La conversación

moscow-1557494__180– Decime adónde se quedan –dijo Gaspar, y levantó la copita. La caña le bajó por la garganta como una maldición, pero bienvenida.  De todas formas, era una raya más para el tigre.

– Qué mierda querés hacer, Gaspar; vos sabés que yo te banco, pero en cuanto al resto, estás más solo que Adán el Día de la Madre –respondió Lucas, y contempló su copita con simpatía, pero sin beber. Gaspar se preguntó qué habría tomado que tenía que rechazar un trago gratis.

– Decime adónde se quedan. ¿Por qué demoraron tanto en buscarme? –volvió a decir Gaspar.

– Tiene que ser alguna clase de interna. No jodás, Gaspar. Vos no querés, pero sabés quién puede ayudarte.

– No.

– No la iniciaron. Es una de los Primeros Señores.

– No hay tal cosa en Argentina.

– A lo mejor es la única.

– Eso no existe.

– Es un vampiro, Lucas. Y no la iniciaron.

– No; es un vampiro. Es cierto. Y no la iniciaron. Nada más no se murió.

– Sé de buena fuente que vinieron directamente a verla a ella.

– No es mi problema.

 Lucas levantó las cejas y se tomó la copita de caña.

– Joder, hermano; qué denso que sos. Es insoportable.

– Vos sos un falopero; qué te importa. No sentís nada; no sabés ni qué día es.

   Lucas lo miró con una sonrisa de dulzura y simpatía.

– Contame cómo la conociste. Tiene que ser interesante.

   Lucas no tenía amores que recordara. Habían pasado demasiados años. Necesitó demasiadas drogas diferentes, de diferentes épocas. Finalmente lo consiguió, pero oír a Gaspar era bueno.

– Fue hace muchos años.

– No me digas.

Gaspar sonrió, pero esta vez no miraba a Lucas. Miraba a la copita de grapa vacía, y Lucas podía sentir cómo iba atardeciendo en la cabeza de Gaspar.

– Ella volvía a la casa con una carga de ropa limpia en los brazos. Hacía eso todos los días. Nunca dejaba que las muchachas se ocuparan de la ropa, no importaba cuánto tuviera que hacer en la estancia.

– No me digas.

– Es suficiente –los ojos de Gaspar eran todo pupila negra y velo negro y luz negra, y nada de su alma, si la hubiera tenido, podría traspasar nada de aquella oscuridad. Lucas sintió cómo los dedos de su mente eran rechazados por el frío del cerebro de Gaspar, cada vez más lejos en la distancia, y se estremeció, como si se metiera a nadar en un lago helado y profundo. A pesar de los años.

   Así debía sentirse el fin.

– ¿Adónde vas?

   Gaspar se levantó sin responderle, dejó cien pesos sobre la barra y salió del bar. Si los Primeros Señores querían cazarlo, lo encontrarían. Lo habrían encontrado ya.

   Estaría muerto. Es decir, su cadáver hubiera sido por fin desangrado o inutilizado, y abandonado para que se secara al sol mientras la policía lo descubría y lo sacaba de la circulación, como a un coche que no hubiera pasado la inspección técnica, mientras cerraba el largo trámite de su existencia buscando parientes infructuosamente, y poniendo sus bienes a disposición del estado. Gaspar no había hecho testamento. Ni buscado discípulos, ni creado o frecuentado una sociedad.

– ¿Adónde vas?

∞∞∞

wallpaper-1537429__180   Se encontraba solo, y la neblina que se levantaba por la humedad y la cercanía del río lo hacía toser un poco. La calle estaba desierta; los murciélagos lo sobrevolaban en silencio y los perros callejeros debieron irse a merodear lejos. Los dos únicos que vio, durmiendo lomo contra lomo sobre un colchón mugriento, abandonado junto a un volquete de la basura, lo miraron con hostilidad, evaluaron con la mirada la posibilidad de un ataque conjunto y después volvieron a apoyar la cabeza sobre el colchón, gruñendo sin cerrar los ojos, pero sin siquiera intentar levantarse. Eran las horas del sueño, o de la abulia y la pereza, la nostalgia y el errar de los seres sin alma y sin paz. Gaspar cerró los ojos y dejó que los murciélagos se le acercaran cada vez más, con su tenebroso piar de medianoche, igual que Helena se había metido a veces en medio de las nubes de mariposas, en el campo, cuando aún había mariposas.

