El cielo desde afuera

foggy-926102__180   Era lunes, pero para Gaspar aún era Domingo. Veinticuatro horas exactas en la cama. Sin razón alguna, o eso creyó.

   Al salir a la calle ese lunes, lo sorprendieron el frío y la niebla que se levantaba entre las rodillas. En su vaga amnesia, sumido aún en el calor de la cama, Gaspar súbitamente renació a otro mundo, a un mundo viejo de setenta años y un continente atrás, y de repente se le habían saltado las lágrimas.  Así debía ser reencarnar con una memoria absoluta del tiempo pretérito, aunque difícilmente como un Iluminado.

   Podía defender su mente de María, arriba en los techos, sobrevolándolo como un murciélago piojoso para ver qué le dejaba. Aunque no la hubiera oído, Gaspar había pasado en la cama veinticuatro horas, pero no había salido del departamento desde la noche del domingo anterior, cuando también la había dejado con hambre.

   Y María, con su apetito de rémora, estaría ansiosa. Ema solía cazarla en sus ratos de ocio. Si María siguiera a Ema buscando despojos, aquella la asesinaría sin importarle ser acusada de matar vampiros, solamente por pasar el tiempo.

   Gaspar cruzó la calle porque hacia él venían una madre con su cochecito; a María le llevaría un segundo levantar al bebé del coche si Gaspar no le prometía una caza aún más sencilla.

   Y habían sido veinticuatro horas en la cama, pero aún se sentía borracho. Quizás por eso lloraba; porque así son los borrachos. Si se sintiera más fuerte y María atacara al bebé, le retorcería el pescuezo sin dudarlo.  Ahora mismo, no se sentía capaz de detenerla. Ojalá María no fuera más inteligente de lo que parecía.

   Era el primer solsticio con luna llena en setenta años. No lo había calculado; no lo había pensado, no lo había recordado antes de salir a la calle. Ni siquiera al ver la noticia en Internet, buscando caza. Hasta el final estuvo convencido de eso.

   Salir, ver la niebla y sentir el frío, y recordar, fue todo uno. La luna estaba rosada, rosada como un pomelo.

full-moon-914410__180   La Luna llena en Grecia, la noche señalada para la ejecución de Gaspar, brillaba entre los robles de un bosque y no entre los pinos de una plaza. Las ramas de los árboles oscilaban movidas por la suave brisa; el aire estaba perfumado de tierra mojada y sangre, y lleno de luciérnagas y de los gritos de los heridos. A lo lejos, entre la niebla del mismo color que la que ahora rodeaba las rodillas de Gaspar, se podían distinguir los perros acechando. Los perros que después, cuando la ejecución hubiese sido consumada, vendrían a devorar los cadáveres. El pueblo estaba lleno de cadáveres. Los camisas negras habían llegado dos días antes y habían matado a todos. Arrodillado, con las manos a la espalda, Gaspar podía distinguir los ojos brillantes de deseo y hambre. Los ojos sin pasado, presente o futuro, y sin el fondo de la razón humana. Como los del oficial que le apuntaba.

– ¡Porco camicie nere!

   Fue un solo disparo en la frente, de un oficial bebido, y Gaspar se pasó el resto de la noche con los ojos abiertos, esperando la última muerte para poder levantarse y huir. Entre las pestañas pegoteadas de sangre, pasaron dos mujeres que habían participado con él de la guerrilla, junto con sus niños, tres hombres, tres adolescentes que solían pasar la noche con Gaspar fumando cigarrillos, cuando conseguían algunos.

   El griego era el segundo idioma que Gaspar hablaba, y el segundo que había aprendido. Lo había aprendido en las plazas y los puertos, en los prostíbulos y en los bodegones, en la paz y en la guerra, durante los largos años desde la noche en el pajonal. Cuando el oscuro ser. El italiano era el tercero. El alemán sería el cuarto. En el momento de la ejecución, Gaspar no entendió todo lo que los oficiales del Duce dijeron, pero sí la mayor parte. La Luna brilló entre los árboles, toda la noche, redonda, fría. Era rosada. Al menos hasta que arrastraron a Gaspar hasta la fosa y la tierra le tapó los ojos. En el primer día de la primavera.

– ¡Porco Camicie Nere!

