Casa en el mar

   Tanto he visto y leído sobre Marte recientemente… el cambio climático en la Tierra… la polución… estoy sugestionada. Acá va uno mío viejito, que explora temas similares a considerarse en el futuro. Sobre todo después de ver The martian y las notas sobre los ganadores del concurso por los posibles alojamientos, y la gente de acá de la Tierra, y tanto pensar cómo le vamos a hacer todos… Sí, ya sé que falta un ratito para que pase esto del cuento… Sólo pensé en dar unas ideas. Claro, no te importa porque no somos nosotros.

CASA EN EL MAR

under-the-sea-401535__180 Esta extraña clase de habitáculo la había pergeñado el Departamento de Diseños Internacionales, para una pobre especie que sufría gravemente las consecuencias del efecto invernadero. Con un continente que tenía más o menos la extensión de San Lorenzo y dos casquetes polares que se derretían con la mirada, los habitantes no habían tenido más remedio que acudir al Departamento a ver qué podían hacer, ya que carecían de fondos para encargar un planeta entero y, por decir algo, se estaban quedando sin espacio.

   Lo que el mentado Departamento hizo, en primer lugar, fue sugerir a la especie la implantación de branquias, sugerencia que fue aceptada, y en segundo lugar la construcción de viviendas aptas para ser instaladas en el fondo de los océanos, al parecer la única superficie capaz de mantener a la pobre especie lejos de la oscura desolación de la muerte, y la desaparición de las cartas de navegación de todos los planetas con cargueros espaciales.


Esto, no te creas, llevó un poco de tiempo aunque no fuera nada en comparación con otros emprendimientos enfrentados por el aguerrido Departamento. Las branquias fueron la parte fácil, que con un poco de manipulación de los genes adecuados y alguna adaptación del ADN de especies parientes, lo arreglaron todo enseguida. Cuestión distinta fue la vivienda. Sucede que el paisaje submarino de ese planeta era maravilloso. Sucede que los coral-reef-954057__180rayos brillantes del sol atravesando el agua en haces, para ir a reflejarse en la arena blanca del fondo, eran algo tan implacablemente bello que no se puede transmitir. Para no hablar de las noches en que las dos lunas estaban llenas. Sucede que la fauna marina de este planeta era lo más maravilloso de todo; la población constaba de especies inofensivas importadas de lugares como la Tierra y Saturno, que tienen los animales más deslumbrantes del Universo conocido; algunos habían sido reconstruidos a partir del ADN de especies derivadas, pero como el Departamento de Diseños ya había escarmentado alguna que otra vez sólo jodía con cosas como los ammonites y los plesiosaurios, que son vegetarianos.

   En estos mares también crecían corales de tonos imposibles, no detectados por los ojos de algunas especies, y con reflejos iridiscentes que podían percibirse desde muchos kilómetros; estaban esos cardúmenes de pececitos fucsia y azul aguamarina y anaranjados y amarillo huevo, que sólo se dedicaban a andar de acá para allá, y deambulaban esos otros cardúmenes de zooplancton ricos en fósforo que resplandecían verdemente en las serenas noches (como los numeritos de ciertos relojes despertadores), y también estaban los otros cardúmenes de medusas que flotaban y flotaban y se los comían, abandonadas en las suaves corrientes como diminutas enaguas reposando en la playa, o cosas más románticas, qué se yo. El Departamento de Diseños, al irse a concretar la mudanza de la especie cliente al fondo del mar, por supuesto ya había calculado que en los siglos de pacífica espera, algo de aquello podría haber mutado un poco.

    Originalmente concebidos como animalitos domésticos que se oteaban de lejos, desde naves turistas, los ammonites, que crecieron aislados y en un planeta donde la radiación solar era alta, se habían puesto bastante agresivos y en lugar de ser enormes caracolitos ahora se dedicaban a emboscar tortugas para fagocitarlas a gran velocidad, como si no supieran lo que es un caracol; además habían echado dientes. Los plesiosaurios habían seguido el mismo camino pero como los ammonites solían perseguirlos tanto terminaron sacando patas y se trasladaron, poco a poco, a las playas más accesibles del continente, poniendo nerviosos a algunos visitantes que habían perdido sus perritos falderos; todo el mundo sabe cuánto mide un plesiosaurio. Los corales eran tan gigantescos que a veces emergían del agua, y se habían puesto tan venenosos que ya no había pececito que pudiera nadar entre ellos estableciendo ninguna relación simbiótica; en algunos lugares el agua llegaba a cambiar de color y adquiría (según los peces) un olor pestilente.

