Breve experiencia de Poroto Gómez con el mate cocido

kitchen-367886__180   Una vez, durante un lapso de inconsciencia en verdad fenomenal, el Detective Gómez olvidó ¡OLVIDÓ! aprovisionarse de tinto antes del fin de semana de Pascua, y, en consecuencia, tuvo que considerar el terrible trance de subsistir con el musgo fermentado hervido hasta la mañana del lunes, día que parecía al Detective más lejano que Marte, y más inhóspito también. Lo del título refiere a las dos tazas que el Detective tomó por haber leído en una revista algo relacionado con el peyote o un yuyo así, que por producir más o menos el mismo efecto, debía tener aunque sea un gusto parecido al del vino tinto. Pero no lo tenía, según dedujo el Detective por su experiencia con el mate cocido. Tampoco lo tenían el merthiolate, la lavandina, el agua jabonosa, la de lavar las medias, la salsa inglesa, el ketchup con mostaza o el polvo detergente diluído en agua. Sin embargo, a pesar de no tener el mismo gusto, había que ver lo que sucedió cuando el Detective Gómez se rasuró las axilas y se hizo un buen té bien caliente.

   Como si eso pudiera representar alguna diferencia, el Detective Gómez notó que todo el espectro cromático de su habitación había virado hacia los colores fríos, y eso era bastante curioso, porque con la temperatura pasaba exactamente lo contrario. En unos minutos, bajo una lluvia que contradecía absolutamente el postulado del estado líquido del agua, el Detective Gómez pasó a agraciar el vecindario con barrocas imágenes de sí mismo, empapado y eyectando al aire un pútrido e infeccioso vaho, originado por su elevada temperatura corporal en contacto con las astillas de hielo que caían, las cuales atravesaban el aire como flechas e iban a clavarse en su roñosa camiseta y sus no menos roñosos interiores tipo boxer, se estrellaban contra las tiras de sus ojotas (asimismo roñosas) y hacían de broches en las medias, respecto de las cuales huelga cualquier comentario.

   Ya adentro de su casa (localización producto de las observaciones de transeúntes preocupados y la verdad con considerables náuseas), el Detective Gómez estudió otra vez las lindas tonalidades celestes de la lamparita, la heladera, las frazadas de la cama, el escritorio, el inodoro, la mesa, el queso arriba de la mesa (bueno, a lo mejor esa parte no era tan nueva). Y aunque decidió que aquello le gustaba bastante y le agradaría conservarlo, no sucedía lo mismo con la atmósfera de su domicilio, la cual se iba poniendo cada vez más londinense a medida que el Detective levantaba temperatura. El vapor violeta, que salía afuera por los agujeritos de las persianas y por debajo del marco de la puerta, era tan denso que los vecinos volvieron a sus elucubraciones, temerosos de que algo allá adentro explotara y ellos se encontraran de repente con una generosa porción de Gómez cuando fueran al jardín. O peor; si no solucionaba aquello pronto, tal vez el Detective no tendría más remedio que salir a la calle de nuevo, a ver si toda el agua que caía podía disipar en algo su fuego interior.

   En los días siguientes, se señaló al Detective Gómez como un elemento agitador altamente indeseable, dentro del barrio y aún fuera de sus límites. A semejanza de ciertas ciudades costeras semitropicales, que en ocasiones se ven visitadas por un pingüino extraviado, una foca despistada o una ballena franca que perdió el rumbo, en los días de la experiencia sesentera del Detective Gómez, Rosario se vio agredida con frecuencia por visiones de dicho Detective. Unas veces, refrescándose en el lago artificial del Parque Independencia; otras, en Parque-Independencia-Rosario-Santa-Fe1la fuente junto al rosedal; en ocasiones en la fuente que está en la Plaza Lopez, y, en varias oportunidades, se vio también al mencionado Detective dándose de panza contra la desdichada sección de Río Paraná que no tenía más remedio que seguir pasando frente a Parque España. Otras fuentes, cunetas y cursos efímeros de agua, tales como palanganas que se reservaban para los radiadores o mangueras que perdían, se vieron también asaltados, siendo el único beneficio de todo aquello que el agua se ponía temporariamente azul: las luces del Parque Independencia titilaban de la manera más espectacular que se hubiera visto, todas en esa gama, aunque el paisaje quedaba con un olor terrible durante varias horas, lo cual más bien tendía a anular el beneficio cromático.

