El planeta del Gran Rulemán Balde de Vello. Con el Doctor Zaïus. Y Mads Mikkelsen. Y el Hombre Caniche. Y las dos calandrias.

saturn-1152524__180   Ya amanecía en el oscuro planeta, y nadie estaba más disgustado por eso que el Gran Rulemán Balde de Vello. Y Mads Mikkelsen. Y el Hombre Caniche.

   El planeta era dos veces más grande que la Tierra, la mitad era líquido y la mitad sólido, giraba alrededor de su sol presentando siempre la misma cara, y por suerte era la cara con superficie líquida. La cara sólida del planeta era completamente plana; parecía La Pampa pero sin las cosas ésas que extraen petróleo. Nunca había ningún viento; ni siquiera una simple brisa. La vegetación se reducía a pasto, alfalfa y algún que otro ligustro. También tenían un limonero. La fauna constaba de un hormiguero, tres bichos bolita, una vaca, dos calandrias que son las del título, y un gato. Había una pequeña lagunita con agua dulce, cocina, heladera y baño totalmente equipado, y una rotisería que abría al mediodía y a la noche. Y un reloj de pared, clavado al limonero, para saber cuándo era de día y cuándo era de noche.

   El planeta estaba bastante cerca del sol y por eso hacía siempre calor, aún en la cara oscura. El sistema de ese sol se componía del planeta y sus dos lunas, ambas también bastante cerca aunque una bastante más lejana del planeta que la otra, y muy grandes. Las dos lunas también giraban alrededor del planeta presentando siempre la misma cara y estaban siempre llenas. Por alguna cosa de la composición del suelo, una era roja y la otra azul, tenían una abundante vegetación compuesta de toda clase de árboles frutales y una fauna riquísima, parecida a la de África, con lagos de agua muy dulce y fresca, y muchos bares, cines y restaurantes. Todos se lo pasaban de joda y cuando se aburrían no sé, se irían a dormir a las caras oscuras de las lunas, que muy lejos no quedaban. Había mucha población nativa, pero no sé cómo eran.

   El Gran Rulemán Balde de Vello alzó el puño hacia la luna roja y gritó, desde el fondo de sus poderosos pulmones habituados a cantar las verdades que le dictaban las runas:

– ¡A ver si bajan un poco el volumen, que es de madrugada y HAY QUE DESCANSAR!

   En la impertérrita noche sempiterna, una de las calandrias, posada en la rama más alta del limonero, se sacudió y se volvió a dormir.

– ¡Hay gente que no tiene ni idea de lo que es comportarse como seres civilizados! – exclamó el Gran Rulemán, agitando sus mangas de terciopelo con ademanes alocados.

   El Doctor Zaïus, desparramado en una reposera, se sobresaltó y realizó sus propios ademanes alocados, para no perder el equilibrio y caerse al suelo.

– ¡Te comiste todo el pastitsio! – gritó, y miró a su alrededor para ver adónde estaba. Seguidamente bostezó y se frotó los ojos.

   Mads Mikkelsen, que estaba leyendo una revista sentado en un sillón, levantó los ojos y lo observó un segundo, volviendo en seguida a hojear la revista.

– Acá es todo puterío de gatos. No hay ninguna foto mía –declaró, y dejó la revista a un costado.

   El Hombre Caniche, acostado en el suelo boca arriba, con la lengua afuera, se incorporó, saltó al sillón y le movió la cola. Después se puso a jugar con la revista, arrancándole las hojas. Mads Mikkelsen le quitó la revista y se levantó para tirar los restos al tacho de la basura. En el planeta no había servicio de barrido y limpieza.

   Al levantar la tapa del tacho, tuvo que esquivar al gato, que pegó un salto desde adentro y corrió hacia el limonero seguido muy de cerca por el Hombre Caniche, que todavía no se resignaba a la velocidad que le proporcionaban las patas. Como el Hombre Caniche se sentó abajo del limonero a ladrarle al gato, Mads Mikkelsen enroscó la revista, fue y le dio un guascazo en el culo. El Hombre Caniche fue lloriqueando a esconderse abajo del sillón. Mads Mikkelsen se volvió a sentar.

– Buenos días –dijo el Doctor Zaïus.

– Buenos días –dijo Mads Mikkelsen.

