Oscuridad

dark-1309884__180   Gaspar sabía que habría problemas mucho antes de escuchar los pisotones sobre el techo de la garita, en la cochera. Lo supo desde que se levantó a las seis de la tarde para ir a trabajar, con las primeras gotas de lluvia. Le dolían todos los huesos, y sentía ojos a su alrededor, aunque estaba, como siempre, solo en el departamento. Sentía los ojos y las manos huesudas, de uñas largas, espiándolo desde todos los rincones. No por primera vez. Salió al balcón; miró hacia la calle cinco pisos más abajo, y no vio ni un alma transitando sobre el pavimento plateado. Subió a la terraza y se encontró con el mismo panorama de humedad depresiva. Pero sabía que no estaba solo; que lo habían encontrado. La sensación no desaparecería. Sólo empeoraría hasta que le tocara enfrentar a los depredadores.

   La cochera estaba repleta y la lluvia arreciaba sobre el techo metálico; no era fácil establecer la procedencia de los ruidos. Pero Gaspar podía contar los pasos de las ratas en la calle, saber cuántas ratas eran, y decir si alguna cojeaba de una pata, y de cuál pata era. Había pasado años en esa cochera. Había pasado trescientos años contando ratas, ojos de rata, todos los pelos entre los dedos de las patas de las ratas, durante noches de ocio, de vacío, de densidad.

   Roberto fue el último en venir a dejar el coche, y se acercó a la garita porque tenía que pagar el mes. Gaspar lo apreciaba. De todos era el único que lo saludaba aún cuando no le tocaba pagar, y todos los viernes le traía una cerveza y a fin de mes una pizza de queso. Hoy se le acercó con una bolsa de papel con olor a salsa y carne picada. Se bajó del auto, se sacudió las gotas de lluvia que le quedaron en la mano después de cerrar la puerta del auto y se fue para la garita, aprovechando la humedad de la mano para peinarse los cuatro pelos que cultivaba en la coronilla.

– Che, Gaspar, ¡qué nochecita! Acá tenés seis empanadas; con este tiempo faltaron tres muchachos al truco. Las hizo mi señora…

   Roberto siguió hablando; dejó la bolsa en la ventanilla frente a Gaspar sin reparar en si lo saludaba o no. Bajó la vista para sacar la billetera y después se quedó mirando a Gaspar, que contemplaba el techo, sin mirar a Roberto, sin contestarle. Un segundo después, algo pesado y recio cayó sobre la garita. Y algo más, después. Roberto se puso blanco.

– Gaspar, eso es un tipo. Dos tipos. Gaspar, el portón está cerrado. ¿La garita tiene llave? ¡Llamá a la policía! ¡Dejame entrar, Gaspar!

   Gaspar seguía mirando para arriba, para seguir el rumbo de los pasos. De los golpes. Los invasores estaban tratando de levantar las chapas para meterse a la garita.

– Quieren entrar acá, Roberto. Metete en el coche.

– ¡Ya me vieron! –susurró Roberto.

– Me buscan a mí.

   Roberto lo miró sin entender.

– No son ladrones, Roberto. Son vampiros. No te vayás o te agarran afuera. Hay dos frente al portón.

– ¿De qué mierda hablás? ¿Estás loco?… El portón está sin llave; el portón…

– Si te escapás te tengo que matar. Metete en el coche y tirate en el piso. No salgás si no te busco yo. Y no llamés a la policía o los asesinan a todos.

   Roberto corrió, con una mancha oscura en el pantalón. Se había orinado. Se metió en el auto justo cuando la chapa sobre la garita cedía.

   Al ver la mano pálida, esquelética, meterse bajo la chapa para tirar hacia arriba, Gaspar saltó y la sujetó con fuerza, y con el peso de su cuerpo arrastró al otro para abajo, dejando en la chapa tiras de piel, pelo y carne. Medio cuerpo del adolescente gris y blanco, y rojo, quedó atascado entre la chapa de la garita y el interior cálido, lleno de luz. El ser enloquecido gritó con furia y dolor, tratando de terminar de pasar dentro de la garita.