   Tal vez los que lo buscaban eran los Primeros Señores, pero no conjurados. Si caminaba lo suficiente, llegaría hasta ellos.

   En el fondo, muy en el fondo, sentía verdadera curiosidad.

  A ambos lados del pavimento oscurecido por la humedad, los árboles de hojas amarillentas le construían un túnel silencioso e inmóvil. Los murciélagos en vuelo rasante, como mariposas, parecían ser la única vida que se movía en el helado paisaje invernal; su reclamar de seres nocturnos adormeciendo como una canción de cuna los oídos de Gaspar. Sonrió y saltó de la vereda a la calle, oteando los pocos faros luminosos que se atisbaban a la distancia, siempre girando en direcciones opuestas, alejándose de él, al final de la calle. Iba, como siempre, hacia el Planetario. Conocía el número exacto de pasos, según cada condición climática o estado de ánimo.

   A pesar de los mitos que siempre había escuchado sobre el agua, la energía que venía del lugar era mucha más de la que solían aportar las frecuentes presas advertidas entre los árboles, a pesar del cúmulo de recuerdos. El poder tremendo del río llenaba de maneras oscuras e inexplicables. Gaspar suponía que aún conservaba mucha de su naturaleza humana.

   Habría madurado cuando ya no necesitara al río, pero no ansiaba ese momento. Suponía también que cuando llegara rechazaría ese momento, que conservaría su naturaleza humana hasta el final. Quizás no se resignaría a dejarla ir.

   Entonces sintió detrás de sus ojos la presencia foránea, y supo que no era María. Eran tres de esos curiosos seres que podían ver con la mente, y luego dos, y finalmente, al llegar al primer eucalipto cruzando la calle, justo en la esquina frente a la gran cúpula blanca, sólo uno de ellos caminaba tras sus pasos. Era una presencia serena y, a su manera, bondadosa.

   No era todavía noche del todo; aún con el mal clima, las veredas custodiadas por palos borrachos deberían estar moderadamente pobladas por mascotas paseando, pero se veían desiertas. Gaspar se sintió agradecido. Amaba sus paseos de la tarde y los disfrutaba en soledad, aún cuando no fuera de caza.

   El extraño ser lo alcanzó cuando fue a sentarse en uno de los bancos junto al edificio principal, para descansar, y conversaron.

∞∞∞

– Qué gusto, Gaspar; tanto oír de ti y finalmente…

– Un placer. Me alegro de que sea mutuo.

– Por supuesto.

   Gaspar contempló la belleza de la mujer, y se la imaginó viva. Debió ser resplandeciente. Ella hablaba un español que claramente no era su primera lengua, pero prácticamente sin acento. Debió aprenderlo en las Canarias.

– ¿Te sorprende que te hayamos venido a buscar?

– No. Siempre supe que en algún momento me alcanzarían. Yo sé que hice cosas.

– ¿Y no te sientes responsable?

– Sí. Como los tigres o los leones, supongo.

– Tú no eres un tigre ni un león. Ése es tu problema.

   Ella sacó un atado de cigarrillos de su bolso y le ofreció uno.

– Gracias; no fumo.

   La mujer sacó un encendedor y encendió el cigarrillo. Sonrió cuando se lo llevó a la boca.

– Cuatro paquetes diarios. Empecé a sentir el Hambre justo cuando me dijeron que tenía… creo que ahora lo llamarían un enfisema. Una maldición detrás de otra. Una maldición disfrazada. Era otra sustancia entonces, pero yo fumo cinco o seis paquetes de esto de aquí todos los días. He visto las fotografías en los medios.

   Gaspar también sonrió.

– Dicen que quita el hambre –le respondió.

– La nuestra, no.

   De la boca de ella salió una O perfecta, blanca y azulada. Gaspar la miró desvanecerse.

– ¿Cuál es tu nombre?

– Astryd Masterson, desde hace cinco años –le respondió ella, y le sonrió- qué suerte que no hayas cambiado el tuyo en tanto tiempo; si no, lo más seguro es que no te encontráramos nunca.

– Eso lo dudo. Ustedes pueden rastrear de muchas maneras.

– No si nos cierran los Ojos.

– Los Segundos Hijos no podemos cerrarles la mente a los Señores.

   Ella lo miró, pensativa, y exhaló otra O. Esta vez mucho más grande. También los ojos de la mujer se habían agrandado lentamente, como los de una persona muy, muy sorprendida. Un ente que, siendo por sí mismo un misterio, habría estado viendo por su parte cosas muy extrañas, tal vez durante cientos de años; acaso más de mil. La boca de Astryd se relajó despacio y luego quedó en silencio frente a él, observándolo. Se había olvidado del cigarrillo. Gaspar se preguntó cuántas décadas hacía que eso no le pasaba a ella. Sonrió, curioso a su vez.

