Feliz día del blog Número diez

Ese asunto del Golem

sindbad-58068__180   Había una vez una mujer a la que le sucedía algo verdaderamente terrible. Pasó que un día se cruzó por accidente en el camino de un genio que venía de muy mal humor, tropezaron, y entonces el genio le echó una maldición, ya que necesitaba alguien con quien desquitarse. La mujer balbuceaba por el susto e impacientó al genio, así que la maldición consistió en que ella no podría dejar de hablar ni un minuto hasta el día en que muriera. Para hacer que el encantamiento se cumpliera con eficacia, el genio le asignó a la mujer un feroz tigre de Bengala que la seguía a todas partes adonde ella pudiera ir, y venía a ser como una segunda maldición.

   Ahora bien, la mujer podía hacer que el maleficio terminara guardando silencio y dejando que el tigre la devore, pero como a ella le daba una impresión tremenda que se la comiera un tigre de Bengala, se esforzaba heroicamente por mantenerlo alejado. Mascullaba sin rendirse y por momentos se desmayaba de cansancio, se le secaba la boca y le salían erupciones por los nervios, pero sin amilanarse ella respiraba profundo, enderezaba la espalda, y hablaba y hablaba. Y después, hablaba más. Era una cosa horrible.

tiger-1376065__180   Para evitar al tigre que dormitaba a sus espaldas, la mujer se convirtió en la chismosa más grande que hubiera conocido el país. Eso no le gustaba. Lo lamentaba profundamente. La asqueaba aquello de espiar tras las ventanas, seguir a los autos hasta los hoteles alojamiento y revisar la basura todavía tibia. Pero no le quedaba más remedio; la mujer ni siquiera podía evitar las palizas que le daban cuando era descubierta por la gente espiada, lo cual sucedía porque como la cosa era no dejar de hablar ni un minuto, a veces cuando estaba en proceso de conseguir material nuevo los murmullos hacían que la descubrieran in fraganti. También solía pasarle cuando editaba el flamante material.

   Con desesperación, la mujer atropellaba maridos celosos que vivían felices como cornudos conscientes, o corría para identificar a quien se había subido a ese auto tan lujoso, mientras procuraba divisar a alguien en el horizonte a fin de contárselo y sobrevivir; algo que podía hacer tanto discretamente como con un ronco resuello si ya se quedaba sin aliento. Y entonces a veces la alcanzaban a ella, y apenas sobrevivía. Era inevitable, aunque el mucho hablar y el poco dormir habían reducido a la mujer a una extraña estructura quebradiza de color marrón, cuyo peso neto correspondía al de un plumerillo y casi volvía redundante cualquier esfuerzo por su aniquilación.

   El tigre era la fatal Némesis y el mejor amigo de la mujer, cosa también inevitable. Su presencia constante lo convertía en un abrigo de piel surrealista que caminaba separado de la humana persona, un abrigo que no la cubría pero sabía todo sobre ella, y al que la mujer se había acostumbrado (no hablaremos del efecto que producía en los demás amigos). Por otra parte, el tigre tenía unos dientes que más relacionados no podían estar con la posibilidad de que el desfalleciente pellejo de la mujer jamás sirviera para un abrigo; ella les temía a esos dientes durante el día y los aborrecía en sus pesadillas por las noches, aún cuando, si no tenía a nadie cerca, solía pasar horas hablándoles.

   Eran terribles, terribles horas; por ejemplo los domingos, cuando las largas calles quedaban desiertas y no había ni un rostro humano para que la mujer pudiera declamarle sobre cosas como sus ojeras, derrames y moretones. Entonces, la ya pálida y demacrada chismosa susurraba para sí misma (sus cuerdas vocales estaban demasiado exhaustas), muy frecuentemente contra la boca del tigre para sentirse menos sola, desde el amanecer hasta la puesta del sol. Y lo peor era que el genio, en el colmo de la maldad, había dispuesto que el tigre jamás tuviera un solo atisbo de poderes mágicos. No hablaba, el tigre.

   El genio le había aclarado a la mujer que nunca volverían a verse y era cierto, porque pasara lo que pasara e hiciera la mujer las invocaciones que hiciera, jamás venía. Mientras tropezaba por la calle enloquecida, saludando sin parar y recitando direcciones de familiares olvidados o de gentes de las que nada sabía, la mujer procuraba averiguar adónde había un mago poderoso o aunque sea uno mediocre, y si no había le bastaba con hallar una fórmula rompe-hechizos casera, pero nadie estaba enterado de nada. Parecía que por primera vez en la historia todos confiaban en la naturaleza y en la lógica bondad del mundo, y estaban interminablemente contentos con la inexorabilidad de la vida y la formación de las nubes, y la dirección del viento y cosas así.

