Lucas en Capadocia

sunset-1618257__180   Eran las primeras horas de su paseo del domingo, y a Gaspar le faltaba mucho para irse a la cama; no tenía ni un poquito de ganas todavía. Lo de irse a dormir era una necesidad, como cuando se está pasando un día formidable pero hay que terminarlo porque a la mañana siguiente se debe madrugar para el trabajo. Gaspar no madrugaba, pero tenía días así. Raras veces formidables, pero sí días que se alargaban, que se resistían a dejarlo ir. Astryd había vuelto a Europa el día anterior después de un beso y una promesa, y esa noche sería larga.

   Eran los últimos días del invierno o los que anunciaban la primavera. Las tardes eran soleadas y cálidas, a veces ventosas, pero con esas ráfagas parecidas a los arrebatos de juventud y casi tibias, casi con ganas. Las noches, todavía lejos del sol, se volvían frías. Eran los días en los que Gaspar salía a la calle cuando las sombras ya se arrastraban detrás de la gente largas como susurros, perezosas como las lágrimas de los viejos, que ya se han cansado de llorar. Pero Gaspar no pensaba en lágrimas. Caminaba de espaldas al sol débil, desvaneciente, y disfrutaba, recordando el sabor del ouzo y de las manzanas, y de las olivas grandes y jugosas, tibias bajo la furia naranja del mediodía. Hacía muchos años que Gaspar no pensaba en la muerte.

   No sabía en qué pensaba Lucas, como siempre, pero su figura fue lo primero que vio cuando cruzó la calle hacia la plaza López. Lucas estaba sentado en el primer banco de madera, junto al puesto de flores, aún abierto, y tenía la mirada perdida en las nubes rosadas. O en las ventanas altas de los edificios de enfrente. O simplemente el pasado. Un pasado tan lejano que los nombres y los lugares se habrían perdido; incluso, tratándose de Lucas, también el sabor de los higos y las aceitunas, y su tacto tibio como los pechos de las mujeres.

dia-1035834__180   Le regaló una naranja la primera noche que Gaspar pasó en Rosario, escondido entre los árboles del puerto, asustado, hambriento y con frío. Jamás se le había ocurrido hacerle una sola pregunta para saber sobre él. Lucas era esa clase de persona. O no persona.

   Tenía un cigarrillo en la mano y pitaba lentamente. Nicotina. Tabaco normal.

– ¿Ya se fue? –preguntó a Gaspar. Lucas sí era de hacer preguntas; muchas preguntas, de hecho, pero la gente le contestaba porque era Lucas. Y Lucas era como el viento o las nubes, o las hojas secas de los árboles que vuelven hermosas las veredas, pero hoy están, y mañana no. Uno hablaba con Lucas porque se sentía solo.

– Sí. Esta mañana.

– ¿La acompañaste a Fisherton?

– Sí.

– La vas a extrañar.

– Es una mina interesante. Una persona culta.

– Una de los tuyos.

Uno no se enojaba con Lucas. Era imposible.

– Dejá de bardearme. Por qué no te dejás de romper las pelotas con esas estupideces.

– Mi Señor; deje que abrace sus rodillas.

– Te voy a voltear los dientes de una trompada.

Lucas aplastó el cigarrillo en el suelo, con una mueca de disgusto.

– No sé para qué me puse a fumar esa mierda, con el olor del carajo que tiene.

– Era lo único que no habías fumado.

– Oh, Sire, por favor perdone mis debilidades.

– Ya te dije que la cortés con esas taradeces.

Lucas estaba al tanto de cuándo era oportuno terminar con las taradeces.

– Vos sabés que es cierto. Todo lo que ella te dijo.

– Yo no sé una mierda. Vino esa mina y dijo una sarta de pavadas, y ahora todos me miran con la misma cara de culo de siempre, pero encima me saludan como si fuéramos compadres. Astryd está loca si piensa que me voy a poner a joder con esos tipos. Yo soy uno más. Uno que quiere vivir tranquilo. O estar tranquilo. Me voy a ir de Rosario.

   Cuando era necesario, siempre repentinamente, Lucas era sanguinario y despiadado, y podía arrancar un corazón usando nada más que la lengua. Se le daba bien, como a algunas personas les salía cualquier plato delicado aunque fuera la primera vez que lo intentaban, u otras podían plantar una semilla y siempre brotaban por raras que fueran.