   El Gran Rulemán los contempló a ambos, con los ojos inyectados en sangre. Alzó su egregio dedo índice derecho en el aire y declaró, con altisonancia:

– ¡Esto es un abuso! ¡Nadie nos debe una explicación!

– Nadie dijo que se comió todo el pastitsio porque es adicta a las harinas blancas. Después se sintió muy mal porque me había invitado a comer y no tenía más ganas de cocinar.

– Nadie me debe una explicación a mí –dijo Mads Mikkelsen al Gran Rulemán. – En realidad, todos estamos acá porque Nadie hizo exactamente lo que usted le pidió.

   El Gran Rulemán miró a Mads Mikkelsen con desprecio y frunció la nariz, con la comisura de los labios hacia abajo.

– ¡Yo le exigí a Nadie, dada mi alcurnia, mi sangre noble y mi derecho como divinidad inmortal, mi propio planeta para gobernar! ¡Un planeta lleno de fieles que me dieran su oro!

– Este planeta está lleno de oro. Alrededor del núcleo del planeta, hay una capa que es toda entera de oro –dijo Mads Mikkelsen. – Y usted le cae muy bien al rotisero. El Pelado adora sus recetas. Yo confío totalmente en su pericia como Runemal, si Nbakery-791748__180adie lo recomienda. Sus zapatos son los únicos que el Hombre Caniche no se ha comido. Y usted le agradó al Doctor Zaïus cuando fueron al negocio ése a comprar la cosa para las galletitas.

     El Hombre Caniche salió de abajo del sofá y corrió hacia el Gran Runemal. Se agachó frente a él moviendo la cola, y ladró dos veces. El Doctor Zaïus volvió a bostezar y asintió con la cabeza.

– Sí, Nadie lo respeta y le concede gran estima. Y yo le dije a Nadie varias veces que deberíamos invitarlo a comer, para agradecerle la carta natal que confeccionó para mi señora madre. A lo mejor Nadie hace el pastitsio. O la lasaña de anoche. Nadie dijo que fue suya la idea de poner la masa comprada cruda junto con el relleno.

   Las comisuras de los labios del Gran Rulemán descendieron todavía más.

– ¡Mi importancia en la historia del Universo es demasiado fundamental como para que yo tenga que saber si sale el sol MIRANDO UN RELOJ DE PARED PIOJOSO! ¡LA HUMEDAD DE ESTE PLANETA PODRIDO ARRUINA MI MARAVILLOSO CABELLO! – exclamó, alzando su espejo de plata repujada frente a él, para acomodar los rulos que se le estaban levantando a ambos lados de la raya estrictamente trazada sobre su ilustre cabeza.

   Las dos calandrias se despertaron y comenzaron a cantar y a pelearse, volando hacia los ligustros y metiéndose entre las ramas, arrancándoles las hojas, de paso. El Hombre Caniche las persiguió con ilusión, ya que el gato se había quedado bien en la punta del limonero.

– El planeta está compuesto por agua con una concentración salina similar a la del Mar Muerto en un noventa y cinco por ciento –dijo el Doctor Zaïus, que ya se estaba despertando. – No es culpa de Nadie lo que pase con la composición atmosférica. O eso del pelo suyo; debería ponerse más gel, como hago yo.

   Y el Doctor Zaïus se acarició su brillante cabello. Después se puso los lentes y se levantó para hacerse un té.

– ¡Yo no tengo por qué hacer lo que me dice un plebeyo del montón, o Nadie! ¡Yo soy el Gran Rulemán Balde de Vello, quiero decir, Balder el Bello, el Gran Runemal! ¡Y no le debo explicaciones a Nadie! ¡Nadie no tiene por qué saber que estoy todo hinchado, y mi hermoso cuerpo parece que va a reventar las vestiduras, de la humedad que hay, y no puedo despegar mis divinos pies del suelo! ¡NI PONERME LOS ZAPATOS!

   El Doctor Zaïus encendió la hornalla después de poner la pava y fue a sentarse al sillón al lado de Mads Mikkelsen.

– No, vea que eso es por la gravedad del planeta. Acá todos pesamos una vez y media más que en la Tierra; el campo magnético generado por el núcleo de magma es más fuerte. Y hay más atmósfera. Además el Pelado le da mucho a los hidratos. Y entonces…

– ¡PERO ES QUE NADIE VA A HACER CALLAR A ESE PERRO! – exclamó el Gran Rulemán con uno de sus teatrales molinetes de brazos.

