Mi historia desde la tumba

   Para que conste que yo puedo escribir cosas originales como los que hicieron la película ésa de Diary of a madman, acá va este vetusto pero a mi juicio responsable y adecuado relato, completamente basado en el estilo y temas de Edgar Allan Poe, pero que sin embargo no contiene UNA SOLA PALABRA o IDEA que no sea absolutamente mía (bueno, sacando lo de la catalepsia). Si alguien lo duda, que nombre sus padrinos: lo reto a duelo apenas tenga la oportunidad de revelar mi nombre cristiano. O no, que con esto de Twitter te digo que te encuentro adonde sea y te mato a patadas en el culo, y te da lo mismo que sea Nadie Avatar o la Rosita.

***

fog-1657633__180   Queda por decir que yo he padecido durante muchos años la enfermedad de la catalepsia, y que este nimio pero insidioso mal ha envenenado los momentos más luminosos de mi vida, desde mi noche de bodas hasta el temor permanente, ahora que he entrado en la tercera edad, a tener un día un ataque y encontrarme con la horrible sorpresa de ser enterrado vivo. O sea.

   Los sirvientes están desde hace algún tiempo bastante acostumbrados. Miss Gertrudis, por ejemplo, ha robustecido al extremo sus bíceps, de tanto tener que estar llevándome de acá para allá a cualquier hora de la noche, completamente ido, porque yo fui muchas veces a su habitación a buscar, por ejemplo, un vaso de agua, y de repente me caía redondo al piso y de no ser por ella ahí me habría quedado durante varios días. En ocasiones me ha sucedido en las tabernas y he despertado en el fondo de algún cañadón que otro, desnudo, esquilmado, dado por muerto y no del todo intacto, y menos mal que nunca les dije a aquellos hijos de la mala suerte y peor madre que tengo muelas de oro.

   La familia se halla resignada desde el principio. Siendo un bebé, todas las amigas de mi madre envidiaban su degenerada suerte, que no sólo le había ahorrado una fortuna en servicio doméstico dándole diecisiete hijas una detrás de la otra (como para que además después se arrancaran los ojos entre ellas, y no a ella), sino que le había dado como último retoño y, cuando ya se hallaba algo agobiada por los deberes de la maternidad, un querubín que solía dar unas siestas de dos o tres días e incluso a veces más. Bueno, la primera vez fue una verdadera sorpresa: me dieron por muerto, y hete aquí que justo cuando ya todos se colocaban los abrigos para dirigirse al panteón familiar, un minúsculo llanto de gases retenidos me hizo salvar el pellejo recientemente estrenado.

cemetery-1652827__180   Después de suceder esto dos o tres veces, nadie se asustaba, y la verdad al cuarto velorio no vino nadie. Mis hermanas se limitaron a terminar los bordados de sus sábanas en la capilla familiar en lugar de hacerlo en sus habitaciones, y los sirvientes a medida que terminaban cada nuevo plato para el refrigerio lo metían directamente en la heladera sin preguntarle a nadie. Y así hasta que se convencieron de que yo crecería sano y fuerte. Luego me dejaban directamente en mi cama y cada tanto alguien se asomaba para ver si ya quería mi plato de sopa y mi tostada. Creo que fue así como descubrí la virilidad, aunque mi vieja nana Casimira lo niegue hasta el fin de sus días, por más que resulte absolutamente comprensible; llevaba mucho tiempo de viuda, yo tenía veintiún nacarados y robustos años, y los pasaba inconsciente con tanta frecuencia que finalmente mi padrino desistió de visitar los lupanares conmigo, haciendo una apuesta con las muchachas que le dio años del mejor servicio totalmente gratis. Fue como en los mejores días de mi infancia. Nadie quería jugar a las escondidas conmigo; la última vez hubo que llamar a los guardabosques y todos recorrieron la región durante una semana mientras yo hibernaba de lo más campante, y cada niño era recluido en sus habitaciones hasta que cumpliera los dieciocho años.

   Supongo que para mi joven esposa era una maldición disfrazada. Nuestro matrimonio había sido arreglado antes de nacer nosotros, y la verdad cuando ya se aproximaba ambos queríamos ir hasta el precipicio en donde terminaba el pueblo y saltar. No queríamos contraer matrimonio más de lo que queríamos contraer ántrax o hidrofobia; éramos muy jóvenes y no contemplábamos planes para el futuro inmediato porque éramos muy felices montando a caballo y tocando la lira o pintando o departiendo en la glorieta con la nueva lavandera o cayendo en trances catalépticos y cosas así, actividades de adolescentes, bah. Entonces, admito que conocernos fue una verdadera sorpresa: ella se asemejaba en apariencia al sueño de un enajenado sumamente perfeccionista, y a mí, modestia aparte, habían intentado raptarme más marineros que a la hija del posadero (y lo habían conseguido todavía más). Lo disfrutamos mientras pudimos, pero tener que confesar lo de la catalepsia fue un golpe cruel.

