Errabundez al estilo oriental

castle-52659__180   Había una vez un joven sultán que, todavía soltero, consideraba que ya venía siendo hora de tomar esposa. Entonces, se dirigió a un imperio donde tenían una princesa que le había gustado y relaciones comerciales convenientes, y después de ofrecer un cúmulo de ostentosos regalos, pidió la mano de la doncella.

   Ahora bien, sucedían algunas cosas en detrimento de los planes del joven soberano, que se resumían básicamente en lo siguiente: el sultán era horriblemente feo, su reino era desmesuradamente pequeño, y la princesa era lesbiana.

   Pero como la princesa no quería ser descortés, contrariar a su señor padre y desalentar futuras relaciones más convenientes con otros reinos vecinos, le dijo al joven sultán que bueno, que ella era muy feliz y que se sentía privilegiada por ser objeto de las preferencias de tal Príncipe, pero no podría nunca aceptar el matrimonio a menos que el sultán cumpliera primero con una condición. Esta condición era encontrar el bosque de las palmeras sagradas, pues en el centro de este bosque había una palmera que sólo fructificaba una vez cada cien años, a medianoche, y que daba unos dátiles de oro que permitían leer el futuro y asegurar la fertilidad. La princesa dijo necesitarlos  porque el mago real leyó su destino al nacer, y le reveló a la reina que la princesa sólo tendría hijos cuando un hombre de sangre real consiguiera penetrar, en su honor, en el monte más inaccesible, a fin de obtener los frutos de una palma de oro.

   Y esa parvintage-1336545__180te era cierta; lástima que sólo la princesa y las doncellas del harén supieran interpretar que darle al sultán esa misión era como mandarlo a buscar el Santo Grial. Bueno, no el Santo Grial. El sapo que crió cola. El gato con cinco patas, o mejor con tres orejas. En fin, las odaliscas sabían que, a pesar de su buena voluntad y la mejor de las intenciones, la princesa había mandado al sultán a un viaje que terminaría el día que los toros dieran leche, como se suele decir, puesto que los dátiles existían sólo en la imaginación de la princesa.

   Pero al padre de la joven se le humedecieron los ojos pensando en semejante prueba de amor, la princesa era muy bella, y mientras trataba de averiguar para dónde mierda quedaba el bosque de las palmeras sagradas al sultán lo rechazaron setenta y cinco princesas, de sangre roja para abajo. Así que después de visitar dos o tres hechiceros, el joven sultán desesperado reunió un pequeño ejército, eligió un mago de campaña y se encaminó adonde mejor tirara el viento, ya que no tenía la más mínima pista sobre el dichoso bosque de las palmeras sagradas y algo había que hacer.

   Pero el viaje no parecía estar signado por la buena fortuna. Para empezar, el príncipe eligió un rumbo desdichado. En sólo dos días de viaje, a la expedición le tocó atravesar tres anchos ríos y un espeso matorral lleno de plantas que pinchaban, un pantano enorme lleno de asquerosos sapos y una gran salina con mosquitos feroces que también eran asquerosos, pero más grandes que los sapos, y picaban una barbaridad. Al final del segundo día, los viajeros encontraron un hermoso lago lleno de agua muy dulce y transparente, en cuyo lecho había un gran palacio de cristal iridiscente lleno de luz lunar. Desde las nacaradas ondas, la meliflua voz de hermosísimas doncellas de rosada y sedosa piel y largos cabellos de oro invitaba a descansar a los expedicionarios, lo cual ellos se decidieron a hacer luego de las penalidades que habían sufrido.

   Pero desafortunadamente, según descubrieron los hombres al tratar de irse (luego de retozar en el Palacio durante una semana), esas mujeres eran náyades, unas ninfas que vivían en el agua y eran más malas que los bichos. Las mujeres les impidieron partir a los viajeros porque querían arrancarles la promesa de un favor especial. ¿Qué favor?, preguntó el sultán, traer las alas de maripceresio-1345962__180osa de la isla de Tera, dijeron las náyades. Pasaba que ellas se aburrían mucho en el lago, pero por ser su ambiente natural no podían abandonarlo porque se secarían y morirían. Al enterarse de que existían esas alas mágicas guardadas en una caverna de Tera, las náyades pensaron en conseguirlas porque de esa forma podrían entretenerse sin alejarse del lago, aunque fuera por turnos [1].