– ¿No son los nombres que se usan ahora? Acá en Argentina no somos tantos, y además yo no le doy mucha bola a esas cosas. Pensé que estaba siendo respetuoso. Hace mucho que no piso Europa. ¿Quedé como un pelotudo?

   Astryd se tomó un minuto, como si tuviera que elegir las palabras. Gaspar sólo podía especular sobre lo que podía hacer, a esas alturas, que ella tuviera que pensar qué decir ante cualquier situación.

– Tú no eres uno de los Segundos Hijos.

– ¿Qué?

   Astryd seguía mirándolo, moviendo la cabeza a un lado, al otro.

– No te entiendo. ¿Qué no soy? ¿Un vampiro?

   Más movimientos de cabeza, a un lado y al otro.

– No eres uno de los Segundos Hijos -repitió Astryd.

– ¿Pero vos sabés qué edad tengo?

– Helena nos contó sobre ti; sobre tu situación. Pero no le creímos. Pensamos que serías un renegado. Un Descastado. O un Desertor de los de la Manada. Pero es como ella dice. Te has cerrado los Ojos a ti mismo.

– ¿Qué dice Helena? ¿De qué hablás? ¿Soy un vampiro o no soy?

– Cuéntame cómo te iniciaron.

– Nadie se acuerda de eso.

– Conozco muchas historias. Nadie se olvida de eso – dijo ella, y en ese momento, a Gaspar súbitamente le pareció que esa mujer no llevaba menos de mil años en el mundo. Acaso era la Lilith que mencionaba la Biblia. Acaso la sangre negra ya se hubiera vuelto polvo en sus venas. Los ojos eran profundos, pero sin fondo, sin verdadera luz; brillaban con los rayos agonizantes de una supernova. Una que era pura muerte, pero que duraba milenios, sin extinguirse ni perder intensidad.

– Yo no me acuerdo.

   Astryd se lo quedó mirando, y dio una nueva pitada al cigarrillo, pero esta vez exhaló sin jugar con el humo. Esperaba. Y como Gaspar no respondía, lo hizo ella.

– Porque a ti no te iniciaron. No tuviste un Segundo Nacimiento.

– ¿De qué estás hablando? Estás loca. Me apuñalaron veintidós veces. Me desangré en un pajonal, como un cerdo, y cuando me desmayé…

– Te moriste.

– Me desperté…

– Reviviste.

– ¡Callate, carajo! ¡Tenía a uno de tus hijos de puta encima, con una mano en el cogote y la otra que me agarraba un brazo, y me estaba comiendo! ¡Me vas a decir que no soy un vampiro!

   Gaspar, con su propia garganta hecha polvo, se había quedado sin aliento. En el parque desierto acababa de caer la noche, y una finísima llovizna comenzó a humedecerles el rostro. Astryd cerró los ojos, sonrió y le tendió la cara al agua y a la última luz, como si se tomara un descanso. Después volvió a mirar a Gaspar, le dio una pitada más a su cigarrillo y se tomó su tiempo para seguir hablando. Pero Gaspar sólo podía esperar.

– Gabriele, la noche de tu muerte, no estaba bebiendo la sangre de tus heridas. Se estaba defendiendo. Él vio de lejos tu asesinato, y pensó que estarías agonizando, pero cuando te fue a buscar ya habías muerto. Te levantaste mientras él te examinaba y trataste de atacarlo a él para alimentarte tú. Lo hubieras conseguido si no estuvieras reviviendo todavía. Te hiciste fuerte enseguida, Gaspar. Gabriele se alejó cuando descubrió tu naturaleza, pero los hombres que te asesinaron no vivieron mucho tiempo más. Sí; por supuesto que eres un vampiro.

   Dentro de la cabeza de Gaspar giraba un huracán imposible de controlar. El mundo era negro, blanco y gris, y ráfagas de ira espantada le helaban la mente, en franjas. Mientras trataba de enfocar la vista en el rostro de Astryd, notó cómo ella se tocaba la frente delicadamente con el índice y el anular de la mano izquierda, frunciendo el ceño y cerrando los ojos como si le doliera la cabeza.

– Yo no soy uno de los Primeros Señores.

