Una noche en el teatro. Con las bailarinas. Y el monje capuchino. Y el Gran Rulemán Balde de Vello. Y Mads Mikkelsen

(la culpa se la echás al Gran Rulemán Balde de Vello, que me acusó de usar lenguaje procaz permanentemente en mis relatos. A ver si encuentra tal lenguaje en esta digna composición…)   

ballet-545323__180   La compañía teatral Amanece que no es poco estaba reunida en el gran teatro vacío, para el ensayo general de la gran obra del Gran Rulemán Balde de Vello, intitulada El anillo nibelungo del fantasma de la ópera: el ballet del año.

– ¡Oh! ¿Pero qué es ese tronante estruendo proveniente de las altas esferas del cosmos? –dijo la pequeña y esmirriada bailarina, tocando con el extremo de una de sus yemas la punta de su considerable apéndice nasal.

– No es nada, distinguida doncella –dijo el Gran Rulemán Balde de Vello, alisando con ambas manos, desplegadas a los costados, los bordes de su capa de terciopelo- es  el inefable licántropo, el Hombre Caniche, que regresando de su antinatural condición con el advenimiento de la luna en cuarto menguante, se ajusta a los nuevos parajes de su existencia con considerable incomodidad, aunque singular contento.

   Desde los altos del teatro descendía hacia los circunstantes una gran baraúnda de muebles desplazados de lugar y diversas quejas y murmullos de diferentes criaturas; piar y maullidos, chillidos. Un rebuzno.

– Pero caballero… Tan singular presencia despierta mi temor y pesar. ¿Acaso se nos proporcionará a las delicadas damiselas adecuada protección contra ese ente?

– Delo por seguro, milady –respondió Mads Mikkelsen, apareciendo entre bambalinas. Lucía un suntuoso atavío de terciopelo bordeaux con mangas acuchilladas a la española, de forro color mostaza, y una amplia gorguera de raso de plata- aquí estoy yo, no sólo para participar del noble arte, sino también listo para responder por los honores de vuesas mercedes hasta dar la vida. De todas maneras no debe de preocuparse, dado que el Hombre Caniche es de naturaleza apacible.

   La bailarina que había efectuado la temerosa pregunta agitó frenéticamente las pestañas, esbozando una risita tímida, cacareante. Tornó a dirigir nuevamente la punta de su sonrosado índice a la otra menos discreta de su notable humanidad, como si, pese a todas las evidencias en contrario, dudara ella de que seguía en ese lugar. También guiñó a Mads Mikkelsen sendos ojos, los cuales solían dirigirse uno en dirección al otro aunque pretendiera mirar algo a la distancia, dotando a tal doncella de un aspecto de meditación filosófica muy acendrado.

   Mads Mikkelsen miró a su vez a la tierna doncella de la cabeza a los pies, evaluando su notable resemblanza con un martillo, y experimentó un estremecimiento de horror.

– Ahora he de dirigirme al altillo de esta notable casa, oh dama de mis entretelas, a fin de constatar la presencia y el bienestar del Hombre Caniche, pues temo que sin mi supervisión tal vez fuera a acaecer alguna portentosa desgracia – dijo Mads Mikkelsen, eclipsándose rápidamente por el foro.

– ¡Aguarde, noble Sire! –gritó la emocionada damisela, corriendo tras Mads Mikkelsen en puntas de pie, aleteando delicadamente con el cerco de sus brazos y una singular falta de resignación ante la rápida marcha nórdica.

– ¿Pero qué es esto? –exclamó el Gran Rulemán Balde de Vello, avanzando hacia el centro del escenario con ademanes alocados de sus brazos, alborotando los rulos de su maravilloso cabello- ¿Acaso no es el Arte la prioridad de todos los seres pensantes abocados a la tarea en esta noble casa? ¿No es lo que todos hemos jurado y pretendido por todos los medios a nuestro alcance? ¿Es el temor a las criaturas sobrenaturales el pretexto para huir de nuestras sagradas responsabilidades?

– Me temo que no, Don Balde – dijo el fraile Puck avanzando desde la platea hacia el escenario, mientras hurgaba entre sus caninos con un mondadientes- es más bien el pesar de Doña Melisenda Primera Bailarina por el próximo fin de su carrera, cercano el cumplimiento de su primera cincuentena, y la cercanía del Noble Doncel Paladín del Honor convocado por Nadie.

