Beti

Ayer he visto online una antigua y deleitable película denominada Diary of a madman (de 1963), dirigida por Reginald Le Borg y escrita por Robert E. Kent, sobre argumentos de Guy de Maupassant. Además de disfrutarla mucho, me ha puesto a pensar qué estoy haciendo de mi vida, que no hago más por honrar mi pasado universitario visitando con más frecuencia los clásicos universales. De Guy de Maupassant todavía no tengo nada, pero aquí está, (y no por primera vez, quiero recordar), un modesto homenaje al Maestro Edgar Allan Poe. A él no le gustaba tanto el Horla; era más de emparedar gente o dejarlos en trances catalépticos, pero para el caso da lo mismo. Así que ahí va.

***

   El infortunio es múltiple. La desdicha sobre la tierra, multiforme.

   Mi nombre de pila es Fructuoso. El apellido familiar mejor no lo menciono, perotree-1635677__180 baste decir que en estas tierras no hay nada más ilustre ni vetusto que nuestra casa solariega o la abuela, ni nada más desafortunado ni incomprendido que su destino o ubicación (la casa también se levanta sobre un lugar de lo más raro; son puras piedras, pero papá siempre negó la inclinación de abuela hacia los forzudos herreros que se ocupaban de los pobres caballos).

   El recuerdo de mis primeros años está unido a todas estas cosas. Allí murió mi madre. Allí desapareció mi padre. Allí mis tres hermanas vírgenes adquirieron una extraña manía, relacionada absurdamente con el yoghurt, los nabos y el heno recién cortado. Allí la abtrusa verecundia de mi nombre fue cruelmente retorcida para demostrar el acíbar que corre por las venas del aparentemente deleitable mundo; despertándome de la larga noche que parecía ser, pero no era, para caer en seguida en las verdaderas regiones de un país de hadas que por usual me era levemente pegajoso, en los extraños dominios del pensamiento y de la erudición monásticos (y los raros artículos de goma, y de las lamparitas de colores extraños). No es raro que con frecuencia haya mirado a mi alrededor con ojos espantados y ardientes, y haya malgastado mi infancia ante los libros y disipado mi juventud en sueños; pero lo verdaderamente singular es el estancamiento que cayó sobre las fuentes de mi vida; las realidades del mundo me afectaban como visiones y sólo como visiones, mientras que las ideas desenfrenadas del mundo de los sueños se salían de las revistas y pasaban a ser, en cambio, mi única y entera existencia, y no bizarras proyecciones sobre los azulejos del baño.

castle-1633289__180   Beti y yo éramos primos y crecimos más o menos juntos en la lóbrega casa. Pero éramos muy diferentes; Beti se juntaba más con mis hermanas. Yo vivía y meditaba dentro de mi corazón, ella no parecía meditar mucho, y tampoco era aparente que el corazón fuera el órgano de su cuerpo que más le importaba. Después, una fatal dolencia cayó sobre ella (y creo que sobre dos de mis hermanas, cuatro pastores y un número indeterminado de peones de la fábrica en las afueras del pueblo). Todo fue misterio y terror. Me enamoré de Beti perdidamente. Usaba mucho maquillaje. El pelo se le había puesto amarillo patito. Estaba muy delgada y… oh, tenía unos pechos enormes. No la conocía, o al menos, ¡no la conocía ya como Beti! Noté incluso que algunos no la llamaban ya por ese nombre.

   Entre la numerosa serie de enfermedades acarreadas por aquella cascada de maldades, hay que mencionar la de naturaleza más penosa y tenaz: una especie de epilepsia que terminaba con frecuencia en catalepsia, una muy parecida a la muerte real, y de la que despertaba ella en muchos casos con un brusco sobresalto, preguntando en dónde estaba, gritándole rudamente a personas que no se hallaban presentes, y tirando la mano hacia lo que fuera que se pareciese remotamente al cuello de una botella, según su decir. Al mismo tiempo, mi propia enfermedad (me dicen algunos que no puedo llamarlo de otro modo) crecía en potencia rápidamente, convirtiéndose al fin en una monomanía tal que me gobernaba enteramente, y apenas existía quien se atreviese a mentar frente a mí el desencadenante fatal, de miedo que me animase abruptamente e hiciera alguna pavada tendiente a satisfacer el antinatural anhelo. Esta monomanía, si he de usar este término, consistía en una irritabilidad morbosa de esas facultades del espíritu que la ciencia metafísica denomina atentas, y en la ocasión que me ocuparía insidiosamente y me llevaría a la perdición, mi facultad de meditación exacerbada fue a posarse infatigablemente sobre los esplendentes senos de Beti, que me parecía eran capaces de opacar a los asfódelos.