   Mi esposa lo soportaba con paciencia, pero yo veía cómo día con día esa paciencia menguaba, y las ojeras aparecían en un semblante cada vez más transparente, rodeado por una cabellera cada vez más desmelenada, sobre un talle que iba enflaqueciendo: lo cual se traducía también en el resumen de nuestras tarjetas de crédito, donde aparecían cada mes una nueva prenda de guardarropa (con frecuencia, interior, muy fina), y filas de adiciones de lugares que yo no conocía, con nombres como El ángel azul, o Noches de Casablanca, o La cotorra y el conejo. Yo pasaba cada vez menos tiempo despierto y disponía de pocos momentos para ella y aunque le preguntaba acerca de su salud ella no me respondía; sin dudas se daba cuenta de que aquellos bosquejos de conversación eran apenas menudos ecos de las ruinas de un matrimonio que caía, entre fantasmas que nada podían hacer porque eran insustanciales con respecto a ellas. O sea. Por suerte, los chicos habían salido todos a mí y no le daban nada de trabajo; ni habían pateado nunca estando en el vientre.

   Subsistimos así muchos años, y nadie sabía si éramos felices. Pronto los hijos se fueron a dormir a otra parte y yo seguía sin estar consciente mucho tiempo; mi mujer no paraba mucho en casa y todos nuestros conocidos habían dejado de visitarnos desde hacía tiempo, por no saber si debían o no traer ropa negra y de qué clase, y qué cara pondrían si llamaban a todo el mundo y después todo terminaba en un pijama party, lo cual había que aclarar porque no le gustaba a todos.

   Nos llegó entonces, a mi esposa y a mí, la edad madura en la enorme vieja casa vacía, y nos sentimos más solos que nunca.

   Yo volví a frecuentar las tabernas y los cañadones, y mi esposa continuó frecuentando amistades que ningún inconveniente tenían en pasar en vela la noche entera, se tratara o no de un funeral, y los chicos ni venían a la capilla ardiente de los domingos.

   Pasamos así toda la madurez y comenzamos a envejecer, y nuestra vida sólo cambió por el hecho de que en algún momento alguien efectivamente me descubrió y posteriormente extrajo las muelas de oro, y de que en los resúmenes de nuestras tarjetas de crédito empezaron a aparecer cuentas de joyerías relacionadas con gemelos de platino y petacas de plata y broches de corbata de rubíes y camisas de seda, todos regalos que yo nunca recibía, y de la alacena empezaron a desaparecer crecidas sumas de dinero, todo atribuido a vituallas y ropa blanca y huevas de esturión que yo no disfrutaba.

angel-1637540__180   Concebí entonces la horrible sospecha. Ahora sí, yo no viviría mucho más. Mi esposa encontraría la manera de hacer un último definitivo velorio, no un mero simulacro más, y prontamente se vería libre de mí. Encendería por última vez los viejos candelabros desgastados y por última vez haría barnizar y pulir el ataúd de cedro para el que me tomaban las medidas todos los años, y dejaría que limpiaran el panteón, que siempre olía a cera, y se prepararía para dejar que esta vez sí se juntaran telarañas y polvo en el suelo, y hubiera ocasión de usar los floreros comprados en subastas a precios ridículos y dejar la vigilancia contratada para que los sirvientes no se robaran los ornamentos de seda, oro y bronce. No tendría que esforzarse mucho: nada más debería acortar un poco la vigilia de mi sueño y a lo mejor alcanzaba con que no desconfiara tanto la próxima vez que me encontrara como una piedra en el medio del Salón de Baile.

   Tenía razones, motivos, estaria harta de mí, y habría descubierto que la solución era simple. Ni haría falta que algún apurado se lo sugiriera: yo mismo había fantaseado alguna vez con vaciar el freezar y meterme adentro para dejar, por fin, de sufrir. Pero ahora, ya anciano, me había invadido el terror de despertar dentro de mi propia tumba para iniciar con pleno conocimiento de causa el maldito proceso de la muerte, en un aire cada vez más viciado, y preguntándome si después de todo no me quedaban unos cuantos trances catalépticos que sortear.

   Así que comencé a acechar cuanto pude a mi querida esposa, y a colocar en su camino tantos espías como me fue humanamente posible. Pronto conocía todas sus idas y venidas en cada detalle, y en caso de trance los criados tenían orden de anotarlos por mí. Es más, tenían orden de desaparecerme a algún lugar en donde puedieran estar seguros de que yo estaba a salvo mientras me ponía verde y azul. Les dije que cada vez que despertaba designaba a un sirviente nuevo como heredero universal de mis bienes: así estaba seguro de que la inmortal codicia de los que creían esperar me sacaría del sepulcro; a nadie le gustaba arriesgar y yo me esforzaba por no demostrar preferencia por ninguno, poniendo además cara de intriga todo el tiempo.