   En el barrio era igual, pero corría menos aire que alejara el olor a matadero y a media Roquefort. Además, a diferencia de aquellas ciudades costeras que recibían a los pingüinitos o siquiera el Parque Independencia, no había ninguna esperanza de que el Detective abandonara alguna vez esos territorios; estéticamente no compensaba la molestia que suponía limpiarlo y alimentarlo, y su extinción era del tipo que no suscitaría ninguna piedad cuando se hubiera consumado. Se podía decir que en esos días de Pascua nadie comía carne en dicho perímetro urbano, pero con una abstinencia que tenía poco de sentimiento religioso, relacionándose más bien con la que practican los estudiantes de Medicina hasta que se acostumbran a la morgue.

   Para colmo, algo en los estados alterados del Detective Gómez empezaba a invadir los cerebros que se contoneaban a su alrededor. Muchos vecinos se veían a sí mismos y a los otros en varios tonos de azul, violeta, morado o púrpura, según lo que hubieran estado tomando. Y había más.

   Tanto la casa del Detective Gómez como las de sus vecinos empezaron a ostentar por todas partes accesorios como culandrillos carnívoros y calas antropófagas, que crecían y crecían hasta alcanzar un tamaño que les permitiera fagocitar el primer humanoide que acertara a pasar por ahí, lo cual resultaba muy molesto. Pero en realidad las calas eran fáciles de neutralizar, porque antes de comer debían chupetear para ver si alcanzaban a tumbar al antropoide en cuestión, y eso permitía arrancar la flor agresora de un machetazo antes de que creciera mucho; también permitía otras cosas que no vienen al caso, aunque se debe admitir que las pocas bajas que se produjeron, fue por pura distracción. Los culandrillos carnívoros tampoco eran una verdadera amenaza, porque tenían dientes y si uno se les aproximaba arrancaban pequeños y doloridos pedacitos de cristiano, pero casi siempre estaban muy entretenidos masticando con entusiasmo a los pequeños elfos puteadores que nacían de los pétalos marchitos de malvón. Peligrosos eran los tejidos surreal-1256724__180abandonados por las señoras, que empezaban a ponerse blancos en las agujas, luego color tiza, luego celestes, azules, malvas, violetas, negros, y después terminaban de madurar e iban soltándose de las agujas y acechaban en los rincones oscuros de las casas y en las esquinas, y cuando alguien se daba un porrazo le anidaban encima y lo inmovilizaban y lo asfixiaban, y después trataban de convertirse en crisálidas pero claro, no pasaba nada, y los perros jugaban con ellos y con lo que hubieran dejado.

   Lo peor de todo, era que el brebaje infernal del Detective Gómez potenciaba su efecto con el paso del tiempo. Hacia el final del segundo día, él ya era capaz de caminar a través de las paredes y en aquel barrio se volvió perfectamente posible que, de repente, un gordo fofo y abrillantado apareciera en el comedor de uno, exhalando salvajemente su inmunda y azulada peste como un grotesco incensario, para borrar del planeta cualquier microorganismo que hubiera tenido la mala idea de aparecer, incluyendo los de la flora intestinal de cualquier persona que se hallara tomando sus alimentos. El Detective, como si oyera la lluvia que efectivamente seguía y seguía cayendo sobre los techos, caminaba por ahí sin fatigarse, y las plantas de sus pies dejaban negras y calientes huellas por donde transitaba, y luego ningún yuyo era capaz de crecer allí. Al Detective sólo le importaba seguir moviéndose y tratar de agarrar algo de agua o aire fresco, para que no le quemara tanto el upite.

   Eso era todo. Por desmoke-1232650__180sgracia, ello mismo constituía la preocupación de un sinnúmero de personas. Varios miraban lúgubremente su taza de café y trataban de aspirar el amargo aroma para consolarse, y se preguntaban si aquello sería como la evocación de los temores de los científicos antes de la primera explosión atómica. ¿Tendría el proceso un fin? ¿Llegaría el día en que no sería suficiente viajar a San Lorenzo para ver algo que no fuera azul, algo que no tuviera olor a ojete antiguo, algo que no bullera a cincuenta y siete grados, cuando alrededor nevaba? A cualquier precio era necesario detener la peste Gómez, y muchos de los vecinos sonsacaban al Detective tratando de identificar todos los pasos que habían conducido al desastre, pero él no sabía; su último recuerdo antes de aquello era la desesperación profunda al ver (creía que por primera vez en su vida) el fondo de un vaso. No recordaba nada más.

