Detective Gómez y Chupacabra

forest-549664__180      Yo ignoro en qué consiste ese asunto del Chupacabra, pero es otra de las cosas que el Detective Gómez conoce según su experiencia vital y por haberlo sufrido en carne propia. Al Detective lo mandaron en cana varias veces por causa del desgraciado bicho, con lo supersticiosa que era la gente de aquel pueblo (el Detective Gómez era como un antibiótico para todo tipo de mitologías).

   Sucedió que estando él de visita en lo de de unos parientes, el ganado comenzó a fenecer miserablemente en los campos. También algunas liebres y vizcachas. Entonces y basados en acontecimientos previos, los tíos dieron inmediatamente en sospechar del oscuro pasado del Detective cuando vivía por aquellos pagos. Todo porque a veces habían encontrado algunas vacas y ovejas fuera de los corrales, con un pronunciado olor a colonia masculina, y que luego desarrollaron la costumbre de darle la espalda al Detective Gómez cada vez que lo veían [1]. También algunas liebres y vizcachas.

   Así que los vecinos primero exigieron al Detective satisfacción económica por el ganado sacrificado y luego lo echaron del pueblo, porque aunque pagara y quedaran como amigos a la larga al Poroto era mejor extrañarlo que tenerlo cerca. Pero luego de dos cheques de goma y antes de que el micro se alejara tres kilómetros, cinco ovejas y una vaca se habían ido a dar leche al cielo, dos gallinas acostumbradas a poner huevos en cualquier parte aparecieron en condiciones de adornar vestidos y sombreros, y unas viejas a las que les gustaba salir a caminar, se encontraron con perdices cuya identificación quedaba enteramente a cargo de sus cataratosas pupilas.

   En consecuencia, alguien fue enviado en un rastrojero a interceptar la nave que transportaba al sospechado Detective, lo trajo de vuelta para que le pusieran unas cuantas patadas en el culo, le levantaran cargos y lo encarcelaran, y después se fue al bodegón del pueblo para ahogar en alcohol la abrumadora vivencia, o algo así. Pero esa noche nomás los desastres faunísticos se repitieron y por la mañana el Detective Gómez, además de todas sus virtudes, aparecía ornado por una macabra fama de hechicero.rabbit-111273__180

   Los animales aparecían convertidos en pellejos carcomidos; se habían quedado sin ojos, sin testículos, sin entrañas, y lo que fuera que se los hubiera comido había entrado por el trasero (lo que debería servir de disculpa a las sospechas de los pobres vecinos). Es decir, si es que las entrañas y ojos faltantes habían sido devorados; si es que aquel depravado Detective no había aprendido en su depravada ciudad extraños rituales; en la zona roja de Rosario algo que sobraba eran los emigrados de Brasil que sabían bien cómo trabajar un pollo, y algunas de esas cosas servían para hacer hechizos.

   Una delegación de vecinos se reunió tan pronto como aquella sospecha hubo sido formulada, y temerosa de males peores se decidió a increpar de inmediato al Detective, pero lógicamente, aquel desacatado negó tener cualquier relación con las perjudiciales y tenebrosas componendas que estaban siéndole atribuidas. No es que alguien le creyera, por supuesto.

   Los que acudieron a confrontarlo no habían terminado de salir de la Comisaría, que ya había comadres haciendo cosas exóticas como colgar guirnaldas de ajo en las puertas de calle, y saltar a los patios buscando sapos gordos y jugosos para rellenar con la foto del Detective. En veinte minutos toda la sal había desaparecido del almacén y también toda la leche, y de la mercería cualquier tipo de cinta de color rojo, y se descubrieron salvajemente deforestadas las plantas de ruda macho que tenían las vecinas en el jardín. Y ninguna persona volvió a salir en la noche, porque a lo mejor el peligroso Detective podía convertirse quién sabe en qué cosa para huir de la Comisaría y seguir haciendo daño; huelga decir que nadie iba a esperar a ver si el Detective sacaba alas o se convertía en bicho bolita, o lo que mejor le pareciera.

   Entonces alguien escuchó hablar a su abuela que ya estaba más cerca del arpa que de la guitarra, y lo que la abuela estaba diciendo en ese momento eran las cosas que pasaban cuando ella era chiquita, y entre estas cosas estaban precisamente los animales que aparecían secos y vacíos. Según la abuela, ésa era la obra del demonio llamado Chupacabra, y ahí quedó nomás el Detective Gómez como el patrón del maligno demonio, o el que había sido poseído por el maligno demonio, o el que había aprendido a invocar al maligno demonio o quién sabe qué, y como la noticia le diera la vuelta al pueblo más rápido de lo que cualquier chisme lo hubiera hecho nunca, por la noche ya había quien se estaba encargando de juntar leña para asar al Detective en el medio de la plaza, frente a la Iglesia para que todo estuviera bien o cosa semejante.

