La mujer del paraguas

night-1324557__180   Para Gaspar, el domingo lluvioso no era diferente a los otros de los últimos cincuenta años, así que, como siempre, él se encontraba detrás de la mujer del paraguas. Caminaba a una distancia de veinte pasos, sin que la mujer se diera cuenta en lo más mínimo de que estaba siendo seguida. Los pasos (su sonido, su cadencia) habían ido cambiando con los años, pero Gaspar hubiera podido reconocerla en cualquier parte, aún si veía a la mujer de espaldas.

   La primera vez que la vio, apenas llegado a Rosario, era una de aquellas mañanas impregnadas de niebla, de agua, y de olor denso a perro mojado que la atmósfera no consigue disipar. La niña estaba subida a los hombros de su abuelo; las piernas apretadas contra su cuello, las manitos agarradas a mechones largos de pelo gris. Cantaba. Gaspar no sabía qué, pues Rosario era su primera parada fuera de Europa y no hablaba español muy bien, pero el tono de la niña y las notas agudas y claras le entibiaron el cuerpo. Aguzó el olfato y en seguida se dio cuenta del motivo de la temprana expedición y la alegría de aquellos dos, a pesar del agua que caía: en el aire flotaba el olor bueno y amable del pan, de la crema pastelera caliente y el dulce de membrillo. Estaban cerca de la panadería frente a la Iglesia de Santa Rita. Gaspar se paró en seco y se quedó esperando justo donde estaba, solamente para verlos pasar de vuelta, en su regreso a casa. El anciano, al ver la cara de Gaspar, lo saludó con una sonrisa; la niña seguía cantando, a pesar de tener la boca llena y bigotes de dulce de leche.

   La de aquella mañana de domingo fue de las primeras rutinas que Gaspar aprendió para matizar la espera y el tiempo, y los ásperos peregrinajes suscitados por la sed y la sangre. Si no hubiera sido por esa mañana, Gaspar no habría tenido ningún enemigo mortal, pero tampoco la tibieza y la bondad, y el recuerdo del sol y las nubes.

   Manou venía de Francia y hacía ciento seis años que vivía en Rosario; pocos entre los vampiros llevaban en la ciudad más tiempo que él. Tenía muchas mujeres y muchos acólitos. Le gustaba obligar a los miembros más jóvenes de su séquito a inmovilizar a una presa indefensa, normalmente una mujer o un niño mayor, mientras él se alimentaba, para soltar luego al moribundo y que se derrumbara aterrado en la vereda, acompañado pero no perseguido por el resto de los vampiros, que lo observaban sin intervenir hasta que los ojos en blanco y la respiración estertorosa anunciaban la muerte. A Manou le agradaba que le dijeran “le Loup-garou”, porque el lobo le parecía un animal más noble que el murciélago de los vampiros, y porque también le gustaba llamar a los vampiros más dóciles su manada, y a las mujeres sus perras.

   El viejo era pianista en un bodegón de Pichincha y a la noche se iba a trabajar en bicicleta. Vivía con la niña y la esposa en una pensión en la Calle Ayacucho, en donde también, a la tarde, ambos daban clases de música, aprovechando que la nieta se iba a la escuela. Gaspar, que vivía a dos casas de distancia, solía ver partir al viejo y a veces cambiaban algunas palabras. Y la familia pasaba los días segura en su pieza al final del pasillo. No costaba dejar a Gaspar vivir en paz con sus extraños hábitos de camaradería hacia el pasado humano.

   Aquella noche el séquito de Manou encontró al anciano cuando Gaspar acababa de despedirse de él. El viejo fue interceptado en la esquina y lo bajaron de la bicicleta antes de que tuviera tiempo de darse cuenta de lo que sucedía. Sólo eran cuatro adolescentes y Ema, y a Gaspar le fueron suficientes un siseo y un ademán para ahuyentarlos. Los jóvenes conocían la relación de Ema con Gaspar, y esperaron a Manou ansiosos y envalentonados. En su fragilidad, estaban hambrientos de desafío. Gaspar, con un sudor helado corriéndole por la espalda, esperó también, los cabellos erizados, los ojos brillantes y febriles, la boca seca y expectante.

   Los cuatro vampiros que acompañaban a Manou eran fuertes y rápidos; Gaspar era cien años más joven y no tenía nada que probar. Sólo era rebelde; únicamente odiaba la injusticia de la vida. La injusticia hacia la sangre y el amor, y las noches de luna serena acompañada del silbido tranquilo del viejo que volvía a casa con la plata de las propinas.

   Gaspar desgarró cuellos y bocas, venas, y manos, y no respetó nada, igual que los otros, que solamente se abstuvieron a la hora de probar su sangre podrida, podrida como la de ellos. Gaspar permaneció boqueando sobre el suelo, sabiendo que no moriría, pero conociendo que había recibido un golpe mortal.

