Una noche con el Pelado. Y el Hombre Caniche, y Cholo el strigoi, Mads Mikkelsen, y el Doctor Zaïus. Y el Gran Rulemán Balde de Vello.

america-1238733__180   El Pelado estaba en el fondo de la rotisería, cortando la mozzarella en cubitos para ponerla sobre la pizza de cheddar con panceta. En la mano un cuchillo cebollero enorme, los ojos clavados en el queso; la pelada brillaba y brillaba. La chica simpática de cara larga le daba los últimos toques a una pizza de cantimpalo a la piedra. Cinco rodajas de fiambre arriba de la pizza, una al suelo, la pizza al horno, la rodaja del suelo, para  el Hombre Caniche.

– ¡El Hombre Caniche no puede pasar atrás del mostrador! – exclamó Cholo El strigoi, desde el banquito alto al lado de la pizarra para los clientes, en alto el índice, los ojos inyectados en sangre.

   Mads Mikkelsen, sentado en el banco de plaza amarillo bajo la ventana de la rotisería, chistó y chasqueó los dedos. El Hombre Caniche se arrastró de panza abajo del mostrador y corrió hacia Mads Mikkelsen, con media feta de salame español colgando de la boca. Se escondió abajo del banco, lloriqueando.

– A esta hora tiene hambre –dijo Mads Mikkelsen.

– Ya sé, Mads Mikkelsen, pero me deja toda la cocina llena de pelos. Qué van a decir los clientes. Encima con usted ahí… -dijo Cholo, el strigoi, y se relamió ruidosamente exorbitando los ojos.

– No me joda –dijo Mads Mikkelsen. – Tres capítulos que uno hace sobre un caníbal, y ya te escrachan para todo el campeonato. Y tampoco se meta con el Hombre Caniche, que ni se come las patas de los muebles, y sabe hacer afuera y todo.

– Es un licántropo toy –dijo Cholo, levantando en el aire la mano derecha con las puntas de los dedos juntas, y el meñique extendido- No se puede tener un licántropo toy en la cocina.

– Y usted es un strigoi –contestó Mads Mikkelsen. – Un licántropo es un vampiro peludo. Los dos transmiten la rabia y tienen pulgas –Mads Mikkelsen hizo una mueca y empezó a rascarse por todas partes. flea-47161__180

   También Cholo, el Pelado y la chica simpática de la cara larga. Y el Hombre Caniche.

– Vea, no sé qué dice usted de los vampiros, pero me está confundiendo; los strigoi no son vampiros. Eso son cuentos; los strigoi son almas muertas que se levantan de noche. Séptimos hijos varones de una mujer maldita –dijo Cholo, bajando la voz al final, y mirando para el fondo de la rotisería, adonde había una vieja tejiendo al crochet, mientras revolvía un caldo de sapos y culebras dentro de una gigantesca olla.

– ¡Atrevido! –dijo doña Ofelia en la entrada de la rotisería, mirando a Cholo de la cabeza a los pies mientras se deslizaba para adentro. Vestía un traje de chiffon verde botella con guantes largos de raso gris, zapatos altos de charol y una mañanita de lana sintética de color rosa, con pelotitas.

– No, doña, no lo decía por usted –dijo Cholo, y le hizo la señal del mal de ojo.

– Ni que fuera la única bruja del barrio –dijo el Pelado, que ya había terminado con la mozzarella y estaba escurriendo sardinas dentro de una fuentecita de acero inoxidable, y también le hizo la señal del mal de ojo.

– Usted callesé, abombado, que todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario –dijo la vieja.- Preparemé una pizza calabresa con mucho ajo.pizza-1356870__180

– No doña; acá no usamos ajo porque tiene mucho olor –dijo el Pelado, y miró a Cholo, que se puso blanco y mostró los dientes, reculando para atrás en el banquito.

– Pero sin ajo no es lo mismo –dijo doña Ofelia –pregúntele a la chica simpática de la cara larga.

– No, claro que no –dijo la chica simpática de la cara larga- pero es cierto que el ajo tiene mucho olor.

