Los infames raviolones de seso

pasta-228963__180   Con profundo dolor en el corazón y una oprobiosa culpa, el día de la fecha, dada una antigua promesa hecha a tus sobrinos, debés dirigirte hacia su casa a fin de confeccionar unos raviolones de seso. Manjar delicado e irresistible para ellos, pero para vos probablemente el único plato durante cuya factura no te chupás los dedos, para evitar interminables arcadas.

   Lo primero que tenés que hacer, es ir a la carnicería preferida del barrio de tu mamá, y decirle al carnicero gordo que no tenés sesos. Preguntale si él tiene, y después si te puede dar dos, y luego, sin que dicho diálogo surrealista haya producido ni un solo chiste ni una sospecha de psicopatía hacia ninguno de los involucrados, preguntale además cuánto se hierven los sesos, porque hace mucho que hiciste esos ravioles y no te acordás. Después, andate para la verdulería que vas a necesitar ajos, cebollas y perejil para el relleno. Además, traete manzanas para compota, de esas bolsas que arman ellos, pese al negro resentimiento que te embarga porque tienen caras las verduras cortadas para sopa, que te hizo formular el juramento de no comprarles más ni un grano de choclo. Realmente tenés ganas de comer compota de manzanas.

the-brain-470742__180   Cuando llegás a la casa de Rodrigo, después de lavar los platos extrayendo previamente la extraña sustancia grasosa que obstruye el desagüe de la pileta, abrí las bolsas en donde reposan los cerebros de la pobre vaquita, perdida por la gula humana, y lavalos muy bien para extraerles la piel. Tampoco te acordabas de cómo se hace eso, así que te limitaste a tironear un poco de lo blanco que parecía como más grueso y algún pedacito de membrana medio desprendido, y después, boqueando de asco, dejaste que los sesos hirvieran en libertad en una olla con agua salada y dos hojas de laurel, esperando que la cuestión te resultara más transparente cuando el cerebro estuviera definitivamente perdido para la biología. Resultó que no, pero cuando sacaste los sesos del agua hirviendo, igual tironeaste de lo que parecía más duro y el asunto resultó bastante bien, obteniendo, al pisar los sesos con un tenedor, una pasta de lo más homogénea y siniestra, que aderezaste con sal, pimienta, unos dientes de ajo y una cebolla delicadamente rehogados, y además un poco de ajo y perejil deshidratado, porque no hubo forma humana de conseguir el perejil fresco. Como ahora debés hacer la masa, apartá la vista de la sartén y tirala para adentro de la heladera, tratando de olvidar su olor y existencia hasta que sea estrictamente indispensable.

background-906135__180   Para la masa, agarrá la ensaladera grande de color celeste, agradecele a Santa Rosa de Calamuchita que a Rodrigo le quedaba exactamente el medio kilo de harina común que necesitabas para la masa, volcá la harina en la ensaladera y hacé un pocito. En el pocito, poné dos huevos, un chorro de agua y unas gotas de aceite. UNAS GOTAS; nada más. Con un tenedor, hacé lo mismo que con los besitos; dedicate a desarmar e ir mezclando todo hasta que ya no puedas con el tenedor, y después dale a la masa con la mano dentro de la ensaladera hasta que quede lo más unida posible. Terminá de amasarla en la mesada y cuando tengas un hermoso bollo de blanca y lisa masa, prepará la sobadera. La sobadera es la máquina de hacer fideos y es indispensable; vas a estar hasta el Día Internacpasta-1051611__180ional del Pedo si tratás de hacer la masa a mano, y además no te va a salir a menos que seas una vieja italiana de ochenta y seis años, que vino a la Argentina huyendo de la Segunda Guerra. Separá el bollo resultante en tres más pequeños, y andá pasándolos por los diversos puntos de la sobadora hasta alcanzar el número siete. Eso si no es como Rodrigo, que está bastante baqueteada y en el punto siete deja la masa tan finita que parece para strudel.

   Cada bollo terminará en una larga cinta de masa bastante delicada de manipular por lo tierna que resulta, así que ojo. Disponé una en la mesa enharinada y ubicá, a lo alto, uno arriba del otro y medianamente separados. dos montoncitos de relleno medidos con una cucharita de té, a lo largo del resto de toda la cinta. El resto del proceso viene a ser más o menos así: si te animás, podés poner con mucho cuidado otra cinta encima, acomodándola despacito y con amor sobre los bultitos del relleno, y apretándola bien sobre los bordes de los mismos para que el relleno no se escape. Previamente, habrás mojado la masa de abajo con un poco de agua, para que la de arriba se pueda pegar y los ravioles no se abran durante la cocción. Cuando hayas hecho esto, simplemente pasá un cuchillo de filo plano entre los ravioles para separarlos, o una de esas rueditas acanaladas que vienen, y la verdad parecen un poco al pedo. Una opción más segura y sencilla, es comprar esos moldes de pasta-789819__180plástico que vienen ya con la forma que tienen que tener y el huequito para el relleno, y que esos sí, te simplifican bastante la vida. Como el palo de madera que viene para los ravioles. Pero a vos te gusta lo bien artesanal; qué gracia tienen las ravioleras. Así cualquiera.

    A los ravioles que te salen les vas poniendo un poco de semolín o simplemente harina, los dejás orear un poco y los guardás en la heladera adentro de un tupper. O mejor te los comés enseguida y guardás en el freezer lo que quede, si es que queda: fenómeno de exquisita rareza, si bien vos, durante la confección de estos raviolones (porque te salieron de buen tamaño) te chupaste un dedo por accidente, y casi terminás vomitando hasta la primera mamadera. Gustos son gustos, que le dicen.

   Al momento de escribir esta modesta crónica se desconocen los resultados de tal esfuerzo culinario, que fue de duración considerable, pues a pesar de su tamaño te salieron seis millones de raviolones, aproximadamente. Sin embargo, se promete para mañana un prolijo informe sobre los resultados, con fotos que le has pedido a Rodrigo que tome, porque vos te olvidaste. Así que bueno. Tu Señora Madre y la tía Gladys, que degustaron la sazón del relleno ante tu rotunda negativa en tal sentido, dicen que está de lo más aceptable, pero es todo lo que podés adelantar por el momento. Habrá que esperar.

   Y si te decidís a hacer estos raviolones antes de dicho reporte, no vayas a hacer guarangadas como ponerles queso rallado por encima cuando los vayas a comer; qué ordinario.

(Por ahora, imágenes de Pixabay)

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