   Gaspar cayó sentado en el suelo y tan pronto lo hizo volvió a saltar, con un destornillador en la mano. Se lo clavó en la garganta al invasor antes de que pudiera seguir gritando, y echó la cara a un costado, con asco, cuando al arrastrar el destornillador por la garganta estremecida, la sangre negra le mojó la cara vuelta hacia arriba, para resbalar por su cuello y a lo largo de todo el torso. Gaspar volvió a caer al suelo, desprendiéndose del cadáver. El cuerpo exánime desapareció en un segundo del hueco abierto en el techo, y luego de otro segundo el resto de la chapa había desaparecido, arrancada de cuajo por cuatro manos ávidas.

   Gaspar miró fijo a los ojos plateados, enormes, que lo escudriñaban entre la lluvia. Los invasores empapados, hambrientos, se mecían bajo el agua y parecían medir las fuerzas de Gaspar. Olían a tumba abierta, a moho y a tripas descompuestas. Los dientes eran negros, rotos, y los malditos los rechinaban con fuerza, en un sonido de lápidas que se rozan una contra otra, derrumbándose.

– Bajen, hijos de puta. Par de cagones. ¿Qué están esperando? Si son como las cucarachas.

   Entonces uno saltó sobre Gaspar, mientras el otro gritaba. No le tomó a Gaspar más de un minuto arrancarle la cabeza a su atacante después de volver a usar el destornillador, y sólo entonces perdió las fuerzas y cayó de rodillas. No le hubiera costado luchar para liquidar al cuarto, pero ya no podía con tanta sangre. Tal vez hubiera sido diferente si lo hubiera atacado, pero Gaspar no era de perseguir a los que huyen.

   Lucas sí. Unos minutos después, Gaspar volvió a oír pasos sobre el techo y lo vio dejarse caer dentro de la garita, a través del agujero abierto por los asaltantes. Había dejado de llover. Lucas se limpiaba las manos con un pañuelo y miraba a su alrededor con repugnancia.

– Qué despelote, loco. Si yo hiciera siempre este desastre, seguro que me moría de hambre como hacés vos.

– Me vinieron a buscar. No me comí a ninguno.

– No, si era lo único que te faltaba; no vas a ser tan boludo. Estas cosas te pasan únicamente a vos. Vivís solo, como uno de esos anacoretas de mierda, y entonces se te pegan lacras como éstos y María.

– María no es un vampiro de vampiros.

– Dale dos meses. Vos fomentás todo esto, ¿sabés? Sos un blanco fácil. Siempre a dos aguas.

– Dejate de joder, Lucas.

– Por algo debe ser que fui el único que vino.

– Porque sos un drogado de mierda. Te hubieras quedado donde estabas.

– Qué lindo; me conmueve la gente agradecida.

– ¿Y el que se escapó?

– Lo dejé en la luz de manzana, atrás de la garita.

– Había otro.

– En el portón.

– Hay que sacarlo. No puede estar acá; ninguno puede estar acá.

– Me vine con Aurelio. Se trajo la combi del reparto.

– Le voy a pagar la limpieza.

– Me debe un favor. ¿Acá cómo hacés?

– Limpio todo y llamo a la policía. Llevate la plata.

– Te ayudo a limpiar.

– Andate. Si dejó de llover, es mejor que estas sanguijuelas desaparezcan de acá lo más rápido posible.

   Lucas se agachó y levantó por los pelos la cabeza medio desprendida del cadáver del casi niño. Los ojos muertos parecían haber recobrado la paz y la serenidad de los trece o catorce años que tendría al morir.

– Quién hace pelotudeces como ésta. Pobres pibes. Encima se creen todo lo que les dicen. ¿Vos fuiste lo mejor que encontraron? Lo único menos poderoso que vos por acá, son el puto nuevo que labura en la esquina y la vieja que tira las cartas al lado del chino.

– La vieja se compró un Rottweiler –dijo Gaspar. No tenía intención de hacer un chiste, pero ahí estaba. Entonces, se puso de pie y le dio la mano a Lucas. Lucas lo abrazó, aunque Gaspar estaba cubierto de sangre.

   Minutos después la garita estaba nuevamente silenciosa, vacía. Por el agujero del techo se veían nubes grises y celestes corriendo arrastradas por un viento huracanado, y a veces una estrella rojiza. O quizás sólo era Marte. Era un espectáculo agradable y pacífico, pero Gaspar no podía perder el tiempo contemplándolo. Debía ir a buscar la manguera.