   No contribuyó a disminuir el agorero clima el hecho de que nuevas vacas y ovejas se hubieran puesto a reducir el patrimonio de los chacareros locales. Tres días después de que el Detective Gómez hubiera sido encanado, casi todos los viejos al pedo del pueblo se habían puesto culo para arriba juntando ramitas y esas cosas, y el resto los ayudaba según ellos contra su voluntad y como con desgana, porque conocían a los tíos del Detective y sabían que eran buena gente. Los tíos del Detective se lo pasaban recorriendo los campos con una máquina de sacar fotos, que entre eso y el Detective ellos todavía podían hacer algo por la humanidad y de paso unos buenos mangos. Nadie sabía, después de todo, cómo era may-fire-1259565__180el Chupacabra.

   No había alegato alguno que el Detective pudiera imaginar en su defensa. Él tampoco sabía cómo era el Chupacabra, y aunque lo supiera sus respectivas manifestaciones habían quedado siamesas. Aunque el Chupacabra apareciera y explicara todo acerca de la complicada situación, enojado porque le robaban cámara, el pueblo seguiría convencido de que el Detective había arreglado con el monstruo alguna clase de raro matrimonio que deberían mandar al infierno para que continuara, y sus vacas pudieran continuar también. O acaso pensaran que si demostraban ser peores que el Chupacabra éste les tendría miedo, o a lo mejor querían empezar a matar ellos para que todo fuera sobre llovido mojado; no había manera de saberlo.

   Frente a la pira, el Detective vegetaba insolentemente (ya se sabe lo que era el Detective) y, por una vez, se preguntaba qué sería lo que aquella loca gente se traía con su persona y por qué (ya se sabe lo que era el Detective). Ni siquiera trataba de inventar algo que pudiera salvarlo; es decir, llegaba el momento en que su desafortunada partida era inminente y él no sabía cómo zafaría ni se le había ocurrido preguntárselo. Lo cual no era nada excepcional, después de todo, tomando en cuenta sus posibilidades.

   Al Detective no lo salvaron los periodistas, llamados por los tíos del Detective cuando vieron que no conseguían ni una foto del Chupacabra; a los periodistas (y a los tíos del Detective) les convenía más que al Detective le tiraran un fósforo y le prendieran fuego. Al Detective tampoco lo salvó la policía; en el pueblo había dos policías que patrullaban en bicicleta y eso no siempre, y si alguna vez llegaban a sacar las armas podían estar seguros de que pronto algo entraría por su trasero y los dejaría secos, y no sería el Chupacabra.

   Desde luego, al Detective no lo iba a salvar el cura, que sólo apareció para disuadirlo de sus prácticas satánicas y administrarle los sacramentos, que no sé para qué le iban a servir si se iba al infierno, y tampoco lo salvarían las viejas que iban a la iglesia a rezar el rosario para salvarse ellas mismas del Detective.

   Al Detective lo salvaron los pibes que iban a pescar ranas a las cunetas. Fue una de las veces que los tíos llevaron a los periodistas de gira por los principales lugares que visitó el Chupacabra, a ver osamentas arruinadas. Los pibes iban con ellos por joder, tal como suelen hacerlo, ya que ellos no creían para nada en un bicho ultraterreno asolando los campos, y no sólo no le temían al Detective sino que acostumbraban robarle el vino, y era él quien les temía a ellos.

   Van los tíos y le señalan a los periodistas la que había sido una gorda vaca, que conoció mejores días y mejores cosas que entraran por su trasero.

– Y véanla nomás cómo se la comió – dijeron los tíos, y los periodistas asintieron estudiosamente, apuntando al culo de la vaca con las cámaras.

– Éste fue el Chupacabra, que vive en el monte y viene a comerse a las vacas y a las ovejas. También algunas liebres y vizcachas – aclararon los tíos, y los periodistas, que seguían enfocando el ojete de la vaca, volvieron a bajar la vista con seriedad e hicieron como que arreglaban los micrófonos para que fuera mejor el audio.

– El Chupacabra siempre vivió acá, y nosotros a los chicos no los dejamos salir de noche de miedo que terminen como la vaca ésa – afirmaron los tíos, mientras los pibes se miraban unos a otros con expresiones aciagas y ojos más o menos vidriosos. Los periodistas seguían maniobrando las luces en torno al culo de la vaca, a ver qué más descubrían; acaso un pliegue medio fosforescente.

