El unicornio

toy-791265__180   Este unicornio era plenamente real y siempre lo había sido, excepto que desde su más tierna infancia de potrillo fue alimentado a puro vino tinto, por su dueño el Detective Poroto Gómez. Esto tuvo como resultado un bicho de lo más malsano, como si no lo fueran ya lo suficiente los unicornios. Además era morado, tal como la mayoría de las plantas, que son de color verde porque tienen clorofila.

   Este unicornio habitaba como todos en lo más profundo de los bosques, pero era porque el sol le hacía daño en los ojos durante las resacas. Se lo pasaba escondido todo el día, pero no por su naturaleza de ser viril sobrenatural sino porque, no menos consecuente que el Detective que compartía sus inusuales hábitos no-alimentarios, el unicornio carecía de algo como una idiosincrasia y, puesto que no le hacía ascos a nada y era además un unicornio de color morado, de repente se encontraba alzado, y olvidaba que lo que le gusta a los unicornios son las chicas vírgenes, sin importar las veces que fuera coceado.

   Además la gente lo buscaba, existiendo tantos premios y tan importantes colgando de su maloliente cuerno frontal, que aquellos bosques estaban permanentemente recorridos por lo que parecía ser una población fija. Un unicornio, fijate, enredado en la soga de la ropa, y morado además; si el unicornio pudo existir tanto tiempo en libertad fue sólo porque no había ignorante en el pueblo que no insistiera con lo de las chicas vírgenes. Demoraban mucho buscando y poniéndolas frente al unicornio, y esperando, y claro, muchas pertenecientes a las familias más conservadoras fueron lapidadas hasta morir mientras el unicornio galopaba con alegría, totalmente fascinado por lo que parecía ser un aguacil, o un conejo, o el culo de un ternero o vaya uno a saber qué. Criado y deformado por el Detective Gómez en plena posesión de todas sus facultades, era el unicornio menos dotado de la historia para cultivar el arte del anonimato.

   Obviamente, al encontrarlo el Detective no había sabido que la extraña bestezuela era un unicornio. Con seguridad le pareció un perro, porque le decía Fido y le hizo una cucha que, a medida que el peculiar animalejo crecía y adquiría mañas, no tuvo inconveniente alguno en desarmar a patadas. No habiendo otra cosa a su alcance, o acaso no consiguiendo relacionar su trompa con nada más, de manera también previsible el Detective Gómez se dedicó a llenar el plato de Fido con vino tinto, y a semejanza de lo que sucede entre muchos animales continuó así hasta que Fido le pareció lo suficientemente grande, o trató de montar a su mamá, o le empezó a tomar demasiado vino o quien sabe qué. Con lo cual pudo considerarse terminada la infancia del unicornio, para comenzar a festejar su entrada en la edad madura, aunque no sé lo que podría ser un festejo para esos dos.fairy-tales-624980__180

   Las verdades de la naturaleza dejaban anticipar que llegaría el momento en que la recompensa por ese unicornio se volvería tan crecida, que hasta el Detective Gómez prestaría atención. Así fue. Luego, este abnegado padre putativo se puso a la caza con no menos ferocidad que cualquiera de sus vecinos, y para suerte del unicornio era la única persona del planeta capaz de entenderlo para compenetrarse con él y descifrarlo, y engatusarlo después (otra verdad de la naturaleza).

   Ahora, para qué mierda iban a querer los vecinos agarrar al unicornio no tengo ni idea. Los más viejos querían venderlo a un circo; otros más jóvenes querían llevarlo a Crónica o a lo de Susana Giménez; los más ricos soñaban con emplazar una cabeza de unicornio morado en la pared del comedor; las más ricas soñaban con un tapado de piel de unicornio morado; algunos de piel correosa y granujienta deambulaban por el pueblo con estrambótica expresión y nadie sabía qué querían, pero todos lo sospechaban; sobre lo que pretendía Poroto Gómez nadie se hacía ilusiones. Todos insistían con el asunto de cobrar la recompensa, como si pensaran de verdad que una vez que consiguieran agarrar al unicornio lo iban a soltar, con lo que cuesta un unicornio morado.

   La que finalmente se hizo con él, fue una viuda que vivía en la punta del pueblo desde que Matusalén perdió los dientes de leche; la captura fue todo un accidente. La viuda había encontrado al unicornio desmayado en pleno delirium tremens entre los repollos que cultivaba en su pequeña huerta personal, y la presencia del ente mágico le fue revelada cuando ella pisó una de las orejas de dicho ente y casi perdió media pantorrilla, a favor de lo que parecía un enorme repollo colorado, notablemente menos pasivo que lo usual. A la viuda le llevó cuarenta y cinco minutos de observación forzada descubrir a qué venía todo aquello y recordarlo, y otros cuarenta y cinco minutos conseguir espantar al bicho hacia el lavadero, antes de poder recuperar los postizos para llamar por teléfono. Y mientras tenía el tubo en la mano, la viuda recordó los meses de charla opiácea que venían envolviendo al pueblo; qué mierda, cuando se acordó de la recompensa, se acordó hasta de Poroto Gómez y de la madre que lo parió, y de todas las precedentes hasta el ignorado principio de los tiempos, cuando seguramente ya había Australopitecus Gómez empinándole al aguardiente de cactus o cosa parecida.