   Entonces, un día que no aguantaron más, los vecinos irrumpieron en la casa del Detective y la desvalijaron completamente, tratando de encontrar algún indicio, aunque ignoraban en lo que se metían y tuvieron que abandonar después de cinco minutos. Por fortuna, uno se desvió y halló en la cocina residuos con un olor que se había vuelto ya demasiado familiar. Después de atar algunos cabos y quemar los desechos con conmovedora urgencia, persuadió a los otros de llevar al Detective al patio, en donde los hombres fuertes reunieron también todas las tijeras que pudieron encontrar y se dispusieron a esquilar a Poroto Gómez igual que si fuera una oveja. Luego, se consiguieron un enorme fuentón de metal en el cual derritieron toda la cera para piernas que encontraron en el barrio, y con el asesoramiento oportuno de las usuarias (que rehusaron aproximarse), emplearon esta cera para eliminar cualquier sombra de canuto que pudieron registrar en la accidentada anatomía. No hirvieron al Detective como se hace con los chanchos, únicamente porque no tenían intención de comérselo después.

   Los vecinos llevaron al Detective al Monumento una vez completada la fase preventiva de la operación, para ver si conseguían mitigar algo la fuerza de aquel potentísimo hechizo. Con ese fin, ataron una buena soga a las contundentes prominencias del infrascripto, y una vez que la soga se hundió en un profundo surco que garantizaba totalmente una larga permanencia en aquel desamparado lugar, lo sumergieron de una vez en el río con gran solaz del Detective, que no más aterrizar y a despecho de la desabrida temperatura, puso a hervir bastante agua inmediatamente. Lo sostuvieron allí mucho tiempo, largo tiempo, antes de ponerse a pensar en los efectos sobre la ciudad de aquel malsano té de Gómez, pero ya era tarde para hacer análisis. El Paraná se había puesto azul y putrefacto, y en pocos días nadie en la ciudad sabría realmente qué era en verdad azul (o putrefacto) y qué no lo era, pero los vecinos no aflojaron y tampoco le dirían nada a nadie sobre el experimento. Igual, smoke-1192648__180ya antes de tirar al Detective al agua todos pensaban que aquello no daría ningún resultado, que el Detective estaba demasiado extendido, que no lo detendrían, que había encontrado la forma de ser como ese maquillaje caro, transformándose en “Poroto Gómez: Nueva York, París, Buenos Aires”. Y cuando se cansaron de sostenerlo los vecinos agarraron al Detective, que se había puesto como una pasa de ciruela pero no parecía ni un poquito menos azul, y se lo llevaron de vuelta para el barrio, en donde lo rociarían con mangueras hasta el fin, porque la verdad que ya les daba lástima.

   Entonces la madrugada del Domingo, cuando nadie se lo esperaba, el Detective Gómez miró hacia los frenéticos chorros de agua que le apuntaban y dijo: “Que me cago de frío, carajo”, y se puso blanco. Lo mismo que los vecinos, quienes lo bañaron durante un rato más porque no reaccionaban, y después lo secaron apresuradamente, lo vistieron con algo abrigado, abrieron la puerta de la casa del Detective y lo empujaron para adentro, con tanta fuerza que el Detective untó metro y medio de suelo con el hocico antes de aterrizar en el medio de su comedor. Todo había terminado.

  El Detective Gómez nunca más volvió a quedarse sin vino, bajo ninguna circunstancia. Cada vez que su cajita de tinto se vacía, delira de manera desagradable, sintiendo olores terribles que se le meten por la nariz, y le parece que hay agua, mucha agua totalmente helada filtrándose por rincones de su cuerpo que ni él había visitado con anterioridad, y palometas, muchas palometas hurgando justo los mismos rincones, bajo un cielo que parece eternamente nublado. No quiero ir tan lejos como para decir que se acuerda de algo, pero casi. Cuando pasa varios días sin ver al repartidor de vino, el Detective Gómez tiene pesadillas horrendas.

   Es lo mismo cuando le crece el bigote. Después de lo sucedido, el Detective conservó por años la costumbre de depilar completamente cada centímetro cuadrado de su cuerpo que fuera susceptible de conservar el más ligero hirsutismo, y le pedía a todos los vecinos que se lo recordaran si él se olvidaba.

   Ellos lo hacían, escrutando el estado de salud del Detective con una enjundia que resultaba enternecedora.

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(La foto del laguito en el Parque Independencia es de http://www.cunadelanoticia.com. Enlace:. Las demás son de Pixabay)

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