Un nuevo cuento de vampiros

street-789626__180   Gaspar bajó el terraplén todavía tembloroso, todavía con las rodillas débiles. El aire desplazado por el colectivo le levantó la camisa casi por encima de la cabeza. De haber estado nada más que un poquito más cerca del colectivo, podría haber perdido pie para irse debajo del micro, pero por suerte no hizo más que tambalearse hasta caer de culo sobre las piedritas grises de la vereda,  para después darse la cabeza contra el cantero del arbolito al tratar de levantarse. Aturdido. Había tenido suerte una vez más. La próxima vez que cruzara sin mirar, trescientos años de vida nocturna podrían irse al mismísimo carajo.  Lo cual, en el momento presente, sólo parecía significarle alguna clase de malsano alivio, aunque resultara un final estúpido para una saga como la suya.

   Gaspar se sacó la camisa mientras enfilaba hacia la calle de adoquines y después la hizo un bollo, un bollo muy pequeño, para apretar contra la ceja herida. Algún rastro de sangre le quedó en los dedos cuando la debilidad le hizo fallar la puntería, y él trató de no mirar mientras se limpiaba los nudillos contra los pantalones. Tuvo miedo de ver y no resistir, de llevarse la mano a la boca con aquella sangre envenenada y… ¿Ésta era la calle? ¿Por qué tan oscura hoy? ¿Por qué tan silenciosa? Casi no pudo percibir nada cuando los demás lo acorralaron.

– Che, no jodan, boludos, que es Gaspar. Guarda con éste que es mala leche. Seguro él hizo cagar la lamparita de la calle – advirtió una voz desconocida.

   Cuando todos terminaron de reírse, Gaspar esbozó una torpe, mecánica sonrisa de compromiso, aunque no creía que alguien pudiera verlo.

– Qué cara, macho. Parece que te estás cayendo. Espero que traigás bastante guita porque hay una cola de acá a Paraguay. Capaz que aunque tengás, te quedás en ayunas igual. El Gallego cada vez larga menos.

– Él me lo prometió.

– Qué querés, viejo. Vos sabés que acá es así. El Gallego habla mucho pero es por orden de llegada. Nadie tiene coronita. O esperás lo que podés sacarle al Gallego, o vas a la calle. Estás mal, ¿no?

– Sí.

– Yo sé. Si no fuera por los perros callejeros y los ratones no sé cómo habría terminado. ¿Vos también?

– Salí de acá.

– Claro. El señorito. ¿Y qué otra te queda, haceme el favor? La calle no, por Dios. A veces ni el Gallego parece seguro. ¿Sabés que Ramón agarró una Hepatitis B? Algunos sospechamos. Es un guacho ese Gallego. Para mí que dice que lo que trae lo roba del Banco de Sangre, pero debe ser todo un curro. Quién puede saber en dónde consigue el material. Algunos hablaban de agarrarlo a él, pero nos dijo Matías que no conviene porque se da… es peligroso eso. Puede tener SIDA, y roñoso como es, seguro que en la vida se hizo un análisis. Ni se lo va a hacer. Eh, flaco, adónde vas. ¡Gaspar! Vení acá; esperá al Gallego. ¡No vayás a la calle, Gaspar! Che, loco, en serio, mirá que es peligroso. ¡Esperá, boludo!

   La luz, tan lejana, al final de la calle, parecía una bengala estable, brillante. Gaspar sabía que estaba compuesta de muchas lucecitas individuales, que iban y venían por la Avenida, y de otras que las seguían haciendo una víbora de fotones sobre la ciudad… Pero ahora Gaspar sólo se concentraba en distinguir un solo foco blanco llamándolo al fin de su oscuro túnel personal, en una obscena imitación del paraíso. Y no le importaba si era una sola luz o varias luces. Él no tendría que averiguar nada, ni llegar a la Avenida, si el destino era bueno.

   Arrastraba las zapatillas sobre las baldosas y tropezaba de vez en cuando. Le parecía distinguir una sombra en movimiento y era un gato escapando demasiado rápido; le parecía distinguir un borracho durmiendo en la esquina, y era el amontonamiento de las bolsas de la basura contra el volquete. Una prostituta, enorme, hombruna, más alta que él, con sangre para un ejército. Sida. Una buena paliza, en cualquier caso. Y por fin la luz que lo llamaba. La luz solitaria encerrada por paredes de vidrio, pura en la noche, respetada por los vampiros en su familiaridad y por la promesa de la abundancia negra y ominosa, más atrás, lejos de ella. La adolescente raquítica, ojerosa, siempre con mangas largas, siempre con las picadas al límite, de las noches en las que el Gallego no venía, no venía…

– Buenas noches, Melisa -saludó Gaspar.

– Buenas, Gaspar -dijo ella. Melisa tenía un nene de un año y medio y una nena de tres que nunca traía al minimarket con ella, y un marido que nunca le preguntaba por qué siempre llevaba cuellos altos y mangas largas, y por qué lloraba cuando venía de trabajar.

– ¿Me das una cabina?

– Dale, pasá por la dos – contestó ella, y lo siguió con la vista hasta que él se encerró en el garito privado, en donde se refugiaban los individuos que no venían para imprimir curriculums vitae o darle a los jueguitos toda la tarde.

   Y Gaspar se sentó a la computadora.

@Casadaaburrida Qué noche, Gatita, ¿solita como yo?

@Caballerodelanoche Igual que siempre. Con ganas de algo menos muerto que mi marido. Mmm!!!!

@Casadaaburrida Creo que te puedo dejar contenta. ¿Los pibes?

@Caballerodelanoche Adelante de la Play. Ni se van a enterar. Son como el inútil del padre.

@Casadaaburrida ¿Conocés el Mogadiscio?

@Caballerodelanoche Dame treinta minutos.

   Gaspar cerró la sesión y se fue a la caja, a pagarle a Melisa por el uso de su Internet, con propina. No compró un paquete de caramelos ni bombones; no compró un paquete de cigarrillos, no compró un perfume para sacarse el olor del callejón ni se pasó la mano por el pelo para verificar la pulcritud de su cabellera. Sólo pensaba en Mogadiscio, y en que tenía hambre.

   Con los años, muchas cosas habían cambiado. Gaspar no iba a una cita. Tampoco iba a cometer un homicidio atormentado por su víctima. Pensó en @Casadaaburrida y en su posible nombre, y en su esposo, y en los niños.

   En los reservados oscuros y en los shots de tequila del Mogadiscio. Y en el famoso romanticismo. Si alguien todavía conservaba algo de él, los vampiros o a cualquiera, el 2016 pronto se lo quitaría.

   Aceleró el paso. A la distancia estaba Lucas; podía pedirle su camisa.

   La suya estaba llena de sangre.

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