Marte

Una cosa viejita, que con todo el despelote que están armando con Marte, no puedo creer que me haya olvidado hasta ahora. Acá está la verdad de la milanesa, en lo referente a la vida en Marte… Por favor, considerá que este cuento es de 1999. ¿Eh?

   Con respecto a Marte se han escrito un montón de libros y la mayor fuente de curiosidad han sido siempre los marcianos; una lástima, porque no hay ni uno. Todos los marcianos que existen han sido procreados y alimentados en la Tierra y por terrícolas. Ésa es su característica más notable.

   Las razones de que Marte sea el único planeta del Sistema Solar en carecer de vida inteligente son muchas y muy lógicas. No es que no haya agua, porque trazas hay, aunque no en la superficie; hay agua en la atmósfera, en los casquetes polares, en la corteza del planeta (eso se sabe porque los datos sísmicos son similares a los de la Tierra; el agua amortigua las ondas). La falta de vida inteligente en Marte tampoco se debe a la composición de la atmósfera; bueno, sí es casi puro anhídrido carbónico, pero la gente puede vivir con cosas más extrañas. El obstáculo para la vida inteligente en Marte tampoco es la temperatura capaz de congelarte los calzones aún puestos: 150 º K de noche y 250 º K de día (lo de la sequedad del ambiente se descuenta). Tampoco lo son las tormentas de polvo o arena, o el patetismo del campo magnético, o la presión atmosférica que es 150 veces más débil que la de la Tierra, y ni siquiera la actividad volcánica. Es verdad, de haber existido alguna vez vida inteligente en Marte tal vez se habría ido hace tiempo por una de estas razones. Sin embargo no, hay una sola razón para que ningún nativo con cerebro habite Marte hoy, y es que no tenía para qué haberlo.

   Cuando el Sol era una estrella joven y la Tierra una papilla de metales pesados (Mercurio todavía ni existiría y Venus andá a saber), Marte, como el Sol era mucho más grande, estaba más cerca y no tenía necesidad de estar tan frío. Tampoco tenía necesidad de estar tan seco; en Marte solía haber muchísima agua. Los “canales” eran verdaderos cursos de agua que se formaron cuando las capas de permafrost (hielo bajo la superficie) no tenían para qué congelarse. Hellas Planitia que es el mayor valle circular, en el hemisferio Sur, a más de 6 km. por debajo del nivel de referencia, era un enorme mar. Los cráteres de alrededor (el hemisferio Sur es un solo cráter) eran otros tantos lagos y la evaporación favorecía la continua formación de nubes y verdaderas tormentas con agua y todo, de color entre naranja y rosado, claro (la atmósfera de Marte fue siempre transparente, pero la superficie tiene mucho óxido de hierro y azufre y esas cosas).

   Los dos hemisferios marcianos, morfológicamente diferentes, lo eran más por aquel entonces; las llanuras del norte, en contraste con los lagos del Sur, eran pura hierba (árboles no, que árboles no hubo nunca en Marte). Las grandes montañas, mejor dicho los veinte escudos volcánicos, eran ya grandes montañas y los volcanes estaban todos en actividad. El mayor, el Monte Olimpo, al terrestre lo dejaba reducido a verruga: 27 km. de altura y 550 km. de diámetro, y echaba tanta lava que podía esperarse que en cualquier momento toda aquella parte del planeta se secara y se arrugara como una naranja pasada.

   No era el único; todavía hoy se sospecha la existencia de volcanes activos y seguro que los hay, porque solían estar en todas partes. Los volcanes de la zona del Sur tienen más de 3.500 millones de años (la Tierra tiene 5.000) y hay más viejos. La región de Tharsis tiene 2,600 millones de km. cuadrados, a 9 km. de altura sobre el nivel de referencia, y es considerada como prueba de la existencia de un movimiento tectónico que probablemente se inició hace bueno, como 4.000 años. Así que, como puede suponerse si hasta ahora no se lo ha sospechado, Marte era un planeta vacacional. Lo fue desde que tuvo tiempo para enfriarse y adquirir algo de superficie sólida.

