Manolo

– Siéntese ahí, y no se mueva. El Sumariante ya viene. Usted, señora, no tenga miedo. La agente aquí los va a vigilar a los dos. Le traemos una gaseosa a la nena.

    El policía no estaba menos asustado que la mujer, pero disimulaba. Un buen hombre de familia. Barriga prominente, bigote canoso, una tonsura jesuita en franco avance al tope de la cabeza. Santiagueño, probablemente, por la tonada, pero Gaspar creía que el tono de su piel era dos veces más claro que cuando entró. Debajo de los ojos tenía grandes manchas azules; los ojos eran enormes, brillantes, como si temieran perderse algo en cualquier momento. Perder la vida.

   La niña abrazaba a la muñeca y miraba a Gaspar con curiosidad. La mujer miraba al suelo. Estaba despeinada y llena de sangre; tenía un corte abierto en la ceja y uno en la mejilla, y la manga del pilotín para la lluvia estaba arrancada desde el hombro y le colgaba hasta el codo como una lengua. Quizás una lengua de alguna vaca prehistórica, enorme. No uberlingen-1326443__180hacía más que llorar sin hacer el menor ruido, sin derramar lágrimas, sin suspirar, como probablemente llevaba haciéndolo durante años y años. Hasta esta noche.

– Señora, venga con la oficial que le va a tomar unas fotografías. Después se tiene que ver con el médico. La nena puede venir.

   El policía echó a Gaspar una mirada cerrada, lobuna, casi a punto de mostrar los dientes. Miró a la puerta, en donde otro agente fumaba un cigarrillo; después, oteó la ventana, para ver si los patrulleros estacionados estaban vacíos.

   Era el que había llegado a la plaza cuando Gaspar estaba inclinado sobre el cuerpo del borracho hijo de puta, acabando con la miseria de la mujer que la oficial femenina se había llevado. La mujer le había pegado a Gaspar un botellazo detrás de la oreja, y después vino una ambulancia para llevarse al muerto, y subieron a Gaspar al patrullero.

   A Gaspar la cabeza le dolía horriblemente.

   El Sumariante entró rezongando y mirando para todos lados, despeinado, con la camisa por fuera de la barriga sudorosa y peluda.

– ¡A ver si se puede laburar acá! Vos, Ramírez, qué hacés pelotudeando en la vereda; hace una hora que te pedí los expedientes de esos huevones de Alcántara y de Grande, que se los llevan mañana. Salí de ahí que en cualquier momento te va a agarrar cáncer de pulmón de puro estar al pedo. Ni ir a cagar puede ir uno, que vuelve y se encuentra la comisaría dada vuelta.

   Miró a Gaspar con el ceño fruncido; las manos en las caderas.

– ¿Usted por qué está acá?

– Soy un testigo…

La mujer del muerto en el Puente dice que mató al marido –dijo el oficial del cigarrillo. –Que lo degolló y le chupó la sangre.

   Las dos gruesas cejas del Sumariante, pobladas e hirsutas como dos colas de gato, se unieron silenciosamente en un rictus de miedo y confusión.

– Soy un testigo –repitió Gaspar- Él estaba en el suelo y yo me agaché para ver si vivía. La mujer gritaba, estaba llena de sangre. No sé si los asaltaron o qué. Yo trataba de ver si él vivía, y ella me rajó un botellazo por la cabeza.

– Venga para acá –dijo el Sumariante a Gaspar, en voz muy baja. – Hay que tomar la declaración. Ustedes, vagos de mierda, dejen de pelotudear y vayan a tomar declaración a los testigos. No puede ser que no haya nadie.

– Son las tres de la mañana…

– Vayan a tocar las puertas, carajo. Todo ese griterío y el quía echando sangre como un marrano en la vereda, ¿y nadie sabe nada?

– ¿Me puede sacar las esposas? –pidió Gaspar.

– Usted me está jodiendo.

   Gaspar se levantó cuando el Sumariante tironeó de las esposas para arriba, por detrás de su espalda, y trastabilló con él hasta la oficina interior. El Sumariante lo empujó para adentro y cerró la puerta de una patada. Condujo a Gaspar hacia la silla y se sentó él mismo frente al escritorio, sin esperar a ver qué hacía Gaspar, que trataba de no sentarse sobre las muñecas.

– ¿No me va a ofrecer llamar a mi abogado?

– A vos lo que te voy a ofrecer es una celda y los cordones de los zapatos, a ver si te dejás de hacerme quilombos de una vez. Mirá que son años, ¿eh? Pero nunca te habías descuidado. Y ahora tenés un testigo. Dos, con la pibita. Y no puedo hacer nada. Imposible dejarte solo con la mina. La pibita va a decir lo que le ordene la madre. A ver cómo zafás de esto.

– La había agarrado del cogote y le estaba dando la cabeza contra la pared, Manolo.

– No me digas Manolo, la puta que te parió, que no somos compadres.

– No, compadres no, claro. Compadre era tu viejo.

– Mirá, pelotudo de mierda, a mí no me vengas a cobrar favores precisamente ahora, que no te conviene a vos y menos a mí. Por esto nos podemos ir todos al carajo. Menos mal que esa mina no sabe más nada. Si no, soy boleta junto con todos mis pibes.

– Eso nunca pasaría, Manolo. Yo nunca lo permitiría.

– ¡Andá a cagar, Gaspar! Vos no sabés qué pasaría y qué no pasaría. Te descuidaste, hijo de puta. Y ahora tenemos una mujer que te está acusando de asesinato. No podías esperar. No podías dejarlo pasar. No podías guardarlo para después. Pasado mañana nomás la teníamos a ella de vuelta acá, chillando otra vez contra el curda del marido, lo encerramos otra vez toda la noche… Ahora ella dice que sos un asesino.