   Entonces oyó un roce suave entre los coches, y se dio cuenta de que se había olvidado de Roberto.

   El roce no era porque el hombre estuviera tratando de escapar. Roberto sólo estaba temblando. Cuando se acercó al coche para abrir la puerta del lado del conductor, Gaspar notó las suelas de los zapatos golpeteando el cuero delicadamente, con la suavidad de unas alitas de mariposa. Gaspar sonrió con simpatía. Roberto tenía las manos sobre la cabeza y estaba rojo, seguramente porque respiraba tan poco como podía.

   Gaspar abrió la puerta con la mayor cautela y lo llamó con voz muy baja.

– Roberto, dale que soy yo. Levantate. Ya se fueron.

   Cuando Roberto no se levantó, Gaspar se inclinó dentro del coche y le tocó un hombro con sigilo. Roberto se estremeció, y la oscuridad en la entrepierna de sus pantalones se agrandó y empezó a brillar bajo la luz del auto.

– Dale, Roberto. No pasa nada. Tenés que ir a casa. Ya se fueron.

   Entonces Roberto se levantó, sin mirar a Gaspar a los ojos, y se sentó derecho. Tenía los ojos rojos y brillantes de temer y llorar, y los mantenía fijos en las manos hechas un nudo sobre el volante del coche.

– Yo hice todo bien. Todo bien. Hice como me dijiste. Hice bien.

– Sí, Roberto, hiciste todo bien.

– Hice lo que me dijiste.

– Sí, todo bien.

– Ahora me tengo que ir a casa. Porque ya se fueron. Me voy a casa, yo. Hice todo bien.

– Sí, Roberto, te vas a casa. Está todo bien.

   Gaspar apretó con el brazo izquierdo las manos de Roberto contra el volante, y Roberto gritó. Gritó y lloró, y volvió a gritar, y trató de soltarse y casi se escapa, entre convulsiones de terror, aunque Gaspar era fuerte. Y dejó de gritar cuando Gaspar le apretó la mano sobre los ojos, y después se aflojó.

   Gaspar lo acomodó gentilmente sobre el volante y lo dejó dormir, mientras seguía con su noche. Buscó la manguera y se encargó del desastre; de las pobres huellas dejadas por las vidas desperdiciadas que lo habían asaltado. Los pobres pibes. Las pobres almas borrachas de sed de inmortalidad y de sangre podrida.

   Cuando Roberto despertó, había olor a perfumina con olor a lavanda en toda la cochera.

– Che, Gaspar, qué pasó. Mirá cómo estoy; si me llega a ver Celina. ¿No me vino a buscar la Negra? Uy, Gaspar, qué quilombo.

– Quedate tranquilo. Por acá no vino. Sí, parece que te agarraste un pedo jefe, vos.

– No sé qué me pasó; no me acuerdo de nada.

– Pero che; ¿qué mierda tomaste?

– ¡No sé, Gaspar, no sé! Tengo la cabeza como un bombo.

– Bueno, pero de acá te tenés que ir, mirá que si viene tu mujer… Yo no quiero líos; no quiero que me rajen porque tu mujer anda diciendo que tapo fatos raros.

– ¡No, pibe, quedate tranquilo! Ya me voy; ya me voy. Ay, carajo, si hasta me hice encima… Ojalá Celina esté durmiendo.

– Sí; dale, que si se levanta y no te ve…

– ¡Sí, sí! Gracias, pibe, te debo una grandísima.

– Chau, Roberto, cuidate.

   Roberto levantó el maletín del piso del auto y salió corriendo por el portón abierto. Gaspar fue a cerrarlo y le dio una vuelta de llave, después de asegurarse de que la vereda había quedado limpia. Todo estaba limpio. Las únicas marcas que quedaban en el suelo eran las de los pies de Roberto, huyendo hacia su casa, hacia el café con ceniza que no necesitaba, hacia la vigilancia del sueño de la esposa y de los hijos.

   Gaspar oyó los pasos apresurados cruzar la calle, en la esquina.

   Entonces levantó el teléfono. Llamó a la policía.

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2 pensamientos en “Oscuridad

  1. Dr. Zaius

    ¡Muy emocionante!
    “Los dientes eran negros, rotos, y los malditos los rechinaban con fuerza, en un sonido de lápidas que se rozan una contra otra, derrumbándose”.

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