   Las especies nativas de todo el Sistema Solar, y aún otras más lejanas, estaban fascinadas por los encantos de Marte, y no les importaba meterse en algún cochambroso transbordador durante días para poder llegar. A todo lo que les faltaba a sus planetas nativos, Marte les añadía el encanto de la eterna complacencia.

   Los vacacionistas se reunían y celebraban consejos. Las pequeñas cosas que reptaban molestaban, así que se frenó su reproducción. El yuyito ese que tenía tantas semillas podía provocar irritación a determinado tipo de organismos. Había que prevenir infecciones y la aparición de virus y bacterias; los lagos y mares eran muy profundos y esos extraños peces transparentes y sin ojos podían resultar peligrosos y qué feos eran. A los volcanes, los lagos y las llanuras (y, hasta cierto punto, a las tormentas) los dejaron como estaban, y Marte era la cuna de la concordia interplanetaria. Y así fue durante algunos miles de años. Nuevas especies aparecían en el universo y todas viajaban a Marte, en naves prestadas si era necesario. Viejas especies que perdían su fuerza iban allí a extinguirse y docenas de seres que quedaban solos en el Cosmos acababan arrastrándose sobre la superficie de Marte. Parejas de Luna de Miel. Hermafroditas en busca de un catalizador. Lo que fuera. Si en Marte no había leche y miel era sencillamente porque ninguno de los visitantes había visto nunca una vaca o una abeja, y no les hacía ninguna falta para nada.

   Después el Sol maduró y se hizo más compacto; a Marte empezó a quedarle lejos. La temperatura bajaba y los lagos se congelaban, y después se desecaban y desaparecían mientras llegaba el reinado del permafrost. Los turistas saltaban sobre los ríos de lava y se llevaban souvenirs a golpes de pico; algunos seccionaban grandes panes de hierba marciana. Las rutas de vuelo olvidaron, paulatinamente, a Marte. Quedaron algunas especies de atmósferas igual de frías y enrarecidas a las que les gustaba todavía ver los grandes volcanes; unas pocas se decidieron y, como ya había tan poca gente en Marte, consideraron que podían establecerse ahí. Pero duraron unas pocas generaciones y después empezaron a guardar sus helados bártulos y sus pálidas personas en una nave alquilada, y terminaron marchándose para siempre. Conservarían los hologramas de los grandes volcanes en plena erupción.

   Por si quedara alguna duda: en este momento, en Marte no hay ni una bacteria, mal que les pese a los insistentes que se conforman con cualquier cosa, y que a falta de un enanito verde de un metro están dispuestos a agarrar un organismo unicelular. Lo que encontraron las sondas es algún compuesto, un nitrato que supuestamente es un desecho que sólo una bacteria puede producir, lo cual, según algunas hipótesis que aquí estamos dispuestos a aceptar, no es cierto. Con la cantidad de radiación que recibe Marte y el alimento que obtendrían las bacterias, bah, ni que fueran mercurianos. Además, ¿tanto presupuesto para eso? Si las bacterias los trastornan de esa forma se les puede mandar a esos científicos una esponjita para lavar los platos, gratuitamente. Si es que no pueden esperar a que el Sol se ponga viejo y empiece a quemar Helio y se expanda, y a lo mejor derrite a Marte otra vez y entonces ven qué pasa y hablan sobre seguro.

   Aunque claro, para ese momento lo más probable es que se hayan olvidado de las bacterias de Marte para siempre. A lo mejor hasta de Marte también.

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2 pensamientos en “Marte

  1. Dr. Zaius

    Muy interesante y reveladora esta disquisición, pero ¿por qué nos olvidamos de todo esto? ¿O la Tierra permaneció ajena a todos estos movimientos de las especies galácticas? ¿La NASA o la ESA saben algo de esto que usted nos está informando? ¿Hay más en los anales de doña Nadie que nos pueda iluminar al respecto? (“anales”… ji ji).

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    1. nadieavatar Autor de la entrada

      Qué inmaduro, ese comentario final. Con respecto a lo otro, todas las respuestas están, y bien claritas, en mi libro. Ya se develará oportunamente, con gran sorpresa de todos los pelandrunes que no lo han querido leer (el que le quepa el sayo que se lo ponga, usted también, Gran Rulemán).

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