Batman

 animals-1253516__180  Extendió las alas correosas, pantanosas, y planeó entre los árboles inundado por el canto de los grillos y las cigarras. Chistó, una y otra vez, y el eco le volvió, débil, matizado de frecuencias extrañas. Ya no podía esperar más.

   Desde arriba veía las luces, los manchones de pasto, y uno o dos vasos de plástico girando absurdamente en el viento, junto a la fuente. Esas frecuencias también le llegaban; relés, golpeteo, golpeteo. Un ladrido. En la plaza desierta de madrugada, un Cocker Spaniel. Chiquito todavía, pelo recién lavado, cola medio corta. El de arriba no podía ver todo esto, por supuesto, pero tenía una imaginación fértil y un par de viajes a ras del suelo, en pleno día, con gran riesgo de su peludo cuerpo frente a la tentación de los inadaptados de la escuela. Se imaginó en un tablero, con las alas extendidas, fijadas al telgopor con alfileres de cabecitas de plástico rojo. O en un frasco de formol, enrollado como una bolita, acunándose a sí mismo por toda la eternidad. O tirado en el piso, lastimoso, polvoriento después de dos miradas concienzudas y algunos juegos macabros con su cuerpo inerte. Con todos sus amigos mirando, cuando este Cocker que ahora escuchaba viniera a masticar sus pobres huesos, retenido por una advertencia asqueada del dueño. Pobre perro, qué sabe. Pobre dueño, qué sabe.

night-859491__180   No podía esperar más, y colgaba en el aire, del borde inferior de la estratósfera, con una impaciencia ciega. El olor de las magnolias le llegaba en rachas y el zumbido de los mosquitos era un canto de sirenas filtrándose entre los ruidos de fondo, pero no era hora de pensar en eso, no, ya habría tiempo cuando hubiera cumplido una vez más con ese rito estúpido y peligroso, esos viajes suicidas por puro deporte, ese coqueteo loco con la muerte. Con razón nadie se le acercaba. Los otros pasaban por su lado, planeando, masticando, pero no muy cerca, no mucho, como si su locura fuera contagiosa (en realidad, él no podía asegurar que no lo fuera). El respeto místico por los locos lo envolvía como un halo.

   Y fue envuelto por ese halo que se lanzó otra vez en picada hacia abajo, hacia abajo, con las alas extendidas hasta el delirio, hasta el dolor. Hizo lo que siempre le había sido presentado como tabú; se dejó atrapar por la gravedad y por la fuerza de su propio hechizo, porque lo necesitaba. Planeó en una espiral muy cerrada y escuchó los jadeos, el golpe de la cadena del perro contra el suelo, y sintió el aire desplazado por el manotazo a menos de un centímetro de sus oídos. Se pegó a esa suavidad desconocida y siguió rodeándola como una caricia, se golpeó con el metal frío y redondeado del llavero, probó una suavidad más rústica, de tela. Se llenó de olores extraños y de frecuencias distintas, cercanas, y rememorando se dio cuenta de que nunca había llegado tan cerca.

   “¡Aaay, la puta madre!”

   ¡Qué distinto sonaba todo a esa distancia! Terminó su giro rozando el suelo con las patas, soñando en una existencia siempre llena de ese olor a tierra, a perro, a colonia para después de afeitarse. Se despegó de esa obsesión enfermiza justo a tiempo, zafando por milagro de los dientes llenos de baba.

   Pero siguió soñando todo el tiempo, hasta mucho después de que el hombre y él se separaran temblando. Ah, sí, todo el tiempo, entre el olor de las magnolias y los caños de escape.

(Las bellas imágenes son de Pixabay. El cuentito es mío, es muy viejo y le tengo mucho cariño, y me inspiró el siguiente, que todavía no lo escribí…)

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