Noche de guardia

moonlight-703553__180   De alguna manera, siempre era de noche detrás de la frente de Gaspar. Pero cuando tenía los ojos cerrados, alcanzaba el mismo fondo del universo: sin estrellas, sin vida, con luces rojas y estallidos sordos, ciegos, con vibraciones que se sentían en la punta de los dedos, como roces de bigotes de gato.

   Explorando desde los oídos del murciélago que había invadido, Gaspar sentía también esa paz. Casi la misma que cuando volvía a casa de madrugada, penitente, para escuchar los primeros tangos del obrero del piso de abajo, que se preparaba para irse a la fábrica.

  El murciélago estaba rechazando a Gaspar, pero no podía desprenderse de él, así que las sensaciones que Gaspar percibía iban desde los ruidos y los olores nocturnos, hasta los golpes contra las paredes y las ramas de los árboles, con chillidos de rabia, miedo y odio. Era irresistible. Gaspar, durante la exploración, era un huésped indeseado, pero nunca había conseguido resistir la tentación de espiar por los sentidos ajenos. Era hipnótico.

   Esa noche, no lograba guiar al bicho hasta donde pretendía. Oía las cumbias, las discusiones, las persianas cerrándose contra el hocico del murciélago, a lo largo de todo el edificio, pero nada de Ema. En ninguna parte. Ella estaba en casa, pero debía haber percibido a Gaspar y estaba cerrándole la presencia y la mente, dejándolo ciego. Era astuta y sucia; un animal rastrero que vivía de mugre y carroña. Había sido una cazadora, de las impiadosas. Ahora era únicamente una asesina, y Gaspar temía lo que pudiera hacer.

   Ema siempre orbitaba el objeto de sus odios como un asteroide negro y peligroso, pero siempre a la distancia, y Gaspar podía sentir cómo ahora se estaba acercando. La oía por las noches, cuando estaba demasiado cansado para jugar sus solitarios u ordenar la ropa. Demasiado hambriento para dormir. Y se subía a los murciélagos para espiar. Para espiar a Helena.

   Así fue como descubrió a Ema, rondándola, igual que él.

   Gaspar se sobresaltó con una mueca de dolor ante el repentino terror del murciélago, sacudido por un nuevo golpe. Éste, muy fuerte. Luego el silencio. Y nada más. El murciélago estaba muerto. Tal vez un hombre fastidiado. Un niño jugando. Una vecina asustada. Ema. Ema.

– Ema.

   Gaspar la oyó sentándose a su lado en el banco de la plaza. No abrió los ojos, porque no necesitaba hacerlo.

– Espiando como todo un viejo podrido – le escupió ella, y algo ligero como una hoja de papel de diario, o de uno de los árboles de la plaza, golpeó a Gaspar en la cara. Luego le cayó en el regazo, de donde resbaló hasta el suelo entre las piernas abiertas.

  Unos pocos gramos de pelusa negra y alas inocentes, como de ángel. Unos pocos gramos de culpa. Gaspar tampoco necesitaba abrir los ojos para saber qué era aquello.

– Los murciélagos son animales útiles. Se comen los bichos, los mosquitos. Las plagas. –dijo Gaspar, siempre sin abrir los ojos.  – Sos una enemiga del medio ambiente. Una asesina y una enemiga del medio ambiente. Propiamente, una buena para nada.

   Cuando Gaspar abrió los ojos, era ella la que le había cerrado su verde de aurora boreal. Pero era tanto el poder de esa mirada, que Gaspar la sintió quemarle el corazón, a través de los párpados cerrados.

– Gaspar el Santo. Gaspar el Protector. Gaspar el Moralista. Gaspar el que se morfó al borracho el sábado, como cualquier no-muerto venido a la Argentina, escapando de los cazadores de brujas y vampiros porque lo descubrieron y lo iban a quemar en una hoguera, antes de darle más tiempo a hacer más nada. Igual que el resto de nosotros, ¿no es cierto, Gasparcito? Bueno, no, porque María y Lidia, por ejemplo…

– Callate Ema.

   Ella se calló. Gaspar volvió a cerrar los ojos.