   Estaban muy contentas de que los expedicionarios las hubieran visitado, porque generosamente ellos podían darles una mano, a cambio de que las ninfas no le comunicaran su identidad a las náyades de todos los cursos de agua que pudieran encontrar en el futuro, las cuales no verían la menor dificultad en extraerles la yugular a los viajeros para hacer cítaras con las que entretener el ocio. Entonces, el soberano dijo bueno lo hacemos, y los hombres se fueron a buscar los dátiles sagrados y las alas de mariposa de la isla de Tera.

   Pero después de lo que había sucedido, no corrieron con mucha mejor suerte.

   Pasó que la primera ciudad que los hombres encontraron a continuación, fue la de los Hombres Que Siempre Dormían. Y los Hombres Que Siempre Dormían tenían una horrible particularidad, que era atacar a mordiscones a lo primero que veían cuando accidentalmente despertaban, fuera o no la causa de la interrupción del sueño: ésta era la razón principal de que hubiera pocos habitantes en esa ciudad (bueno, la segunda principal razón, si eran Hombres y Siempre Dormían). Además, ésta también era la causa de que estos Hombres ya hubieran acabado con la población de dos o tres ciudades más, como la Ciudad de los Hombres Que Siempre Caminaban, la Ciudad de los Hombres que Picaban Como Mosquitos y la Ciudad de los Hombres Que Robaban Hombres Que Siempre Dormían (a lo mejor para llevárselos a algún Zoológico).

   Entonces, ahora la expedición que dirigía el sultán estaba surcando un mar de ojos desorbitados y afiebrados que para colmo podían brillar en la oscuridad, y a los que no les importaba pero ni medio carajo que fuera de noche y que los soldados no pudieran ver tan bien como para no pisar a nadie. Ni hablar de preguntarles a estos Hombres si sabían adónde quedaba el bosque de las palmeras sagradas.

   Pero la verdad, el sultán tuvo muchísima muchísima suerte, porque los Hombres Que Siempre Dormían tenían un problema. Si el sultán y su ejército podían solucionar este problema, los Hombres Que Siempre Dormían no se pondrían a acecharlos en los caminos, para matarlos a dentelladas la próxima vez que supieran de ellos. Y no, no sabían adónde quedaba el bosque de las palmeras sagradas. Pero sabían adónde quedaba la Ciudad de los Hombres que Cagaban Como Palomas. Si el sultán aniquilaba esa ciudad, él y su ejército conservarían la integridad física suficiente como para buscar las palmeras por sí mismos. Por fortuna, la ciudad quedaba para el lado de la isla de Tera.

   Pero antes de hacer aunque sea la cuarta parte del camino, los soldados ya se habían metido en otra dificultad que no era menuda. Tratando de vadear un río cayeron en una corriente muy intensa y profunda que los arrastró hasta el mar, y en el mar se encontraron con el Kraken, que no sé qué mierda hacía tan al Sur. El Kraken es una bestia submarina que come barcos, pero hacía como mil años que el Kraken no agarraba nada, así que el ejército del sultán, pequeño y todo, le pareció una cosa muy excelente como tentempié. Y ahí estaban todos, blancos del susto y esperando que el Kraken los devorara, cuando el sultán, muerto de miedo pero saludablemente hecho a la desgracia por las azarosas circunstancias de su penoso viaje, le preguntó a la bestia si no había alguna cosita que sus soldados pudieran hacer por él antes de que cenara, ya que perdido por perdido, era mejor morir con dignidad, y a él le daba mucha pena ver que el Kraken estaba tan solo y sin que nadie lo ayudara en nada.

   Entonces el Kraken se quedó pensando, y luego de un largo rato le dijo al sultán que a él le gustaría mucho poseer la Perla Grande Como La Luna que estaba en una fosa abisal del Océano Indico, y si los soldados conseguían traerle esa perla capaz que les perdonaba la vida. Obviamente, si no se la traían el Kraken se pondría de acuerdo con las náyades, y en poco tiempo todos los soldados serían reducidos al estado de plancton y después el Kraken se encargaría de hacérselos llegar a las ballenas. Pero el sultán repuso que no tenía que preocuparse por nada, que los deseos del Kraken eran órdenes y que ellos se encargarían con gran placer de traerle esa perla; ni siquiera le preguntó al monstruo qué mierda era el plancton. Así que todos contentos. Por el momento.