   Tuvo el tiempo justo de huir por los techos, entre las sirenas de los patrulleros que se acercaban para auxiliar el pedido de los vecinos que habían oído la gresca. El anciano estaba tendido en medio de la vereda, degollado, blanco como una estatua de mármol. Gaspar, encorvado como una gárgola, con la boca llena de sangre muerta, acompañó al viejo desde lo alto de una azotea hasta que una ambulancia se lo llevó, entre los gritos desesperados de la anciana y el llanto de la niña.

   Ella tenía los ojos tranquilos y una voz suave, sufrida, que nunca levantaba más allá del susurro. Todos los domingos Gaspar disfrutaba de sus quince años asoleando el mostrador de la panadería frente a la iglesia, cuando él iba a comprarle su docena de medialunas, antes de irse a dormir. Ella tenía las manos blancas y delicadas y los dedos de piel de seda, rosados en las yemas, que entibiaban el tacto de Gaspar cuando le daba el cambio. Manos de pianista, aunque Gaspar dejó de oír el piano desde el patio de la pensión una noche en que Manou volvió borracho de la calle, a dormir todo el día después de capitanear toda la noche su ejército de temerosa penumbra, y ese domingo ella no atendió la panadería.

   Y luego no más piano, y luego de dos domingos, tampoco más panadería, pero sí Manou en una de las piezas de la pensión, todo el día, y en la otra ella, toda la noche.

   Ella y el Pelado; ella y el Agustín; ella y el Manolo; ella y el Esteban.

   Ella y Gaspar, hubiera podido ser, porque Gaspar amaba el raso de la voz y la seda de los dedos y el oro del cabello, y el resplandor lacustre de las pupilas bajo la luz escasa del amanecer. Y habría amado las horas de historias y de mates, y las melodías tarareadas, si no había más piano, y acaso hasta las fotos amarillas de los tiempos cuando todos habían sido felices. Y el canto de los momentos, y del corazón, y de los ausentes para siempre.

   Ella amaba caminar bajo la lluvia, como Gaspar, aunque nunca lo había percibido tras sus pasos. Esa última vez llegó hasta la cúpula del planetario, aunque sabía lo peligroso de aquel bello lugar a esa hora nada bella, desapacible, mojada de rocío con el olor de los perros callejeros que dormían bajo los eucaliptos. Ella caminaba atontada, parecía, por el stacatto delicado de sus zapatos; evitaba las uniones de las baldosas de la vereda; daba un rodeo alrededor de los volquetes de la basura. Canturreaba. Se tambaleaba; extendía los brazos como las alas de un pájaro torpe, lastimado, o de un avión que dibuja una espiral en barrena hacia el suelo, apuntando hacia los dedos de los pies la cabeza descubierta, sin sombrero, sin paraguas. El nido vacío, frío de polluelos, de su cabeza aún suave, aún brillante de hilos de cobre y de bronce, punteada de diamantes opacos de agua triste. Fue la única vez que Gaspar la dejó andar sola a esa hora, por ese lugar. Creyó que sería la última vez que la vería.

   Ella siguió saliendo a caminar todos los domingos de madrugada, lloviera o tronase. Siempre siguiendo el recorrido de la calle Pellegrini, desde la iglesia de Santa Rita hasta el Planetario, y a veces más allá. Hasta que el paso se hacía más lento o el día más brillante. Hasta que tenía ganas de volver a la pensión, con su docena de medialunas que siempre compraba en la panadería frente a la iglesia, como Gaspar hacía cuando ella trabajaba, y que dejaba junto al primer volquete que encontraba por el camino, o que regalaba a algún viejito que estuviera pidiendo limosna a la puerta de la iglesia antes de la misa. Como Gaspar hacía.

   Todos los domingos el mismo paseo, desde aquella madrugada en que Manou apareció encadenado a una de las columnas del alumbrado público contiguas a los silos Davis, con la garganta abierta, la lengua afuera y la furia congelada en el rostro.

   Para Gaspar también el paseo era siempre el mismo; el rostro que imaginaba era siempre el mismo y el tiempo no había pasado. A veces oía a su alrededor roces de uñas largas y afiladas, como las de los niños de la escuela que juegan con el pizarrón; a veces creía percibir un chispazo de ojos verdes brillando en la oscuridad. A veces, murmullos como de hojas secas se arrastraban sobre el pavimento, irritando sus tímpanos y la piel sobre su corazón con palabras en idiomas desconocidos. Preguntas. Gritos contenidos. A veces, los ruidos le recordaban la voz de Ema, a veces la de María. A veces, Gaspar creía distinguir en las sombras a algún extraño de mirada amenazante.

   Casi siempre eran sólo perros callejeros que le aullaban a la luna, mientras Gaspar recorría las sombras en pos de la mujer.

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