Responso

image   Caminaban por el cementerio en silencio, entre demasiado silencio, aún para tratarse de vampiros. Lucas, como siempre, en otro mundo. No dijo qué había tomado esta vez, pero daba lo mismo. Erraba con los ojos perdidos entre las cúpulas sobre los panteones, sobre la luna en los senderos de la ciudad de muertos, y Gaspar no hubiera podido decir qué estaba mirando. Quizás tampoco Lucas lo sabía. Quizás no era tan disperso como Gaspar hubiera pensado.

   Quizás era su futuro. Lucas tenía setecientos años y venía de Crimea. Gaspar no dudaba de que Lucas había perdido hacía tiempo el recuerdo de Crimea, de lo que había hecho en Crimea. Gaspar no podía ponerse en su lugar; aún recordaba todos los días las playas de Inebolu, y las tardes de siesta al pie de un olivo. Y a Samira. Siempre Samira.

– Decime por qué tenemos que estar acá, Lucas.
– Vos sos o te hacés – le respondió Lucas, siempre sin enfocar los ojos en Gaspar, jugando con el cigarrillo en la mano.

   Tenía los labios grises y yertos, a pesar de que Lucas nunca pasaba hambre. También él tenía mucho dinero, pero lo gastaba en una buena dieta. Gaspar nunca le había preguntado nada, pero ahora tenía un mal presentimiento.

– Vos me dijiste que necesitabas que te acompañara. Para qué.
– Salí de la cueva de vez en cuando.
– A mí no me gusta tu gente. Sabés que yo no vengo a estas cosas.
– Alguna vez tenés que venir.
– Vos me dijiste que era importante. ¿Qué es tan importante? Me dijiste que hoy no era el día, que era una cosa tuya.

   Lucas tiró el cigarrillo para un costado, con sus ojos de plata errando bajo el brillo de la luna, y exhaló el humo en un chorro furioso, azul, que enblanquecía a medida que se transformaba en una nube desfalleciente frente a su boca. Pero no respondió.
Caminaban entre las criptas, lejos del sitio en donde a los muertos los dejaban como antiguamente, para que volvieran a la tierra que podía ser Rosario, Capadocia, Crimea.

– Esto no se ve mejor que las casas del barrio. La gente se afana las placas de bronce, los floreros, los herrajes…

   Gaspar recordaba ahora. Lucas había sido orfebre. No sabía hacía cuánto tiempo; él se lo había dicho hacía treinta y cinco años, cuando vino a Rosario escondido dentro de la bodega de un carguero, para escapar de cierto individuo al que no había retribuido por su oro.
Gaspar dio media vuelta y empezó a caminar hacia la salida, pero Lucas lo retuvo de un brazo.

– Hace mucho que estamos acá, Gaspar. Te vendría bien no estar solo en ese edificio de mierda. Hay mucha gente a la que le gustaría que te integraras. Tenés experiencia y nosotros no somos muchos.
– Qué mierda somos, Lucas; dejate de joder. Muchos o pocos… Qué vienen a hacer acá; jugar con un montón de putas y drogadictos para morirse de sobredosis y de sida por pelotudos. No es un baile. Y no quiero estar acá como si viniera a un club de lunáticos.

   Y Gaspar tironeó del brazo de Lucas, pero los murmullos insidiosos de los pasos centenarios se arrastraban ya hacia sus oídos, hasta las profundidades de su cuerpo, en donde un corazón que no latía esperaba por la aniquilación y un río de sangre negra enfriaba y endurecía la piel, pero borboteaba. Y lo atraía como el canto de las sirenas con su oscuridad sin palabras y con emociones sin nombre que se arrastraban como bichos dentro de sus entrañas. Y los recuerdos se le iban, y los pies se le iban, y deseó que saliera el sol.
Se encontró con Lucas en los bancos del centro del cementerio y enfrentó las oscuras miradas, sorprendido del macabro parecido.

– ¡Bienvenidos al paseo, amigos! En este recorrido por el cementerio del Salvador, aprenderemos sobre las más antiguas costumbres acerca del cuidado que damos a nuestros queridos que se nos han adelantado, y visitaremos a las familias más ilustres que ha dado nuestra ciudad. Síganme a través de los hermosos mausoleos llenos de historia.

   Muchas de las miradas sobre el guía estaban adornadas con anchas sonrisas de máscara de teatro griegas; las señoras gordas sostenían sus cámaras digitales sobre sus labios cuarteados, llenos de un labial rojo que parecía negro a la luz de la Luna llena. Los señores de caras cetrinas escrutaban las miradas a su alrededor con sonrisas dudosas que no les llegaban a los ojos; ninguno notaba a Gaspar y a Fabián, a María, a Ema, a Franco, a Cecilia… Gaspar suponía esos nombres porque le llegaban los cuentos, pero jamás había visto las miradas. Sin embargo, sólo le bastaban unos segundos para llegar al fondo de los ojos de los desconocidos, y no encontrar nada.