   Mads Mikkelsen, con expresión horrorizada, se llevó las manos a las mejillas. El Doctor Zaïus abrió la boca, escandalizado. El Hombre Caniche dejó de ladrarle a las calandrias y fue a esconderse otra vez abajo del sillón, aullando bajito.

– Usted no tiene respeto por los sentimientos ajenos –reprochó Mads Mikkelsen. – No es culpa del Hombre Caniche que acá haya dos lunas llenas todo el tiempo.

– Y un gatito –dijo el Doctor Zaïus. Y se levantó a ver si podía hacer bajar al gato del limonero – ¡Minino minino!

– Y dos calandrias – agregó Mads Mikkelsen. Y fue a sacudir los ligustros. Las calandrias se escaparon y se fueron de vuelta al limonero, adonde siguieron cantando y peleándose. Entonces el gato saltó a la cabeza del Doctor Zaïus.

– ¡No es mi función preocuparme por los sentimientos de los mortales! –exclamó el Gran Rulemán- ¡Mi obligación es ser el Dios de un mundo!

   Mads Mikkelsen fue hacia la cocina a sacar la pava del fuego para preparar el té. El Doctor Zaïus se tambaleaba alrededor del limonero, tratando de sacarse el turbante de gato de la cabeza.

– Usted es el Dios de este mundo –dijo Mads Mikkelsen, de espaldas, poniendo saquitos de té en dos tazas.

   El Gran Rulemán, que lo observaba atentamente, reclamó:

– ¡Yo también quiero té!

   Mads Mikkelsen comenzó a volcar el agua hirviendo en las tazas y siguió hablando, sin darse vuelta.

– Nosotros hablamos con usted, y usted no nos da pelota. Se queja del planeta y de todos, y le frega tres pepinos si es usted el que armó todo el despelote.

– ¡Y para mí le pone edulcorante! –ordenó el Gran Rulemán.

– El Doctor Zaïus y Nadie lo conocen a usted. El Hombre Caniche y yo vinimos acá del otro cuento. Tendríamos que estar en un cuento divertido; tendríamos que estar en una de las lunas, no clavados acá con usted -dijo Mads Mikkelsen, y se dio vuelta – Por algo Nadie lo puso aquí. Por algo fue lo único que a Nadie se le ocurrió. Pero ¿y nosotros?

   El Gran Rulemán fulminó a Mads Mikkelsen con la mirada. El Doctor Zaïus seguía tratando de zafarse del gato en su cabeza, pero estaba muy agarrado.

– ¡Y espero que ayer hayan ordeñado a Audumla! –dijo el Gran Rulemán- ¡Yo quiero mi té con leche!

   El Doctor Zaïus, que se había librado del gato, estaba parado junto a Mads Mikkelsen y se secaba los arañazos con un pañuelo de papel. Ambos contemplaron al Gran Rulemán ceñudamente; el Doctor Zaïus con un solo ojo ya que el gato le había metido una pata en el otro.

– Muchas civilizaciones se comen a los individuos cuyas facultades desean adquirir – dijo el Doctor Zaïus. El Hombre Caniche salió como tiro de abajo del sillón, corriendo tras el gato. Las calandrias seguían gritándose arriba del limonero.

– ¿Qué quiere decir??? – interrogó el Gran Rulemán, mirando al Doctor Zaïus de arriba abajo, alzando los brazos al cielo con ira.

– Quiere decir que realmente lo vamos a tratar a usted como a un Dios –dijo Mads Mikkelsen, y le pasó su taza de té con leche de la vaca Audumla al Doctor Zaïus.

– ¿Por fin me van a adorar??? –inquirió el Gran Rulemán, cruzándose de brazos.

– Vamos a hacer la mejor receta del Gran Rulemán, para ser como él –respondió el Doctor Zaïus. Dejó la taza de té arriba de la mesa y comenzó a aproximarse al Gran Rulemán.

– Lasagna de Gran Rulemán –dijo Mads Mikkelsen, y también empezó a acercarse a él.

– Empanadas de Gran Rulemán.

