Cuentos de vampiros: uno más

 images  Bajo los pies de Gaspar, las baldosas que se iban enfriando sonaban con un chasquido apagado de huesos que se quiebran, sin escándalo, para poder acomodarlos dentro de las urnas luego de la cremación. No era una imagen agradable, pero Gaspar estaba de un humor sombrío. A su lado, los carros de los cartoneros que pasaban, con su carga de resignación, mansedumbre y pobreza, eran insignificantes comparados con el recuerdo del sonido de otros pasos. Un fenómeno muy corriente, muy humano, aunque hacía cientos de años que Gaspar había dejado atrás ese tipo de asuntos.

   Una nostalgia de domingo de lo más normal. El día de la semana reservado a los apuros y el estrés de los que tienen niños en la casa; el día de la semana reservado a los que el lunes se levantan a las seis de la mañana, y deben hacer algo inusual para marcar el paso de los días. El día en el que Gaspar salía a caminar a las siete de la tarde, cuando el sol ya no era tan fuerte y tenía que sortear menos gente asaltando la calle. Como siempre, esperando sentirla.

   Los pasos resonaban acompasados, superpuestos a los suyos, pero él sabía identificarla. Al principio la intuía; el paso del tiempo le había enseñado las variaciones de la frecuencia. No era una diferencia muy marcada; los pasos de Gaspar en sus caminatas de cada día resultaban un poco diferentes a los de los paseos de los domingos a la tarde. Eso era todo.

images   Este domingo ella demoró en aparecer veinte minutos exactos. Él la percibió justo cuando la Luna aparecía en el horizonte; dos segundos antes de descubrir que la extrañaba. No se dio vuelta, como nunca lo hacía, pero hizo su marcha más lenta para demostrarle a ella que la había entendido. Como saludando.

   De día, ella tenía las ojeras azules y el cabello seco, enredado en rastas, decolorado en las puntas. Las uñas iban del blanco al violeta, al descascarado, y después al mordisqueado transparente y abrupto, que terminaba en una serie de violentos puntos y aparte en la mente de cualquiera que bajara los ojos hasta los pequeños dedos. Ella pasaba por el scanner los productos que él retiraba de los estantes del Supermercado Diamante y le cobraba, sin una palabra, apenas sin una mirada, excepto por aquel segundo en el que le clavaba las pupilas directo en el fondo del cerebro, hasta que él, siempre sin demorar, le daba el dinero. No tenía más de veinte años, o alguna vez los había tenido. Se llamaba María; María Eugenia, María Luisa, María algo, como suele suceder. Tenía treinta años observándolo, y nunca le había dicho nada, como él no se lo había dicho a ella. Todo lo que habían compartido eran las madrugadas errando en torno del Planetario, en silencio, y a regañadientes, a veces, un bocado o dos. Ella no era más que una hiena; era raquítica, frágil, se diría quebradiza dentro de sus jeans chupines que le quedaban holgados como si fueran ropa de gimnasia. Como si nunca hubiera sabido cazar. Gaspar la compadecía por su insuficiencia; la detestaba porque mataba perros y niños.

– Qué dice, Don Gaspar.

– Acá ando, Eusebio.

    Con los años, los nombres y las caras de los cartoneros se hacían familiares; se veían crecer los hijos y cambiar los cusquitos que seguían a los carros. Gaspar se había acostumbrado a seguir su estela por la calle La Paz hasta llegar al Planetario, y hasta verlos perderse más allá. Hasta que estaban a salvo. A veces Gaspar se llevaba en una bolsa un par de zapatillas viejas pero en buen estado, o un par de sandwiches hechos con el pollo que supuestamente compraba para la cena, y colgaba la bolsa al costado del volquete de la basura para que la encontraran como por azar. No le gustaba darles a los chicos la bolsa en la mano; le parecía muy triste.

– Buenas tardes, Gaspar.

– Qué cuenta, doña Felisa.

– Yo nada; de la ciática cada vez peor y ahora parece que me encontraron un poco de diabetes. ¡Y yo que me había hecho un budín de pan enorme! Mire todo el que tengo que tirar. ¿No quiere un pedacito de budín de pan?