– Moriste de muerte violenta después de practicar magia negra toda tu vida. Y cuando la sangre se fue de tu cuerpo, no pudiste dormirte. Y te quedaste.

   Gaspar trató de responderle, pero sólo podía emitir resuellos.

– Eres uno de los Malditos. Uno de Nosotros.

   Ella siguió fumando, mirando al parque y al suave oscilar de las hojas de los árboles bajo el viento y la lluvia cansina, perezosa. Seguía pareciendo que aquel paseo frente al planetario era para ella un descanso. Gaspar entendía lo que significaba un cansancio de la mente, y acaso en Europa ella no pudiera descansar. Gaspar había oído que en Europa los vampiros integraban cofradías.

– También pueden crearlas aquí en América, Gaspar. Serían bienvenidos –dijo Astryd. Había leído en la cabeza de Gaspar. Por un momento, él olvidó cerrar los Ojos.

– Todavía no sé de qué hablás – Gaspar buscaba enloquecido imágenes en su cabeza, pero lo único que recordaba después del último beso de Samira, era el dolor de los cuchillos y el sabor de su propia sangre inundándole el estómago y los pulmones. El tacto del barro maloliente y pringoso cediendo a sus manotazos desesperados, burlándose de su horror y escapando de él. Los ojos inhumanos del tal Gabriele escrutando su rostro. Y nada más, en mucho tiempo. No había vuelto a ver a aquellos hombres ni al extraño ser. Nunca más. Estaba seguro de que nunca había vuelto a ver a aquellos hombres.

– Hay unos pocos líderes en esta misma ciudad. Aquí tienen hasta su propia Manada – Astryd frunció la nariz en una mueca de asco y desprecio- Está el grupo del Cementerio, y hay dos o tres más en la periferia. Helena nos dijo que por aquí hay unos pocos Segundos Hijos que te siguen abiertamente, y otros que por lo menos no te atacan. Te seguirían más si revelaras tu origen, aunque seas un asesino de vampiros. Los Primeros Señores somos más fuertes y nos protegemos entre nosotros. Los Segundos Hijos saben las consecuencias de atacar a uno de los Primeros Señores. Y las consecuencias de la lealtad a uno de Nosotros.

– Estás loca. Quién te dijo todas esas pavadas. ¿De dónde viniste? Quiero saber de dónde saliste. ¡Sos una de esas escritoras taradas que fuman cualquier porquería y se inventan estupideces!

   Ella volvió a sonreírle dulcemente, y se inclinó para pisar la colilla agotada en el suelo. Sacó despacio otro cigarrillo y lo encendió. Dio una primera pitada ansiosa, como si los cinco minutos pasados sin nicotina le pesaran más que los milenios sin alma.

– En esta ciudad podrás estar seguro en adelante. Haremos borrón y cuenta nueva. Deja de asesinar vampiros. Tú y los tuyos. Tendríamos que ajusticiarte Nosotros mismos. Primeros Señores y Segundos Hijos, todos debemos lealtad a nuestra Casta. Necesitamos estar unidos. Te necesitamos. Es lo que vine a decirte. Debes parar. Queríamos recuperarte. Debes parar.

   Una nueva y blanca O se abrió paso en el resplandor de las luces artificiales que comenzaban a encenderse en el parque.

– Pasé a saludar. Vine de visita, como una vieja prima o una hermana viuda, que no has visto desde hace años, con un mensaje cariñoso y amistoso de tus hermanos mayores. Te extrañamos; tanto tiempo, ¿cómo estás? Piensa sólo eso.

   Otra O, mucho más pequeña; algo deforme por la nueva sonrisa de Astryd.

∞∞∞

– Joder, Gaspar. Qué pena tener que conocernos así. Quisiera haber encontrado otra forma, pero me has pillado desprevenida. No pensé que venía a abrirte los Ojos. Un despertar tan duro; no puede ser bueno. Ni es amable en una visita.

   La belleza de Astryd, perlada de redondos diamantes de lluvia, era magnífica bajo las luces amarillentas del planetario.

   No es que Gaspar hubiera encontrado el aliento que antes no tenía. Hacía rato que había dejado de respirar. Si su corazón aún latiera, también se hubiera detenido ya. Pero las palabras se le escapaban.

– No sé qué decir. Quiero que me dejen en paz. Que me dejen en paz. Yo no hago magia negra; yo soy cristiano, yo me confieso todos los domingos. Yo… no sé qué decir. Yo… soy un diablo y un asesino. Pero yo… No sé qué decir.

