Amanecer

rain-1234522__180   La lluvia no dejaba de caer sobre la ciudad, pero a Gaspar le gustaba la lluvia. La ciudad quedaba desierta, vacía, húmeda de agua que ninguna ama de casa quería quitar apresuradamente de la vereda, que ningún perro se sacudía cuando corría entre los autos. Entre los seres anónimos, Gaspar se sentía el más anónimo. Los rostros de sus vecinos eran más amables bajo los paraguas y hasta la sed eterna y roja de Gaspar decaía.

– Dame tinto dulce –el muchacho del mercadito acababa de abrir el negocio y no hizo preguntas a Gaspar, aunque eran las seis de la mañana.

   Gaspar guardó el tetrabrik en la bolsa que siempre llevaba encima. No tenía verdadera necesidad de ese tinto, y de hecho el vino barato le producía mareos, pero llevaba dos días encerrado en el departamento y tenía necesidad de salir a respirar, aunque significara coquetear con la muerte. Aunque significara llamar la atención del muchacho del mercadito. Pero el chico lo conocía bien.

   De pequeño, Gaspar le había dado clases especiales de matemáticas. Cuando terminaban, al chico le gustaba tomar alguna cajita de fósforos del departamento, o de escarbadientes, o quizás traerle a Gaspar una escoba al revés, para pedirle que mirara la caja, o la paja de la escoba, y contara con la vista. Hasta el final, no supo que Gaspar no adivinaba; quizás se sentía encantado por el juego y la mentira. La última vez que se vieron, el  niño sacó de su bolsillo una caja de fósforos y se la dio a Gaspar, que le dijo su número. Y el chico se puso serio de inmediato, y ya no volvió a pedirle clases.

   Como entonces, cuando no pensó que el chico había contado los fósforos antes de darle la caja, esta mañana Gaspar no pensó que lo extraño suele asustar a muchas personas.

– Y quiero seis bizcochos –dijo Gaspar al muchacho, que se los embolsó sin una palabra.

   Era tarde. El vino ya había arruinado la impresión de paz y languidez que dejaba aquella mañana.

clouds-1236768__180   La lluvia se había detenido pero el cielo estaba, pese a la hora, cada vez más oscuro. Así era desde hacía tres semanas. Tres semanas que habían sido como un remanso. Tres semanas de contemplar los verdaderos colores de las cosas; tres semanas de ver el rosado de la piel y el marrón y gris de la corteza de los árboles, el cristal del rocío, el verde de los ojos y del pasto. Las nubes y el celeste del cielo, de a ratos. El celeste del cielo. Después de los días en los que Gaspar habría dado la vida por verlo una vez más.

   Casi eran las siete cuando llegó al Parque Urquiza, pero parecía el atardecer, y Gaspar sentía la desesperación del atardecer. La puerta del pasillo frente a la casa de Lidia estaba abierta, como siempre, y Gaspar dudó un momento, como había dudado a lo largo de casi veinte años, sintiendo el nudo en la garganta. Abrió la boca y sintió el vacío seco, inodoro, a pesar de la noche caminando con el estómago vacío. Cerró la boca e inspiró, dos veces, tres veces.

– ¿Puedo pasar? – el pasillo era largo, pero Lidia tenía el oído fino y Gaspar la voz potente. La puerta de la cocina estaba abierta y de adentro venía un sonido de agua que corre.- ¿Puedo pasar?

   Ella se asomó con los ojos sin sorpresa y la sonrisa amplia, con un trapo de piso en la mano.

– Para eso está abierta la puerta.

   Gaspar atravesó el pasillo para alcanzarla y le besó la frente. Ella lo abrazó.

– ¿No tenés miedo a los ladrones?

   Ella se rió, aunque estaba muriendo.

– Hace mucho tiempo que en este barrio a mí no me jode ningún ladrón –respondió, siempre con una sonrisa. – Años esperándote. Pasá que me estaba por tomar el café.

– Tengo bizcochos.

– Este Gaspar… siempre listo.

   Las manos de Lidia tenían manchas marrones y venas azules, y se movían como palomas sobre la pava y las tazas.

– ¿Seguís dando clases?

– Vendí el piano. La artrosis me lo hacía muy difícil. Encima estos días, con esta ciudad tan húmeda…

– Lidia…

– Sí, ya sé. Hablemos de otra cosa.