   Con el tigre a cuestas y a menudo demasiado cerca (si su voz desfallecía, si caminaba a favor del viento, si atravesaba una ruidosa plaza donde sus comentarios se confundían con los pregones), la mujer se encontró una y otra vez con lámparas de aceite que nada más tenían aceite, con viejas sibilas que sabían sólo el resultado de los partidos de fútbol que escuchaban por la radio, con derviches a sueldo que trabajaban en las exposiciones que se hacen para los turistas. Y de genios ni hablar, como si el que la mujer encontró aquel día fuera el único del planeta, y todo el origen de su furia fuera no poder hablar él mismo hasta cansarse; a lo mejor era eso lo que le pasaba. Mientras tanto, la única esperanza de la mujer parecía ser que el tigre se muriera de viejo, aunque si uno lo pensaba bien, cabía suponer que en su perversidad el genio lo habría dotado de la vida eterna, o le habría prometido transferirle la humanidad de la mujer cuando acabara con ella. Quién sabía. Mientras tanto, la mujer sólo había podido hallar leyendas que no le servían para nada.

   Pero por fin encontró una minúscula posibilidad de terminar con su extenuante problema. Sucedió que alguien echó una maldición sobre una comadre suya. Dicha maldición hacía que a esta mujer se le cayera todo el pelo y se le cuarteara la piel en grandes placas hexagonales, y los brazos y las piernas se le fueran tornando inseparables del cuerpo, al punto que le resultaba más sencillo echarse al suelo y ondular. O sea que se estaba woman-1099667__180convirtiendo en víbora. Y fue ella quien le dijo a la acosada mujer-tigre que le informaría dónde encontrar un genio; a lo mejor el que buscaba venía del mismo sitio que el que la maldijo a ella. Bueno, tal vez no la maldijo exactamente, confesó la mujer-futura víbora; ella sólo había comprado una botella de perfume en un raro, oculto y ominoso tugurio persa, especializado en hechizos infernales, porque el tendero le había dicho que si ella sabía cómo hacer las cosas, dentro de esa botella encontraría un ente mágico que le enseñaría todos los misterios oscuros del universo.

   Así que ella se la compró y aprendió todos esos misterios, pero después el genio se había cansado y se fue, evidentemente a medio terminar, y no había vuelto, concluyó la mujer, y se zampó una laucha que pasaba con un ágil movimiento de la cabeza. Y antes de perder las circunvoluciones cerebrales que la facultaban para hacer uso del humano lenguaje, le dio a la mujer custodiada por el tigre la dirección del tugurio diciéndole que fuera y comprara ella también una botella de perfume, a ver si tenía otro genio que pudiera neutralizar el encantamiento del tigre (y su propio problema, si le hacía el favor). Y entre la desesperación de una y la imposibilidad de la otra de dejar de hablar, las mujeres pasaron juntas todo un largo día y la mujer-víbora se recreó en toda clase de detalles relacionados con su estado, explicando sobre todo la manera adecuada de tratar a un genio.

   Y desde ahí, sin dejar de describir expertamente el paisaje, inventando de paso metáforas ultraterrenas, neologismos asombrosos y géneros literarios inverosímiles, la mujer enfiló hacia Persia, sin siquiera volver a su casa (no podía ir a buscar el camello porque el tigre lo asustaba). Fue un viaje muy largo y agotador; cruzar los desiertos sin dejar de perorar mientras las tormentas le llenaban la boca de arena era complicado, y más aún esquivar chillando los tiros de los guardianes de las caravanas que le disparaban al tigre. Ni hablar de las dunas; si se llegaba a caer, la tapaba la arena y se callaba, el tigre la desenterraría para comérsela. Por fortuna el desierto era algo precioso, todo dorado y siempre lleno de sol, y por las noches las estrellas eran azules y encantadoras, la mujer podía dormir calentita acurrucada contra el tigre que ronroneaba (siempre y cuando continuara hablando dormida), y hasta las víboras que se enroscaban debajo de ella buscando calor se portaban bien. Y de cualquier manera, la mujer estaba resignada y agradecía cualquier centímetro que la pusiera más cerca de Persia, recorrido en las condiciones que fueran. Sobre todo moshe-289704__180cuando descubrió que ya en esa tierra no necesitaba ni un centavo para sobornos; se fue derecho al peor barrio de la ciudad indicada por la mujer-víbora, es decir aquel en donde quedaba el tugurio, y después para preguntar adónde se ubicaba exactamente el lugar señalaba al tigre y amenazaba: “si no me decís, te come”. Y listo.