   Nos habíamos prometido ya en matrimonio, y yo estaba tan desoladamente feliz como puede suponerse. Destrozado por su evidente corrupción física y mental, no veía la hora de ponerle mi monomanía encima y no despegársela más. Estaba como hipnotizado. Una vez, se acercaba por fin la época de nuestras nupcias cuando, una tarde de invierno, uno de esos días intempestivamente cálidos, tranquilos y brumosos que son como la nodriza de la bella Alcione, me fui a sentar (creyéndome solo) en el gabinete interior de la biblioteca. Pero al levantar los ojos vi a Beti en pie ante mí. El otro alcanzó a escapar.

   No habló ella una palabra, y yo por nada del mundo hubiera pronunciado una sílaba. Un estremecimiento helado recorrió mi persona; me oprimió una sensación de insufrible ansiedad; una devoradora curiosidad invadió mi alma y, echándome hacia atrás en el sillón, permanecí un rato sin respirar, inmóvil, con los ojos clavados en su figura.

   ¡Ay! Era excesiva su demacración, y ni un solo vestigio de su ser primero se escondía en ninguna línea de aquel contorno. No era sino una sombra de lo que había sido. Por fin ascendieron mis ardientes miradas. Todo estaba muy alto, muy pálido, y singularmente plácido; los cabellos en otro tiempo de un negro azabache ahora la recubrían sólo en pequeños parches aislados alrededor de su rostro, y lo que tapaba las sienes hundidas con innumerables rizos era de un vivo dorado opaco, que tenía un aura fantástica que desentonaba de un modo violento con la predominante melancolía azul de su rostro, y sobre todo de los espacios debajo de sus ojos. Éstos se habían derretido y en consecuencia como agrandado, dejando sobre las sombras algo como dos pestañas rojas acostadas boca arriba, si se me permite (lo derretido se había amontonado más abajo, haciendo que se reventaran por el amontonamiento los capilares de sus mejillas). Entonces, sin querer, aparté mis pupilas vidriosas de sus respectivas fijezas, porque la ocasión lo ameritaba.

   Contemplé sus senos, que por una cuestión de reflejo ya que no por otra cosa ella había sujetado: pasada la sorpresa, los soltó pues. Se separaron, y en una sonrisa de un especial significado aparecieron las costillas de la cambiada Beti. Por supuesto, también aparecieron las dos ensaladeras más grandes que yo hubiese visto jamás. La respiración que elevaba los pezones (que tenían el tamaño y forma de pequeños platitos de postre) hacía que pareciera que crecían continuamente. ¡Pluguiera a Dios que no los hubiese contemplado nunca, o que, al verlos, hubiera muerto yo!

   Cuando salí de mi atonitidez, me sobrecogió el ruido de una puerta que se cerraba, y caí en la cuenta de que mi prima había salido de la estancia. Pero de la estancia agitada de mi cerebro no había salido, ¡ay!, ni siquiera el blanco y triste espectro de aquellos pechos reluctantes. Los veía más inequívocamente que la primera vez que los había avistado, aunque pudiera pensarse que no había muchas inmensidades para recobrar, según podría opinar alguna gente que declara no haber visto nunca un pintor que se dedicara sólo a los cielos o al desierto. Pero para mí los pechos de Beti estaban en todas partes, visibles y sobre todo palpables, amplios, redondos al cabo de una prolongadas lágrimas, excesivamente blancos, con las manos de Beti enmarcándolos como presentando, en el verdadero momento de su primero y terrible desarrollo: en realidad era así, según yo recordaba de antiguos tiempos de contemplar el oscuro y fresco estanque verde a la hora de la siesta. Ella parecía bastante satisfecha; la verdad no podía recordar.

