La adorable lasagna “prêt-à-porter”

lasagna-605655__180   Para la noche del sábado pasado, obedeciendo a un plan de larga meditación, decidiste confeccionar esta deliciosa lasagna, de refinado sabor. Esto teniendo en cuenta que en la heladera tenías hojas de masa integral de lasagna, que te habían quedado de la última vez que hiciste fideos (porque no tenías ganas de hacer más fideos). Así que, con gran mérito y valor, puesto que en esta ciudad hace por lo menos dos semanas que llueve ininterrumpidamente, por la mañana has abarajado el changuito y salido a hacer las compras destinadas a complementar el destino de aquella sufrida y helada masa.

   En primer lugar, había que ir al Super, puesto que tal lasagna requería de una buena cantidad de lácteos. Primeramente, para el relleno: la señora madre del Doctor Zaïus, con quien ibas a compartir la lasagna, disponía en una capa una mezcla de acelgas salteadas con queso ricotta, lo cual habías decidido emular puesto que te pareció una fantástica idea. Con ese fin, te dirigiste hacia la góndola de la fiambrería y le dijiste a la chica delgada y morenita que te pesara trescientos gramos de ricotta entera (porque la descremada parece tiza mojada), cantidad que en ese momento te pareció la adecuada, y que según descubriste después, acertaste gramo por gramo (bueno, sobraron tres cucharadas soperas de relleno). Además, le pediste que también te diera doscientos gramos de queso cremoso y paleta, porque en la segunda capa de la lasagna decidiste poner eso, como consejo del Gran Rulemán, más un poquito de queso por arriba de la lasagna, para que se gratine al horno y le dé un brillo dorado. Asimismo, como temías que no te alcanzara pero no querías llevar tanto queso demás, agarraste un litro de leche descremada, como para hacer salsa blanca, por las dudas, pero no hizo falta. Y ahí nomás te fuiste a buscar una cajita de pulpa de tomate para hacer más salsa, porque te quedaba en la heladera apenas un poquito y la lasagna lleva mucha salsa. Hiciste bien, porque la usaste toda.

   En la verdulería de la calle San Martín y Pasco te estafaron vendiéndote una acelga que la mitad estaba medio podrida y dos cebollas por completo inútiles, y después de eso y traer media docena de huevos, porque no tenías más, y unos zapallitos para hacer revueltos, que te gustan mucho, te volviste para casa a cocinar la masa que descansaba en la heladera y hacer la salsa, porque eso podías dejarlo listo para la noche. Con ese propósito, pusiste a hervir agua en la olla de acero de triple fondo, con una cucharada sopera de sal gruesa, y una vez hirviendo colocaste dentro las hojas de masa, para que se fueran ablandando y cocinando mientras pasabas el trapo por el suelo de la cocina, porque estuviste lavando las verduras que trajiste y los platos, y en eso sos como tu abuela, que cuando lavaba los platos más bien parecía que se bañaba mientras baldeaba la cocina. Quince minutos después sacaste la lasagna de la olla en pedacitos más o menos pequeños. Investigaciones posteriores y una encendida disputa con el Gran Rulemán, concluyeron que tal vez habías dejado secar demasiado la masa de la lasagna, antes de guardarla.

   Luego de vaciar la olla entre insultos, lágrimas y reproches de índole variada, te dispusiste a hacer la salsa de tomates sin grandes contratiempos, con una enorme cebolla y bastante ajo, y la pusiste a descansar en la heladera mezclándola con la salsa que te había quedado del viernes. A continuación, decidiste dejar listo el relleno de acelgas, y con esa finalidad en mente picaste en cubitos pequeños una cebolla, en tiras la parte verde de la acelga que pudiste rescatar, y después de rehogar la cebolla te dedicaste a meter en la olla toda la acelga que cupo, poniendo la tapa de la olla un poco a presión, ya que sabés cómo es la acelga, que ponés dos paquetes a cocinar, suelta un montón de agua y finalmente te queda un plato de verdura cocida. Le has puesto también una cucharadita tamaño té, Y NADA MÁS, de sal. La dejaste cocinar diez minutos con la olla tapada, y diez minutos más con la olla destapada, para que reduzca un poco el agua. Al concluir con eso, sacaste las acelgas del fuego, dejaste que escurrieran todo el líquido que quedó en el colador verde con onditas, y mientras tanto sacaste la ricotta de la heladera y la cortaste en cubitos. Posteriormente, volviste a poner todo dentro de la olla y lo pisaste con un tenedor hasta que sólo te quedó una pasta de oscuro y ominoso aspecto, pero deliciosa.

chicory-1224882__180   Y eso es casi todo. Por la noche, luego de que el Gran Rulemán te apoyara en la salida de emergencia que pensaste en tomar, volviste a casa con una lasagna que ya viene preparada y seca, con una gran cantidad de hojas acomodadas en un práctico y cómodo paquetito, y te preparaste para armar la lasagna, antes de meterla al horno unos veinte minutos, como te dijo el Gran Rulemán. También como él te dijo, NO HIDRATASTE LA LASAGNA. Pusiste una capa de salsa en la asadera de vidrio cuadrada, luego una capa de hojas de lasagna, luego más salsa, luego el relleno de acelgas y ricotta, luego salsa, luego hojas de lasagna, luego más salsa, luego el relleno de paleta y queso, luego salsa, luego hojas de lasagna, luego salsa, luego el queso que dejaste para gratinar. El número de capas de la lasagna dependió del alto de la asadera cuadrada, que a vos te dio para tres capas: abajo y arriba una capa de acelgas con ricotta; en el medio la paleta y el queso. Y sí, la salsa que habías preparado, casi un litro, se te fue toda, porque estuviste atenta al consejo del Gran Rulemán, que te dijo que si hidratabas la lasagna antes de ponerla en la asadera te iba a quedar gomosa, y que era mejor que la cocinaras al horno junto con todo y relleno, para que tomara el sabor de la salsa, en la cual tenías que bañarla poniéndola entre capa y capa de lasagna.

   El éxito del delicioso resultado no superó al pastitsio, solamente porque la lasagna exhibió una molesta tendencia a desarmarse ligeramente al servir. Pero sólo sobraron de esta cena en particular dos porciones, de tamaño suficiente como para que las distribuya en dos comidas una persona de apetito normal. No es tu caso, pero esta vez hiciste el esfuerzo: parece que la lasagna también produce razonamientos más sobrios que el pastitsio.

   En esta ocasión, no bebieron vino por tu especial pedido, que obraba en el sentido de lograr tu deseo de no inflarte como un sapo, pero esto no quiere decir que nadie puede. Si alguno de los amables lectores decide acompañar esta lasagna con un delicioso y atrayente Malbec o un Cabernet Sauvignon, adelante que es lo indicado. En la radio escuchaste además que el vino tinto va con la comida oscura y el blanco con la comida blanca, así que ojo si el amable lector hace una lasagna solamente con salsa blanca o come fideos con crema. Parece que en ese caso el tinto te bloquea el paladar o algo.

   Vos cumplí con avisarle, y allá él.

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(Imágenes de Pixabay)

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