Otro de vampiros

images   El sol estaba cayendo, pero el granito debajo de Gaspar, sentado en la escalera, demoraría horas en enfriarse. Era el verano más caluroso que recordaba, entre los sudores pasados en muchos países sin nombre. En ese momento del atardecer, con la mitad de la moneda roja desapareciendo tras los edificios, a la distancia, Gaspar no recordaba ningún nombre en absoluto. El sol le hacía daño en los ojos y en la piel; lo mordía y lo lastimaba. Pero la Luna cada vez más brillante comenzaba a despertar y acicatear ese oscuro fondo en su mente y en su estómago, y hacía que se revolviera inquieto, preparado, listo para levantarse y desandar los cuatro escalones que había bajado para ver el ocaso en la terraza del edificio. Cuando ni siquiera sería Gaspar, León, Viktor, Klauss, Yuri, Stan, Surrendra, tantos otros nombres, a lo largo de tantos años… Sólo una sombra en un terreno baldío; un fantasma que se colaba por una ventana abierta. Entonces oyó la puerta crujir tras él.

   Como muchas otras veces, se encontró con los ojos de Paula. Ojos enormes y cabello rubio atado en una cola de caballo; siempre vestiditos que le quedaban un poco cortos y raspaduras en las rodillas. Siempre un chupetín en la boca y un león de peluche con cabellera de lana amarilla, deshilachada y mugrienta. Siempre sola.

– ¿Qué mirás?

   Hoy venía descalza y el chupetín era de frutilla. Una niña muy delgada; medio metro de inteligencia inocente y callejera, de gatito perdido.

– Se dice hola.

– Hola.

   Unos ojos profundos sin edad, como los que se pueden ver en India, Afganistán, Darfour. Hoy, hace quince años, hace quinientos años. La hora sin nombres es también la hora sin tiempo.

   Ella pasó por el costado de la escalerita, empujando un poco a Gaspar con el león, azotando su boca con el pompón de puntas florecidas, partidas, como un diente de león a la vera de un camino desolado. Como aquel de Turquía, cuando la primera vez. La femineidad delicada de Samira, no muchos años mayor que Paula. Samira, uno de los pocos nombres que no tenía para Gaspar ninguna relación con la línea del tiempo, y por lo tanto vivía siempre en su mente, flotando en la hora sin nombres ni tiempo, sobre todo. Samira, que de otra forma se habría ido, porque hacía trescientos años de ella, y Gaspar la había respetado. Ojos enormes y oscuros, profundos, sin edad; cuerpo caliente y delgado, gracia de junco o de gacela. Cómo dolía abrazarla. Dejar de abrazarla, a cambio de jamás dejarla ir.

   Paula peinaba al león con los dedos en el medio de la terraza, y el sol se había ido, pero su cabello seguía brillando y también su piel, mojada de sudor.

   – ¿Qué hacés acá? ¿Ya terminaste la tarea?

   – ¡Estamos en vacaciones!

    – Pero te habrán dado tarea. ¿Ya la terminaste?

   – Falta un  mes para que empiecen las clases.

   – ¿Y la terminaste?

   Ella se encogió de hombros sin darse vuelta, y siguió peinando al león. El piso debajo de ella debía estar mucho más caliente que los escalones donde se sentaba Gaspar, ya a la sombra hacía rato, pero él no le sugirió que viniera a sentarse a su lado. Los moretones en el brazo izquierdo y en la pantorrilla de la niña decían mucho de ella; decían que era verdaderamente un gatito callejero. No vendría; sabía del mundo y de la gente. Por eso se había sentado tan lejos de Gaspar. Pero como todas las criaturas maltratadas y demolidas, también sabía reconocer a los suyos. Y venía, todas las tardes, a sentarse en la terraza para ver el atardecer, con Gaspar.

   – ¿Tu mamá ya volvió del trabajo?

   – Sí.

   – ¿Está haciendo la comida?

   Paula volvió a encogerse de hombros, y esta vez se puso arrancar de las patas del león pequeñas bolitas de hilo y pelusas. Después empezó a sacudirlas y las frotaba con las palmas de las manos. Tomó al león por la tela de la espalda y lo levantó por el aire revoleándolo, la cabeza convertida en una porra patética, desconsolada. Bajo los pies de Gaspar y Paula, el suelo empezó a vibrar al ritmo pegajoso y estridente de la cumbia. Paula se levantó y fue hacia el borde de la terraza para mirar a la calle, que hervía de gente y coches a cinco pisos de distancia, sin dejar de abrazar al león.

   – Ustedes viven acá abajo, ¿no? Se ve que a tu mamá le gusta la música fuerte.

   Ella no contestó. Gaspar se levantó de la escalera y fue también a la cornisa, para apoyar los muslos contra el tapial. A dos metros de Paula; a la distancia suficiente para ver el cambio de la luz de sus ojos de celeste mediterráneo a azul marino, el color del océano inmediatamente antes de una tormenta. Samira había tenido ojos así, con esa misma expresión de alerta desbocada, la noche que la conoció. Y todas las otras noches, sospechaba, hasta él. Samira, también con huellas como nubes de tormenta en su cuerpo. Paula había dejado de peinar al león.

   – ¿El novio de tu mamá es ése que le dicen el Negro? Lo vi varias veces entrando al edificio. Es plomero, ¿no?