   Gaspar se sentó a la mesa después de colocar el posapava y buscar una panera para los bizcochos. Sabía dónde estaba todo; Lidia no cambió nada de lugar después de que él se fuera de la casa. Incluso la panera era la misma. Gaspar se rió mientras sacaba los bizcochos de la bolsa.

– ¿Cuántos años tiene esto, Lidia? ¿Por qué no tirás esta mierda a la basura? Sabés que hay cosas lindas, nuevas, que podés tener, en lugar de trastos viejos.

– No quiero cosas lindas y nuevas. Me gustan mis cosas. Nuestras cosas.

   Los ojos de ella eran enormes y tenían el color exacto del cielo a esa hora, cuando estaba despejado y límpido, con su brillo dorado de sonrisas. Desde que la conocía, Gaspar no recordaba ni una sola vez en la que no la hubiera visto sonreír.

   Los aros que Lidia llevaba eran de turquesa y plata; los habían comprado veinte años atrás en una feria de artesanos, un domingo en el que ella se había empecinado a salir a pasear aprovechando la tarde miserablemente nublada, adornada por nubes negras preñadas de agua, como las de ahora. Eran aros grandes, llamativos; horribles, le parecían a él. Pero ella se había reído como una loca y no había dejado de ponérselos nunca más. Decía que para recordar esa tarde, cuando habían sido tan felices. Al volver a casa hicieron el amor durante horas, y luego conversaron toda la noche. Hacía dos semanas que salían, y tenían mucho terreno que cubrir.

   Cuando la conoció, en uno de los bancos bajo las moreras junto al Monumento, ella acababa de tomarse una caja entera de somníferos con media botella de cerveza. Tenía cincuenta años y un diagnóstico de Alzheimer prematuro. Después, había seguido a Gaspar como una sombra.

   Como entonces, ahora Lidia tenía el cabello recogido en un rodete limpio y apretado, aunque lleno de canas, y los labios llenos y dulces, como siempre, con el brillo suave y rosado de su piel con olor a naranjas. Aunque le sonrieran con arrugas de seda natural.

– ¿Cómo estás, Lidia?

   Ella estaba de espaldas y no se dio vuelta. Colaba el café con un filtro de tela, porque para Lidia había cosas que sólo podían hacerse con las manos.

– Como todos; tirando. Tengo mis asuntos, aunque me haya jubilado. Tengo mi bingo, mis reuniones con las chicas para jugar buraco, los sábados… De vez en cuando almuerzo con mi nieto. Estudia arquitectura, mi nieto, ¿sabés? Mi hija vive en España.

– Sí; sabía.

– Cómo me olvido de las cosas; los años no vienen solos…

– Lidia…

– Sí. Ya sé.

   Trajo la bandeja a la mesa y le dio su taza a Gaspar. Él no le recordó a ella que el café estaba entre las cosas que más detestaba en el mundo.

– ¿Le ponías azúcar?

– Sí. Dos.

   Ella echó dos cucharadas de azúcar al café de Gaspar y lo revolvió despacito. Al levantar la mirada, era la misma Lidia de siempre, desde el fondo de los ojos.

– ¿Y vos cómo estás, Gaspar?

– Como vos, Lidia. Tirando. Trabajo de sereno en una cochera.

   Ella miró la cajita de vino.

– Te debés sentir muy solo.

– Es tranquilo.

– Justo lo que vos necesitás.

   Como siempre, sonreía, pero Gaspar seguía viendo a la misma Lidia que comprara esos horribles aros de turquesa, tanto tiempo atrás. Y no se engañaba.

– Tiempo sin verte, Gaspar. ¿A qué debo el milagro?

– La lluvia, tal vez.

   Él levantó la taza y bebió de aquel espanto negro y amargo, sin notar el sabor.

– Sabés que ese café no tiene verbena…

– Qué graciosa…

– Igual no quiero leerte la mente. Decime vos. Contame vos. Por qué viniste hoy a mi casa.

   Ahora él sonrió, y volvió a levantar la taza, y a hundir los ojos en la taza.

– Todos los días durante veinte años tuve mi puerta abierta para vos. No tengo tantos amigos.

