Peregrinatio

Escribí este cuentito hace muchísimos años y lo retoqué después. Originalmente, trataba de recrear La metamorfosis de Kafka (sí, ya sé que a veces me paso de ambiciosa) y después vi, en un libro que me prestaron que no me acuerdo cómo se llama, que Harlan Ellison hizo lo mismo, lo cual me acomplejó bastante. Él, o Philip Dick. Te aviso para que, si conocés el cuento, me digas cómo se llama porque me muero por volver a leerlo. Te agradeceré profundamente, porque, ¡te juro que este es completamente original mío! El que te digo era de un tipo que se iba desarmando hasta que le quedaba solamente la cabeza, o algo así, paseando por todas partes… Éste es un poquito diferente.

man-272675__180          Desde el principio te das cuenta de que va a ser complicado sin cabeza. No mucho más de lo normal, sin embargo. Te podés poner el traje, aunque no tomar el café sin chorrearte. Podés ponerte los lentes, pero no evitar que se te caigan cuando transportás la cabeza bajo el brazo. Si el ómnibus va lleno, no podés mirar por la ventanilla durante el largo, largo viaje. Te aburrís. Y bueno. Te la aguantás. No te preocupás. Si te vas a preguntar el por qué de cada cosa en la vida, vas a terminar aburriéndote el doble. Esto es una cosa entre tantas. Por qué llueve. Por qué hay viento. Por qué se te cae la cabeza.

          Seguro lo peor va a ser el estudio. Siempre es lo peor.

– Che, Pérez, ¿qué te pasó? ¿Qué tenés?

– Se me cayó.

– ¡Perdió la cabeza! ¡Jua! ¡Pérez perdió la cabeza!

– Che, Pérez, te dijimos que te tomés vacaciones. ¿Cuánto hace que pasás de largo?

La AFIP, un papelón.

– Contador Pérez, amigo, ¿qué le ha sucedido?

– Se me cayó.

– Espere que no puede con esas boletas, ¿quiere que se la cuide un ratito?

Si pasás de ahí, los chicos son lo de menos.

– Dale, pa, un toque. Se la muestro al Facu un toque y vuelvo enseguida.

– No, no jodás, Fabián.

– Tío, ¿a mí sí me la prestás?

– No, pendejo, salí.

– Chicos, no peleen –sugiere Gloria, con los brazos extendidos, en un gesto de concordia universal, pontificia.

– Dale, tío, ¡mañana es el festival de magia!

Pero todavía tenés que cubrirte las espaldas. O la cabeza, más bien.corgi-1594302__180

– ¡Fido! ¡Salí de acá!

– Y bueno José, ¿cómo la vas a dejar en el suelo? Todavía es medio cachorro, no se acostumbra al patio.

Te parece que el sexo podría convertirse en la parte interesante. Podría ser más que interesante, pero tu mujer hace rato que dejó la curiosidad de la adolescencia. Cosas de la rutina. Pero tal vez así es mejor. En la mañana no hay que explicar ningún ojo negro por una caída de la mesita de luz, complicada por una tachuela clavada en la mejilla, al rodar la cabeza debajo de la cama. Eso es bueno, te decís, aunque pensás en ciertas variaciones sobre el tema, que harían del ritual de propagación de la especie algo sumamente artístico. “Dios le da pan al que no tiene dientes”, podrías opinar, de no ser porque no querés pasar por resentido o por degenerado. Y no insistís. Ni una vez.

Lavarte los dientes es un infierno. Un proceso largo y sucio, y sin el cepillo adecuado, doloroso. Para no hablar de las arcadas cuando limpiás las muelas del juicio.

El problema se torna un poco desalentador.

– ¿Cómo fue, Josecito?

– Me agaché para ver el horno.

– ¿Por qué no tratás de nuevo? Dame; a lo mejor se queda.

Llenar las bolsitas de hielo para los chichones te agobia tanto, que te dan ganas de dejar la cabeza en el colectivo.

– ¡Qué se yo adónde fuiste! Nada más dejaste la cabeza arriba de la mesa y dijiste que no te querías lavar el pelo.

Sí, es duro no tener la cabeza bien puesta.

Terminás acostumbrándote. Tanto, que una mañana de domingo te acomodás la cabeza sobre los hombros por costumbre nada más, y pegás un grito de pánico porque no te diste cuenta de lo que hacías. Y apretás las manos contra las orejas para evitar un moretón extra, con los ojos hechos un nudo, los dientes apretados, sin darte cuenta de que la cabeza no se cae.

De repente la notás firme entre las palmas, y volvés a abrir los párpados hinchados y lagañosos. Y sonreís. Girás el cuello hacia la izquierda, para ver a Fabi que corre a la cocina a avisarle a Gloria; después lo girás hacia la derecha, para recibir mejor el aire fresco que viene del tragaluz, directamente hacia tu cara caliente y enrojecida. Y luego mirás hacia arriba para apreciar las manchas de humedad del techo.

creation-of-man-1159966__180Y sos Miguel Ángel contemplando las obras terminadas de la capilla Sixtina.

Sí, aquello se ve como la Capilla Sixtina; todo el verde con ocre, el azul con blanco tiza al tope de los ojos, con el acompañamiento del crujido bendito de las vértebras. Cuánto sol. Es bueno ésto. Es algo muy bueno. Y una vez más, como con tantas otras cosas de la vida, no te hacés ninguna pregunta. Sería tan aburrido. Tan inútil. Simplemente, se terminó.

Claro que, como suele decirse, la felicidad perfecta no existe. Es un refrán de mierda, pero probablemente sea el único que no tiene otro refrán en contra. Lo descubrís en la primera oportunidad que haya, después de cualquier instante perfecto de la vida. Por ejemplo, al sentarte a la mesa del desayuno, con una sonrisa blanca y maravillosa, sosteniendo alto la taza favorita como Zeus portando el rayo, por primera vez en tres semanas.

Ni siquiera llegás a besar a Gloria sin sostenerte el cogote. Parece que la vida está compuesta de breves alegrías.

Tu mujer está de espaldas a la mesa, poniendo las tostadas en un plato, su pensamiento seguramente ajeno a tales reflexiones o a cualquier otra por el estilo. Acaso medio dormida. Y de repente grita.

– ¡Fabi, te voy a reventar! ¡Las tazas del juego nuevo! – exclama, al oír el estrépito. Y se da vuelta. -Pero… ¡José!

Y te mira, con la boca abierta, los ojos mucho más abiertos. Y tu sonrisa empequeñece, como poniendo el punto final de algún comentario que quieras hacer. Aunque no querés hacer ningún comentario.  ¿Qué podés decir?

– ¿Otra vez?

Tu sonrisa se desvanece y el silencio se expande, como una esfera de luz blanca y resplandeciente que flota sobre la mesa. Casi un hongo nuclear.  Por fortuna, Gloria tiene reflejos rápidos.

– ¡Fabián, agarrá al perro! ¡Si se lleva la mano a la cucha cagamos!

Y vos sabés, lo sabés muy bien, que no se trata sólo del principio, como dicen en los libros. Sabés que nada más se trata de algo que sigue. Y sigue.  Y sigue.

Perdiste la mano. Y bueno.

 

(Imágenes de Pixabay. ¡Resulta difícil conseguir fotos de un tipo con la cabeza bajo el brazo!)

 

 

 

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