   La última fue la niña con la que Gaspar había hecho el amor la noche anterior a la llegada de los militares. Tenía dieciséis años y un prometido partisano muerto en la guerra, y tenía hambre, y tenía miedo. Se abrazó a Gaspar y lo besó, y Gaspar, quien necesitaba y temía ser besado, la besó también. Sabía que ella lo había visto, pero no era la razón por la que la besaba. Besó su cuello, pero solamente besó su cuello, y no sintió en ella frío, ni miedo, ni avariciosa especulación por la explotación de su secreto. Ella no le pidió nada. Únicamente necesitaba ser besada. Gaspar sintió hambre de su calidez, pero no le costó contenerse. Era más envidia que otra cosa.

   Antes de caer frente al oficial, ella miró directamente a los ojos de Gaspar. Él no estaba muerto; no estaba vivo. Ella sí. Y lo sabía. Un segundo ella miraba a los ojos de Gaspar; el siguiente seguía mirando los ojos de Gaspar, pero su brillo era el brillo de un espejo. De vidrio, de agua; acaso mirar esos ojos era como mirar la Luna. La niña también se veía rosada, con el pequeño agujero entre los ojos.nature-1466617__180

   A la distancia, los perros aullaban y corrían; ocasionalmente peleaban entre ellos en la prisa, casi lobos, casi hombres. Las fosas no eran profundas; acaso los oficiales no encontraran a todos los aldeanos, acaso se aburrieran pronto. Para ser una guerra tan corta en comparación con otras, resultaba eterna.

   Los pasos de Gaspar se arrastraban por momentos, cuando tropezaba cegado por las lágrimas. En el bosque; en la plaza. Seguía y seguía rodeado de niebla espesa; la niebla que levantaban la humedad y la proximidad del río. El río Kalama; el río Paraná. Gaspar seguía rodeado de perros que lo espiaban a la distancia, ladrando sin atreverse a acercarse, hambrientos y temerosos, sabiendo que corrían el peligro de ser devorados por el hombre solitario. No importaba si los árboles eran pinos, robles o álamos negros. La luna rosada brillaba entre las ramas que el viento movía, sobre los ríos de sangre.

   El niño siguió a Gaspar mucho tiempo por el bosque de robles junto al río Kalama. Gaspar no sabía cuánta distancia recorrieron antes de dejar de oírlo. Había salido de la tumba tosiendo, tratando de no gritar, porque los camisas negras estaban por todas partes, como hormigas pequeñas e insignificantes, siniestras, supernumerarias, omnipresentes. Seguramente no habían visto al niño, y tampoco a él. Gaspar conocía a ese niño. Tenía cuatro años. Él lo había alimentado y mecido, le había cantado para que se durmiera.

man-1461463__180   Gaspar se arrastró fuera de la fosa y siguió caminando para siempre. Nunca se detuvo.

   Y mató a todos los camisas negras que pudo encontrar en su camino. Y todos los vampiros.

   No se había dado cuenta de que había abandonado el río Kalama, pero también salido de la plaza López, hasta que tuvo que despegar la vista de la Luna, porque lo distraían los perros que lo rodeaban. En la obnubilación de su recuerdo, no los había visto llegar; no los había oído, no los había captado. De repente tuvo miedo. Los perros nunca se le acercaban. Pero éstos lo miraban en silencio, sin correr, sin atropellarse como suelen hacerlo, sin mostrarse los dientes y gruñir cuando se apelotonaban uno contra otro. Cinco perros callejeros grandes. Un sexto a la distancia; todos casi rozándolo con sus ojos sin vida. Caminando junto a él sin hacer el menor ruido.

   Y todos estaban pensando en él con odio.

   No había gente en la calle, pero Gaspar no estaba solo. Pronto estaría en otra guerra. Y tal vez no pudiera irse caminando.

   El sexto perro corrió por delante de Gaspar, sin darse vuelta para mirarlo, y mucho antes de llegar a la esquina, él vio las sombras de los vampiros que lo esperaban.

   La niebla ascendente le impedía determinar el número, pero los ojos de Ema siempre habían sido un faro para él. Dos luciérnagas muy grandes, muy luminosas, o dos fuegos fatuos podridos de ira flotando sobre un pantano. No tenía con ella muchos de sus inútiles, pero no eran necesarios.

   Tampoco hacía falta que los perros rodearan a Gaspar; había pasado el tiempo de huir,  de sentir temor ante la impotencia.

– Buenas noches, Ema. Qué agradable que vinieras a hacerme compañía. Pero no era necesario que trajeras a tus perros para que te cuiden. El peligro acá sos vos.

– Vinimos como grupo porque eso somos. Vamos a hacer justicia. Y vamos a limpiar la calle.

   Gaspar escupió en el suelo, frente a él.

– Y también el cementerio, ¿no?