– ¡Es BALDER EL BELLO, GRAN RUNEMAL, paleto indigno! –exclamó el Gran Rulemán, nuevamente en medio de sus molinetes de brazos – Y Nadie me va a escuchar a mí. ¡Qué significa este advenimiento de danzarinas en pleno climaterio y presbíteros en el preciso momento en el que me dispongo a dirigir el ensayo de mi inmortal obra, EL ANILLO NIBELUNGO DEL FANTASMA DE LA ÓPERA: EL BALLET DEL AÑO!

– Ilustre don Balde, yo estoy totalmente a oscuras respecto de estos notables acontecimientos. Nadie no me ha informado a mí de detalle alguno; yo me quedé dormido aquí durante la función anterior, cuando vine a dejar un especial de cantimpalo que me encargó el director…

– ¡La función fue AYER y el director soy YO! ¡CÓMO SE ATREVE A INSINUAR QUE MI OBRA ES ABURRIDA! ¡Y yo no le pediría NADA a vuesa merced, especialmente CON CANTIMPALO! –gritó el Gran Rulemán, enrojeciendo hasta las raíces de su fantástico cabello. -¡Cómo iba a descender yo a degradar mi hermoso cuerpo con su bazofia grasosa!

– No lo sé, pero ayer me pagó la danzarina que acaba de marcharse y luego usted vino y…

– ¡Guarde silencio, mentecato calumniador! –exclamó el Gran Rulemán, casi tan encarnado como el atuendo de Mads Mikkelsen.

   El Hombre Caniche apareció por un costado, olfateando el aire. Lucía un ropaje deportivo de color pichón con pantuflas de garritas, profusamente sembrado con plumón de palomas y gorriones, y acaso alguna que otra deposición de tales especies a la altura de los hombros.

– ¿Dónde estoy? ¿Por qué tengo tanta hambre? ¡Oh! ¿De dónde provienen esos efluvios a cantimpalo? –preguntó el Hombre Caniche con los ojos desorbitados, acercándose al Gran Rulemán para oler las mangas de su traje recamado de perlas más de cerca.

– ¿Usted qué quiere? –reprochó el Gran Rulemán, espantado- ¡aléjese de mi mayestática presencia!

   El fraile Puck se subió al escenario para departir amablemente con el Hombre Caniche.

– ¿Y cuál es su gracia?

– Yo soy Andrés Ríos Cuernavaca, para servirle.

– Ah, yo soy el fraile Puck, monje capuchino. Soy el encargado de hacer el reparto de las vituallas confeccionadas por los hermanos del convento, por la tarde. Auxilio a mis semejantes en necesidad cuando la ocasión lo requiere, a cambio de un refuerzo positivo financiero. ¿Tiene usted tal necesidad en este instante?

– ¡Oh, sí! ¡En grado sumo! –repuso el Hombre Caniche, aún con los ojos desorbitados clavados en el egregio atavío del Gran Rulemán.

   Por encima de sus humanidades, seguía oyéndose el desplazamiento de muebles, con aparentes golpes contra las paredes y los persistentes maullidos, chillidos y piar. Y el rebuzno.

– ¡A qué se debe esta extraordinaria dispersión de las energías estéticas, en las horas supuestamente dedicadas al perfeccionamiento de la representación de mi ARTE! –protestó el Gran Rulemán, alzando los brazos al cielo.

– Acaso nos sea dado suponer que doña Melisenda ha dado alcance al Caballero don Mads Mikkelsen –repuso el fraile Tuck, mientras don Andrés Ríos Cuernavaca tímidamente intentaba desprender una gota de queso derretido de la solapa del Gran Rulemán Balde de Vello.

– ¡Apártese de mí, caballero! –gritó el Gran Rulemán, dando un salto al costado- ¡Por mucho menos el filo de mi espada ha acabado a centenares de desacatados como usted!

   El Hombre Caniche hizo una reverencia, poniendo una rodilla en tierra.

– ¡Deberá disculparme, Maese Balde de Vello! He pasado tanto tiempo sumido en mi encantamiento atroz, que he olvidado la vecindad de los humanos seres. ¿Cómo podré lograr que me perdone?

