Ema

images   El sol estaba cayendo ya, y Gaspar lo espiaba detrás de la cortina mientras hacía tiempo. Perdía el tiempo. Hacía algo. Doblaba la ropa amontonada sobre la cama. Cuando terminara, sacaría la ropa de dentro del ropero y la volvería a doblar, para volver a colocar de acuerdo al uso toda la ropa de estación. Gaspar hacía eso dos veces por semana en verano, y todos los días en invierno. Los vampiros no duermen; sólo vegetan esperando para salir. A buscar la mortalidad, a sentir la nostalgia. A transitar la noche como un club, o para no ver. El sol es bello, el sol es claro, el sol inunda de maravilla todas las cosas; transparenta los pétalos de las flores, llena de plata las nubes. Y de culpa a otros seres. La noche es larga, y es más larga en invierno.

– Otra vez jodiendo con la ropa – susurró una voz, fuera de la ventana. Gaspar no miró, pero si lo hubiera hecho hubiera podido ver la pequeña nariz haciendo sombra contra la cortina.

– Salí de ahí. Te van a ver y van a llamar a la policía.

– Qué me van a ver. Hay doscientas pendejas medio en pelotas bajando del colectivo. Un auto casi se las lleva puestas y los están puteando a todos. Dejá esos pulóveres; vení a ver.

– Entrá te digo.

   Tal vez hasta para Ema hacía demasiado calor. Gaspar oyó sus ligeros pies posarse apenas en el parquet, y al darse vuelta encontró, como siempre, su delicada figura vestida de negro, pero antes que nada, sus ojos verdes. Eran de esos ojos que brillan en la oscuridad y hacen encallar los barcos desde grandes distancias. Aunque la mujer no sea un vampiro.

– No te ves bien.

– Tengo algo de náuseas.

– Ya casi no hay sol. Salí conmigo.

– Tomé de más anoche.

– Es hambre.

   Ella era decidida e inexorable. Nunca decía una palabra más de lo necesario, y no sólo porque hacía años que él la conocía. Ella creía en las palabras justas y en ahorrar tiempo. Nunca, nunca tenía hambre. No doblaba la ropa todas las noches. No sabía los nombres de ningún vecino. Ni siquiera el de todos los vampiros.

– Te busqué en la terraza.

– No vayas a la terraza.

Ella se rió, con su roce de arena caliente entre médanos salados.

– No te preocupés; a mí también me cae bien la pibita. La abuela es una vieja de mierda. En cualquier momento le hago un favor.

– No te metas con este edificio.

– Vos hacés lo que querés.

– Yo no soy un chambón que tiene que vivir en los bancos de las plazas.

– No, ya sé. No es por nada que hace cincuenta años que estás acá y te las arreglás para no levantar la perdiz. Te debe gustar esta piojera.

– Me gusta.

   Con el mismo arte que los hermanaba, el mismo que los hacía brisas vespertinas sobre la piel de los paseantes distraídos, ella se le fue aproximando y sus labios muertos parecieron enrojecer bajo la última luz del sol. Pero Gaspar era muy consciente de ella.

– Yo puedo vivir donde quiera, pero me gusta el aire libre. El cura me ofreció quedarme en la Iglesia. El almacenero me dijo dónde guarda la llave del depósito. A veces le afano una lata de atún o un pedazo de queso, para disimular. Hace mucho vos también me ofreciste un lugar para dormir.

– Hace mucho tiempo.

   Ema le quitó a Gaspar la remera que sostenía y lo obligó a mirarla a la cara. Gaspar se concentró en la unión entre las cejas; sabía lo peligroso que era mirarla. Aún para un vampiro. Especialmente para un vampiro. Sobre todo él.

– ¿Ya no me querés en tu casa? ¿Te tengo que seguir en silencio, como esa pendejita de María? ¿Es lo que te gusta ahora? Solían gustarte otras cosas. Cosas que te puedo volver a dar. ¿Hace falta que te lo diga? ¿No me podés invitar vos a visitarte, alguna vez? Para variar.

   El le sacó la remera de las manos, le clavó los ojos y pensó en la respuesta mientras volvía a doblar la remera. Las palabras serían pesadas, concretas como a ella le gustaban, con un dejo de ginebra y de aire de bodegón. Como aquel en donde la había conocido. Y cada una resultaba para Gaspar una postal en blanco y negro, con bordes sepia, medio roída por ratones que ya se habían muerto de viejos. Y era como un cuchillo, porque no podía alejarse de ella.

– Ya no me interesa el sexo, Ema.

   El dolor no le daba para más palabras. Ella se había quedado silenciosa y lo miraba, insistente. El verde de sus ojos se volvió un tono más oscuro; era casi el color del sol bajo el horizonte. Tal vez en ese momento hubiera sido bueno no encontrar las palabras exactas y concretas, tener la capacidad de usarlas más que como martillos o puños. Pero ella sólo podía tomar la mano de Gaspar y deslizarla bajo su ropa, porque también tenía la verdad en el fondo de la mente. Y el dolor. Aquella vez no le había confesado nada a él, más de lo que él le había confesado a ella.

– Siempre el pastorcito bueno con sus ovejitas de Anatolia.

– Siempre la puta en los bodegones de mala muerte.

   Y cómo sería el dolor, que ella no le retiró la mano ni él lo hizo.

   Era medianoche cuando Gaspar terminó de meter toda la ropa en el ropero. Abajo, en alguna parte, un borracho cantaba. Pero sólo era un borracho. Y él creía que por esta noche estaría a salvo. No como aquella vez, cuando él supo, y Ema, y el horror, y después durmieron juntos, llenos hasta el hartazgo, toda la noche. Por última vez. Ella no era tan diferente.

   El dolor tenía cientos de años. Gaspar sabía que esa noche no sería el único que permanecería hambriento, escuchando a las criaturas de la noche.

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6 pensamientos en “Ema

  1. Dr. Zaius

    “Eran de esos ojos que brillan en la oscuridad y hacen encallar los barcos desde grandes distancias”. Me gusta la poesía de tu prosa, que contrasta con el lenguaje vulgar de los personajes.

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  2. Dr. Zaius

    “Aunque la mujer no sea un vampiro”. Ahora entiendo: “la mujer” se refiere a una mujer cualquiera, en general, no a la mujer del cuento. Yo creí que era “esta” mujer, no “las” mujeres. Son las sutilezas del lenguaje, son. Sorry donna Nadie, pero mi cabeza va por caminos misteriosos.

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