La fuente (una historia que merece ser real)

angel-1039697__180   Amalia y Francisco querían poner una fuente en su jardín. Una de mármol blanco, a lo mejor veteado de rosa o algo así, con un angelito. Un Cupido. Con una flauta o cosa parecida, para que saliera un chorrito de agua; Amalia odiaba esas fuentes que tenían un angelito que se agarraba el pito y el agua salía de ahí. Parecía que Cupido se meaba en la fuente; qué desagradable. Francisco propuso tres sapitos en la orilla y Cupido en el centro con el arco tendido, pero Amalia protestó, porque no había nada de romántico en un sapo. Uno debía conmoverse al ver esa fuente, no deambular por la estratósfera cazando abstracciones; el príncipe sapo que se quedara en los cuentos, no en su fuente, donde un sapo era un sapo y no había nada que hacer. Sapos escupiendo así adentro, qué joder.

   Quedó espectacular. Para acentuar lo acuoso, Amalia encargó la taza de la fuente con forma de ostra. Y sí, el mármol era muy blanco. Cupido sostenía un caracol con las manos, y de ahí caía el agua; no parecía que se le caía la baba por los agujeritos de una flauta. Había sido una transacción; la madre de Francisco sugirió que le dejaran directamente la manguera. Y el cuerno de caza. ¿Por qué el escultor no le había dicho desde un principio que eso que ella había elegido de otra estatua era un cuerno de caza? Suerte que Joaquín vino a ver la fuente apenas emplazada y batió el dato para que pudieran remediar aquello; dejarlo era peor que poner a Cupido con el pito parado. En lugar de reírse inmediatamente, la gente demoraría un minuto y después se reiría más, y después ellos preguntarían de qué mierda se reían y los chistes juntos correrían por toda la Argentina. Qué escándalo.

angel-1618321__180   Pero finalmente la Fuente de Juventa quedó maravillosa. Tenía un aspecto tan puro, tan inocente, con ese Cupido todo redondito. Daban ganas de morderle los cachetes. ¡Y qué blanco estaba todo, en el medio de ese verde tan oscuro de la hierba! Por la tarde, el rocío mojaba el pasto y se oía el sonido del agua. Amalia sacaba la reposera y se sentaba en el jardín, solamente para mirar.

   Y se llenaba de una lascivia incontenible. No le dijo nada a Francisco porque le daba vergüenza y porque él creería que estaba loca. No le reclamó nada al escultor hijo de puta porque seguro lo habría hecho a propósito, para vengarse por tener que rehacer la estatua. Además, no estaba segura de que no fueran ideas suyas. Aunque fuera por venganza, ¿podía el escultor haberle puesto a Cupido un pito tan grande, a propósito? No se atrevería. ¿Lo habría hecho para obligarla a ella a ir al estudio y poder cagarse de la risa? Qué hijo de puta. No, no podía animarse a tanto. ¿Pero entonces? Y Amalia pensaba y pensaba, y miraba y miraba, y pensaba y miraba, y después se iba adentro a esperar a Francisco. No sabía qué más hacer.

   Pero a su alrededor estaban pasando cosas. La suegra de Amalia, viuda desde hacía veinticinco años, tomó la costumbre de visitarla tarde por medio, con soleras escotadas que atraían la atención del churrero, quien había empezado a pasar todos los días a la misma hora, por su vereda. Dos vecinos adolescentes comenzaron a enflaquecer día a día, echando enormes ojeras. La tejedora de la esquina compró un enorme Gran Danés y se divorció dos días después. Y Francisco, Francisco llegaba tarde del trabajo. Muy tarde. Un día Amalia no pudo más. Había sido suficiente. Pero todavía no estaba preparada para admitir que se había vuelto loca. Así que, para probar a ver qué pasaba, para tratar de ahuyentar esas ideas raras, fue a la casa del escultor sin pensar en hablarle del pito de Cupido. Le diría que su madre era una persona muy mayor, a la que cuando venía a su casa había que explicarle cada vez por qué el angelito no llevaba una hoja de parra. El escultor no la llamaría demente y aquello sería muy poco trabajo para él.

sculpture-1272787__180   Lo encontró esculpiendo un Dioniso de dos metros y medio. Tuvo que esperar un par de minutitos porque ya lo terminaba, pero entonces el escultor la atendió con gran cortesía. En ocho meses, ocho meses y una semana, la hoja de parra fue colocada y todo volvió a la normalidad. Amalia nunca supo si había estado loca, o si todo había sido cosa de su imaginación; nunca nadie mencionó nada.

   Y ella tenía la fuente más hermosa del pueblo, estaba segura.

(Imágenes de Pixabay)

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2 pensamientos en “La fuente (una historia que merece ser real)

  1. Dr. Zaius

    “… no parecía que se le caía la baba por los agujeritos de una flauta”. ¡Ja ja!
    ¡Ah! En su cabeza los ratones corren maratones (ida y vuelta), donna Nadie.

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