Las aventuras del Gran Rulemán Balde de Vello. Y el Doctor Zaïus. Y el Hombre Caniche. Y Mads Mikkelsen.

castle-1596367__180   No era un buen día en la ilustre morada del insigne Gran Rulemán Balde de Vello, quien esa jornada encontraba agudas dificultades a la hora de quitarle los pliegues a su magnífica capa de terciopelo, como así también para peinarla y colocar adecuadamente alrededor de sus hombros la esplendente cadena de oro donde reposaban, una a una y hechas a mano por el propio Rulemán, las nobles runas. Sería que los dioses le habían enviado aciagos sueños, y su tarea de transmitirlos al humano linaje se le hacía ingrata ese día. Además de que como mayordomo, era bastante inútil.

– ¡Esta situación pasa de castaño a oscuro! ¡Nadie sabe perfectamente que hace años que le pido un discípulo que me asista en mis agobiantes tareas! ¡No es poca cosa ocuparse de la voluntad de los dioses y la humanidad! Y encima estar adecuadamente ataviado; ya se sabe cómo son esos zanguangos que están todo el tiempo mangando dones y favores, como si uno no tuviera nada mejor que hacer. Un remiendo por acá, una puntada mal dada por allá, y ya uno sale en todas las revistas de chimentos al lado de los que tiran las runas como si fueran porotos truqueros.

   Así declamaba el Gran Rulemán en plena altisonancia, cuando de pronto tres sonoros golpes sacudieron las puertas de su mansión. A falta de un mayordomo que se ocupara de la indigna tarea, el Gran Rulemán se vio obligado a hacerse cargo de la inoportuna visita.

– ¿Y ustedes qué hacen acá? – increpó al Hombre Caniche y a Mads Mikkelsen, que sostenían cada uno una pequeña valija. Bueno, Mads Mikkelsen; el Hombre Caniche traía un platito para la comida y una cucha de mimbre con un almohadón.

– Y bueno, Don Rulemán, usted sabe que la mano viene fulera; acá Mads Mikkelsen no tiene problemas porque está esperando que empiece una película, pero yo, con esto de que cada dos por tres le empiezo a ladrar a los clientes… Vea nomás que tuve que venir ahora, porque hoy hay luna llena; ahora le puedo espantar a los gatos ésos que no lo dejan dormir de noche, y mañana usted agarra y me enseña a hacer las cosas de la casa y todo eso.

   El Gran Rulemán hizo un bollo con su arrugada y apelotonada capa de terciopelo y trató de echársela sobre los hombros, nada más que como estaba medio engrasada parecía más bien la mochila de algún croto, que además le alborotaba su maravilloso cabello. Al cual, en verdad, no le hubiera venido mal un baño de crema.

– ¡Pero qué dice, ignorante pelandustán! ¡Acaso no sabe con quién está hablando! ¿Nadie le dijo a usted qué clase de ayudante necesitaba yo? ¿Usted no está al tanto de que yo lo que necesito es un ser avezado en las oscuras artes de la magia, para continuar propalando los misterios del universo a lo largo y a lo ancho del orbe, y esclarecer en los ignorantes humanos todas las potencialidades que les han sido otorgadas para que se conviertan en reyes del cosmos?

– ¿Lo qué? Vea que yo cocino riquísimo –dijo el Hombre Caniche- Hago una lasaña que…

– Es verdad –dijo Mads Mikkelsen, con una mueca de apetito expectante, y las cejas alzadas.- Mejor apuresé, que el sol está cayendo y…

– ¿Alguien dijo lasagna? – dijo el Doctor Zaïus, apareciendo detrás de Mads Mikkelsen y el Hombre Caniche.

– ¡Por las sagradas leyes de Hermes Trismegisto! –exclamó el Gran Rulemán alzando ambos brazos al cielo, con lo cual la capa de terciopelo se le cayó al suelo, dejando al descubierto un pijama de plush decorado con elefantitos. Al darse cuenta, el Gran Rulemán volvió a elevar los brazos al cielo, rojo de vergüenza, y gritó:

– ¡Vean el oprobio al que exponen al Gran Ganesha, el tímido Dios Hindú de la prosperidad, con el cual he recubierto mi cuerpo para protegerlo de la malignidad de los hombres y ponerme mejor a su servicio!

