Leprechauns y Detective Gómez

art-214996__180   Yo no sé lo que son los Leprechauns, pero Poroto Gómez sí que sabe. Una noche se aparecieron en su casa y no se dejaron de joder por lo menos durante un mes. Qué carajo, con los Leprechauns. Decí que el Detective Gómez estaba más que acostumbrado a cosas como elefantes rosados, pequeños bichitos negros que picaban, unos grandes que competían con él por la pizza y otros de formas irreproducibles (puesto que sólo pertenecían a la peculiar idiosincracia del Detective), que si no los hubiera echado en seguida a patadas en el culo. Aquello se pasaba de la falta de respeto.

   Los Leprechauns eran unos duendecitos chiquitos y verdes que tenían muy poco sentido de la oportunidad, y no estoy la verdad muy segura de que el Detective Gómez los distinguiera de los Pitufos, especialmente después de incorporarse cierta cantidad de tinto, como resultado de lo cual la diferencia cromática, y cualquier otra, eran perfectamente capaces de perderse en el horizonte. En todo caso, el Detective Gómez tenía claro que los odiaba.

   Saltaban y saltaban sobre la panza del Detective, y lo que era mucho peor, a veces lo dejaban sin vino.

– Salgan de acá- decía el Detective, y ellos que esta noche, que mañana, que estaban aburridos, que afuera hacía frío, que había mucho viento, que una vez les había pasado en Noruega de salir con semejante clima y habían terminado sobre la región de Mälström, con una llovizna finita brotando desde abajo hasta sus caras con una potencia, que casi se cagan ripples-1313730__180encima del susto.

– Y a mí qué – les contestaba el Detective Gómez, y ahí sí que era como si oyeran llover. Asunto curioso, porque el microclima del habitáculo del Detective Gómez no era el adecuado para una vivienda humana, y mucho menos para Leprechauns. Los murciélagos eran lo suficientemente grandes y robustos como para traer el diario, si no fuera porque el Detective Gómez no leía el diario, y sus aptitudes no lo encaminaban hacia animal-1238983__180la capacidad de domesticarlos. Una vez, una vieja laucha le había enseñado al Detective a qué hora podía sacar el queso de la heladera y dónde convenía que lo dejara.

   Pero bueno, los Leprechauns tenían sus trucos, que no al pedo eran duendes. Después de algunas batallas campales con multitudes de cadáveres y olores asquerosos de procedencia desconocida, cosas como las chinches se habituaron a limpiar sus lugares preferidos y los ciempiés renunciaron a morderlos, los pececitos de plata se alejaban de su camino y el Detective Gómez se bañaba casi seguido, comprando el doble de vino tinto. Cosas de ese tipo. Y no, no sé de dónde habían salido los duendes. Tampoco sé cómo disfrutaban tanto compartir las habitaciones del Detective.

   Solían desarrollar largas y productivas conversaciones, pero los duendes nunca sabían bien a qué atenerse y el Detective raras veces embocaba con sus respuestas el momento oportuno de la conversación, siendo frecuente que llevara atrasado varias semanas, por lo que no congeniaban. Era bastante extraño. Los duendes se aburrían y el Detective se encontraba de repente hablando solo o, a la inversa, los duendes hallaban de golpe que el Detective había recordado algo o caído en alguna ridícula conexión, y se interrumpía. Como fuera, todos extraviaban el hilo de la conversación hasta que se encontraban la próxima vez y recomenzaban, casi nunca en el mismo lugar, por lo que la mayoría de las veces aunque vivían en la misma casa parecía que no se conocían. Era peor con el sexo.

   Para más decir, ni la labor detectivesca del Detective ni los encantamientos de los duendes parecían beneficiarse de la mutua asociación.

   La gente que visitaba al intrépido sabueso para encargarle el hallazgo de su bondiola importada o el paradero del Agustín, visto por última vez frente a la puerta del almacén con una cajita de tinto, no gustaba de que una piara completa de duendes mocosos, babeantes y alcoholizados se aposentara en sus faldas, con aciaga intención. Tampoco les gustaba a los duendes la vecindad del Detective Gómez, que por alguna razón siempre absurda arruinaba cada hechizo que intentaban; frecuentemente, porque avanzaba tropezando, llevándoselos por delante y pateándolos a la mierda a todos, mientras caía sobre ellos una lluvia violácea por la que no se sentían en absoluto agradecidos (aunque solían aprovecharla).