   Sobrevino entonces la furia plena de mi monomanía. Luché en vano contra su extraña e irresistible influencia, pero en los objetos multiplicados del mundo exterior yo sólo tenía pensamientos para esos pechos. Sentía por ellos un deseo frenético. Los veía bajo todas las luces; les daba vueltas en todos los sentidos; estudiaba sus características y me preocupaban sus particularidades. Meditaba sobre su conformación y reflexionaba sobre la alteración de su naturaleza. Me estremecía atribuyéndoles con la imaginación una facultad de falta de sensación y sensibilidad, e incluso, sin ayuda de los labios, una capacidad de atrofiada expresión moral y una temperatura ciertamente fría. Sentía que sólo su posesión podía darme el sosiego y hacerme recobrar la razón, porque en su hinchada corporeidad cabían todos mis pensamientos, y cómo serían que hasta entraban apretujados. Los senos flotaban y flotaban sobre las costillas de la Beti, y no se movían, apuntando hacia la izquierda y hacia la derecha en un odioso estrabismo inconmovible.

   Aquello me volvía loco: yo había admirado desde siempre las leyes de la Física, la fuerza de Coriolis en la bañadera, la conmovedora contravención de la ley de la gravedad (al menos momentáneamente) que el género humano intentaba (al menos si quería seguir siéndolo), la ley de la Relatividad que ocasional y revolucionariamente yo torcía, enviando la Vía Láctea hacia el pasado (talento que nunca me ha sido admirado, por estar la gente obsesionada con el Más Allá). Los senos de Beti no se parecían a los de tía Ofelia. No se parecían a lmoon-1612851__180o que parecían antes de crecer tanto, tanto. No parecían estar hechos de senos. Eran incomparables, o sea. Ni siquiera reflejaban igual la luz: parecían dos lunas que no giraban. También parecía que sobre ellos uno podía llegar a perder cinco sextas partes de su peso.

   Y una noche, me di cuenta de que los gritos que oía en mis sueños no eran míos, y eran reales, y obedecían por una vez a un puro horror. Lo siguió un ruido de voces agitadas; mutuas acusaciones de estupidez y pedidos de explicaciones, y reproches acerca de visitar lugares que no vienen al caso. Sordos gemidos de dolor, pena y asco. Me enteré por una doncella que, con el semblante verdoso, transportaba una palangana que despedía un sulfuro hediondo: Beti ya no existía. Había tratado de hacer un cocktail confundiendo el Blue Curaçao con el limpiavidrios, y por si acaso hubiera salvado la vida en el accidente (lo que no hubiera sido del todo extraño) encima se había ahogado con las cerezas que nadie había conseguido extraer de su garganta: existía el riesgo de perder los dedos, ya que ella no querría desperdiciar la bebida que tenían en los orificios. Había sufrido un ataque de catalepsia de los suyos y ahora ya la tumba iba a ser dispuesta para su ocupante, y se hacían los preparativos para el entierro. De ella y de sus incognoscibles pechos que nunca me había sido dado investigar, al menos como correspondía.

***

   Me encontré de nuevo sentado en la biblioteca, y solo. Parecíame que acababa de despertarme de un confuso y agitado sueño, lo cual podía ser, ya que por curiosidad había estado probando el cocktail que dejara Beti (y del cual quedara bastante poco; se ve que no era yo el único curioso en la heredad).

   No conservaba de lo sucedido en las últimas horas una comprensión real, definida; ni siquiera un recuerdo medio desdibujado, bah. Apenas tenía, como la espuma de una resaca bastante más marina que la mía, una orla de ominoso terror que me subía a la garganta como un gas y después se volvía a bajar, como si tragando yo no quisiera devolver al mundo algo: sólido o un recuerdo; no sé, me parece que las dos cosas. Era una página espantosa del libro de mi vida, escrita toda con jugo de limón o necia bilis que se corroía con la humedad ambiental, de la que por el momento había en gran abundancia. De vez en cuando, parecía que surgía de esa página, solapado, un aguerrido grito de mujer. Yo había realizado un acto deleznable, estaba seguro.