– Niños envueltos de Gran Rulemán.

– Agnolottis de Gran Rulemán.

– Pizzanesas de Gran Rulemán –dijo el Pelado, asomándose entre los ligustros y acercándose también al Gran Rulemán.

– ¡AAAHHHH, EL RAGNAROK; EL LLANTO DE LOS DIOSES CAERÁ DEL CIELO COMO SANGRE! –gritó el Gran Rulemán, y se preparó a sucumbir, echando su capa de terciopelo negro sobre su hombro derecho.

– ¡TODOS SEREMOS COMO DIOSES! –gritó el Pelado, y alzó el cuchillo de carnicero.

abstract-1239407__180

   Entonces, abruptamente se hizo el silencio. Mads Mikkelsen, el Doctor Zaïus, las dos calandrias, el Hombre Caniche, el gato y la vaca Audumla desaparecieron de la vista. Como no había en el planeta porque solamente estaban las hormigas y los bichos bolita, no se escuchaba ni un grillo.

   El Gran Rulemán, sorprendido, paseó la vista a su alrededor.

– ¿Pero qué prodigios son éstos? ¿Qué deidad alzó su mano a favor del inconmensurable Balder??? – exclamó, dignamente.

   Entre los ligustros, la diminuta voz no hizo esperar la respuesta.

– ¿Baolderrr? ¿Darling? – la delgada y transparente mujer, rubia, de cabello semejante a la paja de escoba que barre el establo de Audumla, apareció ante el Gran Rulemán, que retrocedió espantado.

beauty-1260986__180

– ¿Qué sucede? ¿Qué espantoso demonio es usted? ¿Quién la trajo a mi mundo a pertubar mi paz recientemente hallada?

   La mujer se dirigió a la mesa y tomó una de las tazas de té, oliéndola con asco.

– ¡Oh, my God! ¡Lácteos, qué disgusting thing! Baolderrr, darling, Nadie me envió aquí para solucionar los problemas de este mundo. ¡Para ti, Baolderrr! No soy ningún demon, yo seré tu amor para siempre, your little honey. ¡YOUR LIZA!

   El Gran Rulemán dejó caer su espejo de plata repujada al suelo, siendo la primera vez en su vida que lo hacía. El espejo se rompió instantáneamente en cien pedacitos, en ninguno de los cuales podía contemplarse el Gran Rulemán.

– ¡NOOOOOO!!!!!!!!!!!! –gritó.

   La mujer fue hacia la cocina y puso la pava.

– No te preocupes, mi Baolderrr. En este planet, right now somos solamente TÚ y YO. No necesitas ningún mirror; ¡sólo tienes que contemplarme a mí! Nadie ha hecho que los demás se vayan a la luna roja, con todos esos desagradables paganos que no saben apreciar tu divinidad, a beber y comerse toda esa carne de animal muerto, ewww! Sólo quedamos TÚ y YO, right here, righ now, FOR EVERRRRR!

– ¡NOOOOOO!!!!!!!!!

– Lo primero es tirar todo eso que está en la heladera; toda esa milk, el cheese, todo ese colesterol y esa grasa que solamente van a arruinar tu hermoso cuerpo. Yo te cuidaré, my darling Baolderrr, para que juntos seamos for ever young! Beberemos té con jugo de limón del árbol del Bien y el Mal; yo seré tu Eva; no, your LIZA, OMG MY BAOLDERRR!!!

woman-1300984__180– ¡NOOOOOOO!!!!!

– Lo primero será colgar unas cortinas; qué necesidad hay de que el baño esté tan a la vista, tan cerca de la cocina…

– ¡NOOOOOOO!!!!!!

   El Gran Rulemán miró a su alrededor con ojos desencajados, sin encontrar ni un río profundo, ni un acantilado de veinte metros de altura.

– Claro que sí, my Baolderrr, y podemos poner el reloj de pared acá, arriba de la heladera, lo apoyamos contra el rollo de papel de cocina para que quede más nice, ¿viste?

   Era sólo el principio…

 

 

(Imágenes de Pixabay)

Anuncios

8 pensamientos en “El planeta del Gran Rulemán Balde de Vello. Con el Doctor Zaïus. Y Mads Mikkelsen. Y el Hombre Caniche. Y las dos calandrias.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s