   Pececitos seguía habiendo, por supuesto, porque si no qué iban a comer los pececitos más grandes, pero eran de un color amarronado y poseían largos colmillos que sobresalían de la mandíbula inferior; en general todas las especies habían terminado copiando a una terrible clase de pez cuya piel estaba provista de un aceite tóxico que provocaba la ceguera en treinta segundos, o menos, si el pez más grande no era de complexión robusta. Además todos resultaban voraces; qué suerte que el plancton se reproducía por fisión, que si no hubiera demorado en desaparecer lo que los pececitos en digerirlo. El plancton no había cambiado nada, pero no sé qué mierda podía importarle a la especie inteligente el plancton; podían pasarse sin la metáfora de los diminutos animalitos representando auroras boreales vistas desde arriba, mientras surcaban la superficie del agua. Era con las medusas grandes como carpas de circo que les costaba entenderse; los miembros de esta especie no excedían nunca el metro cincuenta, con zapatos. Además, la composición química del agua del único abstract-1283722__180gigantesco océano había cambiado; para ser más precisos, se había podrido por completo.

   No sé cómo pudo haber sucedido aquello; a lo mejor fueron los desechos corporales de alguna de las especies habitantes, o un mineral que experimentó una reacción química al entrar en contacto con esos desechos; el caso es que el agua había pasado a ser metano en un veinte por ciento, burbujeaba de forma asquerosa, y se había puesto de color marrón verdoso. Parecía algún desagradable e ignominioso caldo en el cual nadaban, cual si fuera una bouillabaise surrealista a la manera indigesta, una variedad de mariscos escasamente comestibles y que sin duda alguna se hubieran resistido a la pesca con energía. La especie que iría a residir en cristalinos hogares equipados con tuberías de titanio en medio de todo aquello, se encontraba desolada, y no porque los mariscos que poblaban los mares fueran escasamente comestibles, además de lo de las medusas.

   En realidad, tenían bastantes problemas; respirar esa nueva atmósfera con sus branquias recientemente diseñadas, con sistemas biológicos que no podrían adaptarse con suficiente rapidez a las inesperadas condiciones reinantes, probablemente haría que murieran de asfixia tan rápido que no se enterarían si se los comía una medusa, un ammonites, se tragaban un banco de plancton, o qué, y casi nunca tendrían el tiempo para buscar algo que comer ellos mismos. Además, el agua se había puesto opaca y no se podía avanzar si no se poseía un radar como el de los delfines, el cual poseían las mutadas especies marinas, pero no la especie continental. Y no es para mencionar más cosas, porque la verdad resulta deprimente.

   La especie intentó demandar, pero perdieron el pleito. Todo lo que consiguieron fue un préstamo en la Primera Banca Interplanetaria (IIKKUIUJMM-098.aaauf) para hacer que el Departamento de Diseños modificara su sistema respiratorio. La destrucción de veinte millones de embriones que, de todos modos, no tenían un solo lugar del planeta en donde pudieran vivir, fue cuidadosamente ocultada a la opinión pública por los dignatarios de la pobre especie, así como el hecho de que el préstamo no había alcanzado para alterar los organismos de todos los adultos involucrados en el Proyecto de Nueva Residencia. Confiaban en que, al menos, esto les permitiría a los ammonites entretenerse con algo mientras el resto se escondía rápidamente en los refugios, hasta encontrar una manera de neutralizar a la fauna local. Así fue. Más o menos.

aquarium-1131996__180   Como las branquias, las viviendas no eran para nada adecuadas al ritmo de vida que los colonos se vieron obligados a adoptar. El poder succionador de los ammonites era terrorífico, y llegaron a mostrarse capaces de levantar los techos y las cúpulas de cristal que supuestamente resistían la presión; los ácidos que soltaban los corales solían venir traídos por las corrientes y debilitaban las paredes; los pececitos se refugiaban entre los depósitos de combustible y mordían las mangueras, que encontraban muy de su gusto, provocando explosiones que, con todo el metano que había suelto, en ocasiones se llevaban las viviendas también. Esto, realmente, confería a la innovada dotación genética de los residentes una importancia lo que se dice minúscula; un poco más, y lo mismo hubiera dado que se ahorraran la plata del préstamo para comprar, en lugar de branquias, mucha cerveza, y salir al mar sólo después de que se la hubieran tomado toda.

   La Primera Banca Interplanetaria declaró que autorizaría un nuevo préstamo, pero sólo si los residentes que quedaban se comprometían a fletar una nave y ponerse en órbita, hasta que una expedición de rescate los fuera a buscar desde el planeta más cercano. Desgraciadamente, los colonos no estaban en condiciones de construir una casita de naipes, mucho menos una nave espacial, y todos los planetas en un radio de cincuenta y cinco años luz a la redonda se negaron a proporcionar la nave de rescate, alegando peligro de la seguridad física. Esos pleitos fueron ganados.