– Sí; andate a Buenos Aires o a Córdoba o a Santiago del Estero. Podés poner un consultorio o decir que sos el Chupacabra; te vas a llenar de guita, sobre todo si ofrecés ataduras, convocatorias, y todo ese tipo de mierdas que hacías antes. O mejor, te hacés el boludo como ahora y cada tanto te comés un diariero o una puta, o uno de la Manada. Esos que se creen superiores, como vos, pero son unos inútiles que nada más sirven para romper todo. Le harías un favor al mundo, como a vos te gusta, y de paso te mandás la pasión porque no tenés huevos para venir a sentarte a la plaza a mediodía, y quedarte hasta que se termine de una vez.

   Si no hubiera sido Lucas, Gaspar habría hecho con él mucho más que congelarlo con una mirada de astillas de hielo y trozos de hierro, de esos que flotan perdidos en el espacio.

– No, Lucas; voy a hacer como vos; me voy a inutilizar dándome con todo lo que encuentre por el camino, así hago lo mismo pero ni me entero. Ni hago nada. Ni me acuerdo de cómo carajo me paré del suelo y me comí un cristiano de una sola sentada. Ni me importa, ni ese ni el próximo.

– Pero qué chistoso que sos, Gasparcito; eso es lo que vos conseguís y ni necesitás un gramito de nada. Ves que te estaba subestimando, si sos para la mierda mejor que yo.

– Mejor cortala acá, Lucas. No sé qué te pasa. Nunca supe muy bien si somos amigos o no somos, pero no quiero averiguar ahora. No es el momento. No sé qué querés, pero encontrá otra forma o cortala. No estoy de humor.

– Para vos nunca es el momento. No entendés. Te vinieron a buscar, ¿sabés? Te vinieron a buscar. Todos los vampiros de Rosario te odian. Tenés tres seguidores. La Manada entera te la tiene jurada. Y los Primeros Señores vienen y te ponen una coronita. Estamos todos jodidos, y vos con corbatita de seda.

– De qué carajo hablás, tarado. ¿Vos sabés lo que es ser un Maldito?

– Sí; un Maldito es un hijo de puta tan jodido que ni necesitó pactar para convertirse en un no-muerto. Todos los demás estamos acá, por gusto a veces, pero necesitamos a otro para que nos dé la bienvenida. Ustedes salieron directamente del Infierno. No necesitan a nadie. Aparecen entre los nichos del cementerio o los árboles podridos, y muerden o liquidan con magia negra, y después muerden al zombi esclavo hasta que se aburren. Se pasean de día y nos leen a todos; si tienen ganas nos joden también. Nos ponen adelante cuando la Manada los ataca por degenerados, y ellos nos matan cada vez que consiguen acorralar alguno para arrancarnos las tripas en vida, aunque después ustedes los busquen y se los coman vivos a ellos hasta el último del grupo. Nadie sabe qué son los Primeros Señores. Sólo sabemos que tienen miles de años por delante, y ninguna cuenta que rendir a nadie. Es lo que sabemos todos.

   Gaspar se llevó las manos a la cabeza y metió los dedos entre el pelo, agarrando con fuerza, con desesperación; de conservar el color del rostro lo habría perdido.

– ¡De qué carajo me estás hablando! Me mordieron y me morí. No me acuerdo; y qué si no me acuerdo. No sé por qué me largás todo esto ahora. No sé que querés que te diga; me hablás como si yo tuviera la culpa de algo, mugriento de mierda, o como si tuviera que arreglar yo las cagadas de quién sabe quién, y por qué. Yo – no sé – nada. Yo – no pienso – nada.

   La mirada de Lucas volvió a perderse frente a él. La última luz se había perdido y ahora las nubes eran blancas y grises, y todas las ventanas del edificio de enfrente estaban iluminadas. Acaso Lucas contaba las ventanas; acaso admiraba el revoloteo de los murciélagos que empezaban a salir para comer. Acaso, después de todo, Lucas estaba recordando una tarde de playa y metaxá, o el sabor de las hojas de parra rellenas de arroz. Una tarde de la antigua tierra.