   El Gran Rulemán alzó la barbilla, a la que llevó un índice en actitud pensativa, con un mohín de desagrado.

– Parece que hemos perdido a Sigfrido, según el escándalo irrespetuoso del ARTE que proviene de los altos ignotos de esta noble casa. Me faltará un peón de mi maquinaria sagrada…

– ¡Oh! –exclamó el Hombre Caniche, noblemente impresionado- ¿Será que Maese confiará en mí para encarnar a una de sus nobles criaturas?

– Bueno… con artistas más imperfectos me he tenido que conformar –declaró el Gran Rulemán, con una mueca de asco.

– ¡Le agradeceré con mi vida! Pues necesitaré el refuerzo positivo financiero con el que retribuir al fraile Puck por alguna de sus vituallas.

   El Gran Rulemán retrocedió con expresión indignada.

– ¡Cómo! ¡Usted es un fariseo! ¿Se atreverá a profanar mi ARTE manchándolo con el ludibrio del interés comercial?

   El Hombre Caniche se golpeó la frente con el puño, derramando amargas lágrimas.

– ¡Perdóneme Maese!

   El Fraile Puck le dio un golpecito en el hombro al Gran Rulemán.

– Pero Maese Balde, ¿no le puede retribuir su artística tarea con el precio de al menos una entrada? Así tiene para el refuerzo positivo financiero. Después de todo, tales entradas cuestan un subido precio, del cual goza usted todo el usufructo.

   El Gran Rulemán miró al fraile Puck con expresión horrorizada.

– ¡USTED ESTÁ SUGIRIENDO QUE YO PASO LAS NOCHES QUEMÁNDOME LAS PESTAÑAS POR EL VIL METAL! ¡USTED QUIERE DECIR QUE EL BECERRO DE ORO ES MI DIOS! Sepa, Vuesa Merced, que yo amo al ARTE por el ARTE mismo. El ARTE es mi Dios y mi ALIMENTO.

– ¿Entonces no vuelvo al convento a fin de buscar la pasta frola solicitada ayer? – inquirió el fraile Puck, con expresión confundida.

– ¡SILENCIO, PELANDUSTÁN! Deje de confundirme con esos animales gobernados por la gula que lo llaman a usted en la soledad de la noche, deprimidos y desesperados por la maledicencia ignorante del público que no sabe lo que es el arte, y que critican machaconamente la excelencia que no llegan a comprender! ¡Y los que están desanimados por la compañía de incompetentes, que prefieren salir persiguiendo a actores escandinavos por los altillos, en lugar de quedarse a perfeccionar la representación de la VERDADERA BELLEZA!

– No se preocupe –dijo Mads Mikkelsen, volviendo al escenario y entrando por la izquierda- Me costó, pero creo que la perdí. ¿En qué punto de nuestro ensayo nos encontramos?

– ¡En la parte en que estos ineptos se bajan del escenario, el cual están contaminando con sus comentarios espurios y su indumentaria ajena a la época de la representación! –declamó el Gran Rulemán, poseído por la viva cólera- ¡Una nueva representación se acerca, y en lugar de una grácil bandada de cisnes sobre las aguas, yo sigo viendo una estampida swan-dance-217571__180de plumíferos listos para una olla de estofado!

   Las bailarinas abandonaron por un segundo las pinzas para perfeccionar el dibujo de las cejas, y dejaron a un lado sus cilindros humeantes, con aciaga expresión.

– ¡Formen, damiselas! Simulen una graciosa línea de aves nostálgicas recortándose contra la línea del horizonte. Usted, Andrés Cuernavaca, acuda al llamado del ARTE. He tenido una INSPIRACIÓN. Hoy usted traerá a la vida al siniestro FANTASMA que ha robado el ANILLO. Le dará un rostro al VILLANO. ¡FORMEN, DAMISELAS, ENCARNEN MI VISIÓN!!! Pero qué veo… ¿QUÉ VEO? Oh, no. ¡NOOOO!!!

   Sobre el horizonte de nubes grises y plateadas dibujadas en el escenario, se movían las aladas figuras de las soñadas bailarinas, en todo como un sueño hecho de mariposas llevadas por la brisa, con movimientos simétricos y perfectos, por fin. Dominando el escenario, Sigfrido, con expresión noble y abstraída, sostenía en alto el anillo refulgente, dorado, entibiado por el tacto del héroe. Y en el centro de la fila de bailarinas, destacaba el blanco.

