El Gran Rulemán Balde de Vello en el planeta Rosquita. Con los monjes tibetanos. Y su aprendiz el Doctor Zaïus. Y Mads Mikkelsen.

19enmkg3rqsirjpg   Anochecía en el planeta Rosquita, férreamente dirigido por el Gran Rulemán Balde de Vello, y nada podía haber ofuscado más al ilustre personaje. Salvo por su nuevo ayudante, el Doctor Zaïus. Y Mads Mikkelsen. Mads Mikkelsen estaba sentado en un enorme sillón de terciopelo azul con cordoncitos dorados y tejía una mañanita de color celeste para poner en la cucha del Hombre Caniche.

– Oiga, mi taciturno amigo nórdico, ¿no podría ser de más utilidad? Considerando su ascendencia, podría estar auxiliándome en mi servicio de las nobles runas, en lugar de perder el tiempo en labores mujeriles, destinadas a licántropos toy que se dedican al mundo del espectáculo – reprochó el Gran Rulemán, quien por su parte llevaba en una mano un zoquete con una enorme bola de hilo blanco, producto de su poca pericia con la aguja cazadora de agujeros, que sin ser negros, se demostraban capaces de incordiar a la materia en grado sumo.

   Mads Mikkelsen, que lo cazó al vuelo, replicó, con el índice de la mano derecha en alto y la brillante aguja de crochet apuntando acusadoramente al Gran Rulemán, como el martillo Mjolnïr:

– Si tiene papas en las medias se las puede coser usted, que pronto es luna llena y tengo que viajar a Estados Unidos. Eugenio Ríos Cuernavaca ya no quiere que lo llamen el Hombre Caniche, y tampoco quiere pasar la noche de luna llena sobre nada que no sea cachemira natural tejida a mano. Ya me puse nervioso mirando las efemérides astronómicas en el calendario, para la noche de los Oscar. Quiero saber qué voy a hacer si cae en luna llena.

– ¡Pero esto es el colmo! – exclamó el Gran Rulemán, con enloquecidos molinetes de brazos que arrugaron sus brillantes mangas de terciopelo y despeinaron su maravilloso cabello- Nadie se está pasando de la raya poniéndome en este planeta extraño; mi nuevo ayudante no llega y yo no sé planchar, y tampoco tengo a nadie para probar mis hechizos mágicos, y el único que está ahí, apoltronado como mi tía Jesusa, es usted, quien en apariencia sólo está interesado en consentir a un cánido pulguiento del tamaño de un llavero.

   Mads Mikkelsen frunció los labios en un nostálgico puchero.

– Siempre ladraba y me hacía fiestas cuando yo le traía el caracú de lo de Alberto.

– ¡Por última vez! ¡Alberto es caro y lo único que tiene de bueno es la pulpa picada!

– También le gustaban las hamburguesas caseras de pulpa picada.

– ¡Bueno, basta! – declamó el Gran Rulemán con un teatral ademán que elevó sus dedos abiertos al cielo. – Esta situación ha de terminar ahora mismo. Nadie puede creer que porque el cuento lo escribe ella se puede salir con la suya, pero ya va a ver cuántos pares son treinta runas.

– Son quince pares.

   El gran Rulemán bajó las comisuras de sus labios y frunció el ceño en un olímpico ademán de desprecio, midiendo con la mirada a Mads Mikkelsen, que seguía tejiendo la mañanita, mientras oía las campanadas que anunciaban la llegada de una visita a la lóbrega mansión en donde el Gran Rulemán se disponía a recrear sus esotéricas artes. Como Mads Mikkelsen parecía particularmente concentrado en la iridiscente imagen de un huesito de lana que estaba concluyendo, el Gran Rulemán, víctima de la más cruel humillación, tuvo que ir a abrir la puerta él mismo.

– ¿Usted qué quiere? – le expectoró al Doctor Zaïus directamente en la cara, mientras aquel depositaba en el suelo su enorme valija, y se sacudía las solapas de su siete octavos negro, ya que era obvio que en el planeta Rosquita se había desencadenado una tempestad.

– Yo soy su ayudante – le respondió el Doctor Zaïus.- Nadie hizo lo posible para encontrar a algún ayudante apto, pero lo más cerca que se topó fue doña Ofelia, que de joven tiraba el cuerito y curaba el mal de ojo. Y no la dejan salir porque se olvida de tomar la medicación. A mí sí me dejan salir.

– ¡Pero está visto que los sabios nos encontramos siempre solos a la hora de cultivar nuestros dones para bien de la humanidad! ¡Es como si Loki tuviera un salvoconducto para entrar a sembrar la discordia en este mundo cada vez que se le antoja!