Sí, el cementerio. Es lo que vinimos a decirte.

– Vinieron a matarme.

– Hay gente que pregunta por vos.

– Y vos necesitás ayuda con el cementerio, claro.

– Yo no tengo por qué darte explicaciones a vos. Venimos desde hace rato aburriéndonos con tus mariconadas de hace setenta años. Sos un traidor a tu especie, un asesino y un cobarde. Sos patético. Y no hacés falta para nada.

   Gaspar alzó la vista hacia Ema y sonrió, con un poco de cansancio, un poco de resignación, un poco de indiferencia. No dijo una palabra. Metió la mano en el bolsillo del jean y sacó la navaja.

   María cayó desde la azotea precisamente sobre Ema. La agarró del pelo, la pateó y la derrumbó sobre el suelo, y la sorpresa hizo posible que pudiera golpear la cabeza de Ema contra las baldosas hasta hacer saltar la sangre. Segura de que no se movería, María sacó un cuchillito y le cortó el cuello. Se puso de pie para verla desangrarse mientras los otros miraban, atontados.

   El ataque duró cinco segundos. Después, María vio directamente a los ojos de Gaspar durante otro segundo más.

   Gaspar quedó atrapado por esa mirada, mudo como había pasado los tres últimos años de la Gran Guerra.

   María, a quien nadie había percibido.

   María, a quien todos habían olvidado.

   María, que había leído a Gaspar como a un libro abierto.

   María, con dos ascuas celestes en la cara, viejas como el fondo del universo, oscuras como el fondo del universo, brillando con la sabiduría de ese fondo. Una inteligencia mucho más que humana. Acaso sabría tanto como la muchacha muerta sobre el suelo, a la orilla del Kalama.

   Gaspar pasó otro segundo completo viendo cómo María escalaba la pared corriendo, antes de desaparecer en la azotea.

   Los perros se dieron vuelta e iniciaron su regreso a la plaza, al trote.

   Luego de un minuto, los vampiros, que se habían quedado mirando a Gaspar entre resuellos y gruñidos, retrocedieron de a poco y se dispersaron.

   Gaspar quedó solo con el cadáver de Ema. Todo había sido muy rápido, muy silencioso, y no esperaba a la policía. Si ella aún hubiera sido humana, todavía estaría tibia.

   Así que siguió sus reglas de siempre.

   Le dio a Ema un beso en la frente y se tomó un momento para contemplar los ojos sin luz y sin vida, tratando, una vez más, de imaginar la diferencia entre lo uno y lo otro.

   Le metió la mano en un bolsillo de la campera y después en el otro. Finalmente encontró la billetera en el bolsillo de atrás del pantalón. En la billetera, algo de cambio y la foto de un perrito. El carnet de un videoclub a nombre de Ema Benítez. Con su dirección.

   Gaspar se quedó con el cambio y tiró la billetera al lado del cuerpo. La casa de Ema no quedaba lejos. El perrito estaría solo y muerto de hambre. Un perrito pequeño. Tal vez no era el perrito de alguna vecina.

   A una cuadra, el mozo del bar vacío limpiaba el mostrador con una rejilla mugrienta.

– Mozo, necesito el teléfono.

– Es para los clientes.

– No tengo celular. En la esquina de Primero y Pellegrini hay una chica tirada en el piso. Me parece que está muerta. Hay que avisar a la policía.

   El mozo miró a Gaspar y soltó la rejilla. Se dio vuelta para buscar el teléfono. Las manos le temblaban. Tendría que salir para ver si lo que el muchacho le decía era verdad. Faltaba media hora para terminar el turno. La policía demoraría un siglo a esa hora; tal vez los choros estarían dando vueltas todavía. Tenía dos hijos y la señora embarazada.

– Flaco, ¿estás seguro de…?

   El muchacho se había ido. El mozo se acercó despacio a la puerta y asomó la cabeza, pero no alcanzaba a ver hasta la esquina. Dio dos pasos para atrás, siempre con la puerta a la vista. La cerró.

   Despacio, marcó el 911.

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(Agradezco al Dr. Zaïus que me haya sugerido aprovechar la Luna llena en solsticio.)

(Imágenes de Pixabay)

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8 pensamientos en “El cielo desde afuera

  1. Dr. Zaius

    ¿Nunca pensó que usted es un personaje en la historia de mi vida, de manera que todas sus obras son las creaciones del Autor, que es quien escribe? Todas las cosas y los seres emanan del infinito potencial de mi mente. He reconocido, para Mi propia gloria, esta gran Verdad.

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