La inesperada torta de manzanas no acarameladas

apple-pie-1071747__180   Volviendo ayer de casa de tu mamá, adonde fuiste a auxiliarla después de un golpe que tuvo, y que tranquilamente pudo haber acabado mandándola a Australia, tuviste un acceso de fame bruta, como solía denominarla la Tía Ñata, de italiana ascendencia. Como era de tarde y debido a tu propio cocazo no podés caminar mucho, hiciste lo de siempre, en ocasiones menos solemnes, dedicadas a la pura pereza combinada con gula; una combinación de pecados particularmente malsana. Es decir, que miraste adentro de la heladera a ver qué había para merendar. A saber: dos kilos de cebolla, medio de verduras para sopa, dos limones, un kilo de manzanas, tres dientes de ajo, una cebolla de verdeo cultivada por Elsa, un tupper con espinaca y un antimicótico de particular eficacia. Como no se te ocurrió ninguna combinación que pudiera unir en una deliciosa preparación estos ingredientes en particular, decidiste elegir sólo uno, que resultaron las manzanas, de connotaciones mitológicas notablemente solemnes. No te preocuparon los ingredientes secos, de los que solés tener en abundancia en tu aparador previniendo eventualidades relacionadas con la política nacional, y en esta ocasión, tampoco el azúcar, que compraste por quién sabe qué oscura razón, pero que esta vez te viene bien.

apple-1633661__180   Para comenzar, entonces, te dedicaste a pelar las manzanas con un pelapapas, como te enseñaron en la escuela de cocina, porque así se desperdicia menos. Con un cuchillito, despojaste a las manzanas de esos difíciles pocitos redonditos de arriba y de abajo, y después comenzaste a cortarlas en pedazos de forma irregular, bien a lo bruto; nada de ponerse sofisticado e insistir en los cuartos y los octavos o alguna pavada similar, que tenés hambre. Cuando sólo quedaron los corazones de las manzanas, tres o cuatro, o cinco, según el tamaño, rojas o verdes, lo que venga, tirá los corazones a la basura y poné las manzanas en trozos en una de las ensaladeras transparentes, o a lo mejor hasta una más grande, porque ahí vas a mezclar todo. Esta torta de manzanas no sólo no es la Tarte Tatin; es de lo más rústico que hay.

   Encima de las manzanas en trozos, vas a volcar una medida de azúcar (usá la tacita roja) y una de harina leudante. Así nomás, y nada más. No tenés huevos, ni uno, y no los necesitás. Además de simple, esta torta va a resultar ser lo que se dice vegana, que, te recuerdo, son esa gente que no come ningún producto de origen animal. Además de lo que te dije, aunque las manzanas van a soltar una cantidad de líquido, no es mala idea que le agregues también algún ingrediente que aporte materia grasa, el cual va a ser aceite de girasol. Si tenés de maíz, mucho mejor, pero es más caro. Le ponés un chorro, no un chorrito, pero tampoco tanto que no hace falta. Y te dedicás, una vez que hiciste eso, a mezclar todos los ingredientes con dos cucharas soperas, y mucho cuidado, para que no terminen partículas de mezcla en el suelo, enchastrando toda la cocina cuando se suponía que nada más estabas haciendo una torta de manzanas de lo más fácil. Tenés que asegurarte bien de que todos los ingredientes están muy bien mezclados. Después de eso, ponés la mezcla en la asadera de vidrio cuadrada, que vas a aceitar (y enharinar, si querés), y la alisás con una cuchara para que la superficie quede lisita. Ya sabés que es casi todo pedacitos de manzanas; no vas a pretender una superficie uniforme.

   Después, colocá la asadera a horno suave. Por lo menos cuarenta y cinco minutos, pero andá vigilando. Acordate de que, con la humedad de la fruta, es probable que demore mucho en cocinarse pero que no pase lo mismo con la harina. Usá un cuchillo para ir probando si está cocida, pues la superficie puede quedar tostada y abajo estar todo crudo. Pinchá en varias partes. Esta torta no va a ser fácil de desmoldar, y casi seguro que no la vas a poder dar vuelta para ponerla en un plato. Así pasó en este experimento en la Cocina Experimental de Nadie Avatar, quien ni lo intentó, y se limitó a pasar un cuchillo por el borde de la asadera, para ir retirando después la torta de la asadera en cuadraditos despegándolos del fondo con una espátula, porque se quemó un poquito en el fondo y se pegó. Pero el sabor hacía pensar en el de la ambrosía que degustan los dioses en el Monte Olimpo.

   En un mensaje al Gran Rulemán Balde de Vello, quien ha sido invitado a degustar y opinar este singular manjar, se sugiere acompañar esta torta con helado de crema americana, lo que, es de esperarse, elevará en varios puntos la deliciosidad del plato. Si dicho Rulemán se aviene a los planes culinarios, se podrá obtener otra valiosa opinión al respecto. Si no, tal labor recaerá en el Doctor Zaïus, así que por el momento este artículo debe concluir así, como una atrapante e insidiosa historia.

   Continuará…

(Imágenes de Pixabay, que tu cable de USB no pega con tu teléfono celular, y por una vez en la vida que te animaste a sacar una foto del terminado, no la podés subir)

   Poco después…

   Los eventos de la tarde se han desarrollado según lo propuesto. El Gran Rulemán Balde de Vello ha tenido la gentileza de traerse el helado y llevárselo puesto junto con la Inesperada torta de manzanas no acarameladas, la cual el Gran Rulemán y quien escribe estas líneas, ambos dos, han coincidido en señalar como todo un hallazgo en esta particular tarde de sábado, toda precuelosa de primavera.

   El Doctor Zaïus ha perdido como en la guerra, no sólo por no poder ser el primer crítico de este nuevo plato en la Cocina Experimental de Nadie Avatar, sino porque ha perdido el invicto de ser, a los ojos de esta modesta servidora, el humano que más rápido come: facultad que jamás se habría supuesto por parte del Gran Rulemán Balde de Vello. Nadie pensará en una adecuada compensación culinaria para el pobre Doctor Zaïus.

   Ahora sí, chau.

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