– Loki ahora está haciendo otra película de superhéroes, pero otra vez no le dejan hacer de él mismo y en su lugar pusieron al Hombre Caniche, y los dos están que cada vez que se encuentran se agarran de los pelos.

– No le diga Hombre Caniche –intervino Mads Mikkelsen.

– ¿Me puede decir cuáles son mis tareas? –preguntó el Doctor Zaïus de lo más aplicado, secándose las cejas con un delicado pañuelo de lino y tratando de contemplar su peinado en el enorme espejo de marco dorado del comedor, distante a lo lejos.

– Primero entre, que me está poniendo toda la alfombra como si fuera un perro mojado.

   Mads Mikkelsen se enjugó el ojo derecho disimuladamente.

– Ahora, tiene que sentarse en la estación meteorológica que está en el altillo, porque Nadie ignora totalmente las propiedades de este complicado e intrigante mundo, del que dudo que sea en absoluto apto para la magia. Por mi parte, le he concedido el don de la existencia simbólica, otorgándole un nombre. Lo he denominado el planeta Rosquita, en razón de su forma. Usted encárguese del resto –ordenó el Gran Rulemán con regio e indiferente gesto, a la vez que dirigía la vista al techo, como si tratara de contar los cristales de la hermosa araña de cristal.

fractal-1537391__180– Vea don Rulemán que me parece que está equivocado –opinó el Doctor Zaïus, en su afán de demostrar que su elección como ayudante había sido acertada.- El término adecuado para definir la forma de este planeta es el de toroide, fenómeno altamente imposible en la naturaleza, pero sin embargo aceptable, según las leyes de la física, tal como ha descubierto alguien absurdamente sobrepagado con una buena dosis de cerveza y mucho tiempo libre. Aunque según se piensa, un planeta con forma de toroide sería de efímera duración, en razón de la fuerza centrífuga que acabaría destruyéndolo. Sin duda Nadie quedó hipnotizada por tal concepto, por lo cual nos ha puesto aquí a ambos, a fin de que desentrañemos esta aguda cuestión. Lástima que no tenga ni idea de la física y no haya entendido bien el artículo en inglés; vea que acá llueve de costado y estoy que parezco una bolsa de agua caliente gigante. Registraré tal hecho como mi primera observación científica.

   Y el Doctor Zaïus levantó ambos brazos, produciendo dos generosas cataratas de agua grisácea emergentes de sus puños como si fuera el angelito de una fuente, empapando de inmediato la alfombra tejida a mano del Gran Rulemán Balde de Vello, obra de Mads Mikkelsen un día que no tenía nada que hacer.

– ¡Pero quitesé el abrigo, hombre, que me está inundando el foyer! ¡Adónde cree que vino! Usted está demasiado acostumbrado a los modos de Nadie, esa profanadora de mitologías y teorías científicas; esa tergiversadora de las verdades universales; esa fabricante de menjunjes indigestos que usted engulle como un jabalí bulímico.

– ¿Ve? –repuso el Doctor Zaïus juiciosamente- por cosas como ésta es que no había manera de encontrar un ayudante para usted. Seguramente, tampoco estará contento con el planeta Rosquita, después de quejarse del otro planeta que Nadie creó especialmente en su beneficio.

– ¡PUSO LA PARTE POBLADA DEL PLANETA ROSQUITA DEL LADO QUE NO DA EL SOL! La única forma de ver el Astro Rey es viajando hacia el agujero, adonde soplan vientos de trescientos kilómetros por hora, o hacia el borde de afuera, donde además vuelan aerolitos del tamaño de una casa rodante.

– No hay nada que le venga bien –terció Mads Mikkelsen desde su sillón, haciendo un nudito para terminar la mañanita que tejía-. Si se sigue haciendo esa fama de problemático… – y cortó el hilo de cachemira con una tijerita. Dobló la mañanita prolijamente y la puso dentro de su cesta de mimbre, junto con la aguja de crochet y el ovillito de lana sobrante. Después se cruzó de brazos moviendo la cabeza con negativo ademán y los labios fruncidos reprobadoramente.

– Con el trabajo que se tomó Nadie… tampoco le gustaba Liza – respondió el Doctor Zaïus, levantando una ceja en dirección al sillón.

– Ni Eugenio Ríos Cuernavaca – retrucó Mads Mikkelsen.

– Seguro ni se lleva bien con los vecinos – arriesgó el Doctor Zaïus.