– Pero Don Rulemán, ¿Ganesha no tiene cuerpo de hombre y cabeza de elefante? ¿Y sus ricos ropajes? ¿Ese del pijama no es el Elefante Trompita? – intervino el Doctor Zaïus, sesudo estudioso de toda clase de asuntos espirituales.

   El magnífico cabello del Gran Rulemán Balde de Vello se alzó en airadas puntas que perdieron todo su brillo, mientras sus ojos desorbitados parecían querer saltar sobre el insolente para devorarlo.

– ¿Qué clase de desharrapado ignorante me manda Nadie para retar mi incomparable sapiencia? ¿Yo le pido asistencia para salvar a la raza humana y rescatar lo poco que queda de su antigua sabiduría, y me manda un improvisado, un actor danés y un licántropo toy?

– Oiga, más respeto si quiere que el Hombre Caniche no se le empiece a comer las patas de los muebles cuando esté aburrido – dijo Mads Mikkelsen. – Además, ¿qué se cree que es Nadie? ¿Usted piensa que es fácil andar buscando individuos vestidos de terciopelo de la cabeza a los pies en pleno verano, y que usan tanto gel para el pelo que se tienen que hacer la raya al medio con un arado?

– ¡Cállese, imberbe comedor de hocico de alces! ¡Usted y esa muestra gratis de cánido van a empezar inmediatamente a ejecutar mis designios! Puesto que aquí fueron enviados para ponerse a mi servicio, eso precisamente es lo que van a hacer. Usted, Andrés Ríos Cuernavaca, prepáreme la bañera de inmediato con leche de burra, dos pinzas de escorpión, una cola de gato que haya sido capado y una tortuga. Viva, que nade, nada más. Es para jugar mientras me baño, que el hechizo dura tiempo y me aburro. Me volverá poderoso e invencible a cualquier enemigo. Usted, vikingo del subdesarrollo, vaya a poner el chicken-soup-1346310__180lavarropas, y ya que está ponga al fuego la olla más grande y adentro le vuelca dos tazas de arroz, media de aceite, dos cucharadas soperas de sal, una pata muslo de pollo, medio zapallo brasilero, y dos tazas de verduras para sopa.

– ¿Y eso para qué sirve?

– Para hacer el delicioso puchero de gallina, que debo beber antes de mi baño mágico, so torpe. ¡Vamos, ejecuten mis órdenes, antes de que las fuerzas siniestras hagan presa en el castillo!

   En efecto, alrededor del foso las criaturas de la noche comenzaban a arracimarse amenazadoramente. Si el puente levadizo hubiera estado bajo, una jauría de feroces lobos y otras bestias inidentificables se habrían precipitado dentro de la heredad, desmenuzando al Gran Rulemán Balde de Vello hasta reducirlo a fragmentos realmente pequeños, con gran contrariedad de su parte, con lo que le gusta estar presentable. Qué suerte que el hervor de los sucesivos menjunjes que el Rulemán había encargado era tan ruidoso y burbujeaba a tal frecuencia, que los rugidos y ladridos apenas se escuchaban, si bien, con la proximidad de la luna llena, el Hombre Caniche iba sintiéndose dominado por atávicos instintos y comenzaba a gruñir cada vez más fuerte, haciendo que Mads Mikkelsen se fuera a buscar una revista enrollada con la cual pudiera aplacar los nervios de todos.

   Finalmente, la gran mesa de palisandro dorado de la heredad estuvo dispuesta. El mantel de damasco de un llamativo  y esplendente color naranja, engalanaba con sus resplandores las  grandes fuentes de oro y plata colmadas de diversos y exóticos manjares (incluyendo el puchero de gallina, de preferencia exclusiva del Gran Rulemán, pero decorado con unas ramitas de perejil de un acendrado y brillante color verde primavera). Los dorados faisanes y los cerdos de crujiente piel competían en su maravilloso aspecto unos junto a otros, y las salseras de plata despedían su apetitoso y sin igual aroma como nubes de maravilla sobre los manjares con los cuales los hechiceros iban a deleitarse, preparándose para dominar el mundo.