– A mí me gusta subirme a los perros de la calle. Tienen más espíritu. Defienden su territorio; nadie se mete con ellos sin una buena pelea, sin…

– Sí, ya sé que te gustan las bestias sucias y agresivas. Las que te muerden y te apalean, y te dejan como un trapo, porque es el único idioma que entendés.

   Ella resopló con una media risa.

– Sí, Manou mordía y apaleaba, hasta que no quiero decir quién, le paró la mano. Hay mucha gente enojada por eso todavía, ¿sabés? Los asesinos de vampiros son lacras. No tienen lealtad con los de su especie…

– ¿Especie de qué era ese animal, Ema? Sea quien haya sido el que lo liquidó, se merece una medalla.

   Ambos se miraron a la cara, los ojos bien abiertos.

– Yo lo extraño.

– Como cualquiera de las perras que tenía.

– Yo lo extraño.

– ¿En todo este tiempo no te conseguiste otro perro? Dejó varios atrás.

– Te dejó a vos atrás. Te dejó vivir; ése fue su error. Un deficiente más. Otro que no puede calzarse los zapatos. Otro que no puede conmigo.

   Las luces de aurora boreal resplandecieron en la cara de Ema, llenas de ponzoñosa radiación.

– Yo no quiero más nada con vos ni con nadie, Ema, ni por las buenas ni por las malas. Dejá de dar vueltas.

– Quiero saber por qué me estás espiando, entonces. Vos dejá de dar vueltas, que para eso vine.

   Gaspar volvió a mirar al frente, y cerró los ojos.

– Es mucho tiempo sola, sin un hombre al lado para volver cuando sale el sol. A lo mejor también por eso vine.

– Ya hablamos de eso muchas veces, Ema. Vos misma lo dijiste. Sos demasiado para mí.

   Gaspar cerró los ojos verdaderamente, desde el centro de su cabeza, y sintió cómo los ojos verdes mordían más fuerte en el centro de su pecho. Sólo consiguieron más negrura en el centro de la frente de Gaspar, como el polvo que queda después de una erupción volcánica.

– Vos no tenés nada de vampiro, Gaspar; solamente matás gente y les chupás la sangre. Vos estás bien muerto –dijo ella, con cansancio, con tristeza, con desprecio, leyendo la oscuridad que él le dejó abierta.- Vine para nada. Vine para hablar con un cobarde.

– Dejá en paz a Helena.

   El resplandor verde fue tan fuerte en el centro de la cabeza de Gaspar, que un ramalazo de dolor le cruzó el cráneo como una vara de hierro. Clavó en la furia verde de Ema dos ojos como rocas polvorientas girando en el espacio. Ella no lo había visto venir. Estaba muda de odio.

– Estás rondando demasiado. Estás pensando demasiado. Seguí con lo tuyo y ya no la veás. No vayás más al cementerio. Estás interfiriendo con gente que no se mete en tu territorio, y te estás obsesionando con gente que ni piensa en vos. Dejá a Helena tranquila.

– Sos un hijo de puta. Cuidando a esa frígida de mierda, igual que vos, que te tiene dando vueltas y no te da ni pelota. Como si te fueran a cuidar los tarados del cementerio. Creí que serías más inteligente. Creí que habías recapacitado.

– No es asunto tuyo lo que yo piense.

– ¡Lo que vos pensés! Vos no pensás. Vos estás haciendo tiempo hasta que venga alguien que te saque de tu sufrimiento, porque no tenés coraje para hacerlo vos. Cagón. Castrado de mierda. No sé para qué querés a la dichosa Helenita. La Niña Helenita. La cuidadora de tumbas.

– Callate Ema. Estás hablando de cosas de las que no sabés nada. Callate. Estás cada vez más loca, de tanto juntarte con esos tarados drogones del puente. Alejate. Te lo digo por tu bien.

– Por mi bien, decís. Caradura. Mi gente me protege. No necesito a los llorones del cementerio.

– Entonces alejate de Helena. Volvete con tus perros, y dejá de dar vueltas por el cementerio.

   La negrura dentro de la cabeza de Gaspar se arremolinó y se volvió gris, y comenzó a girar en círculos, como una tormenta de ceniza. Dentro de los brazos en espiral, aullidos y dientes, babas oscilando en largos hilos plateados; arañas y tierra, y animales muertos, con el vientre abierto, humeantes en la noche.