– Treinta años que te conozco, aparece una loca de ninguna parte, y me venís con cosas de las que no tengo ni idea. No sé de qué me estás acusando. No sé qué querés. Ni sabía que estabas tan al tanto de todas esas mierdas raras; no creo que vos sepas ni de dónde viniste.

– Vine de Capadocia, como vos.

   Gaspar lo miró, sin entender. La información concreta siempre era una preciosa rareza en labios de Lucas. Él seguía mirando hacia adelante,

– Vine de Capadocia. Antes vivía en Cerdeña, pero nosotros nos conocemos de Capadocia.

   Lucas giró la cabeza hacia Gaspar y le sonrió. Le sonrió dulcemente.

– Ella también. En aquella época no se llamaba Astryd, claro.

   Lucas siguió sonriendo, pero Gaspar había perdido el interés en la hermenéutica de Lucas. Se levantó para irse, o lo intentó. Se cayó sentado de vuelta en el banco, a salvo, parecía, pero Gaspar sabía que ese banco se había vuelto lo más peligroso del universo para él. La cara de Lucas empezó a oscilar y a nublarse, sin perder la sonrisa entre gris y sepia. Sin perder la bondad y la simpatía, y la compasión. Entonces, el zumbido de los oídos comenzó. Y la cara de Lucas empezó a recorrer años y años hacia Gaspar, hacia el presente de Gaspar.

   Él despertó en los brazos de Lucas, y los brazos de Lucas eran duros y fríos como la madera. También los dedos helados que le golpeteaban las mejillas con suavidad, pero con autoridad, y las baldosas del suelo bajo su cuerpo, llenas de sombras de la gente que pasaba casi corriendo junto a los dos potenciales drogones sentados en el piso.

– Vamos, boludo, que parecemos dos putos y no estamos en la zona que corresponde. Gaspar, dale. Despertate, vamos. Manolo es otro de los que te dijo que no te metas en más despelotes. Va a venir la cana, Gaspar. Parate.

   Gaspar se sacudió y echó a Lucas para atrás con un manotazo, todavía mareado.

– Rajá de acá. Entregador. Pajero.

– No te podés levantar, Gaspar.

– Andate.

– Vos primero. A mi me largan en una celda y me sueltan mañana a las ocho, cuando Anselmo entra a trabajar a la panadería y me va a buscar. El pucho era para sacarme el gusto de una grapa horrible que me regaló, pero fue peor el remedio que la enfermedad. Lo voy a hacer sentir culpable. Está todo bien.

– No sé cómo tenés cara para hablar todavía. Oliéndome el culo de Europa hasta acá como uno de la Manada. Mandándote la parte. Otra historia, otro corte de pelo. Hijo de puta.

   De no haber estado sentado en el suelo, Lucas pudo haberse caído de la risa.

– ¡Ja ja, Flaco! Ni aunque fuera puto te entro a vos; te juro, no sos mi tipo. Yo no te buscaba; fue una casualidad. Una curiosidad del mundo, del destino, de todas esas cosas de las que te gusta hablar al pedo a vos.

– Y te lo guardaste treinta años.

– Treinta años no… un poco más. Nos cruzamos una vez, en Francia. Pero yo andaba disfrazado, traficando opio. Fue poco tiempo. No te podés acordar. No sé tampoco cómo te acordás de aquella vez cuando te encontré. Si fue una sola vez.

   Lucas seguía sonriendo. Demasiado borracho para levantarse; ahora Gaspar podía darse cuenta. Tal vez. Tal vez Lucas estaba demasiado borracho.

– ¿Y a vos quién te mordió, Lucas? O sea, Gabriele…

   La sonrisa de Lucas volvió a adquirir el ritmo de una carcajada, pero baja, apagada. Fue como la contracción de la supernova a la enana blanca, tan mortecina, tan triste, tan entrañable.

– ¿Sabés que no me acuerdo?

   Gaspar le creyó.

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Este cuento está dedicado a mi abuela, que nació el lunes 22, cuando comencé este cuento, a Alma Maritano, cuya participación en el Taller Literario Jorge Riestra en el año 1993 marcó mi vida, y a mí misma, que cumplo otra vuelta alrededor del Sol el día de hoy, que terminé este cuento. Bueno, y como dije en Twitter, al señor Polidori, que murió por estas fechas y a quien también le gustaban los cuentos de vampiros. Yo soy la única que conserva existencia terrena, pero para contar, alcanza.

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