– ¡Son monjes tibetanos! – se indignó el Gran Rulemán, levantando su regio índice en el aire -. Contrariamente a mi sabio ecumenismo, sólo sostienen un cuerpo de creencias. Aún así, he tratado de establecer contacto. ¡PERO EL NARANJA ES UN COLOR HORRIBLE Y REHÚSO ABSOLUTAMENTE DESPOJARME DE MI MARAVILLOSO CABELLO! – exclamó, alzando los brazos al cielo para luego, disimuladamente, vigilar su peinado en el vidrio de la puerta detrás del Doctor Zaïus.

   En ese momento, mientras el Doctor Zaïus dejaba su abrigo empapado hecho un bollo adentro del paragüero, volvió a sonar el timbre. Era un monje tibetano.

– Buenas y santas, Gran Rulemán Balde de Vello. Yo soy el Lama Labaranda Del Cantimpalo.

– Buenas noches, oh, noble Lama Labaranda –respondió el Gran Rulemán con exquisito tono, pero una expresión como de oler alguna sustancia particularmente asquerosa, pudriéndose a una distancia más bien cercana- Le preguntaría a qué debo el honor de su visita en esta noche tan desapacible, pero conozco los motivos. Un insidioso personaje que se esconde tras un vulgar pronombre indefinido se divierte inventando mitos ridículos, y jugando con sus personajes como si fueran pollos pinchándolos con un palo.

– Sí, puede ser, pero vea que ella dice que es usted el que la pincha con sus ideas. Después se le quedan dando vueltas y no es su culpa si por ahí le contesta algo de unos monjes tibetanos, y entonces caemos todos en la volteada. ¿Qué no leyó a Chéjov? Si aparece un monje tibetano en el título, el monje tibetano tiene que aparecer en el cuento trayendo tortas fritas porque llueve.

– ¿Trajo tortas fritas? – dijo Mads Mikkelsen, repentinamente interesado.

– Y claro. Mientras estaba escribiendo este cuento a Nadie se le antojaron tortas fritas porque llueve. Estaban riquísimas. Pero ella las come con azúcar; dice que ustedes son unos degenerados porque las comen saladas.

– Yo tampoco las como con azúcar –dijo Mads Mikkelsen-.  Voy a poner la pava para el té –anunció, y se llevó la canasta del tejido.

– ¡Usted está bromeando si piensa que yo voy a profanar mi hermoso cuerpo con su producto grasoso tibetano! – increpó el Gran Rulemán al Lama Labaranda.- ¡Yo sigo una dieta muy balanceada para no tener que ir por ahí envuelto en una sábana anaranjada escondiendo la panza!

– Pero Gran Rulemán, si son vegetarianas; nosotros somos monjes budistas. No hacemos las tortas fritas con grasa de chancho, aunque quedan más ricas. Eso dicen –dijo el Lama Labaranda, alzando su santo índice en el aire.- Además, esto no es una sábana para esconder la panza; es una túnica.

– Seguro – dijo el Doctor Zaïus, emocionado por conocer a un Lama-. Además, ese color no es anaranjado; es azafrán y simboliza renuncia, desapego y humildad. Pero ahí Nadie se equivocó, porque los budistas tibetanos se visten de rojo.

– Sí; no tiene mucha idea –respondió el Lama Labaranda.- Pero sí todos nos afeitamos la cabeza, como renuncia al apego del mundo.

   El Gran Rulemán Balde de Vello retrocedió un paso y echó sobre un hombro su magnífica capa de terciopelo con mayestático y agresivo ademán.

– ¿Por qué dice eso? ¿Por qué me mira de esa forma? ¿Acaso percibo un matiz acusador en su ilustre faz? ¿Será que acaso se ha apegado al desapego? ¡Deje de echarle mal de ojo a mis maravillosas y sedosas ondas, Lama Labaranda del Cantimpalo! ¡Retroceda y aléjese de mi fantástica cabellera!

   El Lama Labaranda se encogió de hombros.

– ¿Entonces no quiere una torta frita? – ofreció, adelantando la bandeja hacia el Gran Rulemán Balde de Vello.

   Éste retrocedió aún más, espantado, casi hasta chocar contra la mesa de mármol situada en el centro del amplio foyer, justo delante de donde se había sentado Mads Mikkelsen para tejer la mañanita.

– ¡Aleje de mí su cebo maligno o se arrepentirá!

– Pero Gran Rulemán, no se preocupe; es un monje budista; no puede ni pisar un bicho bolita – lo tranquilizó el Doctor Zaïus, agarrando una torta frita.

   Mads Mikkelsen se acercó con la bandeja de té, la dejó sobre la mesa y también fue a agarrar una torta frita.

– Según el Gran Rulemán Balde de Vello, lo mío tendrían que ser las runas porque soy danés –dijo Mads Mikkelsen.

– Sí, Mads Mikkelsen, pero eso no tiene nada que ver; usted puede ser budista igual.

– ¿Ah, sí? También me gusta la comida tailandesa.