– Los llorones del cementerio nos están echando de toda la zona. Nos matan de hambre; nos dejan a los desnutridos y los infectados.

– Ustedes tienen su zona y ellos no los buscan.

– Los llorones andan en grupos empujándonos con los mugrientos. Prohíben matar en el cementerio. Pero en la calle cazamos todos. Entonces, si no podemos, vamos a ir a cazar al cementerio. Con tu Helenita.

   En el centro del cerebro de Gaspar, pese a él, se abrió un macizo de rosas de cien años atrás; un macizo de rosas de té enormes, perfumadas, llenas de mariposas, bajo un cielo estival lleno de sol y de aguaciles de alitas violetas. Un par de ojos enormes, del tono exacto del cielo; unos ojos transparentes de vida y de pureza. Y el dolor verde mató la imagen; la arrugó en un puñado y la arrojó lejos, tironeando de Gaspar hasta devolverle el negro y el gris.

– Ustedes son chambones, Ema. Nos van a terminar botoneando a todos. Son brutos, son desprolijos; comen pero destrozan, o solamente destrozan por jugar. Siempre hay alguno en cana, con suficiente droga encima como para disimular. Los del cementerio se cuidan.

– Son las órdenes de la putita esa.

   Nuevamente, los ojos de Ema fueron un cuchillo en el centro del pecho de Gaspar; fueron a clavarse en el centro del macizo de rosas que él protegía en su cabeza, desarmando las flores, que se perdían en un viento huracanado, bajo un sol negro de eclipse, cada vez más oscuro. El dolor verde, los celos, la furia.

– Ellos están todos de acuerdo, Ema. Los perros no se meten en el cementerio. Ustedes no sabrían qué hacer en el cementerio. Se volverían locos corriendo en círculos; se despedazarían entre ustedes. Dejá de espiar a Helena. Ellos no son manada. Helena no gobierna, no dirige.

– Ellos la siguen como los licántropos me siguen a mí.

– ¡Licántropos! Los licántropos son vampiros mugrientos y peludos, que se alimentan de la carroña humana enferma que no tiene fuerzas para defenderse. No son lobos; no son ni siquiera perros; le tienen miedo a todo y respeto por nada, y matan por placer. Hubo una época en la que eras una mujer. Una época en la que no los hubieras mirado. No te hubieras puesto a buscar excusas para caer hasta el fondo con ellos, ni para arruinar lo que ya no podés tener, por mugrienta.

   Y en la cabeza de Gaspar, la noche turca de trescientos años atrás; el licor de anís y el café; los habanos; el aroma de los azahares de los naranjos en el puerto. La música y el tacto de la seda, y los ojos verdes rodeados de negro, llenos de magia y de la alegría del ron y la miel, y la luz de las luciérnagas. Y el baile de la piel desnuda, brillante y morena, pero menos desnuda y brillante que los ojos refulgentes de deseo. Entonces las lágrimas de ella inundaron la cabeza de Gaspar, volviéndola de nuevo gris, como si creciera el agua justo a la orilla y lo llenara todo de barro, y cubriera de barro los ojos verdes, llenándolos de roña y tristeza. Trescientos años de roña y tristeza, sobre el verde de las esmeraldas frescas y cascabeleantes, junto al océano, aquella noche juntos.

– Por respeto a mi gente le voy a abrir la garganta a esa puta y le voy a drenar hasta la última gota de sangre podrida que tiene; por placer me voy a quedar viéndola desangrarse mientras despedazamos a todos sus seguidores mientras se muere.

   Gaspar no había experimentado en trescientos años, desde la noche en que fue asaltado por el oscuro ser, la experiencia de la nada verdadera. El recuerdo fue deslumbrante. Bajo la suciedad, encontró que la piel que bailaba seguía siendo brillante y morena; bajo los dedos que se agarrotaron contra las venas que no latían, robándoles el aire, el cuello continuaba siendo largo y delicado como el de un cisne, bajo el fino dibujo de la mandíbula. Y ningún sentimiento le daba color a la escena. Gaspar observó, con interés clínico, cómo se reventaban los capilares contra las yemas cada vez más apretadas contra la carne; cómo la lengua de Ema asomaba entre los labios azules; cómo los ojos verdes se desenfocaban, con una perplejidad rosada de sangre derramada en lágrimas. Probablemente, era la segunda vez en su vida que Gaspar era verdaderamente un no-muerto. Tal vez, Ema tenía razón sobre él.