   Pero en eso los tíos gritaron:

– ¡Ahí viene el Chupacabra! – y del susto todos rajaron para cualquier lado; las cámaras dieron una voltereta en el aire y luego quedaron apuntando al cielo, perdiendo de vista sotretamente la propia abierta raja de la vaca.

   Los pibes, de gran importancia altruística pero olvidados junto al insigne cagadero en el ardor del momento, se volvieron a mirar unos a otros y después detuvieron la infamante fuga con unas sentidas palabras:

– Eso es un carancho.

   Y apenas los periodistas se volvieron a subir a la combi zanjando la cuestión planteada alrededor de la zanja de la vaca, dadas las circunstancias, los tíos y los vecinos se volvieron a reunir junto al hediondo pellejo con muy mal talante y apostrofaron a los pescadores de ranas.

– ¿Lo qué, dijiste? Mirá que si te burlás te puede buscar en tu casa.

– ¿Quién, el carancho?

– El Chupacabra.

– Mirá Manolo, si es un carancho. Ahí sale otro.

   Y entonces tíos y vecinos contemplaron un oscuro avechucho siendo malparido por el orificio que no había sido diseñado para parir cosa alguna, en primer lugar. El carancho se asomó por la redonda y pelada incógnita, miró para un lado y para el otro totalmente ajeno a su siniestra interpretación; después se mandó a mudar, por supuesto, que no sé para qué se iba a quedar. Su ominoso deambular por las tripas de la vaca, asexual por donde se lo mire a pesar de los acontecimientos, había concluido (cosa que no tocrested-caracara-1301370__180dos los presentes podían afirmar respecto de sí mismos, que según todo el mundo el Detective Gómez se comía los fideos pero a más de uno le gustaba mojar el pan en la salsa).

   A manera de mustio velatorio, todos se quedaron contemplando el ano de la vaca en silencio unos momentos más. Luego se volvieron a sus casas porque se hacía de noche y no querían encontrarse con el Chupacabra. Los padres que de casualidad se hallaban presentes junto a sus respectivos cazadores de ranas los coscorronearon lindo y los hicieron acompañarlos de inmediato, seguramente porque conocían la importancia pedagógica de obligarlos a escapar más tarde, cuando se hiciera la hora de ir al baile.

   Resultó forzoso liberar al Detective, sobre todo una vez que los tíos y la policía se dieran cuenta de que no sería posible hacer retornar a los periodistas, aunque el desdichado fue llevado en cana varias veces más, hasta que terminó sus vacaciones y se volvió a Rosario. Cada vez que aparecía un bicho muerto todo el pueblo se dedicaba a oler a ajo y a incienso y a buscar al Detective para levantar otra pira, y después se les iban varios días en las necias conversaciones regadas abundantemente con caña y ginebra, pero el Detective no se quejaba porque el catre de la comisaría era mejor que el de los tíos y le cocinaban riquísimo. Así, el Chupacabra fue fiesta comunal hasta mucho después de que los noticieros lo relegaran de vuelta a los libros que tenían al folklore como tema, y a las viejas que eran tan viejas que sabían muchísimo más folklore puesto que, para empezar, ellas mismas se lo habían inventado y lo habían puesto a circular.

   Por ejemplo, la vieja tía abuela del Detective, cuyo esposo había sido intendente hacía como ochenta años, cuando cultivaba una intensa preocupación por el bienestar del corral de cabras aledaño a la Comuna; preocupación que pudo no pasar desapercibida para muchos de sus conciudadanos y sobre todo para la tía. En el presente, todos recordaban el mote sobreviviente pero habían olvidado al circunstante involucrado, y a las razones que habían conducido a la creación de tal mote.

   La tía sí se acordaba bien de todo pero a esa parte se la guardaba; total aún había por lo menos un Gómez dispuesto a seguir maldiciendo la comarca y avergonzando a la familia.

   Y conociendo todas las potencialidades del infame linaje, ni hacía falta temer los antiguos anatemas ni tampoco que la tía se acordara de nada, si a eso vamos.

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[1] Esto lo leí en “Papillon”, pero yo tiendo a creer que es patrimonio de la Humanidad.

(Imágenes de Pixabay)

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2 pensamientos en “Detective Gómez y Chupacabra

  1. Dr. Zaius

    ¡Este es el primer cuento de donna Nadie que leí! “Contemplaron un oscuro avechucho siendo malparido por el orificio que no había sido diseñado para parir cosa alguna, en primer lugar. El carancho se asomó por la redonda y pelada incógnita”. Excelso.

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