo para el pastel y vas a buscarla, pero llegando a la góndola te parece que el pastel podría llegar a quedar muy fuerte con una salsa procesada, después de todo, y te decidís por una cajita de pulpa de tomate; no sería buena idea atentar excesivamente contra el pobre estómago del dr. Zaïus, ya demasiado castigado por las salsas tibias e insuficientemente cocinadas de su señor padre.

   Luego de unas vueltas en círculos más, comenzás a darte cuenta del peso del canastito de las compras, que ya lleva unos buenos tres kilos. Pero querés llevarte más cosas, porque no te gusta sacar la tarjeta de la casa al pedo, que ahora con eso de que no se necesita clave cualquier pelandrún que la encuentre te puede hacer un desastre. Además, te da vergüenza dársela a la cajera para pagar dos pesos con cincuenta. Pero es que ya estás llevando demasiado peso.

   Pensando que ya que hiciste veinte, podés hacer veintiuna, te vas para atrás de nuevo y ponés en la canastita una botella de ese jugo de durazno rico que te gusta a vos y al dr. Zaïus también, y ahora sí, como definitivamente no podés llevar más peso, y es tarde, y ya tenés todo, te vas para la caja.

   La bolsa va a demorar en romperse el tiempo justo para que entres en el edificio. Una vez hecho esto, la espinaca, los tomates, la pulpa de tomate, el queso azul, el jugo, la leche y la sal se van a desparramar por el suelo y, acaso y cuando se pueda, rodarán por todas partes, obligándote a hacer tres viajes para llevar todo hasta tu puerta. Luego de lo cual terminás con tanto cansancio y enojo, que mandás todo a la mierda, guardás las cosas y pensás que vas mañana a comprar la carne. Total ahora podés hacer al menos el puré y dejarlo listo. Entonces te das cuenta de que te olvidaste las papas. Te sentís libre para putear durante un largo rato.

   El día D, sábado, hacés todo lo que tenías planeado con las modificaciones del caso. Buscá el efectivo al mediodía, cuando salgas del gimnasio; no compres nada en el Super de la avenida porque tiene muy caras tanto la pulpa picada como las papas. Esperá a ir a lo de Alberto para la carne, y comprá las papas en esa verdulería chiquita que abrieron a cinco cuadras. A la tarde, dejate convencer por el Gran Rulemán, que indica sabiamente que al pastel de carne le quedan muy bien las aceitunas verdes y el huevo duro. Y el resto sí hacelo como lo habías planeado. Salvo por la parte de los huevos duros y las aceitunas, que te olvidaste por el apuro en venir a cocinar.

   El pastel queda con una deliciosidad llamativa, pero no exageres con el puré de papas, por mucho que te guste, porque diluye un poquito el sabor de la carne, que resultó muy bien. Como finalmente el dr. Zaïus no encuentra tan atractiva la alternativa del queso azul, podés hacer mitad y mitad; rallás encima de su mitad un poco de parmesano. Aunque en tu opinión, el queso azul le queda increíble al pastel de carne.

   Y sí, aunque no te guste tanto, sería mejor que la próxima vez la ensalada sea de rúcula y tomate, y a lo mejor un poquito de queso rallado. Y llevá el changuito para hacer las compras.

   Podrá no ser la receta que tenías pensada originalmente, pero es de sabios cambiar de opinión. El secreto es ese asunto del ensayo y error; igual te vas a comer el pastel salga lo que salga, no lo vas a tirar. Para nada.

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