Helena

motion-1303885__180   La mujer tendría cerca de cincuenta años; morena, con un tono de cabello que quedaba entre el chocolate y el caoba. Los ojos eran suaves y profundos. Elocuentes. Minúsculas arrugas se marcaban alrededor de las pupilas almendradas cuando sonreía, y astillas verdes brillaban en el fondo. Tanto, que hacían olvidar la curva de sus labios, llenos y sedosos, pintados de rojo. Las miradas eran tibias y acariciaban.

   Y Gaspar, a veces, necesitaba ser acariciado. No le dijo a ella su verdadera edad.

   Ella no lo dejó hacer nada, a pesar de que él la había invitado a casa. Lo hizo sentar; le sirvió una copa del vino que él le dio. Sacó de la bolsa del supermercado la pulpa de tomates para la salsa, las cebollas, los fideos.

–  ¡Caramba; estos fideos cuestan cien pesos! –exclamó, alzando la bolsa en alto, para adornarla con su hermosa sonrisa.

– Son importados. Italianos.

– Ya veo. Serán riquísimos; me da miedo cocinarlos –dijo ella, con una mirada de curiosidad que no aludía a las pastas italianas. Con una sonrisa que no llegaba a las astillas verdes, dulces de caramelo de menta, en sus ojos.

   Gaspar sonrió también.

-Solamente son fideos… Helena –le dijo, y nada en la mirada de ella hacía pensar que le creía. Tampoco nada en sus ojos hacía pensar que consideraba aquella extravagancia culinaria un obsequio para ella. Sí, esa mujer podía tener cincuenta años; su sonrisa era tierna y dulce, pero no cándida, ni brillante, ni transparente. Observó a Gaspar tomar su vino y bajar la copa hasta la mesa, y apoyarla con un golpecito hueco sobre el mantel. No le dijo nada.

– Tenés que dejarlos veinte minutos en el agua, como a todos los demás.

– Acá dice cinco minutos.

– Creeme.

– ¿Siempre comés estos fideos?

– No, pero a veces me dan ganas.

– Son demasiado finos. Sabrás cocinar muy bien.

– No sé ni hervir el agua – respondió Gaspar, y volvió a sonreír con la misma sonrisa de ella, tierna, dulcemente, nada cándido, nada transparente, y con una enorme nostalgia, que se desplegó entre ellos como una telaraña de algodón de azúcar. Ella le sonrió a su vez, y no preguntó nada. Sí, definitivamente esa mujer estaba a la mitad de la vida.

– ¿Te gusta la salsa de tomates así nomás? ¿No te da acidez? ¿Le pongo azúcar o leche?

– No; sola está perfecta.

   Ella terminó de preparar la salsa y puso el fuego muy bajo. Fue hacia la mesa, se sirvió una copa de vino y se sentó frente a Gaspar. Rozó con el pie de la copa su escote profundo y generoso, y él, obedientemente, dejó caer los ojos en aquella sombra.

– Es mejor si la salsa se cocina una hora, incluso dos. Podemos poner los fideos después- le dijo ella.

   Habló en voz baja y con miel en los labios, pero sin sonrisa en los ojos, sin sonrisa en la boca, sin nostalgia, sin candidez ni brillo, ni deseo. La mujer tenía una piel hermosa, como las alas de las mariposas, con un brillo sepia como el de las fotos de la infancia de Gaspar. Pero con la sangre de su vida, era más dorada que sepia. Gaspar alargó una mano y le acarició la barbilla. Era maravilloso tocar la tibieza de la piel. Ella cerró los ojos y entreabrió la boca.

– ¿Estás casada, Helena?

   Ella mostró en sus ojos la sorpresa, auténtica. Le llevó un momento retomar el hilo de su vida, recuperar la realidad, encontrarse.

– Estuve, hace muchos años. Tenía dieciséis.

– ¿Y ahora no?

– Un día él se fue de viaje y no volvió más. Yo tenía diecisiete.

Era el turno de Gaspar de no preguntar nada.

– No tuvimos chicos.

Ella lo miró a los ojos mientras se bebía el vino. Después estiró una mano hacia Gaspar para acariciarle el pecho, sobre la camisa.

– ¿Qué significa el colgante?

– Es una cruz ankh.

– Siempre me pregunté qué era eso. Yo conozco la cruz de Caravaca, pero es distinta. Tiene dos bracitos atravesados.

La mujer deslizó la mano por el cuello de la camisa, sobre la piel desnuda de Gaspar. Hizo que el ankh se deslizara sobre el dorso de los dedos, y observó los reflejos del oro bajo la luz del comedor. De repente interrumpió la caricia y los ojos se le abrieron grandes, sin una sola arruga, opacos.

– Estás helado. ¡No estás bien! Tendrías que haberme dicho; soy una estúpida por no haber preguntado. ¡Sos muy joven para sufrir del corazón!