– Entonces preparemé una yanqui –dijo doña Ofelia, mirando a Mads Mikkelsen.

– Yo no soy yanqui, soy danés –dijo Mads Mikkelsen.

– Pero acá no tenemos pizza danesa –dijo el Pelado desde atrás, poniendo las sardinas arriba de una pizza a la piedra de doce porciones- Nadie dijo que iba a inventar sándwiches Mads Mikkelsen, pero se está demorando. No sabe qué les gusta a los daneses.

– A mí me gusta la comida tailandesa –dijo Mads Mikkelsen.

– Usted no ayuda para nada –le dijo la chica simpática de la cara larga – Nadie podría hacer algo con esos ingredientes, pero tiene miedo de que la gente piense en vikingos con los ojos achinados.

   El Hombre Caniche salió de abajo del banco y se sentó en dos patas. Empezó a ladrar.

– Me lo están volviendo loco con tanto olor a panceta al horno –dijo Mads Mikkelsen.

– ¿El Hombre Caniche no tendría que estar afuera? –dijo doña Ofelia, mirando al suelo desdeñosamente – De paso no nos llena la comida de pelos. Acá no cuidan mucho la higiene. La última vez llegué a mi casa y de adentro de la caja salió volando un murciélago que chillaba como loco. Creo que se escaldó con el queso de la pizza.

   Cholo dio un respingo en el banco y casi se cae, cuando trató de taparse la quemadura roja que tenía en la mejilla.

– ¡Cómo se atreve! –dijo el Pelado, viniendo rápidamente desde el fondo con el cuchillo cebollero en la mano y la frente alta- En ningún lugar de esta ciudad usted va a comer comida más sana, impoluta y con ingredientes más intachables que en esta rotisería.

   La chica simpática de la cara larga sacó el ojo de la fuente de pulpa picada, y después guardó la carne en la heladera.

– Y cuentemé – ordenó doña Ofelia a Cholo – ¿qué dicen los vampiros estos días?

– Que no soy vampiro; ¡soy strigoi! –respondió Cholo, sacando pecho.

– Bueno; strigoi, vampiro, cualquiera se confunde. ¿Los strigoi qué hacen?

– Ehhh… no somos como los vampiros, que están tan vistos y son tan sucios, tan chambones. Nosotros somos nobles criaturas aterradoras de la noche, que salimos a asolar el barrio con nuestra maldición oculta –contestó Cholo, levantando el mentón y abriendo los ojos bien grandes.

– ¿Así que usted es el que se afana los calzones de la soga? –dijo doña Ofelia, cruzando los brazos con el ceño fruncido.

– ¡Me ofende! ¡La visitaré en sueños y haré que se congele de terror! –gritó Cholo, metiéndose la mano por atrás del pantalón para acomodar mejor la tanga.

– No se preocupe que ahí estoy viendo el precio de la pizza.

   En eso entró el Doctor Zaïus.

– Buenas noches –saludó.

– Buenas noches –dijeron el Pelado, Cholo, la chica simpática de la cara larga, Mads Mikkelsen y doña Ofelia. El Hombre Caniche le ladró dos veces.

– Vengo a buscar la pizza de cheddar con panceta –dijo el doctor Zaïus – Nadie va a cenar conmigo. A Nadie le gusta mucho esa pizza, pero le saca la panceta porque le encuentra demasiado sabor a grasa.

– Se la puede dejar al Hombre Caniche –dijo Mads Mikkelsen.

– No; Nadie es muy escrupulosa con la comida y no quiere que se ande picoteando nada por ahí. Además, me da toda la panceta a mí, aunque me cae un poco pesada –dijo el doctor Zaïus, con los ojos vidriosos.

   El Hombre Caniche fue hacia el Doctor Zaïus y le arañó los pantalones, ladrando más y tratando de subirse.

– ¿El Hombre Caniche todavía no se convierte de vuelta? –preguntó el Doctor Zaïus.

– Nadie lo pone en los cuentos siempre cuando hay luna llena –dijo Mads Mikkelsen, señalando la ventana detrás de él.