   Y el dolor de Gaspar, era que también era reconocido en un segundo; las miradas lentas resbalaban sobre su rostro, acompañadas de medias sonrisas esbozadas con malignidad y sabiduría. Uno o dos neófitos deambulaban entre los curiosos padres del morbo humano; se acercaban a Gaspar un paso a la vez, nunca rápidamente, como se dice que se hace en el ejército, para llegar a destino sin ser percibidos. Eran principiantes y aspirantes, pero el desprecio en la mirada de Gaspar no los intimidaba. Él, ignorándolos, buscaba la proximidad del guía, y la mirada límpida aunque aciaga de los humanos, o los que estaban destinados a dejar de serlo.

– Este es el mausoleo de los Laguna y Gándara, una familia caracterizada por la desgracia de todos sus miembros explicaba el guía.- Hasta el último de ellos está inhumado aquí, después de una historia familiar marcada por la sangre y el homicidio entre primos y hermanos. La leyenda de la maldición de los Laguna y Gándara ha sido muy famosa en el Salvador desde hace doscientos años por lo menos. Todavía hay gente que manifiesta que por las noches una figura blanca ronda el mausoleo, y un par de serenos se la han encontrado cuando hacían el recorrido pensando que se trataba una señora perdida, a pesar de la ropa, pero cuando la querían llevar a la salida, se daban vuelta y ya no la veían.

   Muchas manos se alzaron para hacer la señal de la cruz. Muchas sonrisas desaparecieron, como si el juego hubiera terminado, a pesar de la risita socarrona y pretendidamente pícara del guía. Muchos ojos escrutaron los alrededores salpicados de luz de luna, tratando de penetrar los rincones oscuros. De repente, los cuentos de la infancia no tenían a la abuela presente, pero había quedado el miedo que obligaba a mirar debajo de la cama. De repente, el extraño sonriente al lado adquiría una historia que era como una puerta ciega, cerrada frente a la cara. Las miradas se desviaban para apreciar los hermosos frontispicios con expresiones ausentes; los comentarios compartidos se detenían.

   Los de atrás, los que observaban al guía con los ojos fríos, observaban a los temerosos hijos de las tardes vacías, los bancos de las plazas llenos y las noches en blanco. Los que se iban quedando atrás para evitar la muchedumbre, la acompañaban con sigilo y ocasionalmente se detenían frente a una hermosa puerta de hierro, ornamentada con un trabajo que se remontaba a cien años atrás y que nunca más se reproduciría, porque en el mundo ya no había lugar para el recuerdo y la añoranza.

   Gaspar encontró a Lucas sobre la mujer echada en el suelo, pero ella ya casi no vivía. Gaspar se inclinó y vomitó cuando vio el cuello blanco, los ojos tan inexpresivos como los de Lucas; las manos en garra caídas sobre el suelo con las uñas rotas, las puntas de los dedos moradas. Gaspar se arrodilló en el suelo, con las piernas tan blandas como si fuera un muñeco de trapo. Lucas separó la boca del cuello de la mujer y lo enfrentó, aún sin poder enfocar bien la mirada.

– Sos un sorete, Lucas. Un sorete y un asesino. Para qué me querías a mí acá. Para matar gente que no tiene ni idea. Para matar inocentes. La liquidaste solo. María está a dos pasos, siempre muerta de hambre. Ema debe estar frente a alguna tumba abandonada, haciendo lo mismo que vos. Por qué mierda no se las arreglan entre ustedes.

   Lucas se las arregló para sonreír.

– Venite con nosotros Gaspar. Te podemos ayudar.

   Gaspar se abalanzó sobre Lucas, lo levantó del suelo y le tiró un puñetazo que le hizo dar la cabeza contra la pared.

– ¿Para qué te necesito, engendro de mierda?

   Gaspar soltó a Lucas, que cayó sentado, resbalando contra la pared. Estaban a la sombra de un nicho abandonado, con telarañas de cada década desde su construcción. Gaspar se agachó sobre la mujer. Le acarició la frente todavía tibia, le dio un beso en el cuello, y el cuello todavía latía. Gaspar prolongó su beso. Lo prolongó hasta que no sintió el ritmo de la vida sobre sus labios, hasta que el tacto frío de la mujer lo saludó mientras abandonaba el mundo.

