“El dentista”: los solteros sin hijos en la “Antesala del infierno”

Ahá, seres desacatados y amantes del silencio y la tranquilidad, aquí estoy, revelándoles, o más bien trayéndoles a la memoria con toda seguridad, uno de nuestros familiares dramas, suscitados siempre por la falta de urbanidad y tacto de los anidadores. En efecto, he aquí la desgracia de las salas de espera alrededor del mundo.

images   Yo siempre me he preguntado, para empezar, por qué desafortunada razón la gente acude al médico en manada. Y no quiero decir una señorita que acompaña a su anciana mamá, o un señor que funge como compañía de su señora esposa con un bombo legüero de doce meses y medio. No señor. Hablo de que una de las razones que vuelve tan estresante al acto de consultar al doctor: llegar y ver veinte personas por delante de uno. Y tener siempre que recordar que no se debe entrar en pánico, porque el número real de pacientes, es cinco. Es inevitable. Fijate si no. Sea el oftalmólogo, el traumatólogo, el ginecólogo, el dermatólogo, el psicólogo, el podólogo o el entomólogo. Yo no sé verdaderamente cuál es la gracia, si tanto apoyo moral o asistencia no se necesita para sostener a un solo cristiano, y en el noventa por ciento el paciente podría muy bien venir al médico solo. SOLO. Ah, la terrible palabra. Debe ser eso. A veces me sorprendo que los inodoros no se pongan en los baños de dos en dos.

   Pero entrando en nuestro tema, ¿qué onda con los paspados que van a acampar a la sala de espera con los críos?

   A ver, señores. ¿Qué hace en la sala de espera del odontólogo una familia completa, padre, madre y un bebé con la cabeza peludita, pero del tamaño de una naranja? Un bebé que debe haber salido del útero… ayer. Me voy a adelantar a los anidadores: NO, YO NO SÉ PORQUE NO TENGO HIJOS. ¡Pero estoy segura de que los bebés no tienen dientes hasta más o menos los seis meses! ¿No podía el que tenía los dientes sanos haberse quedado en la casa con el pibe, que además contento no está, porque llora como un marrano?

 images  Asimismo, ¿qué hace en la sala del odontólogo una de estas boludas que parecen gallinas ponedoras, con tres, TRES, de esos engendros, ninguno mayor a seis años, todos fastidiosos porque es sabido que los niños no tienen mucha paciencia a la hora de estar confinados en ninguna parte, todos pululando irritantemente alrededor y por encima de la gente que espera, gente que por añadidura ya está bastante molesta porque, todos lo sabemos, el odontólogo es uno de los profesionales más odiados que hay (desde que uno normalmente llega dolorido y se va más dolorido todavía)? Y te digo, como soltera sin hijos que soy, como si fuera vidente además, nadie que tenga más de dos hijos los cuida solos; no si los ponés a decir la verdad. Es más, hoy en día, no se los cuidan ni si tienen UNO solo, así que tres… ¿Te digo lo que pasó? Es el único momento del día en el que esa mujer estuvo sola con los tres críos, y no lo podía soportar, así que se los trae a todos a la sala de espera para que el mundo entero disfrute de su felicidad, porque no creo que TODOS los críos tengan los dientes podridos. Y no es la única.

images   No es un odontólogo pediátrico, porque hay gente mayor sola, pero en la sala hay ocho, OCHO niños muy pequeños, arrastrándose por el piso hasta la cercana escalera, mientras mamá conversa con abuela, espiando por arriba de tu libro, mientras mamá le dice al hermanito, a la distancia por supuesto, que deje de jugar con el dispenser de agua, manoteando la puerta del consultorio para tratar de entrar, mientras mamá y papá discuten por la boleta del teléfono sin mirar para la puerta ni una sola vez, jugando con el botón del ascensor, mientras la secretaria, no mamá, le dice al niño que no juegue con eso que es peligroso (mamá consulta sus mensajes en el celular). Historia real. Decí que yo ese día iba al oftalmólogo, porque llego a estar con la boca dolorida, y a estas horas soy noticia nacional. La sala de espera de ese hospital es pequeña; es un castigo cruel e inusual obligar a los pacientes de oftalmología a compartir la sala de espera con odontología. Los de oftalmología éramos tres y no teníamos ningún niño; gracias a Dios, porque si alguna de esa gente con las pupilas ya dilatadas para el fondo de ojos tuviera que cuidar un pibe, el sanatorio iba a ser noticia nacional.

   No te cuento nada de lo que es ginecología; parece una manada de hipopótamos en estampida, pero con una nube de mosquitos correteando por los pasillos y encima uno arriba tuyo, llenándote de migas de alfajores y baba en el mejor de los casos, por no mirar mejor, pretendiendo treparse, y la mamá mirándote embelesada porque el pibe se te quiere subir encima, “mirá qué bien que le caés; quiere jugar”. Y vos sonriendo con placidez, al mejor estilo Mona Lisa, porque es imposible soltar tu manifiesto en ese momento. Sencillamente, no tenés coraje para mirar a la madre, apartar suavemente las manitas del crío de tu pantalón color crudo y decirle a la anidadora fascinada, “sí, pero tiene las manitos llenas de chocolate, y yo no quiero andar por ahí pareciendo que me cagué encima y me limpié el culo con los dedos”. Ah, sí; los solteros sin hijos resultamos privados hasta de la palabra.

images   Para no hablar de cuando toca esperar en el neurólogo, por un virus, nada más gracias a Dios, y todo tu alivio se ve neutralizado por el pibe que salta, realmente SALTA por todas partes, mientras mamá alza lánguidamente una mano, como una doncella de la Edad Media tocando el arpa (sin levantar la vista del celular, obviamente), y dice, en un tono que resulta de lo más apagado frente a los chillidos de mono que amenizan la espera, “sentate Nic”. “Nicolás, será, pelotuda snob”, pensás vos, y tenés que quedarte, una vez más, callada, porque a lo mejor el pibe tiene trastorno de déficit de atención o alguna mierda parecida, y vos no querés parecer el Doctor Mengele.

   Ay, queridos…

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4 pensamientos en ““El dentista”: los solteros sin hijos en la “Antesala del infierno”

  1. Dr. Zaius

    Faltó tratar el tema de los vómitos en el piso…
    Las mamás se ven felices en las fotos que usted puso. No debe ser tan mala la situación.
    Y que no la vaya a ver algún día empollando sus propios “engendros”.

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    1. nadieavatar Autor de la entrada

      Estamos cerca de la hora de la comida; no sea asqueroso. Ni quise hablar de los mocos. Y sí, las mamás siempre se ven felices; todo se trata de revolear a los pibes por ahí y que los aguanten los demás. ¡Y yo no pienso empollar ningún engendro! O para qué paso tanto tiempo quejándome.

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