El basilisco

frontal-lobe-basilisk-1273591__180   Había una vez una mujer que vivía muy sola y muy triste. Tanto, que decidió tener una mascota. Compró un basilisco. Fue un error. Suerte que lo descubrió a tiempo; en realidad ella no sabía bien lo que era un basilisco, gracias a un vendedor muy malintencionado. Se dio cuenta de lo que pasaba cuando sacó al bicho de la caja y lo dejó en el patio que daba a la calle, mientras ella baldeaba la cocina y esas cosas. Para cuando volvió a buscarlo, vio a Doña Carola desparramada en el suelo con una bolsa del supermercado y a Doña Agustina precipitándose del balcón, luego de asomarse a mirar al bicho. Entonces la mujer intuyó que tenía un problema. Lo confirmó cuando el Bobi se acercó a olerlo y el bicho lo miró, y el Bobi quedó con la cola dura y las cuatro patas apuntando al Norte.

   La mujer le había dejado a su mascota comida que consideró adecuada en el patio, y eso le garantizaba su cariño incondicional, creía. Él la buscaba. Venía hacia ella oliendo el aire con esa lengua negra y finita, como la de las víboras, y la mujer reptó por la cocina, también como las víboras, sobre su panza blanca y fofa, casi como la de las víboras. La mujer se dirigía al patio trasero y, si Dios era bueno, el bicho no la vería. Planeaba la manera de darle un chichonazo para devolverlo a la veterinaria; con razón lo había pagado tan barato.

basilisk-1296543__180   La mujer llegó al patio de atrás rápidamente y se internó entre las matas de alhelíes, escondiéndose para pensar. Se llenó de hormigas y de escarabajos, y de savia de los tallos reventados. No le importaba. Arrastraba la caja negra (vendedor hijo de puta) donde había traído al basilisco. Llevaba, también, sus lentes de sol. ¿Servirían los lentes de sol para neutralizarlo? “No, iguana no tengo. ¿Por qué no lleva este basilisco, que es parecido? Son parientes y come menos”. Vendedor hijo de puta, mirándola a los ojos, hijo de puta, por qué no miraba al basilisco.

   La mujer estuvo muy a punto de caer fulminada cuando se decidió a espiar por sobre el escalón que daba a la cocina, porque el bicho estaba asomando la cresta por la puerta principal, en línea recta al lomo resquebrajado de la mujer, y ella tuvo que pegarse a la tierra como un bajorrelieve, aspirando horribles granos de polen y observando muy de cerca tiernos ciempiés que se entretenían en explorar sus labios y su nariz. La mujer consiguió su propósito. El basilisco no la vio. Cuando ella juntó coraje y volvió a asomar la cabeza, él había desaparecido del vano de la puerta; habría entrado en la casa para descansar en algún rincón de esa morada repentinamente odiosa. La mujer siguió esperando convertida en lagartija, rehusando pararse por ignorar si un cuerpo a tierra sería lo suficientemente rápido para salvarle la vida, en caso de aparecer el basilisco. Pero éste no volvió a dejarse ver, y la mujer se preguntó de cuánto tiempo dispondría antes de ver asomarse por la puerta del patio aquellos ojos horrorosos, y transformarse en abono.

   La mujer tanteó el escalón y asomó la cabeza a su cocina, casi oliendo el aire para ubicarse, igual que el basilisco. La verdad, moviéndose así se le parecía, vendedor desgraciado. La caja era grande y hacía un ruidito siseante cuando la empujaba; ojalá la mujer no hubiera tenido que alejarse tan rápido, ojalá se hubiera dado cuenta de poner la caja abierta contra la puerta del frente, para que el bicho al seguirla entrara directo ahí. La mujer no volvió a pensar; se paró de golpe y caminó a través de la casa proponiéndose agarrar al basilisco como quien caza una mosca. Empezó a investigar cada rincón oscuro, lo cual era muy loco y muy imprudente porque el ojo es más rápido que la mano. El bicho estaba acurrucado junto al inodoro. Se había convertido en un bollito de escamas amarillentas y parecía una hermosa cartera que poseyera la facultad de respirar. Dormía. Sus grandes párpados estaban plegados sobre las pupilas mortales y a la mujer le dio mucha ternura. Trató de no lastimarlo cuando puso la caja sobre él y la movió para hacerlo caminar sobre la tapa.

   Cuando la mujer se abrió paso entre las jaulas de loros, conejos y hámsters, en la veterinaria sólo estaba el empleado que le había vendido el basilisco. Ni la miró cuando ella depositó la caja junto a su “Playboy”. La mujer carraspeó suavemente.

– ¿Qué pasa?

– Este bicho mata a los vecinos.

– ¿Cómo?

– Este bicho mata a los vecinos con la mirada.

El tipo cerró la revista.

– ¿Ah, sí? No me diga.

– Sí te digo.

– Y bueno, no hay prenda que no se parezca al dueño- dijo él.

La mujer estuvo a punto de destapar la caja, pero se controló.

– Sos un grosero. Decime, ¿vos me vendiste esto porque te quedó de clavo, porque te cagaron a vos, o alguien te pagó para cagarme a mí?

Él no le respondió.

– Vos me vendiste esto para burlarte de mí. Porque te doy risa; a vos te gusta reírte de la gente. Contestá.

– Rajá de acá, loca- dijo el vendedor.

– Hijo de puta- respondió la mujer, y ya no se controló en absoluto. – ¿Lo decís por esto?

   La mujer alzó la mano que había mantenido baja durante años y se arrancó la bolsa de papel de la cabeza. Las serpientes sisearon gozosamente y ella soltó el lazo que las sujetaba; todas cayeron sobre su espalda y le acariciaron la cintura, disfrutando de ese bello aire puro.

– Te dejo el basilisco – le informó la mujer al vendedor, cuya piel de mármol tornasolado exhibía un rosado demasiado bello para él – Hasta luego. Creo que este trabajo no es para vos, así que si querés uno nuevo avisame; unos pibes me rompieron el angelito de la fuente.

 

(Fotos de Pixabay. Ojalá disfrutes los mitos griegos; a mí me encanta jugar con ellos)

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2 pensamientos en “El basilisco

  1. Dr. Zaius

    “Vendedor hijo de puta, mirándola a los ojos, hijo de puta, por qué no miraba al basilisco” ¡JA!
    ¡Qué bueno! Y antes del final, yo me venía preguntando quién ganaría en una competencia entre un basilisco y Medusa. Linda sorpresa.

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