   Con los años, él se había acostumbrado a ver las existencias de los vecinos como si ellos fueran los fantasmas. Los muertos en vida. Hoy estaban, mañana no estaban; transitaban por el mundo con la fugacidad de la llama de una vela o de una nube. Ninguno duraba lo suficiente para saber que Gaspar no envejecía; ninguno miraba lo suficiente a la cara de Gaspar como para saber que no estaba vivo. Apenas sabían eso de sí mismos. O les parecía que lo sabían. O les parecía que estaban vivos. Hoy doña Felisa; mañana don Agustín volviendo del hospital, enredándole sus palabras blancas y mortecinas como telas de araña. Yéndose; sollozando dentro de los comentarios insustanciales, al pasar, con ecos que seguían a Gaspar hasta el planetario. Junto con las pisadas ligeras, superpuestas a las suyas, semejando el golpeteo de una uña contra los dientes. Treinta años oyéndola, y aún no sabía si la odiaba o la necesitaba.

– Quedate en el molde, ¿oíste? Quedate en el molde. Dejala en paz.

   Doña Felisa era una viejita diminuta, tanto como María. Sería la única persona en el barrio capaz de darse cuenta de algunas cosas y preguntarle a Gaspar qué edad tenía, después de todo. Pero doña Felisa a veces confundía a Gaspar con su hijo muerto cincuenta años atrás, o con su marido que la abandonó en los setenta.

   Todos, espectros que algún día iban a dejarlo atrás. Pero no ahora, no hoy, pues los pasitos sigilosos seguían pegados a los de Gaspar. Después de tantos años, ella aún le temía.

   Desde aquel barco polaco que llegó una madrugada de 1986. Ella había subido por la orilla del río hasta la calle, y Gaspar la encontró cuando se sentó a descansar debajo de un árbol. Vio cómo se iba quedando dormida, su belleza suave y delicada; cabello como barbas de choclo en el viento, ojos azules como de glicinas y toda ella casi con el mismo aroma, a pesar del barco. Él la miró dormir durante mucho tiempo, pero no hacía demasiado que él mismo había llegado a Rosario, y que vivía consternado entre los fantasmas que iban a abandonarlo un día, y extrañaba a Helena, y tenía hambre. Y ya no podía pensar. Después no le había explicado nada y no le había enseñado nada, ni preguntado nada. Y ella fue en todo como una rata o una cucaracha, o un fantasma pegado a la suela de los zapatos de Gaspar eternamente; un alma en pena parásita de sus recuerdos y sus despojos.

   Ella era el final de la cadena alimentaria de Gaspar.

   El carterista mugriento, de ojos agudos, se quitó la campera, la dio vuelta y se la volvió a poner, mientras cruzaba la calle distraído para merodear bajo los eucaliptos del Parque Urquiza. A la distancia se escuchaban los gritos pero el tipo no se dio vuelta para mirar, ocupado en guardar la billetera rosada en el bolsillo del pantalón. Miró a su alrededor para asegurar su territorio, pero no pudo ver a Gaspar; nunca podían. Pasó prácticamente frente a él con pasos elásticos y ágiles, y Gaspar llegó a oler su aliento a alcohol y marihuana y sus malas intenciones. El ladrón iba hacia el puente que cruzaba la calle, detrás del Observatorio.

   Se paró a orinar contra la pared de la pequeña cúpula auxiliar; miró a su alrededor, se bajó el pantalón, silbó bajito. Mientras veía para abajo, para abajo, para abajo. Silbaba. “La Macarena”.

   Aunque Gaspar vestía de negro, siempre se aseguraba de que no le quedara mojada la ropa, especialmente la remera. Llevaba una toallita húmeda y se limpiaba muy bien la cara y las manos. También llevaba una petaca. No le importaba oler a whisky; el olor a borracho no era importante. Incluso le ayudaba; le era muy útil. Y se sentía mejor a la vuelta, cuando los pasitos de rata quedaban atrás, e iba solo. Como ahora.

   Con el pico de la botella contra los dientes, Gaspar cerró los ojos. La imagen del último manotazo del tipo, al aire, persistía contra sus párpados. Con los años, Gaspar había aprendido a calcular muy bien el momento de aquel último manotazo, pero nunca se había acostumbrado.

   De vuelta, llegó a tiempo para bajar de un árbol al gatito de doña Felisa.

images

Anuncios

10 pensamientos en “Cuentos de vampiros: uno más

  1. Dr. Zaius

    Será vampiro, pero buen vecino este Gaspar.
    Me gustó este párrafo: “Con los años, él se había acostumbrado a ver las existencias de los vecinos como si ellos fueran los fantasmas. Los muertos en vida. Hoy estaban, mañana no estaban; transitaban por el mundo con la fugacidad de la llama de una vela o de una nube. Ninguno duraba lo suficiente para saber que Gaspar no envejecía; ninguno miraba lo suficiente a la cara de Gaspar como para saber que no estaba vivo.”
    ¡Vamos al puentecito!

    Me gusta

    Responder

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s