   Así, pasé de recuperarme de un trance en la carbonera, en la despensa, en el pabellón de caza abandonado al final del prado y en una lejana mazmorra que se usaba para guardar los trastos viejos. Pero todavía no estaba tranquilo, y como fuera poniéndome cada vez más nervioso y careciera totalmente de verdaderos aliados, se fue formando en mi mente un horrible, precavido y pernicioso nuevo plan.

   Naturalmente, era el de adelantarme a los hechos aniquilando a mi amada esposa antes de que ella me aniquilara. Lo haría de alguna forma indolora y misericordiosa (no había razón alguna para inclinarme a la crueldad), y no dejaría rastros que pudieran comprometerme y llevar mis huesos a la cárcel, donde acabarían conmigo aún antes de que pudiera explicar que debían tener preparada una capilla ardiente de emergencia, o lo pasarían en grande después de que lo hiciera, seguramente en dicha capilla ardiente.

   Pensé que lo más práctico sería emparedar a mi adorada, por requerir poco tiempo y esfuerzo además de la posibilidad de encomendar el trabajo a algún sirviente especialmente modoso. Además, disponía de materiales a mi alcance; habíamos estado reformando algunas mazmorras para hacer un cine familiar.

   Tenía numerosas coartadas; mi esposa se ausentaba del hogar durante tanto tiempo y a tan larga distancia que con frecuencia se eximía de votar; yo tenía dos o tres ataques y no la veía en meses. Los perros no la encontrarían por accidente, a la policía ni se le ocurriría buscarla en la casa y yo viviría en paz para siempre. Así que empecé a practicar cómo levantar una pared, y a elucubrar cómo mantener a mi esposa quieta mientras lo hacía, lo cual pensaba que sería más bien sería fácil si la conducía previamente al bar del Salón de Baile. Sería como una legítima defensa.

   La noche que hacíamos un pequeño simulacro de resurrección de nuestro matrimonio, encerrados en una de las mazmorras más pequeñas con once botellas de champagne, medio kilo de dulce de leche y ciento veinticuatro tomates cherry, me decidí a la acción y se cumplió mi deseo. Después de unas horas, mi bella esposa se derrumbó a mis pies con un trance que hubiera dejado pequeño e insignificante a cualquiera de los míos. Después de eso, todo fue más bien cansador y aburrido.

   La arrastré a ella a un rincón de la habitación y empecé a levantar la pared. Después me tiré sobre el viejo potro de tortura para descansar. Justo a tiempo; comenzaba a experimentar los mareos característicos previos a un ataque. Pero si éste degeneraba en catalepsia, yo podía contar con una cama tibia para cuando despertara. Ahora sí. Y casi gozoso, caí en un estupor de muerte como los que ya conocía, y las luces y sonidos que creía ver y oír eran regalos para mis sentidos. Disfruté hasta la caída del potro, debida a las convulsiones.

   Pero, como me confesó la ahora ya anciana señorita Gertrudis, la pared que yo levanté fue descubierta. Como estaba mal hecha, fue derrumbada por los operarios, encontrando de manera muy previsible a mi esposa detrás de ella. Mi crimen fue descubierto y yo quedé bastante mal; peor aún, quedé yo mismo enterrado vivo de una manera considerablemente literal.

   Como mis hijos y otros parientes, yo era heredero de una parte sustancial de los bienes de mi difunta esposa, y había personas sumamente interesadas en hacer que se procediera a la lectura de los testamentos de manera bastante inmediata. Sí, también del mío, ya que estaba. Y la madrugada del octavo día que yo pasaba aguardando el entierro en la morgue, alguien acudió a mi lado con una generosa dosis de morfina: no sin antes (según acabo de descubrir ahora que despierto) asegurarse de que hubiera algunos dolores que atenuar para no desperdiciar el anestésico.

   Eso no fue idea de la señorita Gertrudis: ella sólo se la había jugado con la morfina porque supuso ser la afortunada y de todas formas estaba cansada de llevarme por los corredores. Alguien sería feliz de cualquier manera, dijo, y así terminó la carta, y entonces yo apagué el encendedor que siempre llevaba en el bolsillo del pantalón y esperé. Sabía que no serviría de nada golpear la puerta de la cámara: ya todos se habrían ido a preparar el velorio y a aguardar la lectura de los testamentos, y a reírse por lo bajo pensando en la cantidad de velorios que habían tenido lugar en esa casa, y en la cara de imbécil que yo traía cada vez que decía que el médico ignoraba la causa de mis hemorroides.

   Y lo peor es que sí, la señorita Gertrudis hereda el noventa por ciento de mis bienes; respeté el porcentaje de mis hijos para que no impugnaran mi testamento. Supongo que ellos tampoco recelarán de mi prolongada ausencia. O sea.

   Ésta es la historia de mi vida.

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(Imágenes de Pixabay)

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