– ¡Doña Melisenda! ¿Dónde está mi Prima Ballerina??? –lloró el Gran Rulemán. – La perfección, tan arduamente perseguida, me abandona la misma noche de hallada. ¿Dónde está Doña Melisenda? ¿Por qué aún no ha venido? ¡CONFIESE, MADS MIKKELSEN!

– ¡Está bien! –gritó Mads Mikkelsen, arrojando el anillo a un costado, con un tintineo que anunciaba desesperación- Fui yo. ¡Ella está arriba, emparedada en el altillo! Temí que su fama eclipsara a la mía; temí que su acoso arrojara la maledicencia sobre mi persona, luego de haberme negado a sus encantos. ¡Fui cobarde, ambicioso, banal! He acabado para siempre con la perfección de su obra, debido a mi orgullo de mortal. Lo he arruinado todo. Me he perdido, y conmigo, a la grandeza de SU ARTE. ¡Indigno, indigno de mí!

   Mads Mikkelsen, sollozando, se arrodilló en el centro del escenario, golpeándose el pecho. El Hombre Caniche y el fraile Puck, conmovidos por la desgracia, se abrazaron derramando también abundantes lágrimas. El Gran Rulemán, horrorizado, mudo de espanto, se arrancaba su maravilloso cabello a grandes puñados.

   Pero en ese momento, la música surgió en la sala llena de sonidos de angustia.

– ¿Quién volvió a encender la música? –preguntó el Gran Rulemán.

– ¿De dónde viene? – dijo el Hombre Caniche.

– ¿Cómo puede ser? – se asombró el fraile Puck.

   En la magia del momento, sin una sola palabra, las bailarinas volvieron a formar su fila y danzaron, maravillosamente inspiradas de repente. Una vez más, sus movimientos acompasados hipnotizaron a todos los presentes, robándoles el aliento con su perfección. Ni una bailarina faltaba en la hilera. Estaba completa, y la danza no era tal, sino un sueño arrancado del paraíso.

   Entonces, la música terminó.

   Ante el espectáculo, el Gran Rulemán hizo una asombrada pausa, recobró su expresión atormentada, y luego retornó a su macabro rito de despojarse de su magnífica cabellera.

– ¡Noooo!!!!

   En la fila completa de bailarinas impecables, la maldición eterna, el precio de la perfección.

barbie-1280056__180

– ¡Dear Baolderrr, es como si mi vida entera hubiera sido para ti!!! ¿Te gustó my Darling? ¡Danza desde los cuatro años; una season entera en el Bolshoi! ¡Todo para ti, my Baolderrr! ¡ESTAREMOS JUNTOS PARA SIEMPRE!!!!

– ¡NOOOOO!!!!!

Las entradas de la temporada entera habían sido vendidas.

Era sólo el comienzo.

Otra vez.

roasted-chicken-1162729__180

Anuncios

6 pensamientos en “Una noche en el teatro. Con las bailarinas. Y el monje capuchino. Y el Gran Rulemán Balde de Vello. Y Mads Mikkelsen

  1. El Gran Ruleman

    Jajaja! Genial! El lenguaje es digno del protagonista ja! Aunque siempre la tiene que arruinar con la Barbie esa…. a propósito , ahora me intriga el argumento de la genial obra jajaja!

    Me gusta

    Responder
  2. Dr. Zaius

    ¡Espectacular! ¡Qué derroche de palabras desusadas! De lo mejor que ha escrito en este tono satírico. Su capacidad para cambiar de estilo demuestra su talento, donna Nadie. Así como queda demostrado que el tal Balde de Vello es un energúmeno petulante (Ja ja!). ¿Y qué es esa desagradable foto final de aves asadas con cabezas?

    Me gusta

    Responder
    1. Nadie Avatar Autor de la entrada

      Usted no entiende, es una metáfora. Antes puse las fotos de los cisnes nadando, al final la de las aves al asador, tipo “asunto terminado”, ¿vio? O “estamos al horno”. O algo así.

      Me gusta

      Responder

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s