   La población de los amenazados residentes se redujo a la mitad, después a un cuarto, y después a un octavo del número original. Esa cantidad de individuos les permitió encontrar escondites con más facilidad, tranquilizarse lo suficiente como para inventar maneras de alejar a los pececitos y eventualmente a los ammonites, y aún alimentarse de forma satisfactoria. Cuando pasaron unos años hasta llegaron a reproducirse, aunque con paciencia porque sólo habían quedado dos hembras, siendo la gestación propia de la especie de unos dos años de los nuestros, el crecimiento muy lento, y el temperamento de las hembras durante la crianza extremadamente irascible. Para su inmensa fortuna, y al igual que el resto de la fauna marina de aquel planeta, ellos también mutaron.

 fish-966729__180  Sus pieles se volvieron gruesas y correosas, secretando un veneno pegajoso muy irritante. Sus cuerpos se afinaron y ahusaron y echaron largas colas que empleaban como remos, ya que teniendo más defensas los residentes empezaron a aventurarse y a navegar, desafiando incluso a los ammonites. Sus músculos se tensaron y endurecieron y sus huesos adquirieron la consistencia de cartílagos, lo cual les permitía escurrirse hasta las fosas abisales; sus cabezas tomaron una forma oblonga, como la de los cascos de los ciclistas. Las membranas que protegían sus ojos durante la navegación se volvieron más finas y transparentes y los globos oculares se pusieron enormes, para ver a través de la espantosa agua. Las mandíbulas también se volvieron bastante grandes.

   Tres millones de años después, los antiguos residentes continentales dejaron de producir brazos y piernas y abandonaron definitivamente las inadecuadas viviendas, con lo cual se sintieron mucho más felices, manifestándose este sentimiento unos a otros con enfáticas vibraciones eléctricas, producidas por glándulas situadas a lo largo de su columna vertebral (obviamente, hacía mucho tiempo que aquella especie no vocalizaba).

   Pero a pesar de este éxito evolutivo, la especie y su planeta nunca fueron devueltos a las Cartas de Navegación Comercial, aunque disponen de una pequeña porción de tierra firme que puede ser utilizada como base y que permanece deshabitada. En efecto, el amague protagonizado por los plesiosaurios nunca se concretó, ya que no había en aquel exiguo territorio ni una cosa que a ellos les gustase; los vestigios de patas nunca fueron otra cosa que eso, y la tierra sigue tan desnuda como el día en que los primeros barcos o como se llamen llevaron a los últimos residentes mar adentro. O al menos así seguirá mientras el Departamento de Diseños no decida alguna otra cosa.

   Pasó que la Primera Banca Interplanetaria, amenazada por serios déficits, hizo efectivos antiguos documentos de los que nadie tenía ya la menor memoria, y entregó el planeta para pagar una deuda pendiente con el Departamento. Ahora hay que ver qué deciden ellos; seguro que proyectos no les faltan, a pesar de cómo les puedan caer a la fauna local, que de por sí no es muy paciente.

   El Departamento de Diseños ha probado ser muy adaptable.

                                         

(Imágenes de Pixabay)

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7 pensamientos en “Casa en el mar

  1. Dr. Zaius

    “… siendo la gestación propia de la especie de unos dos años de los nuestros, el crecimiento muy lento, y el temperamento de las hembras durante la crianza extremadamente irascible.” En este último punto no se diferencian de las hembras humanas.
    Este DDI me recuerda a la saga Rama de Arthur C. Clarke (Brilliant minds think alike!).

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      1. nadieavatar Autor de la entrada

        Perdón por no en tender su sigla, Dr. Zaïus, especialmente considerando que se refería a un elemento de mi propio cuento, pero es que soy tan sesuda que a veces me confundo a mí misma. Ahora voy a tener que leer la saga Rama de Arthur Clarke, para ver qué me perdí. Le adelanto que para ser peores que el DDI la deben haber remado bastante.

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    1. nadieavatar Autor de la entrada

      ¡Gracias! ¡Qué bueno poder conversar con un amigo nuevo! Me alegro de que te haya gustado, y si no te gustó, bueno, pues también, me lo decís y comentamos, que siempre es bueno. Lo de The Martian es sólo una coincidencia; este cuento fue escrito en abril del 2001. Pero claro que la situación es similar, “viene a cuento”.

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      1. Alfredo Valentino

        Claro que me gustó. Expones de una forma sencilla y clara la imposibilidad de gobernar a la naturaleza. Y sí que es una coicidencia. Es lo que tienen las artes, generalmente se adelantan años, décadas o siglos a lo que dice la ciencia. Ya veremos en las siguientes décadas lo que pasa con estos proyectos que se están llevando acabo. Y claro, un gustaso.
        Desde ya somos amigos. Saludos.

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