   Ambas partes se servían de sus propios recursos para descargar la tensión. El Detective Gómez copaba la entrada del almacén, y después de que el repartidor de vino se iba, pasaba inconsciente varios días. Y si bien esto aliviaba a los Leprechauns por una parte, los perjudicaba por otra, porque se quedaban sin pizza. Y sin vino. Ellos se desquitaban con el egoísta borracho fabricándole un malvado encantamiento cada vez que podían, y el Detective se lo pasaba ahuyentando diminutas gárgolas que le expectoraban decorativos y pegajosos mensajes en la frente, o tirando la cadena para asustar a los pequgargoyle-780540__180eños dragones que roncaban en su inodoro, o si no tenía que esquivar la puerta del frente de su casa y salir por atrás, saltando al patio de la Violeta, porque en su umbral había un hueco que desembocaba directamente en el ojete del infierno. Y todavía le faltaba esquivar a la Violeta.

   Claro que algo positivo tenía que haber en aquella situación, porque tanto prolongado frote no podía tener más explicación que el deleite por parte de unos y otros.

   El Detective Gómez por ejemplo, enojaba a los duendes cada vez que un acreedor llamaba a la puerta, o recibía una visita desagradable, o no tenía ganas de limpiar el inodoro. Los duendes, por su parte, no se aburrían nunca y tenían vino en abundancia, siendo que cosas como el tinto no eran asunto de magia. Tampoco necesitaban estar pendientes de cosas como la Reina de las Hadas o personajes similares: ningún otro ente mágico aterrizado antes o después de los Leprechauns se había atrevido a interactuar con el Detective. Nadie (mágico o no mágico) se mostró tan capaz de guardar su estilo de vida. Especialmente, de no guardar el vino tinto. Y de vez en cuando, si estaban de humor, los duendes hasta le concedían al Detective algún deseo. Creo que él los extrañó cuando se fueron.

   Sucedió inesperadamente.

   El Detective, para decir la verdad, vio algunas señales pero no sospechó nada. Con el correr de los días los duendes se habían ido poniendo morados, y diminutas venas azules sobresalían en sus escleróticas y en sus enrojecidas y pequeñas naricitas. Sus vientres de duende, del tamaño de monedas de cinco centavos, comenzaron a hincharse hasta que parecieron infladas monedas de un peso. El Detective no podía dejar de notarlo porque en sus deambulares por la sala solía levantarlos cual racimos de globos, y ellos reventaban como escuerzos, decorando el lugar de la manera más inmunda. También en el sexo. Pero bueno, ya dije que el Detective no había visto nada raro; ninguna de esas señales le era ajena a él mismo y ahí lo tenían.

   Hasta que una mañana, luego de limpiar la última plasta de duendes, el Detective notó que no estaban. Sin tiempo para preguntarse sobre la limpieza de su propia mugre (además considerando que él demoraría más en desaparecer: era una cuestión de fiaca) el Detective se preguntó más bien en dónde se habrían metido todos. Fue un momento muy filosófico.

   Nunca halló a los duendes.

   Una vaga inquietud poseyó al Detective durante un tiempo. Se palpaba la roncha azul y roja que tenía en la frente y cagaba en un papel de diario, y a veces, intempestivamente, lo asaltaba la necesidad de ir a lo de la Violeta. Pero lo superó (mucho después de que a la Violeta todo aquello se le hubiera hecho vicio, se hubiera cansado, tomado conciencia y mudado a otro país). Los Leprechauns, sin embargo, eran otro asunto.

   Lo que les pasó, es que se volaron un día en que el Detective Gómez dejó la ventana abierta luego de salir al patio de la vecina. Un furioso viento se coló de súbito en la casa y como los duendes estaban demasiado llenos de gases para resistirse, los remontó por el aire y ellos no pudieron volver a entrar. Y se perdieron.

   Domesticados a conciencia, jamás pudieron habitar en alguna otra parte, con ningún otro humano o ser sobrenatural. Por el contrario, con un síndrome de abstinencia homicida, se dedicaron a buscar la manera de reproducir el hábitat para sintetizar vino tinto bajo cualquier circunstancia que pudieran aprovechar, sin importar el cambio de los jardines por los basurales adonde meaban los chanchos, o cosa parecida. Por lo menos no eran egoístas; cuando por fin lo consiguieron, no se lo negaron a nadie del mundo de las hadas, aunque era dudoso que a estos seres les importara, o siquiera tuvieran alguna clase de idea al respecto.

   Pero yo no sé; nunca en mi vida vi un duende, y tampoco un hada.

A lo mejor llegué tarde.

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6 pensamientos en “Leprechauns y Detective Gómez

  1. Dr. Zaius

    Maestra de la sutileza: “el ojete del infierno”, “cagaba en un papel de diario”…
    ¡A los Leprechauns se los llevó el viento! ¡Ja ja!
    Esto de que el detective Gómez alucinaba con bichos me hizo recordar al cuento minimalista en el que la chica era acosada por insectos… da que pensar.

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