– Estaba la pibita mirando cómo la fajaba…

– Claro, y como no le alcanzaba ver al padre arrancándole el pellejo a tiras a la madre, vos pensaste que iba a ser más entretenido mostrarle cómo un diablo le chupaba la sangre al padre, así la tenía completa.

– Yo no soy un diablo, Manolo.

– Me chupa un huevo, Gaspar, lo que vos seas.

   El Sumariante se levantó de un salto. Era gordo, alto, y tenía los hombros muy anchos. Al levantarse zarandeó el escritorio y el aire desplazado hizo oscilar las cortinas detrás de él. El flequillo grisáceo, peinado al costado de la frente, le cayó sobre un ojo oscuro, inyectado en sangre. Sin una palabra más, caminó hacia la puerta. Antes de abrirla se paró en seco, se dio vuelta y enfrentó a Gaspar, que al percibir el silencio se volvió dificultosamente para verlo a la cara, aún con las esposas puestas.

– Yo no soy ningún pelotudo, Gaspar. Sé lo que te estoy diciendo. Hace cuarenta años yo estaba en el lugar de esa pibita. Me importa una mierda lo que vos seas. Si no estuvieras con las esposas, te cago a puñetes.

   El Sumariante se fue y cerró la puerta de un golpe, y dejó solo a Gaspar solo durante toda una larga hora; una hora para pensar y reflexionar, para contar las ampollas de pintura reventada en la oficina, los objetos dispuestos sobre el escritorio sin orden ni concierto, los agujeritos que habían dejado en las cortinas los años de brasas de cigarrillo, levantadas por el viento de los oficiales que dejaban las puertas abiertas. Los dientes de las esposas que Gaspar podía decidir romper, en cualquier momento, para huir por la ventana abierta, para volver por la otra puerta de la comisaría y conseguir, por unos pocos pesos, un acceso discreto a la mujer. Una hora es un tiempo corto, pero Gaspar, admirador de las teorías físicas, había aprendido a contar los minutos, los segundos, los microsegundos, los nanosegundos… A cada nuevo minuto, un rompecabezas de tiempo florecía en la cabeza de Gaspar, como un mandala. Mucho después de haber dejado de contar las ampollas de pintura reventada, o de imaginarse cuántos dientes tenían las cerraduras de las esposas a sus espaldas.

   El Sumariante volvió con una taza de café y dos bizcochos en unos platitos.

– Yo no tomo café, Manolo.

– Yo sí, Ombligo del Mundo. No lo traje para vos.

   El Sumariante dejó los dos platitos sobre el escritorio y se fue hacia Gaspar. Él pudo notar que toda la furia había desaparecido del hombre; todo el miedo, toda la confusión. Los ojos inyectados en sangre no se veían iracundos, sólo húmedos.

   Tomó una llavecita y soltó las esposas de Gaspar, que, entumecido, demoró unos segundos en poder llevar los brazos hacia adelante para frotarse las muñecas.

– Estás libre. La mujer dijo que no estaba segura. Que estaba asustada. Ella no fue la que mató al marido, pero vos tampoco. Fue alguien más, fue otro tipo. Pero no vos. Uno más alto. El otro tipo se fue cuando te vio. La mina estaba tan asustada que se había olvidado. Se confundió.

   Gaspar se seguía frotando las muñecas sin decir nada. Miró hacia la ventana.

– No la vas a ver; una patrulla se la está llevando para el Provincial. Tiene un hombro dislocado y parece que una muñeca, y costillas rotas. No sé cuántas.  La cara parece cualquier cosa. La pibita está bien; no tiene nada. El hijo de puta no la tocó. Esta vez no, por lo menos.

   El Sumariante levantó la taza de café del escritorio y bebió un sorbo.

– Qué suerte que por lo menos ella pudo ver bien todo. Después de que le dijo a la madre, la hizo acordar de cómo había pasado de verdad. “Tenía una campera roja, no negra, mami, era más alto, tenía bigote y un arito, y una gorrita con visera blanca. Vino ése y después el otro”. El otro. Sí. Largó de todo, la pibita. Se acordaba de todo. La venían arrastrando por la calle desde las doce de la noche. No me extraña que tenga tan buena memoria. Pelos y señales, largó. Qué buena vista.

   El Sumariante le dio un mordisco al bizcocho que había levantado del platito.

– ¿Sabés? Ese tipo tuvo suerte de que lo hubieras agarrado vos, después de todo… Haceme un favor, cuando salís vas y le decís al pelotudo ese de afuera que me traiga otro bizcocho, pero que sea de este año.

   El Sumariante siguió tomando su café, sin saludar a Gaspar cuando salió.

   Gaspar atravesó la Comisaría con seis pares de ojos clavados en la espalda. Los sentía no como cuchillos, pero sí como picaduras de mosquitos. Estaba vagamente inquieto. Manolo se jubilaba ese año. En el fondo del cerebro de Gaspar, se agitaban rumores ajenos, inconscientes, no expresados, no comentados, como el sonido de las hojas de otoño sobre la vereda, arrastradas por un viento incipiente de tormenta, y se sentía todo él como en el centro de un tifón que empezaba a formarse.

   Al salir a la vereda siguió el rastro de las gotas de sangre que la mujer había dejado al bajar del patrullero, como las migas de pan del sufrimiento de Hansel y Gretel, hasta que desaparecieron en el aire.

   El cielo estaba lleno de nubes con nervaduras azules, latiendo en blanco de vez en cuando, pero sin sufrir.

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(Imágenes de Pixabay)

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