– Estas tortas fritas están buenísimas –dijo el Doctor Zaïus con la boca llena.

– ¡Pero esto qué es! ¡El banquete de Platón, pero sin Platón! ¡El tenedor libre del Lama Labaranda del Salame en el Planeta Rosquita! ¡Pero qué falta de respeto! ¡Justo cuando yo le pedía a Nadie un ayudante para asistirme en mi investigación de los misterios del cosmos! – reclamó el Gran Rulemán en el colmo de la indignación.

ring-1363129__180– Buda dijo que mejor no perdamos el tiempo con gansadas que sólo sirven para perpetuar el sufrimiento–informó el Lama Labaranda con media torta frita en la mano-. Además, no me parece que este planeta se tenga que llamar Rosquita. Primero porque es lo que técnicamente se denomina un toroide, que también sería un nombre horrible, sino porque además vea usted que tiene un significado simbólico muy importante, relacionado con el infinito, o la energía infinita. Es largo de explicar, pero da para un nombre más copado, creo yo. Se podría pensar.

– ¿Y ahí en el monasterio suyo se pueden aprender todas estas cosas?

– Claro; somos muchos, además. Lo que pasa es que con el tiempo que hace se quedaron todos meditando. Y comiendo tortas fritas.

– ¿Tienen más tortas fritas?

– Y buñuelos.

   Al Doctor Zaïus le brillaron los ojos.

– Yo no estoy muy seguro de todas las corrientes del budismo –dijo.

– Yo no estoy muy seguro de me gusten tanto las runas –dijo Mads Mikkelsen.

   Mientras iban todos hacia la puerta, con el suministro de tortas fritas en franco retroceso, el Gran Rulemán Balde de Vello, indignado, desplegó su brillante capa, la echó hacia atrás y resopló de furia.

– ¡Muy bien! ¡Está visto que los genios tenemos que caminar solos por la vida, después de tanto pelandustán comentando nimiedades! Total, ¿cuánto cuesta una sábana anaranjada? Un kilo de harina en el Super te sale nueve pesos; por favor. ¡Nadie me debe una por rodearme de gente barata y vulgar, que en lugar de preferir el conocimiento se encierra en un tugurio budista de morondanga lleno de tortas fritas!

   Fuera, la lluvia paralela al suelo del Planeta Rosquita se había convertido en una fuerte nevisca. El Rulemán Balde de Vello miró a su alrededor a ver si las ventanas resistían y así era, pero un creciente rumor de madera que crujía lo obsesionaba desde alguna parte, lejana a su persona. Seguramente como resultado de la tormenta, las luces de la mansión parpadearon primero y luego se apagaron.

   El Gran Rulemán Balde de Vello quedó solo en el medio del foyer. Su único consuelo era que estaba todo vestido de negro; muy fácil de ver no sería.

   Entonces, a lo lejos, la castigada madera finalmente cedió, y una amplia ventana fue azotada por el viento contra la pared, rompiéndose instantáneamente todos los vidrios. El Gran Rulemán no escuchó el primer grito del invasor, oculto por su propio alarido. Pero escuchó el segundo.

BAOLDERRR!!! OH, MY BAOLDERRR!!! ¡Cómo son las trampas del amor; las mentiras de los fakes, bad boyfriends! ¡Una palabrita de esa bitch del Asgard y Loki me largó como una hot potatoe! ¡OH BAOLDERRR MY DARLING, SO SORRY! ¡Estoy tan feliz de haberte encontrado! Nunca te volveré a abandonar. Me pongo a tu servicio incondicionalmente. ¡Nunca te volveré a abandonar! NEVER, NEVER, NEVER!!! ¡Soy tu Liza!!!

   El Gran Rulemán volvió a gritar.

   Repentinamente, todas las luces del palacio volvieron a encenderse.

   El Gran Rulemán siguió gritando.

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(Para ver bien de qué color se visten los monjes tibetanos, me leí un post de un blog que se llama Marcando el Polo y que es todo de viajes por el Oriente; está bárbaro. Acá te pongo el enlace: )

(Foto del Planeta Rosquita con artículo anexo: ♥)

(Imágenes de Pixabay)

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4 pensamientos en “El Gran Rulemán Balde de Vello en el planeta Rosquita. Con los monjes tibetanos. Y su aprendiz el Doctor Zaïus. Y Mads Mikkelsen.

  1. Dr. Zaius

    “El Gran Rulemán no escuchó el primer grito del invasor, oculto por su propio alarido” ¡Ja Ja! Estimada donna Nadie: sepa Ud. que el Dr. Zaius no habla con la boca llena.
    ¡Ah! El planeta se podría llamar Moebio.

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