– Eres uno de los Malditos. No digas nada. Es una culpa diaria que nunca conseguirás purgar. Lo hecho, hecho está. Ni puedes entrar en el cielo, ni te has querido ir al infierno. Ni siquiera estás muerto. No estás vivo como para poder morirte.

   Ella sostuvo el cigarrillo a medio fumar y, levantándose el abrigo, se acercó a Gaspar en el banco. Se inclinó sobre él y le dio un beso en una mejilla, y después en la otra. Olía densamente a azahares y a rosas; era un perfume suave pero persistente, que mareaba un poco. Gaspar pensó en el acre olor a humo que siempre estaría impregnando a Astryd, pero entonces recordó que el olor a tumba era más difícil de disfrazar. Acaso ella usaba tanto perfume, y tanto cigarrillo, por las mismas razones que lo llevaban a él a usar demasiado whisky.

   Astryd volvió a incorporarse y le sonrió.

– Tal vez la culpa que sientes sea noble, Gaspar, pero no todos tenemos la necesidad de ser nobles.

   Lo había leído otra vez. Y tras su confesión de animal de presa, Astryd no añadió nada más. La jaqueca atenazante que apretaba su cerebro le gritaba que, por esa noche, Gaspar no absorbería más pasado. Tendría que descubrir el resto por sí mismo, si quería descubrirlo; ella tomaría una decisión ejecutiva en nombre de los Primeros Señores.

   Y de Gaspar. Si había algo que vampiros y humanos debían compartir, además de la sed de sangre, acaso era el conocimiento de que es mejor no saberlo todo.

   Astryd terminó su cigarrillo y volvió a pisar la colilla quemada con un taco de la bota.

– ¿Sabes que yo también estoy sintiendo un poco de culpa, después de todo? – su sonrisa se volvió, de repente, mucho más luminosa; algo casi imposible.

   Gaspar pensó que él ya no podría sonreír, pero la paz de la cara de ella era tan contagiosa que le devolvió el gesto.

– ¿Culpa por qué?

– Por este mal rato que te he dado. Helena me dijo que te gusta pasear por este lugar, y la verdad es que lo encuentro muy bonito. Y no hay gente. ¿Me permitirías invitarte a cenar en aquel lugarcito? Hablaremos de Europa.

   Astryd señaló al restaurante frente a ellos, del otro lado de la calle, pasando la fuente que borboteaba helada de agua de invierno. Gaspar volvió a sonreír.

– Me recordás a una persona entre los nuestros, a la que también le gusta comer comida de verdad. Sobre todo, de los bodegones.

– Eso no es un bodegón.

– Pero vamos a ir a cenar a un bodegón. Ahí en frente no hay comida que se pueda disfrutar.

– ¿Tendrán carlitos? –preguntó Astryd, arqueando las cejas con ilusión.

   Gaspar volvió a sonreír, esta vez sin desconcierto y sin amargura.

– ¿Escuchaste hablar de los carlitos?

– Dicen que son deliciosos.

– Más que los Carlitos de verdad –dijo él, y perdió la sonrisa en seguida, al notar que había hecho un chiste. Un chiste de vampiros.

   Pero Astryd se rió a carcajadas, y se le cayó al suelo el cigarrillo que había estado a punto de encender.

– Ugh, qué asco –dijo ella entonces, y sacó otro cigarrillo de la cartera, como si temiera la suciedad y las bacterias del cemento. Gaspar la vio encenderlo y esta vez no le hizo ningún chiste; tampoco sonrió. Pensó que, efectivamente, los viejos hábitos tardaban en morir. Más que los vampiros. Como ellos, pasaban de generación en generación, en su futilidad, en su intrascendencia, hasta esclavizar las mentes y los pueblos, a veces de maneras tan sutiles que se volvían peligrosas.

   Caminaron por Pellegrini, y después caminaron toda la noche.

   Y hablaron, hablaron y hablaron.

   De líneas aéreas y de nuevos restaurantes en París, y de cómo los peores lugares parecían reservados para los no-fumadores.

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(Fotografías de Pixabay)

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4 pensamientos en “La conversación

  1. Dr. Zaius

    ¡Buenísimo, donna Nadie! Con muchas revelaciones. Atrapante esto de los Señores y los 2º Hijos.
    Esto me gustó: “Dio una primera pitada ansiosa, como si los cinco minutos pasados sin nicotina le pesaran más que los milenios sin alma”. Ja!

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