– A vos y a tus mugrientos se los ve venir apenas despegás las patas de la cama, adonde te revolcás con todos los perros que te hacen creer que te siguen para tener puta gratis. Hace mucho tiempo que no te mirás al espejo, Ema. Acordate de que muchas de las cosas que se dicen sobre los vampiros son pelotudeces. Alma no tenés, pero la próxima vez que andes de levante en el centro, acercate bien a una vidriera, para que te puedas ver bien por si no te acordás. Tenés cara de puta, y manos de puta, y corazón de puta; los tuviste por trescientos años y los seguís teniendo, pero me parece que ahora debés estar cerca del final, porque lo que tenés ahora, es cara de puta vieja. Y a las putas viejas se las conoce de ida y de vuelta.

   Observando curiosamente la metamorfosis de Ema, Gaspar la soltó para verla caer de espaldas sobre el banco, sin aliento, con la cara vuelta hacia él, aún sin poder enfocar la mirada. Gaspar le habló suavemente, con el sonido de las brisas que venían del estrecho del Bósforo aún resonando en su cabeza llena de luz de luna, recobrada la paz de las nubes nocturnas, ahora que ella no lloraba dentro de su cerebro.

– Aléjense del cementerio. A mí no me vas a ver más. No me vas a sentir más. No te voy a buscar más. Pero el día que te sienta cerca del cementerio, te voy a hacer recordar a Manou. No te voy a ejecutar, Ema. Te voy a arrancar la garganta con los dientes, y te voy a abrir la panza de un manotón para dejarte con las tripas al aire, como era su estilo. Te va a gustar, estoy seguro.

   Gaspar se levantó del banco y abandonó despacio el centro de la plaza, yendo para la calle por uno de los caminos menos transitados. A su alrededor, las nubes de murciélagos le rodeaban la cabeza como un halo, en un concierto de chillidos enloquecidos. Más lejos, se oyó el aullido de un perro. Luego otro, y otro. Pronto, un coro de aullidos seguido por pasos apresurados de dueños de mascotas invadió la plaza: de repente, un lugar del que huir, no el sitio de solaz adonde poder ir a pensar tranquilo, lejos de la señora y los chicos, y el ruido del lavarropas mal cargado. Algo malo, algo muy malo, estaba sucediendo. Flotaba en el aire como una pesadilla esperando descender.

   Sólo Gaspar quedaba en la plaza al oírse el último aullido y el grito, y él pudo entender que eso no era verdaderamente un aullido. No corrió de vuelta al centro de la plaza para ver qué había sucedido; no se subió a un murciélago para sobrevolar la desgracia. La provocación. El desafío. Volvió a cerrar los ojos y superó la inmovilidad de la culpa y la impotencia, se dio vuelta, cruzó la calle y siguió caminando.

   Todo había terminado para él, por esa noche.

   Un perro callejero lo seguía, con una mirada extraña y ausente.

   Gaspar se agachó, le tiró una piedra y lo miró correr hasta que se perdió de vista.

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(Imágenes de Pixabay)

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2 pensamientos en “Noche de guardia

  1. Dr. Zaius

    Muy bueno, donna Nadie, como siempre. Es de destacar la descripción del mundo mental de Gaspar. ¡Fue muy duro con la pobre y marginal Ema! Así no se le habla a una mujer, por más vampiro y detestable que sea.

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    1. Nadie Avatar Autor de la entrada

      Todavía no sé todo lo que pasó entre ellos, pero fijesé que en “Ema” se dice que él estaba muy enamorado de ella, pero se habían mentido mutuamente acerca de su condición de vampiros. Y ya sabemos qué piensa Gaspar de su condición de vampiro. Y ya sabemos, además, qué clase de vampiro es Ema.

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