   A tal punto llegó el éxito del festín, que, en contraste con su aspecto anterior, el Hombre Caniche, quiero decir, Andrés Ríos Cuernavaca, fue transformándose poco a poco en un alto, fornido y moreno doncel, capaz desde todo punto de vista de competir con un inquieto Mads Mikkelsen, que cada vez se iba poniendo más nervioso mientras contemplaba la piel de alabastro de Andrés Ríos Cuernavaca, sus sedosos rizos y pobladas cejas, sus firmes músculos que comenzaban a presionar la tela de los brazos de su camisa.

– ¡Ejem, ejem! –dijo Mads Mikkelsen, bastante nervioso- No sé qué tenía ese puchero de gallina, pero sepa que el papel de la película que me ofrecieron a mí era de Thor, el Rey de los Dioses, que a usted le saca por lo menos una cabeza. Así que no se agrande tanto, que para estrella de cine le falta. ¡Hombre Caniche! ¡Tramposo!

    En el salón comedor se hizo un silencio mortal. Jamás en los nobles aposentos se había proferido semejante desaguisado. La pared más grande del salón, en donde enseñoreaba la estancia un enorme retrato del Gran Rulemán Balde de Vello con adusta expresión, rodeado por un marco de oro macizo, pareció enfriarse de horror súbitamente y se cuarteó silenciosamente, como si ni a hacer ruido se atreviera.

– He de pedir satisfacción por sus ofensivas palabras retándolo a un duelo, aunque con sus insultos ha demostrado ser cualquier ser cosa, menos un caballero. Le intimo de inmediato a que nombre a sus padrinos.

– Muy bien –dijo Mads Mikkelsen- En este lugar no hay una mierda, así que nombro al cocinero y al tipo que le da de comer a los caballos.

– Y yo – dijo Andrés Ríos Cuernavaca- nombro al tipo que capa los carneros y al Gran Rulemán Balde de Bello, como el mejor testigo de las barbaridades que usted ha derramado sobre mi persona, cual si una avalancha de moco se tratara.

   Y entonces, todos se dieron vuelta a contemplar la cara que traían los testigos, que como eran sirvientes, se habían quedado detrás de los invitados para servir a sus necesitades. Pero en ese momento, echaron a faltar al Gran Rulemán Balde de Vello. En la cabecera de la mesa, moviendo la cola de lo más simpático y sin duda hambriento, un pequeño y lanudo caniche vestido con un pijama de elefantitos esperaba que le volvieran a llenar el plato de puchero de gallina, su manjar preferido, ya que aparentemente había perdido todo interés por el baño mágico que le otorgaba sus poderes. Horrorizado, Mads Mikkelsen se arrojó contra Andrés Ríos Cuernavaca, sin duda pretendiendo acabar con su existencia, habida cuenta de que para él ninguna duda había de que los manjares habían sido cambiados con aciago propósito. Mientras todos se agarraban de los pelos, los testigos-sirvientes se volvieron a la cocina, para esperar a que terminaran de romper todos los platos y ellos pudieran limpiar.

   Bueno, la verdad, la naturaleza humana no es tan bondadosa. Luego de que el Gran Rulemán Balde de Vello recuperara la forma humana, pasó un buen tiempo antes de que los sirvientes terminaran de reírse del atuendo de los elefantitos, y dejaran de recomendarle que trabajara más en el hechizo para volverse poderoso, que lo de los caniches no era lo suyo.

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   En cuanto a Andrés Ríos Cuernavaca, firmó contrato con la Twentieth Century Fox. Hasta el día de hoy, se llevan con Mads Mikkelsen que no se pueden ni ver.

(Fotos de Pixabay. El Gran Rulemán Balde de Vello rehusó absolutamente sacarse una foto vestido con el pijama de los elefantitos.)

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