   Ella asintió en silencio, sin sonreír, sin mirarlo, oteando la vereda más abajo. Era la hora a la que unos regresaban, otros salían, y algunos se encargaban de sobrevolar las vidas ajenas sorbiendo su energía, su propósito, el néctar de sus amores y sus alegrías, para extinguirlos como la llama de una vela. Abajo, el gordo calvo de la remera a rayas, con amplios círculos de sudor en los sobacos, cruzaba la calle, entre las frenadas y los bocinazos, atropellando sin esquivar, disfrutando de la impunidad de los malvados en el mundo.

   – Es linda tu mamá. Marisa se llama, ¿no? Una vez la ayudé a meter las bolsas del supermercado en el departamento. Se le había roto una en el ascensor, y tenía un montón de naranjas dando vueltas por todas partes. Debe ser muy buena. Trabaja mucho. ¿A vos quién te cuida cuando no está?

   – A veces la abuela. Vive abajo.

   – Ah.

      Hacía trescientos años había visto a Samira por última vez. Exactamente este día en el calendario, exactamente a esta hora, cuando los hombres de su esposo lo dejaron por muerto en el pajonal. Y en el instante más oscuro, había sentido sobre su cuerpo al extraño ser y el extraño dolor. Bajo los pies de Paula y Gaspar, la vibración aumentó y golpes sordos atacaban, con un ritmo irregular, las paredes. Pronto empezarían las voces fuertes. Pero proteger a Samira había sido más fácil.

   – Yo tengo hambre. Hace calor. ¿Vamos abajo a llamar al señor de la bicicleta? Te invito un helado. Salgamos de acá que el suelo está que hierve.

   Paula movió la cabeza de un lado a otro.

   – Un helado nomás. Tu mamá recién llegó. No te va a llamar para comer ahora mismo. Tomamos el helado en la calle, que está bien fresco ahora que el sol ya bajó, y después te vas a tu casa.

   Paula volvió a negar con la cabeza. Entonces las voces comenzaron, y Gaspar miró hacia la vereda, con el cuello duro. En aquel momento, resultaba menos doloroso mirar al sol del mediodía de frente, que ver los ojos de Paula, en silencio, de pie a su lado; un arbolito que ve acercarse un huracán. Había sido mejor correr con Samira de la mano; eran mejores el pánico y el terror, el temor a la muerte, la pelea y la sangre, que el silencio. El silencio de Paula, llena de misterio y de fatalidad. Paula con ojos como tifones o agujeros negros.

   Un rato después, las voces concluyeron, y Gaspar contuvo un desesperado llanto de agradecimiento, soledad y tristeza. Un minuto después, también la música se detuvo. Gaspar miró a Paula, y nada había cambiado. Y todo había cambiado.

   Gaspar tenía hambre.

   El gordo de la remera a rayas salía del edificio y esperaba para  cruzar la calle, con dos envases de cerveza vacíos bajo el brazo. El supermercado de la esquina ya había cerrado, pero había un mercadito chino abierto toda la noche, a dos cuadras, pasando la plaza. Paula no volvería a casa hasta las dos de la mañana, cuando el gordo volviera a irse del edificio.

   – ¿Sabés qué? Yo todavía quiero el helado. Me voy a ver dónde fue el señor de la bicicleta. Después vuelvo. Si vos no estás acá, te jodiste.

   Paula no giró la cabeza para mirarlo, no le respondió.

   Gaspar bajó de la azotea sin prisas, tomó el ascensor y salió del edificio con calma, reposadamente, midiendo cada paso para que no fuera más rápido que el anterior, aunque con los años había aprendido a ser invisible. Pasó junto a los borrachos tumbados frente al bar; sorteó a los adolescentes que se pasaban una botella frente a la puerta abierta de una casa, brillante de ruido y de música; sobrepasó a los dos ancianos que se hacían aire con revistas frente a su puerta abierta, que aún les dejaba ver el show televisivo de la noche. Y para cuando llegó a la plaza, era lo que había sido desde hacía tanto tiempo.

  El gordo de la remera a rayas miró hacia atrás un par de veces sin verlo, sin percibirlo, porque a su alrededor sólo había sombras inquietas, de un gris profundo, matizando la noche.

   A la distancia, sólo se oía la música de la bicicleta del heladero.

images

Anuncios

12 pensamientos en “Otro de vampiros

  1. El Gran Gran GRAN Rulemán, Balder el Bello, Envidiado hasta por los Dioses

    Nunca más saldrá de mi boca un elogio para ud. Don Nadie. En cuanto a la ira de Dios, no sé a que dios se refieren, ¿a Cesar del Planeta de los Simios? Lo que no saben es que El Gran Rulemán tiene a los Ases y Vanires de su parte…Si la envidia fuera tiña, los simios serían color púrpura…

    Me gusta

    Responder
    1. nadieavatar Autor de la entrada

      Uuuh. Guárdese esos sapos y culebras, Gran Rulemán, y sea más modesto, no sea cosa que Odín le dispare un rayo directo en el medio del agujerito del culo y termine brillando en la oscuridad, como los relojes. ¡De color púrpura, a lo mejor, según qué tan enojado esté Odín! No sé de dónde saca que lo cuida solamente a usted, con tantas criaturas más amables como hay en el mundo.

      Me gusta

      Responder

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s