   La viuda no pensaba liberar al unicornio hasta que la recompensa subiera, y como mientras miraba la novela de la tarde se enteró de dos crecidas significativas al hilo, supuso que la espera sería larga y le dedicó un sentido pensamiento al unicornio, deseando que estuviese cómodo y que echara un callo en la barriga como el caballo verde. Por desgracia, como tenía noventa y cuatro años, a esas alturas la viuda se olvidó por completo de cualquier rastro de un unicornio morado en la historia del pueblo, y como no era culta tampoco se dio por enterada de la existencia de cualquier clase de unicornio en general, y si el unicornio fuera otro, le hubieran sobrado razones para sentirse aterrado.

   Pero como aquel era un unicornio alimentado a vino tinto, lo peor que le pasó es que cuando superó la resaca empezó a sufrir síndrome de abstinencia, y cuando llegó al punto de presentir una caja vacía de vino en el desierto de Nairobi, sencillamente pateó la puerta del lavadero y se las piró a la mierda. Nada más tuvo mala suerte porque terminó frente a la carpa de unos pibes que andaban por el pueblo para pescar, y como sin vino tinto el unicornio se había puesto todo blanco, los pibes solamente vieron un caballo con un raro cuerno en el centro de la frente (ése negro, por la concentración de tanino). Como esthorse-1190742__180aban todos en pedo (el olfato no había engañado al unicornio), uno se enojó, agarró una sierra y le serruchó el cuerno. Y adiós unicornio morado, aunque él no se diera por aludido y procediera de inmediato a su cotidiana ocupación de cazar tanto vino tinto como tuviera la oportunidad de encontrar, ya que halló que los pibes, cuando se trataba de esconder vino, eran todavía más sensibles que él. No era un misterio adónde iría a buscar.

   Ni decir que Poroto Gómez no lo esperaba. Apenas el unicornio acabó con una cajita de vino le saltó encima, y le dio un garrotazo como nunca en la vida se le había propinado a un unicornio (seres acostumbrados a un trato más sofisticado). Por lo que concernía al Detective, ni un unicornio morado ni un caballo blanco le iban a robar el vino, aunque de momento le dio un poco de lástima lo que le había pasado a éste y le dio más vino tinto, para que se recuperara. Y después ya andaban otra vez juntos, torciendo faroles sobre esos pisos siempre en oleaje tan irregular. Hasta que el unicornio volvió a hacer que el Detective Gómez lo mirara torcido y posteriormente le diera varios garrotazos en rápida sucesión, ya que, como se sabe, una exposición prolongada al tinto hace que uno se vuelva como los criminales de las películas, que no se dan por enterados de nada hasta que una bala de cañón les deja el culo como una flor de calabaza. El Detective Gómez estaba singularmente dotado para esas actividades de naturaleza pedagógica.

   Al unicornio lo hallaron en una cuneta, todavía blanco y con el cuerno nuevo, apenas emergente, de un color rosado furioso. Nunca se supo qué le había pasado. El que lo encontró se hizo el sota porque consideró que la recompensa se había ido a la mierda, pero como el unicornio todavía estaba tibio, fue y lo cargó en una camioneta y se lo llevó para la chacra, de donde el unicornio salió posteriormente convertido en misteriosos paquetitos de cuarto y medio kilo, que con la carne de aquel extraño color, el chacarero no tuvo inconvenientes en susurrar que era huemul, o sea, jamón de contrabando. Hizo la guita con eso; qué suerte que insistió con lo del contrabando, que con todo el alcohol la carne era tan dura que los choricitos parecían de charqui, y servían para jugar al rugby.

   Ahora, no me acuerdo cuáles eran los poderes de un unicornio, pero el chacarero, inquieto, notó cómo durante el tiempo en que vendió aquellos raros paquetitos la gente se puso malhumorada y libidinosa, y parecía que olía las hormonas y el vino desde cientos de kilómetros, y estaban tan alzados que en el pueblo no se podía jugar a las cartas porque hasta los viejos tenían los pelos de punta y se las adivinaban. Hubo varios crímenes pasionales porque de repente alguien comió demasiado jamón y se calentó, y otro alguien también comió demasiado jamón y súbitamente, sin saber por qué, tuvo que salir al patio y prender el ventilador, y se encontró ahí con el vecino que había tenido el mismo impulso. Fue un alivio cuando todo hubo sido digerido.

   El chacarero traficante, que era hombre ya maduro con esposa joven, guardó el centímetro de cuerno de unicornio en un bolsillo durante algún tiempo, pero un día alguien lo encontró en una zanja también a él. Una vez más, no se supo qué había pasado. Entonces enterraron al chacarero, y alguien que no se dio cuenta de lo que era encontró el cuerno en su bolsillo, tirándolo a la mierda de inmediato. Y muerto el unicornio se acabó la rabia.

   Poroto Gómez ya se encontró otro animalito doméstico y todo; es un canario que se está poniendo bordó gracias al tinto que le da el Detective, lo cual a nadie resulta extraño. Por lo menos, mientras ignoran que sabe decir la hora.

   Cantar no, no canta, pero toma poco vino y eso siempre es una ventaja.

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4 pensamientos en “El unicornio

  1. Dr. Zaius

    Ja ja! Muy bueno. Este párrafo es destacable: “Qué mierda, cuando se acordó de la recompensa, se acordó hasta de Poroto Gómez y de la madre que lo parió, y de todas las precedentes hasta el ignorado principio de los tiempos, cuando seguramente ya había Australopitecus Gómez empinándole al aguardiente de cactus o cosa parecida”.
    Una sugerencia: la palabra “mierda” aparece unas seis veces. Puede sustituirse alguna por “carajo”, “diablo” u otros vocablos semejantes.

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