   Sobre la mesa, a mi lado, ardía una lámpara y cerca había una caja de zapatos. No poseía un carácter notable y yo la había visto antes, pues solía guardar allí recortes y páginas de las revistas que me gustaban, para repasar y entretenerme en el baño cuando me acometía la nostalgia de algún pasado específico. Pero, ¿cómo había venido a parar aquí, sobre mi mesa, y por qué me estremecía al mirarla?

   Dieron un golpecito en la puerta de la biblioteca, y pálido como un habitante de la tumba entró un criado de puntillas. Sus ojos estaban desencajados (agudizando aquel recuerdo mío que se resistía a surgir), y me habló con una voz trémula, ronca, muy baja. ¿Qué me dijo? Oí algunas palabras entrecortadas, pero cuando ya le agarraba la mano me informó que un grito espantoso había turbado el silencio de la noche, que la servidumbre se había reunido y que había buscado el origen de aquel sonido, y el tono de su voz se hizo espeluznantemente claro cuando me habló de una tumba violada, de un cuerpo desfigurado, sin la mortaja, pero respirando y palpitando aún, ¡vivo todavía! dando en el aire un salto como de dos metros, para perderse después de vista a toda velocidad, dando alaridos como La Llorona. Los alaridos no podían ser rastreados, pero estaban cada vez más cerca de la casa.

     El criado señaló mis ropas; estaban manchadas de barro y de sangre coagulada, y presentaban señales de lucha, como jirones. Sin hablar, me agarró la mano y me mostró las profundas huellas de uñas humanas: largos mechones de mis propios cabellos estaban pegados a aquellos surcos de lejano fondo. Dirigió mis ojos hacia un objeto apoyado contra la pared, y después de un rato, cuando conseguí fijar la vista de mi irritado ojo remanente, me di cuenta de que era un pala cubierta de tierra húmeda. Lanzando un grito salté hacia la mesa y agarré mi caja. Sin fuerzas para abrirla, la dejé caer y contemplé cómo se dispersaba su contenido.

   Era un conjunto de formas pringosas y transparentes. Una era muy grande, parecía una enorme hombrera de moco sano y semisólido que se bamboleaba hacia todas partes. Tenía un conjunto de lápices de colores y lapiceras clavados de punta; algunos la atravesaban de parte a parte. Había otra pieza de esas, y por el contorno uno se daba cuenta de que  había sido amasada para adquirir una forma esférica. En su interior descansaban un tornillo, una tarjeta de colectivo arrugada y un chicle masticado de color verde. El resto de las piezas estaba constituido por una cantidad de pequeños pedacitos de masa indiferenciada que parecía haber sido pellizcada; se podían apreciar intentos de transformación: algunos de los pedacitos recordaban a los ñoquis, otros tenían una forma como cuadradita y otros habían sido estirados para hacer largas sogas finitas, presentando algunos nudos. Un gran pedazo del material permanecía sin tocar, con un aspecto anárquico, muy grunge. ¡Era, entero, uno de los pechos de Beti, que le había arrancado yo en su tumba!

   Ya podía oír los gritos que se acercaban. Cada minuto, más.

   No pensaba quedarme ahí muchos minutos.

image030

(Imágenes de Pixabay. Obvio; qué pensabas, ¿dónde podría obtener semejantes visiones?)

Investigación sobre los esplendentes senos, semejantes a los asfódelos, e imagen correspondiente: http://www.susmedicos.com. Enlace aquí: .

(No es que yo fuera a cambiar algo del cuento si resultaba que los resultados de la investigación no coincidían, por supuesto.)

Te habrás dado cuenta de que el texto original es “Berenice”.

Anuncios

12 pensamientos en “Beti

    1. Nadie Avatar Autor de la entrada

      Seguramente serán los que provienen del texto original, en el cual está éste “afanosamente inspirado”. Lo que quise hacer es conservar el texto de Poe, así como su estilo, lo más posible, para que contrasten con las guarangadas que son de mi personal preferencia. La traducción que tomé es de Julio Cortázar, encima. No puede fallar.

      Me gusta

      Responder

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s