   No le hizo ninguna amenaza al dueño de la tienda porque ya estaba demasiado cansada. La verdad, ni le mintió diciéndole que quería comprar perfume. Fue y se arremangó las ojeras y le dijo directamente: “Acá tengo este tigre que me dejó un genio para que me comiera si me callo. No le digo que le pago porque no tengo un peso, pero dígame adónde encuentro al genio y se lo traigo para que lo venda, como hizo con el de la mujer que se está transformando en víbora”. Y después, como parecía que el vendedor se quedaba sopesando la oferta, muerta de miedo la mujer continuó llenando el silencio subsiguiente con la historia de su vida, antes y después del tigre, cada año, cada acontecimiento, cada centímetro cúbico de vida ajena y hasta cada kilómetro de desierto transcurrido, y se había transformado en una narradora tan pero tan buena que el vendedor la dejó que siguiera contando, hasta llegar al retrato completo de la última partícula de tierra pegada al vano de la puerta que la mujer había visto antes de entrar, medio transfigurada por el recuerdo de los soles blancos y puros del desierto y cosas así, y quien sabe cómo la mujer todavía siguió hablando, hablando, hablando. Y oírla era maravilloso; hasta el tigre se había acostado boca arriba en el suelo y parecía querer que le rascaran la panza.

   Pero llegó un momento en que la mujer, que había hablado durante cuarenta y cinco años, un mes, dos semanas, cinco días, seis horas y doce minutos, pobre, no hubo nada que hacer se cayó de rodillas, y sus ojos húmedos y desencajados no tenían fuerzas ni para mirar al tigre. Supongo que eso también era otra cosa inevitable en su vida; no sé si ella se sorprendió. Si lo esperaba. Si pensó en eso alguna vez. La experiencia del silencio absoluto era deslumbrante.

   El vendedor fue hacia el tigre, le dio un sopapo en el culo y lo ahuyentó para afuera.

–   Salga suegra que hasta ahora íbamos bien, y usted no se preocupe, doña, que no es mala. Esto nada más le pasó porque no se callaba nunca, nunca; usted no sabe los problemas que teníamos. Si lo cansó hasta al  genio; vea lo que le hizo que yo nada más se la había dado como ayudante. Y yo, pobre de mí, un solo deseo le pedí al genio por liberarlo y mire cómo me fue que acá está ella de vuelta. Si quiere se la regalo; véndasela al zoológico o haga lo que quiera pero mejor se la lleva rápido, porque si el genio llega a volver por acá y la reconoce capaz que me la transforma otra vez, de resentido, ¿vio?

   Y la mujer, aunque recordaba lo que le dijo el genio y estaba tranquila sabiendo que no volvería, como también tenía esas dudas se llevó el tigre a su casa, no fuera a ser que el genio se sintiera tentado de visitarla y se enojara con ella si no encontraba al tigre, y le diera por actualizar la maldición. Guiada por el mismo temor, la mujer tampoco volvió a comprar nada embotellado, ni siquiera agua mineral.

   Y sí, el tigre era de lo más mansito y cariñoso.

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   El verdadero Día del Blog Número diez ha sido el quince, pero como alguien muy sabio dijo una vez, “la vida es lo que sucede mientras estamos haciendo planes”. Sin embargo, nunca es muy tarde para festejar. Ni para recordar.

   Esta soy yo, brindándome a vos. Es mi historia.

(Imágenes de Pixabay)

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4 pensamientos en “Feliz día del blog Número diez

  1. Dr. Zaius

    ¡Décimas felicidades, donna Nadie!
    Muy bueno y divertido el cuento, pero no hacen falta genios ni tigres para que una mujer sea charlatana y chismosa.
    PS: los grandes felinos no ronronean (las suegras no sé).

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    1. Nadie Avatar Autor de la entrada

      Las suegras producen un rumor confuso, como el de una bandada de cotorras, pero me tomé una licencia poética. En cuanto a los grandes felinos, acuérdese del leoncito Christian. ¡Gracias por la felicitación! Ah, de paso, no diga esas cosas de las mujeres a una que se lo pasa en el gimnasio enterándose de todos los chismes por boca de mujeres, pero también de personajes peludos y musculosos… Hubo uno que me contó unas cuantas cosas… Mmm…

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