   Para cuando habían hecho unas dos cuadras playa adentro, la cara de desolación que traían el sultán y los soldados hubiera bastado y sobrado para inspirarle compasión al Kraken. Y el Océano Indico quedaba justo en contra del rumbo que la expedición tenía que tomar para ir a Tera. Para colmo, producto de la cansada desesperación, el sultán ya no miraba hacia dónde iban (sólo quería alejarse del mar), y luego de un rato no podía identificar ningún punto del mapa que tenía enfrente, llegando a la pavorosa conclusión de que se habían perdido. Pero perdido de verdad: frente a ellos había un bosque de plant-142084__180irracionales plantas carnívoras gigantes babeando enloquecidamente, y eso no estaba en el mapa; los árboles que las rodeaban parecían más bien enormes tallos de apio de color púrpura, y eso tampoco estaba en el mapa. Y por si hicieran falta más datos, ahí estaban esas hormigas inteligentes que no paraban de quejarse.

   Por suerte, las hormigas inteligentes (que asimismo no estaban en el mapa) no eran amenazadoras ni querían comerse a nadie, no eran gigantescas y tampoco eran de color púrpura y se parecían de manera extraordinaria a todas las hormigas que siempre han caminado por el planeta, y además, esas desdichadas hormigas tenían un gran problema. El sultán demoró un buen rato en darse cuenta de que estaba dialogando amigablemente con ellas, y cuando por fin lo hizo ni por las tapas se le ocurrió que podían ayudarlo. Sólo pensó en la condición que le pondrían a él y a su ejército para no agarrarlos y desparramar diminutos fragmentos de sus cuerpos aún tibios por todos los rincones del universo, o para no alimentar con ellos a las plantas carnívoras, o para no quitarles la piel y fabricar sombrillas (el sol pegaba con fuerza allí). Pero las hormigas mágicas sólo parecían querer amor y comprensión.

   Hacía años un hechicero poderoso viajaba recorriendo su bosque, y por esas cosas de la vida se había caído muerto entre un paso y otro, y desde entonces ahí había sucedido toda una serie de cosas extrañas. Los gusanos que dieron buena cuenta del hechicero se convirtieron en moscas, y ellas alimentaron el cercano campo de droseras (las terribles carnívoras allí presentes). Las hormigas, sólo por ser hormigas y tener el invierno cerca, contribuyeron con su pequeña parte llenando su despensa de Hechicero Poderoso, y ya podían estar agradecidos los soldados de que las droseras superdesarrolladas no dejaran acercarse a las panteras y los tigres. Resumiendo, las hormigas necesitaban que los soldados se llevaran el cráneo y un fémur del hechicero que habían quedado para otra parte, a ver si el paso del tiempo volvía todo a la normalidad. Si era mucho sacrificio para ellos, las hormigas podían concederles a los viajeros hasta tres deseos; las droseras prácticamente no dejaban crecer ninguno de los yuyitos que a las hormigas les gustaban y tampoco sobrevivía algún bichito del que pudieran alimentarse. Y la reina rezongaba porque esas plantas se comían muchas hormigas.

   Los ojos del sultán brillaban por efecto de las lágrimas contenidas. Metió el cráneo y el hueso de la pierna del mago adentro de una bolsa, y cuando ató los cordones era un sultán nuevo. Después reflexionó. Podía pedir a las hormigas las alas de mariposa de la isla de Tera, la aniquilación de los Hombres Que Cagaban Como Palomas y la Perla Grande Como La Luna, pero él todavía ignoraba adónde estaban los dátiles de la palmera de oro, o sea que para qué el viaje. El sultán también pensó que podía pedir los dátiles de oro de la palmera sagrada, la invisibilidad para llegar a salvo a Palacio y que todos los entes mágicos se olvidaran de él y su comitiva para siempre, pero tuvo miedo de que se arruinaran los otros dos deseos al expresar el tercero, porque claro, hasta donde él sabía las hormigas eran entes mágicos.