– ¡Pichicho pichicho! –le dijo el Doctor Zaïus al Hombre Caniche.

– No le diga así que lo va a traumar –dijo doña Ofelia- Oiga, Pelado, pongalé más panceta a la pizza, que quiero invitar a comer al Hombre Caniche.

   Mads Mikkelsen se levantó del banco amarillo con un gesto de viva indignación.

– ¡Al Hombre Caniche lo deja donde está! Los familiares de las brujas son los gatos negros.

¡Minino minino! –dijo el Doctor Zaïus.

   Doña Ofelia se quitó un guante, fue hacia Mads Mikkelsen y lo abofeteó dos veces con el guante, primero en un lado de la cara, después en el otro.

– ¡A mí usted no me dice qué familiar tengo que tener!

   Mads Mikkelsen cerró los ojos, los abrió, y después escupió a los pies de doña Ofelia, que lo volvió a abofetear con el guante dos veces más.

– ¡Y recién me limpié los zapatos!

   En ese momento hizo su entrada triunfal el Gran Rulemán Balde de Vello, espantando al Hombre Caniche y a doña Ofelia con los ademanes alocados de sus brazos, envueltos en las amplias mangas de terciopelo.

– ¡Pichicho pichicho! – dijo doña Ofelia, agitando frente al Hombre Caniche una tirita de panceta que retiró de la pizza en el mostrador.

– ¡Pero qué es esto! –dijo el Gran Rulemán, frunciendo la nariz con asqueada expresión- ¡Un canino dentro de una rotisería!

– Es un licántropo toy –dijo el Doctor Zaïus.

– ¡No le hable de esa forma! –reclamó doña Ofelia. El Hombre Caniche saltó y se comió la tirita de panceta. Después salió corriendo, con doña Ofelia tras él.

– ¡NO! –gritó Mads Mikkelsen, y salió atrás de doña Ofelia.

   La chica simpática de la cara larga cerró la caja de pizza sobre el mostrador y le puso una bandita elástica. Luego se quedó mirando a todos.

– Supongo que es el fin –dijo Cholo.

   El Pelado vino desde el fondo con el cuchillo cebollero en la mano.

– ¿Usted qué hace acá? –le preguntó el Doctor Zaïus al Gran Rulemán Balde de Vello.

   El Gran Rulemán frunció la boca y miró al Doctor Zaïus de la cabeza a los pies.

– ¡No es de su incumbencia! ¡El Gran Rulemán Balde… quiero decir, Balder el Bello, Gran Runemal, no le debe explicaciones a ningún mortal comedor de pizza!

– Esto se va a poner feo. Mejor deme la pizza de cheddar con panceta –dijo el Doctor Zaïus a Cholo. – Y una Stout bien fría. A Nadie le gusta la Stout bien fría.

   Cholo se bajó del banquito y fue hasta la heladera, sin sacarle los ojos de encima al Gran Rulemán.

– ¿Nadie sabe que usted está aquí? –dijo el Pelado al Gran Rulemán, levantando la tapa del mostrador para poder acercarse a él.

   El Gran Rulemán agitó los brazos frente al Pelado, despeinando con teatrales molinetes su maravilloso cabello negro, el cual resultó alterado en un jopo punk.

– ¡El Gran Rulemán… quiero decir, Balder, el Gran Runemal, es libre como el viento!

   El Doctor Zaïus miró compasivamente al Gran Rulemán y metió la Stout fría en una bolsa ecológica. Luego salió por la puerta sin mirar atrás, apresuradamente.

– ¡Nadie le manda saludooooos!…. –gritó a la distancia.

   El eco de los pasos del Doctor Zaïus perduró en la noche que se iba… se iba… se iba. Igual que el saludo, perdido como un calzón abandonado en la vereda. Caído de un bolsillo indiscreto, tal vez.

   Cholo y el Pelado se fueron aproximando al Gran Rulemán lentamente.

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– Nadie ignora totalmente que usted está acá, ¿no es cierto? – le dijo Cholo.

– ¿Cómo se atreve a dudar de mí? ¡Sáqueme ese aliento a morcilla de encima! – ordenó mayestático el Gran Rulemán, a Cholo el strigoi.