– Tenés a las chicas del buraco, dijiste.

   Ella se rió. También levantó la taza, y bebió un sorbo de café. Después tomó un bizcocho, lo partió al medio y mojó una mitad en el café. Se lo comió entre una sonrisa y la otra, dulcemente.

– Seguís con esa costumbre detestable, Lidia.

– No tengo nada que probar. Y la vida es corta.

– Lidia…

– ¿No comés un bizcocho?

   Él tomó también un bizcocho. Lo miró; lo volvió a dejar en la panera.

– Es de mala educación manosear la comida, Gaspar.

– Es de mala educación fingir ser lo que no se es.

   La sonrisa de ella fluctuó, pero sólo por un segundo, como titila la luz de una luciérnaga.

– Yo no estoy fingiendo, Gaspar.

– Ya sé que no. No lo decía por vos, Lidia. Durante veinte años pasé de largo por esa puerta porque…

– Te creo.

   Ella tomó otro bizcocho de la panera.

   Era una gran cocinera y en su juventud había trabajado en un restaurante conocido de Buenos Aires. Habían venido a vivir a Rosario cuando trasladaron a su esposo, y después su esposo había muerto en un accidente de tránsito, y ella había comprado un bar en Avenida Pellegrini. Cocinaba ella misma, y le gustaba traer a casa recetas especiales que hacía para Gaspar, durante los largos días encerrada entre las paredes de brillantes azulejos blancos. Sólo salió a pasear con Gaspar, a la noche, tres veces. A la cuarta se quedó en casa.

   Cuando Gaspar volvió de su quinto paseo nocturno, después de mudarse a su casa, la encontró en la vereda, mientras barría las hojas secas de los árboles. Entró una hora después de que el sol saliera. Gaspar la esperaba sentado a la mesa de aquella misma cocina, pero no hablaron. Ella no le dijo nada; sólo lo miró con su tibia sonrisa. Como ahora.

– Me encanta verte, Lidia.

– No es de lo que te acordabas.

– Me encanta mirarte. Te reconocería en cualquier parte.

   Ella le sonrió desde el fondo de los ojos y la mente, y terminó su café.

– Son riquísimos estos bizcochos. Cómo me comería otro. Pero tengo alta la glucemia y me tengo que cuidar.

– Lidia…

– Sí, ya sé.

   Había alegría en el fondo de los ojos, y él lamentó que ella fijara la mirada en el fondo de la taza, como si fuera a dejar su luz con el poso del café.

– Quedate acá. Son las ocho. El sol puede salir en cualquier momento.

– No; fijate, está cada vez más oscuro. Incluso creo que gotea de nuevo.

   Ella levantó los ojos, sin sonrisa, con una luz blanca en la mirada que era como un faro en Islandia, en plena noche.

– Tengo ravioles en la heladera. Un matambre a la pizza. Un pollo asado.

   Él se levantó de la silla y fue hasta Lidia. La besó en la frente. Entonces ella se levantó también. Él tuvo que ayudarla para que no cayera, porque estaba torpe por la humedad, y los años de insistir en barrer la vereda bajo los rayos del sol, y el dolor del corazón, y los recuerdos.

– Voy a acompañarte a casa, Gaspar.

– Te quedás acá, Lidia.

– Quiero ir con vos.

   Como antes, él volvió a abrazarla. Después la soltó; le tomó las manos con un último beso en el dorso de piel amarillenta. Levantó de la mesa la bolsa con la cajita de vino y se fue, con una última mirada a los ojos de Lidia, que otra vez sonreía, con menos miedo que Gaspar. Miedo a los recuerdos que quedarían minando las veredas, pegados como hojas secas que no se pueden barrer. Miedo al tiempo.

   Tal vez luego saliera el sol; tal vez la próxima madrugada la puerta estaría cerrada.

   Gaspar no sabía cuándo.

   Ya no tenía la habilidad de calcular los días humanos.

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(Imágenes de Pixabay)

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2 pensamientos en “Amanecer

  1. Dr. Zaius

    Excelente. Muy triste, pero profundo. “Miedo a los recuerdos que quedarían minando las veredas, pegados como hojas secas que no se pueden barrer. Miedo al tiempo”. “Ella le sonrió desde el fondo de los ojos y la mente”.

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