   Le tomó varios minutos a Gaspar poder ponerse de pie. Estaba mareado y no veía bien, y estaba lleno de horror, estaba satisfecho y lleno de fuerzas, y sentía una energía abyecta. Al ver su cara, Lucas sonrió y entornó los ojos, preparando la próxima broma. Pero cuando Gaspar se acercó, la sonrisa de Lucas fue empequeñeciendo poco a poco. Aunque hacía mucho que se había ido de Crimea, todavía podía recordar la época de sus trescientos años.

  Los integrantes de la excursión salieron del cementerio el Salvador al terminar el tour, con su asistencia completa. Nadie notó, entre los excitados comentados y los dibujos al lápiz y al carboncillo que los visitantes se mostraban entre ellos, que uno tenía una fisonomía notablemente distinta a la que presentaba al entrar.

   Los vampiros se reunieron en el lugar lejano, donde la tierra del suelo podía ser Rosario, Capadocia, Crimea, y aguardaron a la mujer que había reemplazado a la presa de Lucas.

– Éste es Gaspar –dijo Lucas, aunque todos se conocían desde hacía décadas.- Ya sé que estuvo mal lo de esa mina, pero no me pude controlar. No lo hago más, lo juro. Se que ella no quiere. Gaspar no tuvo la culpa de nada.

   Ninguno de los vampiros dijo una palabra. Gaspar sólo miraba, sintiendo el latido extraño, las auras frías y desconocidas, las preguntas reptando como hormigas sobre la superficie de su cerebro. Las manos extrañamente cálidas, como deseando levantar las palmas hacia arriba, esperar otras palmas. Y no lo soportó. No soportó la necesidad de estirar los brazos y tocar, de cerrar los ojos para escuchar los pensamientos, de abrazar. Dio media vuelta para irse.

-No te vayas –dijo una vieja con cara de abuelita bondadosa. Y en su voz había un tono apagado y confuso, como de quien espera por su salvación. – Hace muchos años que estamos acá. Cuando fuimos llegando, de a uno, ella no nos echó. Ella nos buscó cobijo y nos quedamos con ella. Tendrías que conocerla. Podrías conocerla. Sos como ella, y nosotros queremos más gente como ella. Hoy no estaba entre la gente, pero otro día a lo mejor sí. Le gusta la gente.
– Yo no quiero conocer a nadie.
– Podrías querer conocerla. Quedarte con nosotros.
– ¿Tan interesante es esa puta frígida? –saltó Ema, con una carcajada que casi terminaba en un rebuzno áspero, resentido. – No sé para qué; ¿alquien le conoce la cara?
– Yo le conozco la cara, puta de mierda, aunque no es como vos, que le mostrás la cara y todo lo que te pidan a cualquiera –replicó la vieja con ferocidad. Ema se levantó del banco en donde estaba sentada, apretando los dientes y con los ojos desencajados, pero nada más. Estaba fuera de su territorio y lo sabía, y a veces los límites eran importantes.

   Gaspar se dio vuelta y empezó a desandar el camino, con su sombra abriendo el camino frente a él, la maldita Luna a su espalda. Demasiada soledad, demasiados muertos y no muertos, demasiados recuerdos. Lucas lo siguió, aún pretendiendo detenerlo por el brazo.

– Podés quedarte acá, Gaspar. Acá entre nosotros, sin tener que estar penando entre todos esos tarados del edificio, con los ladridos de los perros de mierda y el olor a asado y el ruido de la pelota de los pendejos a la tarde. Acá somos nosotros, acá vivimos nosotros.
– Y tienen una reina loca, como Ema.
– No es una reina, es una mina a la que le gusta vivir sola. Los demás se le fueron arrimando, nada más.
– ¿De dónde salió? ¿Quién es?
– Es Helena Laguna y Gándara. La del mausoleo grande. Se murió como en 1890; dicen que la mató el… -Fabián se interrumpió cuando Gaspar cayó de rodillas. – Gaspar, Negro, ¿qué te pasa?
– Es rubia, casi platinada, y siempre usa el pelo suelto. –dijo Gaspar.- Tiene los ojos color glicina. Usa vestidos sencillos y claros y el coso, el… los ár… le gusta… el tilo.

   Y Gaspar se desmayó. Al despertar se sacó a Lucas de encima a manotazos, y se tambaleó hasta la entrada del cementerio. Apenas tuvo fuerzas saltó la tapia y se escabulló. Nadie lo buscó.

   Hubiera querido quedarse toda la mañana tendido en el pasto del cementerio, con el sol pegándole derecho en la frente. Todos lo sabían.

   Pero aún era joven, habría dicho Lucas.

(foto: http://www.rosariocultura.gob.ar Enlace: )

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