Gaspar Toledo

– Gaspar Toledo.
– ¿Qué?
– El nombre. Yo soy Gaspar Toledo Sosa. Acá tiene es…

   El viejo tomó el ticket de la mano de Gaspar sin mirarlo y se subió los anteojos a la frente, sobre las cejas peludas. Sin una palabra, se dio vuelta y buscó tras él, entre el amontonamiento de botas, zapatillas y zapatos tirados al azar. Con una especie de llamativa clarividencia, ubicó los borcegos de Gaspar, que habría pegado el día anterior, y tiró el ticket, una vez más sin mirar, al tacho de la basura contra la pared. El bollito de papel cayó exactamente en el centro. Gaspar sonrió. Trescientos años de reflejos acelerados y cazar moscas con la mano, en plena tarde de insomnio, y nunca había alcanzado esa precisión.

   Su padre, de la misma profesión que este viejo, también tenía esa habilidad. Su padre, que le había dado el nombre familiar que había llevado hasta los veintidós años. Aysel Manetoglu. Aysel significa “como la luna”. Antes de conocer al hombre del barco, apenas abandonó el pajonal donde lo olvidaron para que muriera, Gaspar ya había cambiado ese nombre.

 moon-1275694__180  Gaspar caminaba la noche entera. Conocía al viejo zapatero desde hacía años. Rehusaba comprar zapatos hasta que el viejo le decía “éstos ya dieron el último suspiro”. Y lo primero que hacía apenas tenía un nuevo par, era ir caminando desde el Parque Urquiza hasta la Florida. Cuatro horas y media de marcha. Lo repetía hasta que aparecía la primera grieta, en el cuero más ordinario que Gaspar podía encontrar. La luz de la Luna le daba consuelo, pero era la necesidad. Hacía muchos años que Gaspar no disfrutaba de mirar la Luna.

   El viejo no era más capaz de comprar anteojos de lo que Gaspar quería comprar zapatos nuevos. El viejo no quería envejecer. Tampoco era bueno reconociendo las voces. Cada vez peor. Treinta años. Seguiría pidiendo el ticket. Cada vez más. Hasta que Gaspar se resignara a comprar un nuevo par de zapatos cada dos meses. Hasta que no fuera necesario caminar hasta la Florida.

   El primer Gaspar Toledo recogió al joven Aysel (quién recordaba el nombre que había adoptado entonces) en una playa griega llena de basura, harapiento, apaleado y muerto de hambre, y se lo llevó en su velero, antes de que pudieran robarlo y violarlo los ladrones que barrían las costas, acosadas, yermas, luego de la Segunda Guerra. Gaspar Toledo Sosa, industrial y hombre rico, era un español “cojudo de puta madre”, como a él mismo le gustaba decir, y no tenía ni idea de cómo arreglar zapatos ni de ningún trabajo manual. Pero hablaba con Aysel continuamente. Todo lo que, sospechaba él, no había hablado antes, con nadie. La última noche que pasaron juntos, bebiendo ron y fumando puros cubanos, le mostró al muchacho todos sus papeles, las claves de sus cajas fuertes y sus depósitos de seguridad alrededor del mundo, y le dijo dónde podían encallar el velero. Y después le hizo a Aysel su pedido.

   Gaspar Toledo Sosa y el joven Aysel pasaron juntos dos veranos.

– Usted sí que los hace bolsa, diga. ¿De qué trabaja?

   Era la primera vez que el zapatero le dirigía a Gaspar algo parecido a un comentario personal. Aún con los anteojos sobre las cejas, el viejo le clavó la mirada en la cara al recibir el billete de cincuenta pesos.

– Soy sereno en una cochera.
– ¿Acá cerca?
– La de la otra cuadra.
– No me diga. Son veinticinco pesos… A éstos ya los puede ir jubilando, ¿eh?
– Ja, ja. Bueno, lo voy a pensar.
– ¿No da para mucho la cochera?
– No.

   Gaspar bajó los ojos y fue acomodando, despacio, los tres billetes del vuelto dentro de la billetera, números con números, caras con caras. La impaciencia no había sido nunca uno de sus defectos, y el viejo estaba solo en el taller.

– ¿Usted cómo se llama?
– Yo soy Norberto. Norberto García.
– Qué coincidencia. Yo soy “Gaspar Norberto”.
– ¿En serio? No joda.
– Como mi abuelo.
– Yo como mi papá.
– Ah… Bueno, gracias. Hasta luego, Don Norberto.
– Chau… ¡Gaspar Norberto!

   Bajo los jacarandás, pisando las flores azuladas, Gaspar soñaba mirando la Luna que estaba saliendo. Aquel era un buen nombre. Decir “Norberto” y sentir en el fondo de su cerebro el olor de la cola de carpintero y del pegamento, el tacto liso y el sabor metálico de las chinchetas y de los clavos. Pensar en la diferencia entre el cuero, el nobuk, la badana; vaca, carpincho, yacaré, todo el día, como un mantra de la sencillez y la felicidad. Decir “Norberto”. Un nombre seguro, como un puerto tranquilo, como Aysel antes del pajonal. La vida en una marea serena, noches y días, el Sol y la Luna, y caminar los domingos por el parque, con la patrona del brazo y a lo mejor los nietos.

   Pasear con Samira. Con los nietos de Samira.

   Decir “Norberto” y sentirse en paz, como al decir “Gaspar”, antes del crujido de la madera y del agua salada. Antes del sabor metálico en la boca.

   “Gaspar Norberto”; qué bendecido sería llamarse así de verdad, para evocar el olor de la tierra y el cuero, el del sudor humano del trabajo duro, el de las manos de su padre, el viejo Aysel, sobre las sandalias de cuero de cabra.

   Para evocar el olor del ron y los puros cubanos, el oleaje y la música que venía de la costa, con el aroma de las especias bajo la luna, durante la travesía por el estrecho del Bósforo.

   Llamarse de verdad “Gaspar Norberto”. Poder hacerse a la mar, sin tiempo, sin Luna, sin zapatos, sin ropas. Deslizarse en el agua tibia con alegría en el cerebro y en el corazón. Hacerse uno en el agua.

   Encontrar las heridas de aquel cuello. Acariciarlas, besarlas. Pedir perdón por jugar a barajar la vida y la muerte, la eternidad. Por arrepentirse. Por responder “no”. Por no poder quedarse hasta la otra vida.

   Mientras iba pisando las flores bajo sus pies, Gaspar oía el oleaje. Sentía la sal en los labios.

   Cerró los ojos.

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 (Imágenes de Pixabay)

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14 pensamientos en “Gaspar Toledo

  1. El Gran Rulemán

    No me estoy riendo…Ud no sabe interpretar…Era una parodia de “filosofia barata y zapatos de goma” de Charly García…Esto me pasa por juntarme con gente inculta

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