   Y entonces el sultán se acordó de que en la bolsa traía un par de utensilios mágicos de última generación y le guiñó un ojo a los soldados, que la verdad ya mucha confianza no le tenían, y creían firmemente que en no más de un par de minutos se quedarían sin ningún ojo para guiñar, por la razón que fuera. Pero esta vez se equivocaban.

   El sultán se arriesgó y les dijo a las hormigas que las libraría de sus problemas a cambio de las alas de mariposa de la isla de Tera, la aniquilación de los Hombres Que Cagaban Como Palomas y la Perla Grande Como La Luna. Y las hormigas inteligentes dijeron bueno, y al cabo de un brevísimo instante los soldados ya se iban, cargados con los dones que les permitían seguir en camino y con los ojos intactos, buscando la palmera de los dátiles de oro de lo más felices. Para esto último el sultán tenía nuevos planes.

hotel-1355397__180   Cuando volvieron de lo de las náyades, el sultán se encaminó al reino de su amada y buscó un palmar escondido cerca del Palacio en donde vivía la princesa. Una noche sin luna, seguro de que nadie podría verlo, fue y enterró allí los huesos que habían quedado del Hechicero Poderoso luego de que la fauna silvestre se ocupara de él, allá en el territorio de las hormigas inteligentes. Y no sé de dónde sacó que eso podía darle los dátiles de oro, pero mientras se llenaba de tierra y las lombrices se le enroscaban entre los dedos, el sultán decía cuanto conjuro de viejas había oído, aún los ensalmos para curar las verrugas y el hipo, para que una mañana la princesa abriera todas las ventanas y se encontrara de repente con un palmar de oro entero a sus pies, con todos los dátiles que se le pudieran antojar. En cuanto a los soldados, se volvieron muy contentos a su casa y si por ellos fuera, ojalá que las palmeras se convirtieran en droseras y se comieran a la princesa.

   Pero sucedió que por alguna ridícula razón el príncipe había hecho algo bien. Sería la suerte del principiante que le dicen, pero el caso es que una mañana a la princesa le fue anunciado el retorno de su pretendiente. Y cuando ella abrió la ventana que daba a sus jardines particulares, para mandarse a mudar adonde nadie la encontrara hasta que el infeliz se aburriera de esperar y se fuera, vio un resplandor imposible que brotaba justo al borde de su palmar. Entrecerrando los ojos, la princesa se dio cuenta, con horror, de que esas palmeras estaban que se venían abajo de la cantidad de dátiles de oro que tenían.

   A la princesa nunca más la volvieron a ver; se mandó a mudar adonde nadie la encontrara, según el plan. En cuanto al pretendiente, quedó desorientadísimo sin que nadie le pudiera dar una razón para tamaño desperdicio, y cuando después eran los embajadores los que lo visitaban a él para pedir su mano, se negaba sistemáticamente a contraer matrimonio como si se hubiera decidido a llevar la contraria. Murió sin dejar herederos y por maldad no le dijo a nadie lo del cráneo del hechicero enterrado en el lejano palmar; nobles y plebeyos de todo el mundo se amontonaban frente a su puerta para que les hiciera milagros y les diera dones, pero él permanecía como si oyera llover, no obstante lo cual su leyenda vivió para siempre entre esa gente, y en ese bosque peculiar que él había creado.

   Tal leyenda estaba destinada a crecer inexorablemente. Una vez, uno de los perros falderos de la reina desenterró los huesos del mago por jugar y se convirtió en un demonio negro y enorme de largos dientes. Asoló la que había sido una pacífica región durante muchos años, hasta que el sultán por fin se decidió a ir y quitarle el juguete. Y el demonio se puso muy buenito otra vez y lo seguía a todas partes, y hacía sólo lo que el sultán le ordenaba, dándole gran fama.werewolf-620743__180

   Al sultán le importaba una mierda.

 

 

[1] Creo que una vez a Perseo también le pasó algo así, cuando Policdetes lo mandó a buscar la cabeza de Medusa.

 

(Imágenes de Pixabay)

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