– No pasa nada –dijo él, sujetando la mano de ella, antes de que siguiera bajando para buscar el latido. – No pasa nada. Me hace falta tomar un poco de vino. No tuve un buen día. Estoy muy cansado y es tarde.

   Ella estaba tensa bajo la mano de Gaspar. Él no quería soltarla. Tenía miedo. Miedo de los ojos de ella, miedo de la piel dorada, miedo de salir a la calle entre sombras otra vez. Quería acariciar. Antes de tener hambre, antes de buscar la vida de la sangre, quería acariciar.

   Los cincuenta años de la mujer escrutaban la piel blanca de Gaspar, las uñas azuladas, los labios secos, cuarteados, los ojos de depredador brillantes y oscuros, sin fondo, en alerta. Y se relajó de pronto. Gaspar pudo oír cómo se aquietaba el río de sus venas, cómo se recuperaba la tibieza de su vida. La soltó.

– Un poco de comida te va a venir bien, ¿no? ¿Tendrías que estar tomando tanto vino?

– No estoy drogado.

– ¿Necesitás que llame a alguien? ¿Un hermano, algo así? ¿Querés que lo dejemos para otro día?

  Gaspar sonrió, otra vez dulcemente, pero esta vez de verdad, con claridad y limpieza.

– Sí. Necesitaría llamar a alguien. No. No quiero que lo dejemos para otro día. Hoy es el día. Mañana no es un día. Mañana es una posibilidad. Mañana no existe. Hoy estoy acá, y te quiero a vos acá. Y no estoy drogado, y no estoy enfermo. Solamente tengo frío.

   Era verdad. Ella lo vio en los ojos vacíos y sin alma. No por primera vez, aunque no de la manera en la que ella estaba acostumbrada. Sin tocar de nuevo la piel de Gaspar, la mujer tomó la delicada cadena de oro con la punta de los dedos e hizo oscilar el ankh.

– ¿Sos creyente?

– Sí.

También era verdad.

– Yo voy a misa todos los domingos.

– Yo también.

– A lo mejor nos encontramos.

– No creo. Yo voy a una parroquia en la otra punta de la ciudad.

– ¿Pero éste no es tu departamento?

– Sí, yo vivo acá.

Después de una vida hecha de preguntas que no debían ser respondidas, ella se calló una vez más. Era lo que más costaba.

– Ésta no es una cruz cristiana.

– No.

– ¿Te la regalaron?

– Sí. Hace muchos años.

– ¿Una mujer?

– Sí.

– ¿Se llamaba Helena?

– Sí.

– ¿Vos querrías llamarla a ella?

– No puedo.

– ¿La engañaste? ¿Está con otro?

– No está viva.

   Ella no dijo nada más. Se levantó y llenó de agua una olla grande para los fideos, y después volvió a sentarse a la mesa.

   Él le contó sobre su infancia en Turquía y omitió el pastoreo de cabras, las svásticas y los aviones de guerra sobrevolando Europa. Ella le contó sobre sus días en Río Tercero, cuarenta años atrás, y omitió el resto. No le insistió para que probara los fideos y comió ella sola, declarando una única vez que eran lo mejor que había cocinado en su vida.

   Se acostaron vestidos y se abrazaron, y permanecieron así toda la noche.

  Por la mañana, ella se deslizó entre los brazos de Gaspar y abandonó el dormitorio dejando las persianas bajas, como él le había ordenado, después de tomar el dinero de la mesita de luz. Pasó de largo frente a las porcelanas inglesas; dejó la gruesa billetera tal como estaba, abierta sobre un sillón; no miró dentro de ninguno de los cajones del departamento y mucho menos tocó el dije de oro que él había dejado en el antebaño, antes de ir a la cama. Sentía que había pasado la noche dentro de un panteón, abrazada a un cadáver. Le parecía mentira que el vapor de su aliento no se condensara frente a su boca.

   Sin saberlo, sus ojos esa mañana eran los de Gaspar. Tranquilamente pudo tener, también ella, trescientos años.

   Pero a dos cuadras del departamento, ya pudo quitarse el abrigo. Había recuperado el calor y comenzaba a sudar bajo el sol del amanecer.

   Tenía un largo día por delante. Debía encontrar a Pedro y darle la comisión. Y no tenía nada en la heladera para la noche.

   Se estremeció por última vez y apretó el paso, ya casi sin recuerdo.

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(Imágenes de Pixabay)

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2 pensamientos en “Helena

  1. Dr. Zaius

    “Hoy es el día. Mañana no es un día. Mañana es una posibilidad. Mañana no existe.” ¡MB!
    ¿Y cuál es la historia entre Gaspar y Helena? Habrá que esperar para próximas revelaciones.

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