– Pero usted lo sabe todo, ¿verdad? Nadie le contó –dijo el Pelado. – Le dijo lo que hacemos cuando cerramos la rotisería.

– Ya estamos cerrando la rotisería – anunció la chica simpática de la cara larga.

– ¿Por acá alguien vio a doña Ofelia? –dijo el enfermero de la clínica para lunáticos de la esquina, asomando la cabeza por la puerta – Hoy salió muy desabrigada…

– ¡Yo la vi! ¡Yo la vi! Le voy a mostrar por dónde se fue… -empezó el Gran Rulemán, pero el Pelado fue hasta la puerta, empujó al enfermero para afuera, cerró con llave y empezó a bajar la persiana metálica.

   Cholo sujetó al Gran Rulemán por un brazo.

– No disimule más. Lo sabemos todo. Usted lo sabe todo. Es uno de los nuestros. Por eso vino. Quiere unirse a nosotros. Nadie lo tentó con su relato de nuestras reuniones a puertas cerradas. Nuestra felicidad en lo oscuro.

– ¡Sáqueme las pezuñas de encima! – exclamó el Gran Rulemán- Sí, Nadie me contó. Me lo dijo todo sobre esta inmunda cofradía. Pero usted… usted… ¡No conseguirá amedrentarme! ¡Cómo se le ocurre sugerir que yo voy a caer presa de sus sirenas de queso derretido chorreando sobre las cajas de cartón, de sus odaliscas de salame fresco con deliciosos pimientos entre tierno y maravilloso pan blanco! ¡Cómo se le ocurre pensar que voy a mancillar mi hermoso cuerpo con ese roquefort verde primaveral extendido sobre el dorado pan rallado de una jugosa pizzanesa! ¡PERDICIÓN! ¡PERDICIÓN! ¡MI COMETIDO ES ANIQUILAR ESTA PERDICIÓN!

   El Pelado retrocedió ante el Gran Rulemán y volvió a las profundidades de la rotisería. Retornó con una enorme pizza de queso con morrones y aceitunas y la depositó sobre el mostrador sin una palabra más. La chica simpática de cara larga acercó una naranjada de dos litros. No hacían falta más palabras. Estaba todo dicho. Desde hacía demasiado tiempo.

   A la gélida calle, a la negra noche, de ese aquelarre sólo llegaba un débil aroma a queso fundido casi desvanecido en el tiempo, prácticamente sepia. No lejos de allí, Nadie disfrutaba de una pizza de cheddar con panceta. El Doctor Zaïus escanciaba su cerveza negra en los vasos celestes que le regaló a Nadie.

    Y el llamado lastimero se arrastraba, pringoso, sobre las veredas rotas y las paredes cubiertas de graffittis, y de esas piedritas chiquititas que estaban de moda hace treinta años…

– ¡Baolderrr! ¿Dónde estás my dear Baolderrr? ¡Aquí tengo tu salad de tomate y tofu! ¡¿BAOLDERRR, DÓNDE ESTÁS?!!! ¡BAOLDERRR!

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10 pensamientos en “Una noche con el Pelado. Y el Hombre Caniche, y Cholo el strigoi, Mads Mikkelsen, y el Doctor Zaïus. Y el Gran Rulemán Balde de Vello.

  1. Dr. Zaius

    JUA JUA !! Sólo para iniciados. Cualquier semejanza con la realidad, no es pura coincidencia.
    “¡Cómo se le ocurre sugerir que yo voy a caer presa de sus sirenas de queso derretido chorreando sobre las cajas de cartón, de sus odaliscas de salame fresco con deliciosos pimientos entre tierno y maravilloso pan blanco!”. ¡Soberbio poder descriptivo, dona Nadie!

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    1. Nadie Avatar Autor de la entrada

      ¡Sí, ver una película con Mads comiendo pizza! ¡Pero Mads en persona, ja ja! Éste lo entendemos los que venimos siguiendo los cuentos nomás, que los que aterrizan de casualidad no van a cazar una, ja ja.

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