Rana barroca

Acá está la historia de la princesa que te prometí… No me gusta dejarles a los lectores cosas picando. De la historia del castillo te cuento otro día.

frog-prince-1370022__180   Había una vez un sapo que heredó un castillo, pues por ley era el heredero universal de todos los bienes terrenos y sub-terrenos del último Duque en su no-posesión, y de no sé cuál Principado. Por alguna sórdida razón, un Rey había otorgado esta finca a los antepasados del último Duque, aunque nadie de esa Casa llegó nunca a vivir en el castillo. En efecto, nada más obtenido, el castillo fue hipotecado hasta el último murciélago piojoso del altillo, y a la mitad de esa misma noche los Duques se transportaron a algún lugar como Finlandia, me parece. Allí vivieron gastando plata que daba impresión hasta que, justo cuando se les terminaba el mango postrero y parecía que también la suerte en la ruleta, no sé cuál guerra extravió los papeles de las deudas. Entonces, el último Duque heredero, sin saber muy bien por qué y aún medio inconsciente, se encontró de súbito reclamando indignado sus bienes, todos, o lo que quedara después de que los abogados cobraran.

   Cuando por fin alguien consiguió hacer que entendiera lo que había pasado, el Duque testó a favor del último ser vivo que se encontrara cuando reclamara el castillo (con albaceas y todo), dejó las joyas de la familia (empeñadas desde antes de que hubiera familia) como regalo de bodas para cuando su heredero se casara, y después justo cuando planeaba salir para seguir gastando, le agarró un ataque y la palmó ahí mismo.

   Los rumores sobre la existencia del sapo los escucharon los albaceas designados por casualidad, en una posada, justo cuando la Corona ya le ponía los garfios encima al Principado otra vez, y de más está decir que dichos albaceas fueron y la pelearon a morir; para cuando el pleito acabó, el sapo no era el único ser sin pelos en la cabeza involucrado en la causa. Ganaron los albaceas. Ahora sólo tenían que encontrar a los legítimos descendientes del sapo y por lo tanto herederos, dado que el primer sapo se había muerto de viejo; qué suerte que en el cercano pueblo había sapos suficientes. Los albaceas hipotecaron las tierras seis veces y eso les dio para buscar un sapo de la familia durante diez años, que era más o menos cuando se vencía la prórroga que les hafrog-1539992__180bía dado el Rey para incorporarse definitivamente las propiedades, si es que aún le convenía. Ganaron los albaceas. Encontraron un sapo. Bueno, era una rana pero igual los sapos y las ranas se parecen.

   Con lo que no habían gastado de la plata de las hipotecas durante el largo juicio, los administradores reconstruyeron el castillo y hasta reflotaron las tierras de labor. Pusieron a la rana a dormir sobre un almohadón de terciopelo de oro, y la rodearon de tanto lujo que la hubieran vuelto hermosa y adorable aunque fuera de pus y mierda. Y cuando le añadieron el encanto adicional de las joyas de la familia (ya seriamente amenazadas por la duna de boletas de empeño), los albaceas le organizaron a la rana una larga fila de caballeros casaderos, que por mucho menos se hubieran cogido a la rana, a un canario, a una hormiga, a una ameba y a todo lo que se les ofreciera incluída la Primera Duquesa, asesinada por su esposo en el lecho luego de que éste despertara de una pesadilla, creyendo que aún soñaba y llegaba a lo peor. De hecho, los albaceas casaron a la rana.

   Fue cuando el Rey amenazó con reclamar todo dejándoles a los albaceas sólo una renta, puesto que como se veía, aún así nada le iba a faltar a aquella rana. A lo mejor, el Rey había advertido el poder que estaban incubando los caballeros albaceas, el ascendiente que adquirían entre los nobles y burgueses de su entorno, y la creciente popularidad de la rana multimillonaria, que era invitada de honor en las fiestas de todas las casas nobles, apareciendo en cada una lujosamente ataviada. Entonces, para el futuro bienestar y seguridad de su protegida, los albaceas dispusieron su boda con el hermano bastardo preferido del Rey, y muerto el perro se acabó la rabia.

frog-prince-1471940__180   El casamiento se celebró una hermosa mañana de Octubre y asistieron 1.057 invitados; el jolgorio duró una semana completa con juegos, cabalgatas, cacerías, partidos de polo y esas cosas. Se regalaron bellos trajes a los invitados y ellos por su parte obsequiaron oro, incienso, mirra, plata, tiaras de diamantes para la novia y caballos árabes engualdrapados de platino y rubíes para el novio, y en el banquete de bodas todos disfrutaron de todo, menos corteza de árbol y ranas, por deferencia hacia la novia. Luego, la feliz pareja pasó tres meses de luna de miel viajando alrededor del mundo en el Queen Mary II.

   Y así todos vivieron extraordinariamente dichosos, comiendo montones y montones de perdices. Pero un día, algo terrible sucedió: el alegre esposo devino un acongojado viudo. Sucedió que, bastante menos dotada de líquido que sus hermanas de mármol en el estanque frente al castillo [1], la joven esposa no había tenido más remedio que fenecer y dejar a su esposo solo, llorando su desconsuelo una helada y tormentosa madrugada de invierno; un día horrible. Al instante se llamó al obispo para administrar los últimos sacramentos, y los noventa y ocho sirvientes que conservaban el orden del castillo se aprestaron a organizar el refrigerio para los deudos. Veinte artesanos fueron contratados para erigir un panteón de mármol rosado en el centro del Jardín Japonés, que se consideró el más adecuado ya que había tanta agua y esos lindos puentecitos; para colocar al tope del monumento, se propuso vaciar en oro una efigie de la difunta esposa. Todo fue ejecutado frog-1477718__180antes de que se pusieran los croissants tibios sobre la mesa (más valía).

   Las solemnidades por el fallecimiento de la acaudalada heredera fueron como no recordaba haber visto en su vida la princesa más rica, más vieja y más envidiosa, ni como podía esperar tener cuando le llegara el turno a ella, por lo cual todas las princesas tenían un gran resentimiento y no sólo la más rica, vieja y envidiosa. O el Rey, aunque cabía pensar que esos bajos pensamientos no eran propios de la ilustre persona; el soberano incluso aportó los Lipizzanos coronados de plumas que llevaron la carroza fúnebre, y obsequió al afligido cónyuge sobreviviente un túmulo de piedras preciosas para adornar el diminuto ataúd, transportado sobre el mismo almohadón de terciopelo de oro que en vida sirvió de lecho a la núbil desposada, pobrecita.

   Y después todos siguieron viviendo extraordinariamente felices, pero desde luego las cosas habían cambiado para siempre, perdices o no. El retrato de la rana fue encargado a un pintor muy famoso de gran renombre, para rendir homenaje a los herederos de la Casa que había proporcionado al Principado la insigne heredera. Tal obra permaneció entre los príncipes durante muchos años para guardar así la querida memoria, la cual perduró apreciada en grado sumo y fue transmitida de generación en generación.

   Por lo menos mientras hubo cuadro.

El resto ya lo sabés. Casi todo.

[1] Reemplazadas desde la boda por angelitos por una cuestión de respeto.

(Fotografías de Pixabay. No creo poder hacer que el Doctor Zaïus se ponga a buscar un sapo para ponerle una pequeña coronita, y después sacarle una foto)

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4 pensamientos en “Rana barroca

  1. Dr. Zaius

    ¡Ah noble y corrugoso batracio! Has tenido tu propicio homenaje en la inagotable y refinada creatividad de la dama Nadie, madre de innúmeras criaturas de la imaginación. ¡Croac!

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